Un lugar aislado es un lugar donde los gritos no alcanzan a oírse, donde la enorme distancia diluye el sonido, el pedido de ayuda. Sierra Grande es eso, el grito diluido en el aire traído a nosotros para que finalmente nuestra lectura lo haga audible. Es el cúmulo de relatos construido en un espacio lejano, donde la soledad, aunque compartida, resulta soledad al fin. Una radiografía de adolescencia pueblerina, con sus libertades, espacios y peligros abismales.

Los cuentos reunidos en el libro de César Sodero presentan el paisaje de un sur que por sus grandes extensiones se hace más peligroso, refleja una parte del país, del pueblo, de los jóvenes que crecieron en el espacio infinito del infierno grande. Cada cuento, pequeña mini novela, recuerdo, o relato, va a dejar un deseo pujante de saber más de esa latitud donde puede verse todo aparentemente quieto, pero que ruge violentamente y sacude.

Los noventas, el sur, la juventud. Una antología que puede pensarse como los recortes en la mente de un mismo protagonista que sale al mundo desde su vértice más recóndito. Un rompecabezas que tiene como saldo final una historia fragmentada pero clara, tierna y peculiar.

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¿Cómo nace Sierra Grande?

Ya nací y viví en Sierra Grande hasta que terminé el secundario a mediados de los noventa. Después me vine a vivir a Buenos Aires. Pasó el tiempo y con el tiempo me vinieron las ganas de escribir sobre aquella época. No sabía qué. Lo único que sabía era que quería escribir un libro que se llamara Sierra Grande. Un libro con el clima de aquellos años. Con el imaginario de esa época. A partir de ahí armé el libro. Las historias empezaron a aparecer, a brotar, solas, sin mucho esfuerzo.

¿Cómo trabajaste la historia de Los Rusos? ¿De dónde salió la historia? ¿Cómo es su vínculo con la cultura Rusa?

Siempre admiré el espíritu ruso. Me encanta su cine, su literatura, su historia, sus héroes, soy medio fan de los cosmonautas rusos y de toda su épica.

Los rusos surgió de unos ucranianos que una vez fueron a trabajar a la mina de hierro que había en mi pueblo. La mina había cerrado hacía dos años pero los ucranianos llegaron y se instalaron en el pueblo. Era un grupo de cinco o seis. O quizás más. No me acuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que paraban en el mismo bar al que íbamos nosotros. Nadie sabía bien que hacían en la mina. Ni a que se dedicaban. Y eso, en un pueblo, era caldo de cultivo para que la gente inventara historias. Habrán estado un año, en el que se juntaban todas las noches en el bar a tomar, y un día desaparecieron. Siempre me quedé pensando en esos ucranianos, que no hablaban con nadie, que estaban en un pueblo perdido de la Patagonia. Siempre me preguntaba cómo sería su vida cotidiana. Qué pensarían. Cómo nos verían. Todo lo que entonces me hubiera gustado preguntarles y nunca les pregunté.

Por otro lado, hace años, leí la historia de dos rusos que habían quedado varados en Mar del Plata, se llamaban Victor y Anatoli. Después del fin de la Unión Soviética no tenían a donde volver, se habían quedado sin bandera. Parece que eso pasó en otras ciudades de la Argentina también. Me pareció una historia increíble que de alguna manera resonaba con los ucranianos que yo había conocido.

Después junté las dos historias y escribí el resto.

¿Cómo trabajaste el vínculo entre la realidad en paralelo a percepción en la vivencia de los personajes?

Traté de escribir desde lo que pensaban y sentían los personajes. No creo que exista una realidad distinta a la que pensamos. La realidad es lo que vivenciamos, aunque también es verdad que la naturaleza puede condicionarnos. Traté de construir el mundo de los personajes desde lo que hacían y decían con pocas descripciones de lugares. Quería que el lugar apareciera desde la subjetividad. Frases cortas, una escritura bastante llana, mucho énfasis en la violencia, situaciones que dan cuenta de lo que es la vida en la Patagonia.

¿Creés que, en la condensación social de un pueblo, aparece más cristalizado lo intrínseco del humano?

