Soy un lector contumaz de la Biblia. Creo de un modo personal en el poder de sus imágenes e historias. He leído más de una versión, he comparado traducciones, he buscado el detalle. Sin ser experto, la conozco con mayor esmero que la mayoría.

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Además, como vivo en un occidente pretendidamente cristiano, no ignoro la forma en la que se han representado sus historias. La franquicia de la iconografía cristiana es celosa, porque no tolera alteraciones. A Jesús no se lo imagina con autonomía: debe ser como otros ya lo han pergeñado. No hay posibilidad de darle otra cara, otros gestos, otra expresión que no sea la de un santo ligeramente enajenado, con la mirada perdida en un cielo añorado. Muchos han ridiculizado esa imaginería; unos pocos, han intentado reelaborarla, construir nuevos significados sin traicionar los anteriores, abrir las puertas de la percepción de esa representación adorada y denostada.

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Poco han logrado impresionarme en su intento por reversionar la Biblia; el lugar común es una maldición del que pocos pueden zafarse. Tuve la sensación de que nada nuevo había bajo el sol de la Biblia hasta que llegó a mis manos una biblia, así, con minúscula, la monumental obra del escritor Philippe Lechermeier y la ilustradora Rébecca Dautremer. No se trata de un libro: es una auténtica obra de arte. Por lo descomunal. Por lo desmesurada. Por lo bella. Por lo increíblemente creativa.

Si algo tiene en común una biblia con la versión que le sirve de inspiración es lo inaprensible de su recorrido: con más de trescientas setenta páginas, propone un viaje de esos que deben hacerse despacio, volviendo atrás, apreciando cada texto y cada imagen en toda su profundidad. Asombra que tamaña obra sea el resultado del trabajo de tan solo dos artistas; asombra, también, que les haya tomado solo una vida hacerla.

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Las intenciones de Lechermeier son claras desde el mismo prólogo: jugar con las historias que son la base de nuestra cultura. Y ese juego es, ante todo, inteligente: la partida del que sabe que trabaja con fuego sagrado, con el corazón todavía palpitante de una ética que ha logrado dar a luz una de las culturas más complejas y contradictorias.

Así, Lechermeier toma las grandes historias de la Biblia y las convierte en juguetes literarios llenos de ingenio y poesía. Elige formas novedosas para las más viejas historias: transforma en teatro la epopeya, utiliza nuevos e insólitos narradores, construye poesía, inventa lo que no se cuenta, vuelve la dureza vulnerabilidad, revela nuevas motivaciones, hace chistes donde solo hay rispidez. La creación, el paraíso perdido, el escape de Egipto, los grandes jueces y reyes, el exilio y, claro, el advenimiento de Jesucristo: no hay nada que Lechermeier no convierta en materia literaria, en palabrerío, en ejercicio feroz de la imaginación letrada.

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Y mientras que Lechermeier hace de las suyas, la ilustradora Rébecca Dautremer aniquila siglos de meticuloso arte cristiano. Su trabajo tiene el sello de creatividad y libertad propio de la ilustración europea, pero a eso le suma la influencia del arte africano, de la abstracción, de la representación propia de las culturas nativas norteamericanas. Para destruir las representaciones preconcebida, Dautremer viaja al otro extremo del registro artístico, alternando técnicas que maneja con maestríaSus composiciones son notables porque rehúyen al efectismo y prueban nuevos encuadres, como si aún en el planteo de sus páginas decidiera jugar al límite. Así, Jesús es apenas un muchacho, Adán y Eva tienen características propias de la raza negra, los ángeles parecen indios siux, los perversos acaban de escaparse de La naranja mecánica de Kubrick. Notable ilustradora, Dautremer se da el gusto de emprenderla hasta con una genealogía visual, simulando una veintena de fotografías para reflejar esos pasajes de la Biblia tan alejados de nuestra sensibilidad. En las ilustraciones no hay una sola túnica, no hay una barba apostólica, no hay un intento por retratar la época en la que los personajes vivieron. David no usa una honda, sino una gomera, y Jesús viste pantalón y camisa, además de lucir una afeitada perfecta.

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Escandalizar a partir de la iconografía cristiana no solo está pasado de moda; también es signo de pereza, porque nada más sencillo que ser rebelde en medio de aquellos que se creen santos. Lechermeier y Dautremer se reúsan a la mera trasgresión, pero sin sucumbir al poder de las imágenes mil veces repetidas. Hay respeto por el material con el que se trabaja, pero no se trata de la reverencia ritual, sino de otra cosa: el saber que el espíritu vuelve a la vida cuando se lo reinterpreta. Si, como dice el apóstol Pedro, la Palabra palpita, lo que estos dos artistas hacen en el descomunal trabajo que emprendieron con una biblia es mostrar que, además, está más viva que nunca.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Ezequiel Dellutri

Escritor, conductor radial y profesor de Literatura especialista en géneros. Ha recibido distinciones en el ámbito de la literatura fantástica, género dentro del cual ha publicado las novelas Sobre la convergencia (Booklet) y Sobre los inmortales (UPV), además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas (Saco de Huesos). Ha escrito dos libros de ensayo para adolescentes, ambos publicados por la editorial Verbo Vivo y publicado diversos artículos sobre literatura de género. Ha sido finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas y Alambre de Púas.

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