Raúl Zurita es una de las voces poéticas más reconocidas de la literatura latinoamericana  contemporánea. Su primer libro, Purgatorio (1979) -impulsado por otra voz fundamental como la de Enrique Lihn-, junto a Anteparaíso (1982) y Canto a su amor desaparecido (1985) lo inscribieron en las primeras líneas del canon poético chileno, y en el de la resistencia. En el año 2000 obtiene el Premio Nacional de Literatura. Dos años más tarde comienza a trabajar en la obra que le llevará doce años escribir: Zurita, publicada en Chile en 2011. Este libro, de casi ochocientas páginas, recorre un día funesto de la historia chilena: el 11 de septiembre de 1973, y busca -en palabras del propio autor- “la precisión de un epigrama”. En 2016 recibe el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

IN MEMORIAM (Audisea 2016) nace -como toda poesía- de la imposibilidad del olvido; y se presenta como un álbum de recuerdos donde se suceden ininterrumpidamente imágenes poéticas, escenas, diálogos, y personajes como Hemingway, Kurosawa, Cormac McCarthy, John Ashbery, Nicanor Parra, y tantos otros. Zurita trabaja fuertemente la intertextualidad, su obra está plagada de referencias bíblicas y dantescas. La Divina Comedia -a sus ojos el más grande poema humano- relatada por su abuela en los años de la infancia, ha sido para él una obra iniciática a la que siempre volver.

“las desmoronadas playas de Chile” son escenario fundamental de estas páginas; el horizonte y el mar las recorren: “El Pacífico era el cielo recordaban los ahogados / hinchados gritándonos”. Y es que los ahogados son protagonistas de este canto: “… los vimos ahogarse de llanto nos / gritan en los sueños los ahogados apozándose encima de las montañas   como exiliadas islas   mirándonos”. De este modo, la soledad y el llanto se abren paso en la memoria: “Queridos seres humanos, queridos parientes, si ustedes lo vieran llorar así”, “él llora en el Memorial del Dolor”; “El mar que empapa toda la tierra como / la empapa nuestra soledad, ¿verdad, papá?”. Así, también la familia cumple su rol en esta historia: “El mar es muy bonito, pero / mamá grita. / No puedo verte, debe ser / porque está oscuro ¿cierto / papá? // ¿Sabías que yo también dejé / a mis hijos papá?”.  “Mamá llora y pide / perdón. / Ya pasó todo mamá”.

La tragedia de la dictadura es entonces la sustancia esencial de este libro: “Me guardaron en la bodega de un carguero”, lanza uno de sus primeros versos. Una obra es el correlato de tu vida o no es”, sentencia el autor. ¿Cómo es posible nombrar el horror, la culpa, la indiferencia? ¿Cuál es el tándem que aúna poesía y testimonio? ¿Cuál la relación entre poesía y verdad?

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Además de ser el título de este libro, “In memoriam” es un leitmotiv que recorre con fuerza la totalidad de tu poética. ¿Cómo hace poesía la memoria? ¿Cómo construye memoria la poesía?

Creo que la poesía más que con la memoria, lo que se ha transformado en un lugar común, tiene que ver con la imposibilidad del olvido. Todos recordamos todo. Todos nos acordamos de todo. Otra cosa es qué hacemos con los recuerdos. Qué hacemos cada uno de nosotros, qué hacen las colectividades con sus recuerdos. La maldición no es el olvido, la maldición es recordar lo que no quieres recordar. Lo que quiseras olvidar como sea, aquello que por olvidarlo deseas morir

¿Qué lugar ocupa In Memoriam en el contexto de tu obra?

In Memoriam, al igual que Los países muertos, Las ciudades de agua, Cuadernos de guerra, y Sueños para Kurosawa fueron libros que iba sacando mientras terminaba Zurita, que me tomó doce años escribir y que se publicó en Chile el 2011. Los publicaba para aliviarme en parte de la angustia que sentí muchas veces que me sobrepasaba. In Memoriam nace así, me tomó, al igual que los otros, no más de media hora armarlo, era como jugar a ser Dios, tenía cientos de páginas, armaba unidades independientes por así llamarlas. Todos esos libros son autosuficientes, pero nacen de lo que me obsesionaba, que era el conjunto total. El desafío era una obra de 756 páginas que tuvieran la precisión de un epigrama.

Los sueños cumplen un rol fundamental en estas páginas: “Como si no fuera más que un sueño el recuerdo de las rompientes barriéndose frente a Chile…”, o: “Soñé con Miguel Ángel, le / calculé 70. / Estaba en una cumbre de / los Andes pero no me /  reconoció que era él. / Le pregunté si también iba a pintar a Pinochet. / Se puso furioso y empezó / a gritarme… // Arriba el cielo espumeaba / como el mar.” ¿Cuál es el lugar de encuentro entre el mundo onírico y el poético?

