A pesar de que los cuentos del padre Brown están consideradas parte fundacional del policial de enigma, comenzaré haciendo referencia a una historia negra:

Cuentan que unos años atrás, un hombre honesto enfrentó a los grandes poderes de una nación. El pueblo, hastiado de la corrupción, encontró verdad en sus palabras. Sus seguidores fueron creciendo; los poderosos de turno decidieron que era hora de sacarlo del juego. Testigos falsos, un juicio express y una condena injusta: así acabaron con la vida del único hombre honesto que había tenido la valentía de enfrentarlos; así acabaron con las esperanzas de todo un pueblo hambriento de justicia.

Este relato es una historia sencilla y efectiva que, sin saberlo, hemos escuchado miles de veces desde los púlpitos de las iglesias. Es el relato en el que se basa la fe cristiana, la vida de Jesús, contada en clave de policial negro.

La pregunta que muchos se hacen el enfrentarse a Chesterton es por qué un cristiano elegiría escribir historias de detectives. La respuesta es sencilla: la fe cristiana está enraizada profundamente en el concepto de crimen. La Biblia, libro fundacional de la cultura occidental, demora solo tres capítulos para contar la primera trasgresión y cuatro para relatar el primer homicidio. De ahí hasta el martirio de los primeros cristianos, todo tipo de delitos atraviesan las hojas de este conjunto de escritos clave para comprender el cristianismo. De manera que, más que preguntarnos por qué un cristiano escribe policiales, deberíamos pensar por qué no hay más sacerdotes detectives.

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  1. K. Chesterton fue educado en el seno de la religión anglicana. En su historia no hay un giro radical como se produce en el caso del ateo o el agnóstico que se vuelve a la religión. La preocupación espiritual fue una constante en su vida: las primeras historias del padre Brown las escribe en 1911, diez años antes de convertirse al catolicismo. Ya por entonces, el escritor y polemista especulaba con esta posibilidad, tal como refirió en su autobiografía. Me atrevo a decir que su conversión al catolicismo es una cuestión de formas: no se sentía cómodo con la falta de definición dogmática propia del anglocatolicismo.

Es sabido que Chesterton se inspiró en su amigo y confidente espiritual, el sacerdote John O’Connor, para crear al padre Brown. La idea de usar como detective a un religioso de aspecto trivial y cándido no se concretó sino hasta que, estando apremiado económicamente, su agente literario le informó que solo se vendían cuentos policiales. Así, con una impronta casi capitalista, comenzó la serie del padre Brown, personaje al que el autor regresó cada vez que la necesidad lo acuciaba.

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Al parecer, los momentos de escasez fueron varios, porque Chesterton escribió cincuenta y tres relatos protagonizados por el personaje. La mayoría se compilaron en cinco libros: El candor del padre Brown (1911), La sabiduría del padre Brown (1914), La incredulidad del padre Brown (1926), El secreto del padre Brown (1927) y El escándalo del padre Brown (1935), más tres relatos que quedaron fuera de estas antologías: “La vampiresa de la aldea”, “El asunto Donnignton” y “La máscara de Midas”. Como muchos otros escritores, Chesterton consideraba que su creación más popular era un elemento menor dentro de una obra que es, sin dudas, mucho más compleja.

En la creación del padre Brown, Chesterton juega con sus amadas paradojas, que en rigor son meros contrastes narrativos. Ideó un personaje simplísimo, un curita de campo que enfrenta, casi siempre de manera azarosa, los más extraños crímenes. Aunque observa y analiza, el sacerdote termina descubriendo la verdad porque conoce las pulsiones espirituales de los demás personajes, sabiduría que ha cultivado en años de escuchar detrás de la rejilla del confesionario.

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Chesterton, como muchos otros grandes del género, explicitó algunas de sus ideas sobre el reato policial. Diferenció cinco características, cada una relacionada con un aspecto distinto de este tipo de historias:

La resolución.El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no”.

La sencillez.El alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez”.

La honestidad.El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio”.

El artificio.Es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño”.

La idea.Los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea”.

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Tal vez sea este último punto el que más efecto tenga sobre la producción de Chesterton, que urdía las historias policiales en base a su concepción religiosa. Sin embargo, tuvo la inteligencia necesaria como para no convertir sus cuentos en un panfleto. Lo logró con un recurso sencillísimo: hacer de su protagonista y detective involuntario un sacerdote, alguien vinculado con la fe y de quién se espera una reflexión espiritual. El padre Brown es un cura que se comporta como tal, ni más, ni menos.

La fe de Chesterton estaba alejada del ritualismo con el que usualmente se relaciona a la Iglesia Católica. Tampoco hacía particular énfasis en el aspecto franciscano y social, sino que veía la fe como un espacio de reflexión racional. La frase que encierra esta idea con mayor justeza la dice el propio padre Brown en su primer cuento: “Es de mala teología negar la razón”. Así, el curita jamás recurre a la violencia, pero es capaz de los mayores juegos dialécticos. Como le explica a Flambeau, el ladrón coprotagonista de los primeros cuentos del sacerdote:

La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón […] La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; pien­se usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pue­da afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: “No robarás”.

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De manera que, pese a ser un religioso, en el padre Brown siempre hay una visión racional de la realidad y de las motivaciones del ser humano. Para Chesterton, el hombre siempre se encuentra en una lucha contra la oscuridad y desde ese enfrentamiento debe ser abordado.

En el cuento “Las Estrellas Errantes”, el sacerdote conversa una vez más con Flambeau, criminal de gran estatura y prodigiosa inteligencia. Para acrecentar el contraste, Chesterton lo sitúa sobre un árbol. El padre Brown, que ha descubierto el ardid en el que se basó su robo, con los pies en la tierra va a explicarle:

Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero, ¿quién ha sido capaz de establecer el nivel para el mal? Ese es un camino que baja y baja incesantemente. El hombre bondadoso que se emborracha se vuelve cruel; el hombre honesto que mata mienta después para ocultarlo […] En su libertad de acción, se encontrará usted con el corazón frío y sintiendo próxima la muerte y entonces, las copas de los árboles estarán muy desnudas.

La próxima vez que Flambeau aparezca en un cuento del padre Brown, será como detective. Con inteligencia, Chesterton deja fuera de la historia la presunta conversión del delincuente, evitando realizar una declaración de principios inapropiada para el contexto del policial.

Para Chesterton, el ser humano lucha entre dos pulsiones; nunca ocultó su fascinación por los cuentos de hadas, donde se proponen mundos sin contrastes. Sin embargo, lejos del infantilismo, la visión del escritor se es profunda, porque pone en las manos del individuo la decisión sobre qué camino elegir.

Casi como si fuese el final de una novela, las últimas palabras de Chesterton cierran no solo una vida, sino una cosmovisión. Ya en su lecho de muerte, junto a su esposa y a su secretaria, casi una hija, susurró: “Todo está entre la luz y la oscuridad… y cada persona debe elegir”.

Los cuentos del padre Brown no son más que el intento de Chesterton por inquirir en esa particular forma de entender la realidad.

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