Lo humano es un concepto muy amplio que depende del contexto social. Me parece que en la vida de un pueblo se trasluce mejor la cultura de una sociedad. Los pueblos, es general, son más tradicionalistas. Los valores tienden a permanecer mucho más tiempo que en las grandes ciudades donde los cambios culturales, en muchos casos, cambian tanto como la tecnología. Pero hay algo en la vida de pueblo que no se da en la vida de las ciudades, que es que todos se conocen. Hay cierta familiaridad y un sentido de permanencia en los pueblos que no se da en las ciudades. Eso habilita otro tipo de conflictos. Por ejemplo: el otro, el extranjero, el que no es del pueblo, se puede transformar en la persona de la que todo el pueblo habla, y en esas habladurías surgen situaciones increíbles.

En definitiva, el pueblo termina siendo como una gran familia. Y ya sabemos que toda familia, de alguna manera, es un reflejo de la sociedad en la que vivimos.

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Sierra Grande me resultó más una novela que una antología de cuentos, ¿desde el principio lo planteaste con esta intención?

Mucha gente me dice que le parece una novela. Pero yo no lo veo así, aunque respeto esa lectura. Es verdad que los personajes y algunas situaciones se cruzan y eso da una idea de totalidad más cercana a la novela que a un libro de cuentos. Cuando empecé a escribir el libro solo sabía que se iba a llamar Sierra Grande. O sea, partí de un lugar, de un concepto si querés. Y a partir de ahí vertebré todo el libro. Me gusta trabajar con conceptos, con una idea que atraviese los relatos. Y quizás por eso se puede leer como una novela.

 En el cuento Pablo, el amigo del protagonista escucha a un escritor afirmar que escriba para entender, esa definición es el motor del relato ¿vos también escribís para entender o para qué escribís?

A mí la escritura me ayuda a pensar. Me ordena ideas. Me aclara el pensamiento. Y partir de ahí el entendimiento funciona mucho mejor. Como en el relato, creo que la escritura es una gran herramienta para la comprensión del mundo. Igual, no me refiero a encontrar una verdad ni nada parecido. Cuando digo comprender me refiero a poder darle forma, sentido, a lo que nos rodea y sentimos. Eso es lo más lindo de escribir. En la escritura el mundo es nuestro.

¿Cómo se vincula Sierra Grande con tu padre?

Todo el libro está atravesado por la figura del padre. Y si querés, de mi padre. Cuando terminé de escribir el libro me di cuenta de que todo el libro hablaba de eso. De la relación filial. No fue algo buscado. Pero estaba ahí. Eso me encanta de la escritura. Uno cree que puede manipularla como quiere pero después uno se da cuenta de que la escritura nos abre a una dimensión desconocida. Nos lleva a un lugar distinto, más auténtico, y menos mental. A un lugar más humano, si querés.

Volviendo a tu pregunta, con el tiempo me di cuenta de que el libro es un reconocimiento a mi papá, una forma distinta de poder conversar con él, otro modo de superar a la muerte para cerrar una etapa muy dolorosa de mi vida.

 Sobre Enriqueta ¿Cómo construiste el personaje de la chica que accede al coito mientras llora el suicidio de su padre? ¿Cómo se activa el morbo del protagonista que se muestra en otros cuentos más consciente/solidario?

Ese personaje lo construí desde una situación tremenda que está muy instalada en la vida de pueblo. Por lo menos en los años en que yo vivía allá. Cuando nosotros éramos chicos, había una idea instalada en el imaginario, digo esto porque no era una algo que se decía, que se ponía en palabras, o que se pensaba de forma consciente, sin embargo, estaba instalado en las acciones, en la forma de moverse, esa idea, muy de clase también, era que las chicas más pobres eran más fáciles. Era una idea tremenda que estaba dando vueltas. Siempre me impactó mucho eso. De grande lo hablé con mis amigos del pueblo y me di cuenta de que eso nos avergonzaba. Quise hablar de eso. De las ideas que nos formaron y nos avergüenzan.

Creo que lo del morbo tiene que ver con poner en acción y en palabras todo aquello que está instalado en el imaginario social del pueblo, y que ese personaje utiliza para someter a Enriqueta. Ese morbo, es el lado oscuro del pueblo mostrado explícitamente.

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 ¿Cómo maneja el clima, la atmósfera, en sus narraciones?

Todo el tiempo trato de construir imágenes que sugieran sensaciones, que sean abiertas para que el lector las pueda completar. Me gusta que la realidad se pueda abrir a otras realidades. Mostrar las fisuras por las que se cuela el otro lado de lo que somos. Para eso tiene que haber tensión. El lenguaje tiene que estar tenso, tirante, a punto de romperse. Como si lo real fuera una tela que tiramos por las cuatro puntas. Y en un momento, alguien, del otro lado, hace un tajo con un cuchillo. Eso es la literatura.

