Hay cosas difíciles, una de ellas es titular un libro como tu país de origen. Hay ejemplos de ese atrevimiento, pero pocos que se sostengan en el tiempo. Menos en la poesía latinoamericana. Teresa Orbegoso (Lima, 1976) se atreve sabiendo que hay mucho que perder: nombrar un país y trabajar con sus materiales requiere una reconstrucción de los elementos identitarios, lingüísticos, ideológicos y geográficos, entre tantos otros. Es, en cierta forma, pasar la historia por el cedazo personal y sacudir las nociones colectivas de lo que contrae una nación. Pasar sobre lo que haya que pasar sin pedir permiso, o tomando prestada una tremenda imagen Raúl Zurita: “Todo el océano muerto vaciándose”.

Para esta exploración, la poeta no sólo se arma de valor, sino que acompaña de distintos implementos a estos poemas en prosa: se dedica la obra al padre, se usa por epígrafe una cita de José María Arguedas, se llama a participar palabras del quechua, se incluyen imágenes y además un prólogo de Mario Pera, unas notas finales de Ricardo Yáñez y una contratapa Martos Mata. Todo esto nos pareciera decir que el camino no es nada fácil, sino que bastante abrupto: piedras blancas sobre piedras negras.

En sí, las dos voces que arman este relato, parecieran estar discontinuadas, pero es la técnica con la que Orbegoso teje la historia de los perdidos y derrotados del Perú, enhebrada con el recuerdo y la enfermedad de su padre. Es ese fantasma, como el del padre de Hamlet, el que le pide actuar, es decir, contar la historia de un país oculto: continuamente se alude a que las cosas están veladas, caídas en un pozo, abrazadas por la niebla y cientos de pueblos muertos. Tanto el dramatismo, como la nombradía de antiguos héroes o figuras míticas, tiene la intención de deconstruir un símbolo y abrir preguntas “¿Cuál es tu forma de movimiento? Perú océano, tus aguas no calman nuestra sed. Perú balsa, flotas aislado. Perú temblor, tus partes se despegan. Todas tienen que volver a vivir. // En esta especie de túnel vive el peruano eterno. El que cree”.

Particularmente, hay un tipo de poemas dentro de Perú que rescato con mayor ahínco. Son aquellos en los que la observación triunfa sobre el adjetivo (siempre tan moral) y se deja ver un paisaje al descampado: allí me parece que está el trigo más atractivo del libro, aquel que puede ser plantado en cualquier parte, crece y nos retrotrae a las tradiciones de los antepasados:

 

Bajo qué huaca oculta, este país. En qué color de piel, su marcha hacia ninguna parte. Qué aguas flamenco y zorro beben del mismo pozo. Sobre el río viaja el indio en su canoa. Árbol de la quina, tus hojas cubren nuestra falta. Pronuncia nuestro nombre. Birú Perú. No lo reconocemos. Cuánta nada hemos construido. Cuántos huayos de palabras, como niños aprendiendo a escribir. // Él está muerto como los otros. Y me ha pedido que hable, que cuente su historia.

 

Se agradecen los nombres de las ciudades, los animales que rondan en cada página y unas cuantas palabras que no conocemos, pero que nos invitan a este descenso por el Perú subterráneo. Me parece que lo que intenta transmitir la poeta es lo mismo de lo que habla Neruda tras su visita a Machu Pichu: “sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos”. Aquí la memoria y los registros de ella pasan por somatizar ese mismo esfuerzo, las ruinas no son tanto las piedras que las componen como las fuerzas que una vez las levantaron.

Existe un libro sumamente radical escrito en Perú titulado Las armas molidas, del poeta Ramírez Ruíz y en uno de sus versos dice: “El arenal todavía es tumba de caminos / pero allí nunca habita el rumbo / El páramo no tiene huellas / pero el rumbo acata ese desastre”. Y sin duda esa es una buena síntesis para un tránsito como este que no tiene ningún camino seguro y avanza entre restos de mujeres, hombres y lenguas, en hacer una elipsis entre el nombre y su símbolo, y a partir de allí hacer un viaje personal por un territorio personal. Por eso me parece que si el lector lo desea, puede desprenderse de todo el equipaje que solicita el libro y simplemente leer los poemas, descender ligero.

 

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Titulo: Perú

Autora: Teresa Orbegoso

Editorial: Buenos Aires Poetry

80 páginas

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Diego Alfaro Palma

Diego Alfaro Palma (Limache, Chile, 1984) publicó los libros de poemas “Tordo” (Ediciones del dock 2016, Cuneta, 2014 / Limache250, 2013) y “Paseantes” (Ed. Temple, 2009). También realizó la antología de la “Poesía reunida de Cecilia Casanova” (Ed. Univ. de Valparaíso, 2014) y reeditó la “Antología de Ezra Pound en Chile” (Universitaria, 2011). Tradujo “El pensamiento zorro”, prosa de Ted Hughes (Limache250, 2013). Sus ensayos han aparecido en “El horroroso Chile. Ensayos sobre las tensiones políticas en la obra de Enrique Lihn” (Alquimia, 2014) y en varias revistas de Chile y el extranjero, entre ellas la importante revista alemana Alba. Su libro “Tordo” recibió el prestigioso Premio Municipal de Santiago en 2015 y anteriormente una mención por su borrador en el Premio Nacional Eduardo Anguita en 2013.

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