En literatura y más aún, en el poema, todo son recursos, la misma lengua es un recurso, las palabras son un recurso para expresar lo que está para siempre fuera de las palabras; tu amor, tu dolor, tu muerte. Sin esa paradoja no hay escritura; si digo que algo es “como un sueño” es un recurso para hacer plausible lo que de otro modo no lo sería.

“Y el Pacifico entero era un mar de escombros allí adelante amontonados arrumbándose / Y estaban los Andes y más acá las playas y al frente el Mar Rojo y un montón de tipos esperando que se abriera”. ¿De qué modo se configura el espacio en tu poética?

No podría explicarlo. son espacios traspasados por las emociones, su verdad geográfica está arrasada por la geografía de algo que desconozco. No sabría cómo ir más allá, si pudiera explicarlo con otras palabras no escribiría el poema sino que escribiría esas otras palabras;  entonces no existiría la poesía de ese tal Zurita, ni existiría ese tal Zurita.

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Una de las memorias de “Como un país roto” dispara: “¿Tú no le obedecerías a Dios / si te dice que me mates? ¿No / verdad? / (…) / ¿Aunque dios abriera el mar?”. ¿Qué rol ocupa Dios en el horror? ¿Sos -en algún sentido- un tipo religioso?

Vivimos en países de desaparecidos, donde miles de personas fueron rematadas después de someterlas a suplicios indescriptibles: cuerpos aún vivos a los que les arrancaron vivos los ojos antes de hacerlos desaparecer en el mar, cadáveres con todos los huesos fracturados amarrados con alambres de púas y con las bocas abiertas que les habían llenado de tierra. No existe un lenguaje para ese extremo del horror, no tenemos palabras para describir el instante en que un cuerpo que está siendo torturado pasa a ser un cuerpo muerto. Más allá de todo, más allá de la comprensión, más allá de cualquier creencia y fe, solo ruego que ese último instante haya borrado de ellos el terror y el dolor y sea un instante de paz e incluso de alegría. Si no es así, el horror sería más grande que el horror, y lo humano la más atroz de las pesadillas, y Dios sería un Dios siniestro, de una crueldad infinita.

“Y riéndose nuestros / captores nos decían: / Cántennos ahora / unas cancioncitas / de Víctor Jara o del / Quilapayún… (…) Jamás cantaremos / cantos del Señor / en las malditas / cárceles de Babilón.” Las referencias bíblicas abundan en tu obra, y muchas veces establecen un diálogo entre religión y política, ¿en qué términos se configura esa relación?

No lo sé tampoco. Lo que sí sé es que la Biblia es un libro infinito. La Biblia es el libro de los libros, su tramado tomó cerca de mil quinientos años y en ella intervinieron incontables autores, generaciones enteras y sus infinidades de personajes y hechos están narrados desde múltiples puntos de vista, versiones, énfasis. Es el libro que hubiesen querido escribir García Márquez y James Joyce, que hubiese querido escribir Bolaño, Si me sigue fascinando no es porque sea una suma de leyendas que cuentan el comienzo y el fin del mundo, sino porque esas leyendas lo que están contando es la vida de un solo ser humano: naces, cometes los errores que te corresponden y ves de lejos el Paraíso que será de los otros, al igual que todos serás crucificado y al igual que absolutamente todos los seres humanos en un instante dirás “Padre, padre, por qué me has abandonado”, al igual que todos tendrás tus tres noches en el sepulcro, verás y por una única vez conocerás la resurrección y finalmente te ocurrirá algo tan increíble como es morirte.

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En los mismos versos en que el yo poético sueña con Miguel Ángel en una cumbre y lo increpa: “… nos gritaron las culpas y eran ellas el abismo que se daba vuelta vaciando el Pacífico sobre los nevados”. ¿Cuáles han sido las culpas?

La culpa de haber dejado que mataran a tantos.

“Eran los ríos No fui    No era   No estaba   anotan / los tipos mirando esos cauces perdidos…” / “Es que fui el cielo vuelve / a repetir el Pacífico   extranjero   como un llanto / insomne cubriendo el remoto cobalto del amanecer”. ¿Cómo se explica tu generación la indiferencia?

