No es cierto que todos los hombres busquen la felicidad. Y lo digo sin que me tiemble la voz, con la certeza no del loco sino del que ha encontrado respuestas en la vida misma, con la convicción que sólo la experiencia puede dar. Mis memorias -que ahora releo- narran las desventuras que me he impuesto a lo largo de mis 65 años, y que no son otra cosa más que la revelación repentina, la fuerza de mi afirmación.

Les pido sin embargo, lectores de mi última página, que se detengan un momento a ojos cerrados a considerar lo que les digo, puesto que no querré ocupar el tiempo que apremia en discusiones banales y patéticas, repletas de oraciones cargadas de falsedad, de ornamentos inútiles, detestables. Debates como aquellos que he sostenido con orgullo en mi juventud en el submundo de los pasillos universitarios ostentando un cuidado bigotito a dos aguas que parecía conferirme en su ridiculez una capacidad dialéctica extraordinaria. Monólogos errantes disfrazados de verdad de un ego ensombrecido por la pretensión erudita.

No soy el de entonces -no al menos aquel joven áspero y provocador sin objeto- y aunque sea oscura mi naturaleza hoy me encuentro cansado y me resisto a la confrontación innecesaria.

Quizá no sepan entender quienes anden el otro camino –el que no busco ni anhelo-, pero puedo y quiero afirmar que no es verdad que todos los hombres quieran ser felices puesto que no hace mucho he descubierto, estando ya a la espera de mi última hora, que a lo largo de mi vida he evadido constantemente todos los caminos, hechos y personas que parecían poder acercarme a ser lo que se llama un hombre feliz.

Yo, Manuel Capulo, he sido siempre un desdichado; un hombre triste, amargado y quejoso, irritable y de mal carácter. El inconfundible intratable, el del vaso medio vacío, el que no encuentra bien en nada ni nadie. Un ser melancólico, pesimista y hasta un poco fotofóbico, que nunca quiso ser otro mas que el que siempre fue.

Nunca resentí a mi desdicha, sino que fuimos ella y yo uno solo, una dupla invencible haciéndole frente a todos los que quisieran convencerme (que no fueron pocos) de las ventajas de la tan sobrestimada felicidad.

— ¡Deshazte de la verruga que llevas dentro!, me dijo Marta un día antes de dar por tierra sus tristes pretensiones de poeta.

Pero no sólo jamás tuve esa venturosa aspiración, sino que he descubierto al hacer el raconto de mi vida que he evitado sistemáticamente tal estado de mente y cuerpo para regodearme invariablemente en el pesar y la amargura.

Bien lo habrá sabido mi madre, ya que no era distinto de niño; y creyendo tener un hijo enfermo optó por resguardarme y criarme entre algodones para preservar mis nervios sin saber que aquello no hacía más que agravar mi tormento y la distancia que tenia ya entonces con mis hermanos y semejantes. La risa no era mi fuerte, los juegos no me atraían, correr me quitaba el aliento de solo pensarlo, y cuando todos salían, cuando el sol calentaba la tierra iluminándola de un nauseabundo amarillo, sólo podían encontrarme en mi habitación de postigos cerrados.

Era en esas épocas de primavera y verano en que mi sueño era más recurrente que nunca. Tan corto, simple y falto de símbolos que era incapaz de encontrarle una explicación por más que lo intentara una y otra vez. No había personas, no había palabras, no era posible siquiera reconocer un lugar. Oscuridad contenida primero, de pronto la luz brillante y el color, y en un acto reflejo intentaba proteger mis ojos enceguecidos, pero mis manos no estaban allí.  Naranja, azul, violeta y rosado me envolvían, intenso verde un poco más allá.  Y entonces despertaba de golpe, todavía encandilado y sabiendo que ya no volvería a conciliar el sueño.

Compartí esta visión con muchas personas a lo largo de mi vida, con el solo propósito de encontrarle una explicación razonable, y hubo una sola que creyó entenderlo. Mientras se lo contaba cerró los ojos y, como si no fuera esto suficientemente extraño, apenas hube terminado mi relato sonrió, así medio de costado. Me quedé esperando que dijera algo, que compartiera conmigo el magnifico sentido que parecía haberle dado, pero sólo me devolvió la mirada con esos ojos grandes, con su sonrisa torcida y nada más. Así era Marta, rara y misteriosa, y a partir de aquel día dejé de preguntarme por este sueño mío que aún hoy me persigue.

 

Mi juventud no fue distinta a mi niñez, con la excepción que ya no estaba mi madre para defender mi carácter taciturno. Abandonó este mundo tempranamente por un mal curable y desatendido y con la penosa convicción de mi locura irreversible; y aunque muchos otros creyeron lo mismo, me hubiese gustado encontrar para ella las palabras que le hicieran saber que yo no sufría, que no sufro ahora tampoco. Mi padre, al contrario, jamás se preocupó más que por asegurarse la botella diaria y cuando mis hermanos y yo dejamos finalmente la casa se hundió en su vicio hasta el final. Presiento que él tampoco fue nunca un hombre feliz, pero querer serlo fue su castigo y en eso nos diferenciamos él y yo (en la bebida también, pero no tanto).

