—Amigaaaaa, estoy en Buenos Aires. Vine sin marido, ¿nos vemos? —me escribió mi amigo Roberto (o Robert, como le decimos) por el chat de Facebook.

Dos horas después estábamos acodados en la barra del bar que solíamos frecuentar antes de que él conociera al inglés que lo enamoraría perdidamente y lo llevaría a vivir a Londres tras ponerle una alianza en el anular. Adentrándolo así en la vida marital.

Ya pasaron unos siete años desde aquella conversión de soltero de vértigo a hombre feliz y, según aseguró, fielmente casado. Pero todavía, en cada uno de nuestros encuentros esporádicos, entrecierro los ojos al verlo en su nuevo rol.

—¿De verdad te estás portando bien? —pregunté desconfiada. En mis recuerdos, sus anécdotas de soltero no parecían tan lejanas.

—Muuuy bien —afirmó sosteniéndome la mirada. Tomó un trago de su daiquiri de frambuesa y remató—. Aunque te cueste creerlo.

—¿Y no extrañás tu antigua vida? —insistí.

—Extrañar, extrañar no, pero bueno… tampoco es que… —una mueca de picardía se dibujó en sus labios.

—Ah… viste, yo sabía que algo había…—y me callé esperando a que siguiera.

—No, no hay nada, pero…

—¿Pero qué?

—Bueno… salgo, miro, dejo que se me acerquen, pero ahí queda todo. Me gusta sentirme en carrera. Y no te voy a mentir, hay veces que me muero de ganas, pero en ese momento me digo “¿para qué?”

Atrás de Robert, distinguí una cara conocida acercándose a la barra. Cuando cruzamos miradas, todo el camino al que parecía apuntar se deshizo frente a sus pies y tomó para mi lado.

Es -o era, no sé- amigo de un chico con el salí hace mucho, mucho, mucho tiempo. Nunca tuvimos demasiado trato, pero en esa época frecuentábamos los mismos lugares y compartíamos conocidos en común.

—Ahí está Toro— le avisé a Robert, mientras lo veía avanzar hacia nosotros abriéndose paso entre la gente con una botella de cerveza en la mano.

—¿Quién?

—    Toro, boludo… estaba en el grupo de Mati— Robert lo conocía tanto (o tan poco) como yo.

—    Ah… ya sé qui…

—    ¡¡¡Hooooooola!!! ¿Quééé hacés acá, boluda? ¿Qué es de tu vida? Hace mil que no te veo —interrumpió Toro algo eufórico y me estampó un beso asquerosamente mojado en el cachete y un abrazo apretado.

—    Hola, cómo estás—respondí, algo incómoda con su efusividad.

En la época en la que nos cruzábamos seguido nos saludábamos apenas si la situación lo exigía. Faltaba vínculo -e interés- para más.

Lo saludó a Robert con la misma intensidad. Creo que el paso del tiempo tiene el poder de provocar en las personas lo mismo que la distancia espacial: cuando ‘conocidos’ -que acaso evitan saludarse en su lugar de origen- se encuentran por azar en otro país o ciudad, se reconocen como amigos. Mientras más lejos de su ciudad, mayor será la sensación de amistad. Con el tiempo pasa igual: la nostalgia pareciera presentar a las personas ‘de otra época’ con un halo especial.

Cual buitre esperando el momento oportuno para atacar a su presa, Toro nos rondó toda la noche. Fue y vino varias veces con distintas excusas. A veces buscaba sacarle charla a Robert y otras a mí.

—Boludo, ¿la onda con quién es?— le pregunté a mi amigo cuando Toro se fue al baño.

—No sé. De a ratos me parece que es con vos y a veces conmigo…

Reímos. No nos gustaba a ninguno de los dos, pero nos parecía divertida la situación. En el bar no quedaba casi nadie.

—Capaz que vamos yendo, ¿no?—propuse a Robert.

Toro volvió del baño cebadísimo con la idea de que teníamos que ir a otro lugar, que estaba buenísimo decía, que tenía toda la onda y lo teníamos que conocer. No tenía demasiadas ganas de seguir, pero con una mirada entendí que Robert se moría por ir.

Cinco minutos después estábamos en el auto de Toro y un rato más tarde en el otro bar.

Su ambigüedad seguía como al principio: de a ratos sentía que estaba de paleta y en otros momentos que los perros eran para mí. Para el final de la noche se disiparon las dudas: había quedado afuera.

Robert parecía moverse en su salsa. Se notaba que recibía halagado esa especie de cortejo. Y, fiel a su estilo, retrucaba cada insinuación aumentando sus artimañas de seducción.

—¿Y entonces? ¿En qué quedamos? —le dije con una sonrisa cómplice y victoriosa cuando Toro fue a la barra a buscar algo.

—Nada, amiga… Es lo que te decía: cada tanto me gusta mojar el dedo en las aguas que alguna vez supe bucear. Exprimo las situaciones con la urgencia de un famélico. Revivo sensaciones y después, al menos hasta ahora, me retiro a tiempo.

Cuando Toro volvió anuncié mi partida. Robert amagó a seguirme, pero Toro lo disuadió y decidió quedarse un rato más. Otra vez me estampó un beso húmedo cerca del labio, un asco.

En el taxi de camino a casa pensé en la soltería, en la juventud y en el tiempo que avanza transformándolo todo. Me acordé de aquellos que asumen cerca la decadencia de su propio cuerpo y van de acá para allá tratando de hacer todo lo que, suponen, pronto ya no podrán. Una sensación rara me sobrecogió. Los comprendí desde adentro. Bajé la ventanilla y entregué mi cara al viento.

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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