No se la explica, yo no me lo explico. Al menos, no me la explico en un artista. Los que están mal están demasiado mal. Si no vemos eso, cómo podemos ver. Entiendo y por supuesto no juzgo a los incapacitados para la acción, yo soy uno de ellos, entiendo o creo entender todas las respuestas humanas; creo entender que frente al horror que viven millones de hombres y mujeres en este segundo, ahora, haya respuestas que vayan desde la derecha más dura hasta la izquierda más radical. Eso lo entiendo, pero no ver el horror en que viven millones de millones de seres humanos es no ver nada. No juzgo éticamente la obra de ningún creador, jamás, ¿pero alguien puede imaginarse lo que sería Borges si hubiera tenido además de su genio la conciencia moral de Tolstoi o la potencia solidaria de Cesar Vallejo? Bueno, no sería Pierre Menard, sería Cervantes.

“Sostuvimos sus semblantes y las orillas se nos llenaron de / cadáveres   arrastramos sus torsos y el Pacífico floreció / de muertos nos hablaban en sueños el río Nunca   el río Nada / el río Jamás borrándonos   Pero por qué comieron mis ojos / por qué cortaron mis brazos…”. ¿Cuál es el tándem que aúna poesía y testimonio?

La gran poesía es siempre testimonio, pero la diferencia entre un gran poema y otro que no lo es, es que el gran poema no solo nombra los hechos sino también lo que los hechos no fueron.

Hay un poema de “El memorial del dolor” que relata un sueño en el que “eran cientos de ríos que bajaban por la noche (…) Primero los países blancos, después los países / nuevos de las alpacas, huemules y países aéreos en / general y al final los países humanos y otros: / País Memorial Argentina, País Memorial Perú, / País Memorial Desaparecidos, Chile.” ¿Cuánto de ese sueño es memoria, cuánto historia, sueño, realidad?

Todo. Ese poema es todo, Roxana. Es historia, es sueño, es memoria, es realidad.

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“Y si en algún lugar de este planeta / enorme se descubre la verdad / una franja de ella, secada, glaseada / por el sol, quedará colgando de tu / propia infamia”. ¿Cómo entendés la idea de verdad? ¿Qué resonancias encontrás entre poesía y verdad?

La poesía no tiene que ver con la verdad. La verdad es la más peligrosa de las mentiras, tú puedes matar y ser matado en nombre de ella. La poesía es anterior a la verdad y no tiene que ver con el poder de una cosa sobre la otra sino con la armonía de las cosas entre ellas. En la Teogonía, las musas se le aparecen al poeta Hesíodo que está pastoreando y después de insultarlo le dicen “nosotras podemos decir muchas mentiras con apariencias de verdad y también la verdad cuando nos plazca”, por lo tanto nunca sabrás si lo que te dictamos es verdad o es mentira. A diferencia de los libros dictados por la verdad, por Dios tú nunca serás bombardeado ni saltarás en mil pedazos en un metro ni se construirá Auschwitz porque lo ordene un poema. Podrás matar a otros en nombre de Dios, pero nunca lo harás en nombre de la poesía.

Los poemas de In memoriam son historias, recuerdos, sueños, imágenes, ríos muertos, números, nieves, declaraciones… Y toman diversidad de formas que alternan entre el verso y la prosa. ¿De qué modo trabajás sobre la forma y la medida del poema? Y en cuanto a la idea de libro, ¿cómo se configura, en poesía, una estructura de acceso  a esa totalidad?

Yo trabajo con mi vida y trato de que eso no sea una consigna, y no por supuesto porque crea que mi vida tenga algo especial, sino porque es mi dato básico y porque es posible que si puedes descender hasta el fondo de ti mismo sin autocompasión y sin falta de solidaridad, es posible que estés tocando el fondo de la humanidad entera. Entonces, y no pretendo tampoco pontificar con esto, las obras que me importan son aquellas en las que se revela una cierta idea de la totalidad y eso puede estar en un poema de Ungaretti de dos líneas o en el Mahabarata hindú que tiene doscientos mil versos. No creo en la excusa del fragmento, es solo una coartada, una forma fácil de eludir el problema, y el problema vive en fragmentos. Sino aterradora, maravillosa o ferozmente, la vida la experimentamos como una totalidad. Como una totalidad frente a la inminencia de la muerte.  Una obra es el correlato de tu vida o no es.

Sobre El Autor

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Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se formó como actriz con maestros de la talla de Carlos Gandolfo y Augusto Fernándes. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro. Se desempeña como periodista cultural. Colaboró en publicaciones como Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla (México); Agulha Revista de Cultura (Brasil); El ojo de la tormenta, Metaliteratura (Argentina), entre otras. Se dedica también al trabajo social, desarrollando diversas actividades en escuelas rurales del interior del país.

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