En ese entonces, Enrique, mi hermano mayor, me buscó trabajo y me permitió quedarme en su casa hasta tanto fuera capaz de tener mi propio lugar, cosa que fue muy amable de su parte y que no supe nunca agradecer debidamente. En cambio, disfrutaba fastidiando a sus niños (y con ello también a la madre) escondiendo sus juguetes, comiéndome sus dulces y viéndolos rabiar como dos diablillos condenados. Pero la realidad era que me irritaban profundamente con sus risas y sus juegos, hasta que un día y sin aviso abandoné la casa y no volví a verlos hasta muchos años después, cuando ya eran dos jóvenes tan inútilmente cordiales como su padre. No recuerdo adónde fui aquel día, probablemente porque no había lugar donde ir; tan sólo retengo imágenes fragmentadas de aquella época, compartiendo habitaciones con Dios sabe quiénes, deambulando sin objetivo por las calles de la ciudad, hasta que el hambre me obligó a volver casi rogando y en contra de mi obstinado orgullo al trabajo que había negado.

La vida ha sido buena conmigo, lo veo ahora mientras recuerdo sentado en mi cama, apoyado en las diez almohadas que la enfermera acomoda con una paciencia infinita. ¿He sido yo bueno con ella? No sé siquiera cómo empezar a responder a esta pregunta, pero estoy seguro de que Marta sabría qué decir. Con sus palabras simples, ramplonas, y sin embargo tanto más profundas de lo que yo podría expresar con toda mi erudición, me daría una respuesta impecable, imposible de refutar por la seguridad de su discurso. Qué ganas de verla siento de repente, ¿cuándo fue la ultima vez que…?  Hace tanto tiempo, ¿qué será de su vida?, ¿se habrá casado?, ¿tendrá los hijos que yo no le quise dar?

Hizo bien en irse, en dejarme de una vez y para siempre y no contactarme más. Hizo bien porque yo la incité a eso, esperaba que lo hiciera y, de no haber tomado ella la iniciativa, probablemente me hubiera ido yo. Nos queríamos, por supuesto, y nunca logré tal afinidad con nadie más pero, como tantas otras veces en mi vida, no supe manejar la alegría que una buena relación genera, la soltura de que las cosas vayan bien. De quedarse y de sostener lo que teníamos, probablemente hubiésemos sido esposos, y luego padres, y la sola idea me repele. No podría sostener nunca a un hijo en mis brazos, soportar su mirada inocente y su mano en la mía; y Marta quería hijos, los deseaba con todo su ser. Hizo bien en irse.

Y es por hechos como estos que afirmo lo que afirmo, puesto que nadie puede negar la incoherencia de mi decir. Marta ha sido lo más cercano al amor que he tenido y sin embargo nunca pensé seriamente estar con ella, jamás he intentado encontrarla en todos estos años; y como que me llamo Manuel Capulo que la respuesta es pura simpleza: algo en mí no quiere ser feliz, me lo impide, y hasta podría decir que disfruto de la tristeza. No quiero ser feliz; no puedo ser feliz.

No conozco el sonido de mi propia risa, y me pregunto si la escucharé antes de morir; pero es poco probable, estoy solo ahora y ya siento la calma previa a la tormenta. No tengo miedo, aunque no puedo negar estar un poco nervioso ante lo desconocido. ¿Sería distinto si hubiera alguien para sostenerme de la mano mientras llega? Qué preguntas se me ocurren ahora, qué sentido tiene siquiera pensar en contestarlas…; si jamás precisé de nadie, ¿por qué ahora habría de hacerlo? No hay nada que perder puesto que nada me ata. Estoy bien así, no tengo miedo.

 

Cansado de escribir ideas en un cuaderno que nadie leerá, Manuel se recuesta sobre las diez almohadas y cierra los ojos.

― Todo ha sido un suspiro ―, piensa ya medio adormecido mientras se deja abrazar por la tibieza del edredón de plumas.

Como en su sueño, la oscuridad se sucede de pronto con una luz brillante y de colores, la misma sorpresiva fosforescencia que veía desde niño y, sin embargo,  al abrir los ojos –nervioso- se encuentra con su inalterable habitación en penumbras; ni siquiera la enfermera esta allí. Podría llamarla, podría pedirle que se quede a su lado mientras se olvida de sí mismo, pero no torcerá ahora su ermitaño carácter de siempre.

Se conoce vulnerable, incapaz de escaparle a su inminente destino y, sin sorpresa, descubre que las palabras -que han sido siempre aliadas- han dejado de pronto de serle útiles. Resignado a lo que vendrá, vuelve a cerrar los ojos a sabiendas de que será ésta la última vez, y la luz que antes lo asaltó se convierte ahora en tibieza y color: naranja, azul, violeta y rosado lo envuelven, intenso verde un poco más allá. La claridad ya no lo enceguece y de repente lo puede ver todo: las flores, los árboles y el cielo celeste de un día de sol.

A la distancia cree escuchar risas, voces de niños, y vuela hacia ellos.

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