–Si pudieras elegir un poder, cualquiera, el que vos quisieras…

–De cualquier superhéroe –se metió Javier.

–De cualquier superhéroe –siguió el Gordo y después hizo una pausa dramática– ¿cuál elegirías?

Los dos se quedaron mirándome con los ojos grandes y brillantes. La minita que venía relojeando en la mesa de al lado me miró por un segundo y bajó la vista enseguida. No te lo puedo creer, pensé yo. Con razón nunca levantamos nada. Esto me pasa por juntarme con estos aparatos. La minita, rubia, de bucles, carita redonda y labios tipo Angelina Jolie rojísimos, cuchicheó con la amiga, una morocha retacona y con ojos saltones que fumaba como un escuerzo, y las dos empezaron a cagarse francamente de la risa.

Tomé un trago de fernet. Un trago largo. Dejé el vaso en la mesa. Después los miré a los ojos, primero al Gordo, después a Javier, después a la rubia que volvió a desviar la mirada, y decidí hacer un experimento:

–Puntería perfecta. Me gustaría tener el poder de pegar un tiro al aire y que le cayera en la cabeza a quien yo quisiera, a cualquier la distancia.

–Donde pongo el ojo, pongo la bala. Como Green Arrow o Hawkeye–dijo rápido Javier.

–Algo así. Pero sin necesidad de tener el blanco a la vista.

–¿Cómo? –preguntó el Gordo.

–Eso. Me gustaría tener el poder de disparar un arma y pegarle a un tipo, sin importar dónde estuviera.

–¿Sin importar donde estuvieras vos o el otro? –preguntó Javier.

–Sin importar donde estuviera ninguno de los dos.

El Gordo se quedó mirando su vaso. Javier revolvía su cortado con la mirada perdida.

–¿En cualquier parte del mundo? –preguntó Javier.

–A ver. Te vas a Tucumán a cazar perdices, apuntás al cielo, pum, y en Budapest algún hijo de puta cae fusilado al piso. Cuando la yuta va a revisarlo, tiene un cohetazo de carabina en la nuca.

La minita levantó la vista fugazmente hacia nuestra mesa. Se estiró para levantar la cartera que tenía apoyada en el suelo y pude ver un bretel rojo que asomó por el cuello de la remera. Era una remera blanca que decía Try Me en letras grandes de máquina de escribir. El bagarto que tenía por amiga le hablaba y le hablaba y a cada palabra que decía exhalaba humo, como un dragón.

–Pero entonces el poder sería de la carabina, no tuyo –dijo el Gordo inflando el pecho y el escudito de Superman de su remera se deformó más todavía.

–Dije carabina por decir algo. Yo tendría el poder de agarrar cualquier arma y lograr que haga esto de matar a distancia, sin apuntar.

Otro momento de silencio en el que todos aprovechamos para tomar un trago. El Gordo de coca, Javier de café, yo de fernet con tónica. La rubia estaba tomando una Iguana con un gajo de limón adentro. El pico de la botella tenía un beso de rouge. No sé qué tomaba la amiga.

–¿Serías un superhéroe o un supervillano? –preguntó Javier.

–Un superhéroe, claro.

–Pero estarías matando gente –dijo el Gordo.

La rubia decía que no con la cabeza y se mordía el labio.

–A los malos.

–¿Y quién te diría a vos quién es bueno y quién no? –preguntó el Gordo.

–Yo qué sé. El mismo que se lo dice a Superman. O a Batman.

El Gordo estiró la remera y la alisó con la mano.

–O sea, los que amenazan al mundo y joden a la gente, ¿no? –confirmó Javier.

–Ponele.

–Es un poder de mierda –se empezó a reír el Gordo.

La rubia se aplaudió la frente. Volvió a secretear con el bagarto y se largaron a reír de nuevo.

–Es el mejor poder del mundo.

–Dejate de joder. Elegí uno bueno, te damos otra oportunidad –siguió diciendo el Gordo.

–No, me quedo con este.

Javier, que estaba muy pensativo, sorbió sonoramente el último trago de café y apoyó el pocillo en el platito.

–Ok –dijo– A algunos les pegarías. Podrías matar a Lex Luthor, al Joker, hasta a Magneto si querés. Pero para pelear contra Galactus te quedás corto.

–Galactus, Abominación, Doomsday, hay cientos de villanos para los que una bala es como una picadura de mosquito –dijo el Gordo.

La rubia y su amiga bagarto explotaron de golpe en una risotada. La amiga escupió su bebida por la nariz. Se levantó y se fue para el lado del baño secándose las lágrimas con una servilleta. El único que le miró el culo fui yo. Era igual de fea de atrás que de adelante.

–Estas dos ya están mamadas –se rió Javier entre dientes con una risa de burro que rebuzna.

