Cuando pasó lo que pasó llevaba un mes con la bacha del baño tapada. No sé por qué se tapó. No había ocurrido nada fuera de lo habitual. Simplemente, amaneció así.

Una mañana, igual a tantas otras, apagué el despertador, me calcé las pantuflas para salir de la cama y fui a inclinarme sobre la pileta del baño. Abrí la canilla y junté agua con las manos para lanzármela a la cara. Como de costumbre, repetí el procedimiento varias veces y luego me miré en el espejo.

Ponía pasta al cepillo cuando me percaté del agua a punto de rebalsar. Me apresuré a cerrar el grifo para evitar el desastre. La pileta desagotaba con mucha dificultad. Era evidente que algo tapaba la cañería. Sumergí una mano y hurgué en la rejilla. Nada.

Anoté mentalmente la tarea de comprar algún destapa cañerías al salir del trabajo y seguí mi día con normalidad. Me volví a acordar del asunto a la noche, cuando me encontré frente a la bacha sin ningún producto.

Apuré los movimientos para cerrar la canilla antes del desborde. Los dos días siguientes tampoco me acordé del problema en el momento oportuno. Por algún motivo sólo aparecía en mis pensamientos cuando me resultaba imposible tomar cartas en el asunto. Entre tanto, aprendí a usarla antes de que se llenara; generalmente en dos tandas.

Recién al tercer día, en el supermercado, miraba la góndola de las pastas cuando me acordé de la bacha. En el sector de limpieza encontré un producto que prometía limpiar, desinfectar y destapar cañerías. A la noche me puse unos guantes de plástico, haciendo caso a las instrucciones, y lo probé.

No surtió efecto. La cañería seguía tan tapada como antes. Pensé en pedir recomendaciones de otro producto en una ferretería antes de pagar a un plomero. Hacía poco había llamado a un electricista para que me cambie las dicroicas quemadas. Una boludez, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Me enseñó a cambiarlas para que la próxima no lo tenga que llamar por eso, dijo. Igual me cobró 500 pesos.

Los días se sucedían y, por una cosa u otra, no encontraba el momento para pasar por la ferretería, pero cada vez tenía más aceitado mi sistema y el agua nunca se rebalsaba. Me preocupaba más evitar las visitas de mamá, para ahorrarme sus críticas.

El problema pasó a ser como un mosquito: podía ignorarlo y dejar que todo siguiera su curso, pero algún nivel de mi consciencia permanecía atento al zumbido.

Una noche pasó algo extraño. Bueno, lo raro, en realidad, sucedió al otro día. Pero todo arrancó con un sueño. Fue así: me desperté con ganas de hacer pis. Avancé en pijama por un pasillo hasta que me detuvo una puerta cerrada, al parecer era la del baño. Giré la cabeza hacia un lado y me encontré con un grupo de hombres que me estaban mirando, todos vestían de negro. No era una imagen tenebrosa ni las miradas libidinosas, pero me intimidé al verme con los pelos revueltos y la cara adormilada. Retrocedí unos pasos para desaparecer del campo visual de ellos.

Me topé con un segundo baño, éste desocupado. Hacía pis cuando escuché funcionar las cañerías del otro y supe que de adentro salió un hombre, también de negro. Golpearon mi puerta. “Ocupado”, me apuré a contestar. Entonces un brazo translúcido atravesó la pared justo arriba de la bacha; abrió la canilla y acomodó los dedos bajo el chorro. El movimiento no habrá durado más de un segundo. Aunque juzgué de demasiado rápida y superficial su limpieza, valoré que al menos pasara la mano por agua.

Me acordé del sueño a la mañana siguiente, cuando vi que la pileta tragaba como si nada. No sé por qué se destapó. Nada más sucedió. Como esos nubarrones amenazantes que aparecen repentinamente y, en cuestión de segundos, oscurecen el panorama. De igual manera, en un momento cualquiera, simplemente desaparecen.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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