Vanessa Pérez Moreno nació en 1992 en Maracaibo, Venezuela. Es Licenciada en Letras egresada de la Universidad del Zulia. Miembro fundadora del Colectivo Literario Solombra  entre el 2012 y 2016, y de la Directiva del Movimiento Poético de Maracaibo desde el año 2013. Promotora de la cultura y la literatura participando y organizando recitales de poesía y tertulias literarias en Venezuela. Participó en la segunda sesión de Nuevas Voces por Ediciones del Movimiento. Su poemario Vientos de Mayo fue publicado en agosto del 2015 por la Fundación Editorial El Perro y la Rana (Venezuela). Actualmente reside en Buenos Aires, Argentina donde trabaja como correctora literaria.

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Carta 1

Encenderé una vela para decirte adiós, papá.

Tus memorias desmembradas ya han huido. Tu piel de pino envejeció. No quedan rastros. Papá, tu niña linda se ha perdido. Me convertí en una mujer que sangra y grita, que se toca y se presiona y se disfruta. Una mujer que no camina ya de espaldas. Papá, vivo en una casa que me habla, que me insulta y me hiere y me desarma. Una casa que es pasado y sólo casa. Papá me enamoré en una ciudad que no me pertenece, una ciudad de aire, de ruido y de baile. Ciudad que significa sólo un hombre, un hombre que no eres tú, pero me quiere. Así ves, papá, cómo he crecido, ya tengo pechos y orgasmos y ambiciones. Soy exactamente eso que nunca has visto.

 

Soy más que una extranjera enamorada

veo más allá de los libros y las tallas

soy más que las ciudades y las máscaras.

 

Soy, ese puente en el que te has ido.

 

Carta 10

Devotos a una patria inexistente, nos desvestimos recordando nuestros miedos. Creí recordar tu rostro mirando hacia el vacío, sin temerle. Le beso la espalda, el cuello, los latidos. Con cada gemido agradecemos al extraño por permitirnos seguir vivos, aunque temblamos. Me preguntó si esta ciudad había conseguido mordernos, le dije que la marca de sus dientes la llevaba en mis hombros.

¿No me viste allí corriendo? Intentando proteger lo que me queda de inocencia. Ahora acaricio mis pies enrojecidos, le beso el pecho, le miro a los ojos, agradeciendo una vez más a aquel extraño, a la bala fallida, a la escalera oportuna. El miedo nos recuerda que estamos vivos.

 

Carta 14

Confieso que soy una mujer que se mira al espejo desnuda y alucina con las manos del hombre que ama y está lejos. Confieso que soy una mujer que conoce su sexo, sé que cada toque se siente distinto, que cada vez es más intenso, rápido, luego lento, gimiendo, alucinando… Trascendiendo. Confieso que soy una mujer que tiene amantes y grita en el orgasmo. Una vez hubo un hombre que me recitaba poemas en la cocina todos los miércoles, fumábamos desnudos luego de gritar nuestros deseos, cerrando las puertas, escapando del miedo. Confieso que los hombres me excitan, pero la mayoría del tiempo les temo. Confieso que me quiebro ante el placer hambriento, ante la calle oscura que aún me espera. Confieso que algunas veces soy tu voz que respira, que se esconde entre los pasos del inmigrante. El verde de tus vientos, el vuelo del no-muerto. Confieso que soy una mujer que se despide con un orgasmo lento y largo, mientras se mira al espejo desnuda y alucina.

 

Carta 16

Me he convertido en un alma inexistente en un pedazo de madera quemada en una cáscara que sólo tiembla cuando el miedo permanece soy el pecado que sus miradas más desean soy sólo una grieta sin voz sin aire sin latido sin latido me he convertido en la memoria del río que intenta revelarse en la mujer que se hartó de buscar la lujuria en sus ojos verdes el amor en la ciudad de los artistas la felicidad en la noche de los hombres hambrientos la vida en tus manos que están cada vez más sucias no lo intentes no hay regreso me he convertido en un canto que se ha muerto soy el verbo que se esconde el suspiro del recuerdo el orgasmo de los últimos adioses el otoño que no acaba que no acaba me he convertido en sólo eso y más que eso soy la ebriedad de tu tan breve permanencia la retorcida angustia de nuestros puntos suspensivos

 

Carta 17

Mujer de viento seré al final del día, cuando las cenizas de tu cuerpo se levanten y tus dedos marchitados señalen el último suspiro. Hoy un nuevo nombre se une a tu homenaje, un niño condenado cerca de ti respira. Mujer gladiola seré al final del día, cuando el verdor de tu silencio reviva en mis pasos. Y te despojo, te despojo en este día en el que sus nombres son el verbo de una voz bendita. Mujer de años seré al final del día, cuando el hambre de tu espera acabe, cuando tus piernas se detengan con el peso del mar, cuando tu garganta no pueda seguir buscando-nos. Quedará tu esencia convertida en humo, el césped seguirá creciendo. Mujer de mayo seré al final del día.

vae

Sobre El Autor

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