¡Me muero! Me pide que lea uno de sus cuentos. ÉL… ÉL… el mismísimo Él quiere mi opinión sobre uno de sus cuentos. Y ahora me pasa tres hojas impresas: me mira tierno, me sonríe tierno y yo siento que me voy derritiendo.

Le quiero decir que ya sé que me va a encantar su cuento, que no necesito leerlo. ¡Obvio que me va a gustar! Porque vos me gustás, porque todo lo que hacés me gusta. Como ahora, que estás ahí, paradito, mirándome lindo.

Me contengo y finjo que tiene lógica que quiera conocer mi opinión sobre su texto. Que soy la persona indicada para su testeo. Quiero que crea que le voy a tirar la posta y, entonces, me traiga más textos, todos los que quiera, que me llene de sus textos, que … Mmmm.

Agarro lo que me pasa y lo veo alejarse. Vuelve a su silla, al otro lado de la ronda, enfrente. La chica y el chico que tiene a los costados le hablan. Conversan los tres.

Miro las hojas. ¿Qué hago? ¿Leo ahora? Me dijo “cuando puedas”. ¿Puedo ahora, más tarde o después? No me mira pero siento que me ve. Hum… ¿es mejor hacerme la interesante y agarrar los papeles en un rato? Para que no piense que me pide algo y al toque lo hago. Sí… mejor después.

Uy, pero hace rato que estoy con la vista sobre las hojas. Si dejo ahora va a pensar que arranqué con la lectura, no me enganchó y abandoné. Nooo, me muero. Leo ahora, ya fue.

Qué genial la primera oración, qué buen arranque… y qué lindo es, qué lindo cómo escribe, cómo se viste…qué perfecto es.

¿Me estará mirando? Yo, aunque no levante la vista, lo veo de reojo. Me molesta un poco porque tengo que concentrarme para saber lo que hace. Me siento como una espía de incógnito. Quisiera ponerme los anteojos y mirarlo sin disimulo así no me pierdo ningún movimiento.

Ahora habla. La chica lo mira. Están solos. ¿¿¿Por qué se quedaron solos??? ¿¿¿Y el otro??? Gesticula con los brazos, se ríe, ella también. Ay, qué conchuda, se hace la simpática. ¿Se están histeriqueando? Nah… ¡¡¡Otro, volvééééé!!!

Uy, la puta, creo que me miró. Giró la cabeza hacia mí. Y yo sigo en la primera hoja. Ni siquiera pasé el primer renglón. Pero eso no lo sabe, puedo ir por el último. Igual ya debería ir como mínimo por la tercer página, o por la segunda. Va a pensar que no lo entiendo o que no me gusta y me desconcentro. Diooos, ¡no puedo tardar tanto! Mejor me salteo párrafos y paso directamente al final.

Empiezo a leer las últimas líneas de la primera página. Dejo de leer.

Si me salteo tanto me van a quedar cabos sueltos y no le voy a poder hacer una buena devolución. Y le tengo que hacer la mejor devolución que le hayan hecho. Así me convierto en su testeadora oficial. Y, de ahora en más, me trae todo lo que escribe para que le dé el visto bueno. Y así nos enamoramos… y nos besamos…. Ay, qué lindo… se me eriza la piel de solo pensarlo.

Bueno, ¡bastaaaa! Tengo que leer.

Si sigo maquinando no le voy a poder decir nada de su cuento. Y a ÉL le interesa mi punto de vista. Por eso me pidió que lo lea, y por eso me eligió a mí entre tanta gente, porque quiere saber lo que me parece, porque… ¿le gusto? Oh my god, ¿será que le gusto?

Nah… no creo. Pero, por qué me eligió a mí, qué lo llevó a venir todo inseguro a pedirme una opinión. ¿Le gusto y sabe que las dudas le sientan bien y entonces puso su mejor cara de congoja para que me den ganas de llenarlo de besos? O, por el contrario, le importo muy poco y le da igual mostrarme sus “debilidades”.

Como sea, tengo que leer… capaz está enamorado de mí pero todavía no se dio cuenta y después de mi devolución le caiga la ficha y empiece a sentir que me necesita. Entonces nos casamos y tenemos un hijo muy copado: yo voy a escuchar divertida sus conversaciones mientras rehogo verduras en la sartén (porque, casada con Él, me van a dar ganas de cocinar y de ser madre). Después se va a acercar y me va a estampar un besito corto en el cuello, me va a pasar una copa de vino y se va a poner a cortar los champiñones.  Ay… qué felices seríamos…

Bastaaaa, su cuento, su cuento, tengo que leer su cuento. Vuelvo al principio, lo leo entero.

¡¡¡Noooo!!!, le puso una mano en la pierna. Busca el contacto físico mientras le cuenta algo. Los dos tienen una sonrisa impresa. ¿¿¿Por quééééé siempre lo peor para mí??? Yo acá, lidiando con este texto de mieeerda mientras a ella le acaricia la pierna. Qué injusticia.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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