De entre las muertes del under del rock japonés, la que más nos pegó, la que más nos impactó, fue la de Kazuki. Murió a los 19 añitos. Pero también fue una de las más lindas. Kazuki se fue en el punto más puro de su vida y también se fue, de lo lindo que era. Lo lloramos con Mambo y con Ale en una esquina, cerca de Boulogne.

Kazuki murió en Ebisu. Su cuerpo quedo blanco como si cayera de un balcón y quedara desnudo sobre el pavimento, con cada gota de esa lluvia golpeándole el cuerpo sin parar (Kazuki murió en la temporada de las lluvias). Lo vi una única vez en mi vida. Cuando en un viaje del primer principio. El loco Pena lloraba. Nyo y los pibes lo recordaban; era tácito: nosotros también teníamos 19. Sentíamos; sabíamos que murió por nosotros. Kazuki murió por nosotros. Nuestro mensaje a él nunca llegó. Pero algo hubo en la cadencia de esos primeros brillos, los del primer principio. Ahí por Olivos, verlo en esos primeros VHS era gozar con la imperfección que dejaba la adaptación del celuloide al formato de video mpg. Ese brillo plástico que era casi un aura, casi natural. Verlo era mirar siglos, era ascender al parabrahman con el destello de la maravillosa noche, piante de estrellas. Esa que nos contemplaba desde el centro del Empíreo (no se igualaba, a las flores lunarias de sus ojos; recuerdo).

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Encontraron sedantes. Muchos. Ella se enteró por un mensaje de garake-, es decir, los viejos teléfonos con tapa que se usaban en la época. Sonaba un arpegio artificial de chakushin, en versión midi Era el de una canción que se llamaba “Deseo Eterno”, en inglés, Eternal Wish. En cuanto a su obra, fue como la de ese pintor chino cuya producción quedó destruida y solo se construyó la misma, a partir de meros comentarios de otros pintores. Nadie jamás la vio. Kazuki sacó canciones que serían difíciles de olvidar, o bien podríamos olvidarlas, pero a fin de cuentas tampoco existiría el poder de una u otra cosa. Ella fue al funeral, aquí en Tokio. Fue antes de poner el gancho conmigo. Escuchábamos Nagoya-kei y mirábamos Robotech, el visual-kei de Nagoya era el sonido de la época y una tarde su voz angelical salió de la multitud sinocéntrica para apagarse sin más.

En el rictus de su rostro Kazuki descansaba en una graduación perdida donde Thanatos era un Dios que danzaba al son de una opaca melodía y un hálito invisible (casi una vida de Peter Pan de los subsuelos) se perdía como diciendo: “Ya que mis ramas carecen de rezos con los que al flotar se lea el horizonte” y se desvanecía.

Como en esos cuentos breves pero eternos de Mishima,

donde el protagonista partía.

La nieve sigue cayendo; y ahora descansa.

Ya se fue la dualidad.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Juan Agustin Onis Conde

Ex docente FFyL UBA; Traductor en Japón desde 2007.

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