 

¿Cómo aborda en su obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Para mí el trinomio es uno solo. A medida que escribo el lenguaje va estructurando la trama y el argumento al mismo tiempo. Es un proceso simultaneo. Se despliega todo al mismo tiempo.

¿Cómo funciona la memoria –olvido y recuerdo- en su literatura?

La escritura para mí es una forma de la memoria. En el sentido de que ayuda a darle forma a la experiencia. Y en esta dar forma, creo que el olvido y el recuerdo se complementan. La memoria se construye, creo, en base a lo que recordamos y olvidamos. Y el motor de esa dialéctica, o el modo en que lo hacemos, es la memoria. Para mí la literatura es de vital importancia para la memoria porque rescata las experiencias, los modos de sentir y pensar, que la Historia, de por sí, no puede dar cuenta.

¿Cómo es su proceso de escritura?

Ahora estoy terminando otro libro de cuentos, le dedico unas dos horas todos los días. Más de eso ya no me rinde, porque empiezo a desconcentrarme. Me lleva mucho tiempo la reescritura. Reescribo todo línea a línea. Las primeras versiones son algo más impulsivo, con material en bruto al que después voy tallando. Le voy dando forma, ritmo. Es como el trabajo que hace un escultor, o un ebanista. La escritura aparece con la reescritura. Es como dice Kartun, escribir es reescribir, lo demás es catarsis.

También escribo para cine, ahora estoy con unas presentaciones al INCAA y le dedico bastante tiempo a esto. En estos últimos seis meses escribo todos los días, pero quizás, después, pueda pasar un tiempo sin escribir una palabra. La escritura es un estado. Ahora estoy en modo creativo. No sé cuánto durará.

¿Qué le interesa leer?

En general leo literatura, pero también leo ensayos, libros de historia, y todo aquello que me despierte curiosidad. Siempre estoy buscando historias. O ideas para escribir historias. Por eso trato de leer todo lo que puedo.

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¿Cuáles son sus referentes?

Mi principal referente es el cine. Sobre todo, tengo una formación audiovisual. Así que primero tengo que nombrar a Bresson, Tarkovsky, Orson Welles, Leonardo Favio, los hermanos Coen, entre otros.

 ¿Cuáles son sus lecturas fundacionales?

Cuando era adolescente Borges me marcó mucho y me abrió a muchas lecturas y autores que en su momento eran desconocidos. Los cuentos de Cortázar, siempre presentes. Kafka, y sus laberintos burocráticos, me dio el extrañamiento y la asfixia que me encantan. “El desierto de los tártaros” de Dino Buzzati fue una novela que me hizo sentir el poder de la literatura. El “Llano en llamas” de Juan Rulfo es un libro donde está todo para aprender a escribir, ahí descubrí el ritmo y la sonoridad en la escritura. Un poco más grande, Los Detectives Salvajes de Bolaño me voló la cabeza. Las novelas de Antonio Di Benedetto, la famosa trilogía con “Zama”, “El Silencierio” y “Los Suicidas” es una obra tan buena que te hace dudar si uno quiere seguir escribiendo. Toda la obra de Saer, el trabajo con el lenguaje es increíble. Los cuentos completos de Guy de Mauppasant, también son un referente muy importante. Las novelas de Melville, Conrad, Vargas Llosa, Dostoievsky, Cormac MacCarthy. Y también dos escritores geniales que sigo leyendo, Stanislaw Lem, con su racionalismo futurista, y Philip Dick, con su desmesura imaginativa. La ciencia ficción es un género que me gusta leer mucho y a la que le “robo” todo el tiempo.

Estas son mis lecturas fundacionales, son muchas más, pero esos son las tengo más presentes. Los escritores que más me marcaron.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Candelita Gomez

Nació en Buenos Aires en 1986. Trabajó durante quince años en diversas puestas en escena como directora, dramaturga, asistente y actriz. Exploró el universo audiovisual, realizó su cortometraje ESTERTOR y escribió otros guiones. Se formó en teatro, dramaturgia, danza Butoh y contemporánea. Colaboró en correcciones y traducciones de guiones de cine, poesía y narrativa. Trabajó durante ocho años en el Museo Nacional de Bellas Artes donde, durante el 2015, produjo el ciclo Bellos Jueves. Actualmente trabaja en la Biblioteca Nacional, se forma como docente en letras y escribe por necesidad vital.

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