El cordón de la zapatilla parece una serpiente que espera un descuido para atacarlo. Ya logró trepar un cuarto de su largo cuerpo atigrado y ahora permanece inmóvil, a la espera de una oportunidad para el resto, que todavía se arrastra por el suelo.

Quiero avisarle que tiene el cordón desatado, pero está muy concentrado. No para de escribir en su cuaderno. Bueno, en realidad sí para: cada tanto corre la vista de la hoja, busca algo en su adentro y después vuelve decidido sobre el papel. A veces tacha y se inclina levemente hacia delante y un mechón de pelo se le viene a la cara.

Es mi primera clase en un taller literario y también debería estar escribiendo una historia, pero todavía no doy ni con la primera oración. Cuando pasé por la librería y vi el afiche, me pareció que un curso así me vendría bien para superar mi bloqueo. Así que anoté la dirección y, un día después, acá estoy.

Es una casa de té, pero durante la hora y media que dura el taller permanecerá cerrada al público. No sé si por decisión del dueño o a fuerza de realidad: seremos unos veinte y no cabe un alma más.

De hecho, Juan, que aparenta el más jovencito de los participantes, tuvo que sentarse en el suelo a falta de otro lugar. Su novia, una chica pálida de risa ahogada, que atiende la barra y vende tortas que ella misma prepara, sin huevo ni manteca ni azúcar y con el agregado de un mensaje de autoayuda que viene clavado a la porción, le trajo un almohadón.

La chica pálida apoya sobre la mesa el budín de limón que pedí. En voz alta leo la frase adosada con el palillo: “Confiar significa amar”, Osho. Suelta una carcajada ahogada y me cuenta que cada pedazo tiene un mensaje distinto y que siempre los cambia. Me cae simpática.

Tomo café, como, pero sigo sin poder escribir. El taller no me está resultando como esperaba. Creo que estar rodeada de gente y tener que valerme de birome y papel no ayuda. Necesito mi computadora para tipear sobre una hoja digital. Además falta aire. Está todo cerrado. Las mesas, demasiado juntas. Estamos apretados.

A mi compañero de enfrente parece no importarle. Sigue volcado al papel. ¿Era Mariano? Sí, creo que lo llamaron Mariano cuando se incorporó al grupo. Llegó tarde y apurado. ¿A qué se dedicará? Supongo que en este preciso momento a narrar el encuentro que nos dejó de consigna el profesor, que ahora ríe en la vereda, del otro lado del vidrio, con una mujer. En un rato entrará y nos pedirá lo que hicimos. Basta, tengo que ponerme a trabajar.

“Un encuentro… un encuentro…”, pienso. Nada. Bueno… lo que sea. Escribo la historia de un hombre y una mujer que una década atrás tuvieron una relación bastante tortuosa y por azar se encuentran en la parada de un colectivo. Esperan uno atrás del otro. Los dos se vieron, pero fingen que no. Pasan dos horas y el colectivo no llega. Es tarde y tampoco se ven taxis. Vencidos por el cansancio, empiezan a hablar: del clima, de los autos que pasan, del transporte público. Primero se concentran en evitar referencias al pasado. A medida que la charla avanza, por momentos, se olvidan que alguna vez existió. Al final se sienten dos extraños a punto de comenzar una relación.

Entra el profesor y me apuro a buscar dos nombres para reemplazar la X y la L. Decido que se llamarán Juan y María. Listo, quedó.

Levanto la vista y me encuentro con el profesor. Me pregunta si me animo a leer primera. No muy convencida, arranco. Opiniones, sugerencias; el turno de otro.

No me quiero perder la lectura de Mariano. Me intriga lo que tan concentrado escribía, pero no aguanto más las ganas de hacer pis y voy al baño.

Me lavo las manos. Entra la chica de la barra. Le sonrío rápido por el espejo y acomodo mis dedos bajo el secador.

“Con vos quería hablar”, dice. “Dime…”, me apresuro jocosa, sin advertir todavía el tono seco de su voz. Cuando giro la encuentro cruzada de brazos, apoyada en la puerta de entrada, como trabándola, y con los ojos en llama.

¿Eh? No entiendo nada, pero intuyo que algo no anda bien y, sea lo que sea, tiene que ver conmigo. De la chica risueña, de mensajes motivacionales que trabaja en un café literario, no queda nada. La que ahora me mira es otra persona bajo la misma forma. ¿Me quiere pegar?

—¿Qué pasa? —pregunto nerviosa.

—Escuché lo que leíste.

—Sí… —no entiendo a dónde va.

—No te hagas

Enloqueció, pienso, y me va a agarrar de los pelos. Quiero salir pero no hay otra puerta. Me desespero. Intento sonar natural para tranquilizarla pero la voz me sale entrecortada:

—De verdad no te entiendo. ¿Qué es lo que pasa?

—Te agradecería que no vuelvas a usar el nombre Juan en tus textos —dice altanera.

Tardo unos segundos en entender que realmente quiere decir lo que está diciendo. Cuando por fin lo acepto, cierro la boca. Intento explicarle:

—Juan es un nombre común. Fue el primero que se me ocurrió. No lo asocié a tu novio.

—Somos pocos y acá todos saben que Juan es mío. No hay necesidad de que uses ese nombre, y menos sin pedirme permiso.

Todavía algo incrédula, le digo que no usaré más ese nombre, que se puede quedar tranquila, que me perdoné si la ofendí y, de puro miedo, le sonrío. Intento que la trastornada se afloje y me deje salir. Nunca se sabe la clase de serpiente que puede tener agazapada, y con la parte que veo me alcanza.

Afuera del baño y rodeada de gente, pienso que de habernos ido a las manos, a juzgar por nuestro físico y estado, yo hubiera tenido más chances de ganar. Lamento mi cobardía. Aunque… ¿vale la pena pelear por algo que no me importa? Nah… Algunas batallas mejor evitarlas. Sí… definitivamente, cada tanto es bueno un paso al costado para que mambos ajenos sigan de largo. Al fin y al cabo, lo que más lamento es haberme perdido la lectura de Mariano.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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