Jueves.

Metía una milanesa en el horno cuando escuché que alguien me habló por Facebook. Es genial esto de las redes sociales: ya ni hace falta salir de levante.

Era un morocho de ojos claros que, a juzgar por su foto, tendría unos treinta y tantos. Compartíamos tres contactos.

Lo agregué y nos pusimos a charlar. Le conté que me gustaba escribir y dije que estaba trabajando en una novela. Hablamos de teatro, nos recomendamos libros y se declaró un acérrimo consumidor del circuito artístico off. Y ya que andábamos por esos temas –dijo- me invitó, al día siguiente, a la proyección de una película de un director coreano que le encantaba. Propuso que nos encontrásemos en el cine, a las diez.

—Llevate un sombrero rojo o ponete a gritar palabras en holandés así te reconozco— bromeó. Me cayó simpática la humorada.

Viernes.

Llegué de trabajar cansada, sin ánimo de citas, y menos “a ciegas”. Entré al departamento, colgué la cartera en el respaldo de una silla y me tiré en el futón del living, así como estaba. Lo bueno que tienen los colchones berretas, o al menos el mío, es que son bien blanditos. Encontrar cosas blanditas en la vida cotidiana, tal como viene, se agradece en cualquiera de sus presentaciones.

Después de unos segundos comenzó el dilema: levantarme y arreglarme para ir a encontrarme con un desconocido o agarrar la cartera, sacar el teléfono y mandar un mensaje para suspender.

Busqué con la vista la cartera: también me quedaba lejos. Además, ¿qué le diría? ¿“Perdón. Me siento mal, no voy”?.

Decidí que no estaba bien suspender una salida una hora antes. Inhalé hondo y me paré. El desgano me empujaba hacia abajo: miré lo que traía puesto y me pareció que no era necesario que me cambiara. Podía ir como estaba y aprovechar ese ratito para dormitar. Me volví a acomodar en el sillón y programé el celular para que sonara quince minutos más tarde.

Me sobresalté con el sonido de alarma. Fui hasta el baño, me arreglé un poco la cara, agarré la cartera, las llaves del auto y bajé. En el ascensor reparé en que mi cita no se había ofrecido a pasarme a buscar. Deduje que no tendría auto.

Estacioné a la vuelta y caminé hasta el lugar. Una brisa suave me acariciaba la cara mientras avanzaba. Me arrepentí de no haberme vestido un poco mejor.

Lo reconocí apenas lo vi. Estaba parado en la entrada, con las manos en los bolsillos y actitud de esperar a alguien. Supuse que a mí. Se veía igual a su foto de perfil. No había mentido, al menos en eso.

Nos acercamos a una mesa que oficiaba de boletería y sacamos dos entradas. Costó $25 cada una. Sacó un billete de $50 y se lo pasó a la chica que cobraba.

Atravesamos una cortina que conducía a un salón. Debíamos permanecer ahí hasta que abrieran la sala de proyección. Todo muy alternativo. Chicos y chicas de unos treinta y tantos, con zapatillas, pantalones holgados y morrales de tela que les cruzaban el pecho, poblaban el lugar.

En una de las paredes se exponían fotos y en otra pinturas de artistas under. Nos acomodamos en un sillón de terciopelo bordó y conversamos sobre nuestras vidas hasta que nos trasladamos para ver la película.

La trama partía de un asesinato y de una secta que pretendía vengarlo. Incluía numerosas escenas de tortura -el director no tuvo reparos en mostrar los clavos atravesando la piel en primer plano- y una violación en tiempo real. Decididamente no eran las imágenes más apropiadas para aclimatar una primera cita. Por el rabillo del ojo veía a mi compañero revolviéndose en la silla.

Cuando la película terminó, fuimos a tomar un café. Noté que llevaba una remera con la estampa de un pez chino. Contó que se la había mandado a hacer. Recordé el hippismo de mi ex y lamenté mi puntería.

La charla estuvo bien, pero igual tenía ganas de ir a dormir, y no con él. Después del café propuse pedir la cuenta.

La moza le dio una carpetita negra con el ticket y él se la devolvió con un billete. En un intento de cortesía, le ofrecí pagar la mitad. Aceptó. ¿Habrá esperado también que le devolviera la entrada del cine?

Salimos del bar y le pregunté si quería que lo acerque con la esperanza de que dijera no. Pero también aceptó porque –consideró- me quedaba de paso. Lo dejé en la puerta de su casa. Un beso rápido en la mejilla y seguí viaje.

Deduje que lo de cobrarme el café podría haber sido porque al final no le gusté. “Igual, un grasa”, juzgué. Pero insistió para repetir la salida varias veces más.

No volví a verlo, pero me quedé pensando: si me considero una mujer moderna por qué me molesta tanto que en la primera salida no sea el hombre quien paga la cuenta. De todos modos, llevar a mi cita hasta la puerta de su casa y pagar mi parte me resulta bastante deserotizante. En ese aspecto, me quedo con los viejos tiempos y sus reglas del cortejo.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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