—No, no. No estoy más con Tomás. Terminamos. No me merece. Pero sabés qué, cuando se dé cuenta de que ninguna va a hacer por él las cosas que hice yo, le va a caer la ficha. Se va arrepentir por todo lo que me hizo. Y se va a querer matar por haberme perdido —se interrumpe para encender un cigarrillo. Larga el humo con brusquedad—. Se terminó. Basta de ser la boluda que está disponible cuando él tiene ganas. Y esta vez es de verdad. No me valora. Yo merezco algo mejor —acerca el cigarrillo a la boca—. Cuatro años me hizo perder —inhala—, cuatro años —arroja una bocanada blanca—. Pero basta. Es más, ¿sabés lo que hice? Le mandé un mensaje a Tucu.

—¿A quién?

—A Tucu… el pibe del que estaba enamorada en la secundaria. El otro día nos encontramos en la calle. ¿Te acordás que te conté? Mirá, es este —me pasa su celular con una foto ampliada de WhatsApp.

—Me acuerdo que algo me habías contado… ¿No tenía novia?

—Seee, más o menos… estaban mal, me dijo. No sabés, se puso re contento cuando me vio. Insistió para que tomemos algo a la noche porque necesitaba hablar con alguien de confianza, alguien que lo conociera, que lo entendiera. Pero yo, la boluda, dije que no podía porque iba a salir con Tomás. Y al final, lo siempre, cayó borracho a las tres de la mañana. Tendría que haber arreglado con Tucu, que estaba como loco de contento. Decía que era una señal del destino que justo yo aparezca en ese momento. Me miraba de arriba abajo y se mordía el labio. Me decía que estaba más linda y que necesitaba una de nuestras charlas, que no me daba una idea de cuánto las extrañaba.

—¿Pero no era que no se veían desde el secundario?

— No, sí… después de esa vez volvimos a tener algo. Igual, hace años que no lo veía, y no lo tengo en Facebook, nada. Le mandé una invitación hace mucho, pero nunca me aceptó. Tal vez no la vio… Yo tampoco volví a insistir —toma un sorbo de café—. Siempre tuvimos una conexión especial. Ese tipo de vínculos que no se olvidan, viste…

—Habían sido novios, ¿no?

—Estuvimos juntos un montón de tiempo… Y lo bien que la pasábamos… De haberme quedado con él no lo habría conocido al tarado de Tomás y hoy sería otra historia. Como me equivoqué…

—¿Y por qué lo dejaste?

—Fue algo entre los dos. Habíamos empezado a salir durante mis últimos años de secundaria, él es más grande, y seguimos hasta mis 24, 25, más o menos. En realidad él tenía una novia, pero era una relación súper complicada. La mina estaba loca y no se la podía sacar de encima. Le hizo pasar las mil y una, pobre… —lleva el cigarrillo a la boca y le da una pitada— Bueno, un día lo siguió y nos descubrió. Se armó un quilombo que ni te cuento… Después de eso me dijo que yo merecía algo mejor y que él estaba en un momento complicado… A mí me pareció bien que no nos veamos más hasta que solucionara sus cosas. Fue re difícil para los dos. Me decía: “Ay nena, lo que te voy a extrañar”.

—Mmm…

—La cuestión es que años después nos encontramos y volvimos a tener algo… ¿Podés creer que seguía con la mina? Ella le decía que se iba a suicidar si la dejaba. En fin, por una cosa o por otra no nos vimos más hasta ahora, que nos encontramos de casualidad. Una alegría… pero como Tomás me había dicho “A la noche hacemos algo”, rechacé su invitación a tomar un trago. Una boluda. ¿Y qué pasó? Tomás cayó a la madrugada con la excusa de que se les extendió el ensayo por los temas nuevos.

—¿No habías prometido que nunca más te ibas a quedar toda la noche esperándolo?

—Es que ya estaba vestida, con el pelo planchado… Por primera vez íbamos a salir juntos a un lugar que no fuera alguno de sus show. Había anotado en un papel el horario de las películas que podíamos ver porque supuestamente me iba a pasar a buscar a las diez. A las doce descarté ese plan, pero todavía podíamos ir a un bar.

—¿Y te quedaste esperándolo desde las 10 hasta las 3?

—Pero a las 11, cuando ya tenía como cinco llamadas perdidas mías, me mandó un mensaje para avisarme que se le había complicado y dijo que en un ratito salía para casa. Y estuvimos así hasta que al fin llegó: mil llamadas perdidas por un mensaje que decía ‘ya voy’ o ‘en camino’. Obvio que no salimos.

—¿Por eso terminaron?

—No, no. Después de eso hablamos, me explicó lo que le había pasado y me prometió que no lo volvería a hacer. Yo tampoco quiero ser como esas minas re pesadas. Además tiene razón, a veces me zarpo con los mensajes. Todo se pudrió cuando me enteré que ese día estuvo con la rosarina.

—¿La misma de la otra vez?

—Sí, parece que nunca se dejaron de ver. Y no solo eso. Me creé una cuenta falsa de Facebook y le empecé a hablar, primero con la excusa de la banda, como una fan… La cuestión es que me terminó invitando a cenar. Bueno, a mi yo falso. ¡Y conmigo nunca quiere ir ni a tomar un café! Lo quería matar.

—Desde que empezaron a salir la relación fue así. Me alegra que por fin te des cuenta.

—Sí, sí, ya está. Merezco algo mejor. Si no me valoro yo, nadie lo va hacer. Ahora lo entendí. Basta de Tomás. Esta noche me encuentro con Tucu, que me respondió el mensaje al toque. Se muere por verme… Hasta suspendió una salida con amigos, imaginate.

—¿Y a dónde van a ir?

—Naah, bueno… como está medio bajón, viste… por esto de que está terminando una relación… Me pidió que vaya a su casa para que podamos hablar más tranquilos… Pero con él siempre todo fue muy distinto, eh. Nada que ver al otro… nada que ver.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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