La rubia se quedó sola en la mesa. Se puso a revolver la cartera con un cigarrillo en la mano. Me levanté rápido, me acerqué en dos pasos y le ofrecí fuego. Ella se inclinó un poco con el pucho entre los labios. Después me sostuvo la mirada mientras soplaba el humo. Yo también me prendí uno. Abrí la boca para hablarle, tal vez decirle algún chiste de langa sobre la frase de su remera, pero escuché el grito desde la otra mesa.

–¿Y entonces? –estaba diciendo Javier.

Crucé los ojos y resoplé. No me podía estar pasando esto. La rubia me sonrió y levantó los hombros. Me apoyé en la silla, quería sentarme a su mesa, pero sentía en la nuca la mirada de los otros dos, y era obvio que si no les daba pelota iban a encontrar la forma de hacerme pasar más vergüenza todavía.

Para colmo, el mozo se acercó justo en ese momento.

–La señorita pidió la cuenta en la barra –dijo, y apoyó el ticket en la mesa.

La rubia se fijó cuánto era y le dijo al mozo que les estaban cobrando cosas de más, que ellas sólo habían tomado tres cervezas, dos tragos y unas papas fritas. El mozo le decía que habían sido tres tragos, que cuando ella se había ido al baño, la amiga había pedido un Manhattan. Que no, que sí, que esperemos a que vuelva mi amiga, y a mí que los otros dos me tironeaban de la remera y Javier me decía –¿Y entonces? –y yo que justo vi que la amiga volvía y sentí que se me estaba cayendo el castillito de naipes.

–Y entonces, ¿qué? –me di vuelta.

–¿Y entonces cómo hacés para luchar contra los supervillanos más grosos? –dijo el Gordo.

–Qué se yo, Gordo. Esos se los dejo a Linterna Verde, o a la Mole, o al que ustedes quieran.

–¿La Mole contra Doomsday? –se empezó a reír Javier mordiéndose el labio con un chasquido. –Qué hambre.

Yo seguía parado entre las dos mesas, discutiendo con estos dos boludos de un lado y viendo que no se me fuera la rubia del otro. Por fin, la amiga había llegado y había resultado que sí se había pedido ese trago de más, así que ya habían pagado y ahora estaban esperando el vuelto.

–Me alcanza con matar gente común y corriente, sin poderes.

–Ah, pero a esos los mata cualquiera –dijo el Gordo.

–Sí, no te hacen falta superpoderes para boletear a un mortal –agregó Javier.

–A ver si me entienden. Tal vez no podría matar a algunos, pero me podría cargar al noventa por ciento de los universos de Marvel y DC, y al cien por ciento de nuestro universo. ¿Superman caería? No, claro que no. Pero el Hombre Araña sí.

–Pero, pero… –se atoró Javier.

–Está muy bien que mate gente común y corriente, sin poderes. Pero si mato a Batman o a Ironman, ¿está todo mal? ¿Soy un villano?

–Un supervillano –dijo el Gordo.

–Y sí, boludo. No podés andar por ahí boleteando superhéroes. Te va a salir a buscar la Liga de la Justicia –dijo Javier. El Gordo asentía serio.

–Y los X-Men –dijo.

El mozo volvió y dejó el cambio sobre la mesa. La rubia y el bagarto empezaron a hacer cuentas de quién le debía cuánto a quién.

–Que me busquen, ¿qué importa? Por más que Superman esté al lado de Batman cuando le enhebre la bala en el ojo, ¿qué va a hacer? Yo voy a estar a miles de kilómetros.

Los dos se quedaron mirándome. La rubia empinó el último trago de su porroncito de Iguana y se paró. Empezó a ponerse el abrigo.

–Ponele que también estuviera Flash al lado de Batman –tentó Javier.

–¿A cuánto corre? ¿Mil kilómetros por hora?

–Te quedaste en la historia. Eso fue en los años cuarenta, cuando recién salió. Ahora va más rápido que la luz. Puede dar la vuelta al mundo en menos de un segundo –dijo el Gordo.

Se ve que las minas no escucharon, porque si no se habrían empezado a cagar de la risa de nosotros de nuevo. Me empecé a desesperar.

–Bueno, sí, pero tiene que saber de dónde vino la bala, ¿no?

–A esa velocidad –empezó a decir el Gordo–, a esa velocidad, sale corriendo en la dirección de donde vino el tiro, y al ser tan rápido, enseguida engancha el zumbido que hizo la bala en su trayectoria. Y como es más rápido que la luz, si se pone las pilas es como ir para atrás en el tiempo, así que llega hasta donde vos estás cuando estás apretando el gatillo.

El Gordo terminó de hablar justo cuando las minas salieron caminando. La rubia me hizo una caída de ojos y yo me quedé mudo. No dije nada más. La seguí.

–Eh –dijo Javier. El Gordo me chifló. Yo me apuré tres pasos y la agarré del codo justo cuando salía del bar. Nos quedamos charlando dos minutos en la puerta. La amiga se avivó y dijo que no se sentía bien, que se iba en taxi. Cuando salíamos, escuché que el Gordo le decía a Javier: –Dejalo. Se va porque perdió. Eligió un poder de mierda.

Los dos se rieron como burros.

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