A veces los recuerdos parecen eso, una fachada lejana que se visita por turno. Ingresamos atentos a los detalles de la fotografía para comprobar qué hizo el tiempo mientras la capa de los años construye el castillo que después narramos durante el paso del tiempo. Hay cosas intransferibles hasta para uno mismo. El miserable dolor que lleva a cuestas Ismael se hace carne abriendo el libro.

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Si estás de acuerdo, podríamos iniciar esta entrevista con una descripción, aunque más no sea a grandes rasgos, de la personalidad de Ismael Quiroga; ¿puede ser?

Ismael es un cuarentón. Está divorciado y vive solo. Viene de una familia humilde y la pegó de grande. No le falta nada material, pero no puede disfrutarlo. Siente un vacío existencial que llena con excesos. Pasa por días y noches que ni siquiera recuerda. Se podría decir que es un poco melancólico, apático, de a momentos oscuro, resentido, desconfiado. Es esa gente que miente en boludeces, más por desinterés que por ocultar cosas. Vive añorando cosas que perdió, o que nunca tuvo, aunque no haya hecho nada por tenerlas.

¿Qué vínculo reconocerías como el más sano de los que involucran a Ismael? ¿Qué valores dirías que se destacan entre esta interacción de personajes?

No sé si existe un vínculo sano en el entorno de Ismael. Quizás la más fiel, la menos podrida de todas, sea la relación que tiene con Nicolás. Ese código de amistad, de hermandad, aunque Ismael la termine cagando. Hay algo en Ismael con esa familia. Una añoranza, una envidia silenciosa al ver que Nicolás puede sostener una cotidianidad familiar que a él se le hizo imposible. Se cristaliza ahí algo de todo lo que quiso ser y no pudo.

Las perturbaciones del personaje; ¿su neurosis, no es en sí misma una forma de franqueza?

Totalmente, calculo que de ahí debe venir eso de que los niños y los locos dicen la verdad. Creo que Ismael, inmerso en su locura, alcanza un estado de sinceridad absoluta, sin filtros, sin medir consecuencias, aunque lo lleve a romper relaciones. Se despoja de cierta moral atravesando los márgenes diseñados culturalmente para que todo funcione como “debería funcionar”. Él va y viene, entra y sale, más allá de todo bien o mal. Sin ataduras. Al igual que los niños, puede armar escenas de calma y euforia, enojo y melancolía sin entre tiempos. Para los otros adultos, se les vuelve cuesta arriba comprender y vincularse desde ahí. Los desconcierta, los aleja, los espanta.

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¿Podemos afirmar que la cultura exige cierto grado de hipocresía o, en verdad, la hipocresía es absolutamente constitutiva de la cultura?

Estamos moldeados por la cultura. Como si de algún modo, la cultura instala en nosotros una hipocresía fundacional, esa que nos saca del estado más “animal”. Por eso Ismael genera cierta repulsión. Como si lo que nos espantara es ese espejo de ver quién somos sin el caparazón de la hipocresía.

¿Sería acertado reconocerle a Ismael un arrepentimiento genuino?

No creo que tenga ningún tipo de arrepentimiento. No entraría en su razonamiento. Como te decía, creo que él no tiene esa vara moral de discernir entre “el bien y el mal”.

Hablemos de la herencia psíquica, de esos viejos traumas que se pasean de generación en generación, de alguna predisposición a la extrañeza y de su relación con la idea de destino.

Es el miedo de Ismael y es mi miedo. Espero que no exista tal herencia. Por mis hijos y por mí. El miedo a la locura me atormenta. Sin dudas la novela está atravesada por todo esto. Tengo el recuerdo de ir con mi viejo y mi hermano a visitar a mi abuelo y no poder verlo. Los gritos se escuchaban desde afuera “Yo no tengo hijos, no tengo nietos”. Yo era muy pibe, después pude verlo en otras ocasiones y estaba bien. También tengo la imagen de mi viejo caminando esa cornisa, esa línea imperceptible que nos hace estar acá o allá. Estar loco o no, y por supuesto que no hablo de la locura linda que cada uno puede tener. No sé, es fuerte, y mientras más lo pienso más convencido estoy de que esa herencia existe, por eso lo dejo, así, en puntos suspensivos…

La figura materna: ¿oscuridad o belleza? En Miserias de la abundancia están presentes Alicia- la mamá de Manuela- y la madre de Ismael.

Hay una anotación de Kafka en su Diario, en donde expresa nostalgia por aquella madre de la infancia; habla de la persistencia del niño en el adulto y de la debilidad en ese adulto como una vía infantil para alcanzar la proximidad y la ternura de la madre y lograr una satisfacción frustrada en su infancia. En otro sentido se expresa Faulkner, quien se refiere a la ternura como una “trampa materna”. Ahora bien, la literatura generalmente exhibe, por un lado, hijos que lamentan no haber sido objeto de tales cautiverios y, por otro lado, aquellos que extrañan ese tiempo de tanto afecto delicado. Distintas lecturas sobre la figura materna y sobre la ternura. ¿Qué opinás acerca de ambos temas que subyacen en tu novela y cómo describirías a cada una de estas dos madres?

En el caso de Alicia (su ex mujer), creo que Ismael no juzga ese rol, todo lo contrario. Alicia es buena madre, Alicia está en un altar.

También aparecen las figuras maternas de Angélica, la mamá de Ismael y Zulma, quien realmente cumplió ese rol de madre. Ismael lo siente así, hay una relación que viene desde la infancia, fue criado por ella. De ahí la negación que tiene con su madre biológica. Todo el odio que Ismael siente por ella radica en la ausencia. En ese estar físicamente, aunque sin estar presente, sin darle bola, cariño, nada… “Odio todo de ella, odio cada abrazo que no me dio”.

La novela es ágil y está muy bien escrita. Me interesaría conocer cuanto puedas contarnos sobre el proceso de escritura y sobre la elección de los personajes que alcanzan a cubrir todos los roles. La creación del clima y la atmósfera en la narración.

Miserias de la abundancia es mi primera novela y por el momento la única que tengo editada. No creo que haya una receta, es más bien algo personal, que tiene que ver con la conexión alcanzada entre la persona que se sienta a escribir y lo que quiere contar. En mi caso fue una mezcla: no se puede decir que la historia sea cien por ciento ficción, pero tampoco auto-referencial. Hubo un disparador, una frase, una idea, que fue creciendo, mutando y dando sorpresas a medida que avanzaba. Puede sonar hippie, romántico, o lo que mierda sea, pero es parte de esa magia, lo esotérico del proceso creativo, lo que determina la atmósfera o los climas de una historia. Lo que sí tengo presente, y que fue a conciencia, es la decisión de que llueva constantemente. Tengo algo con la lluvia, en la vida y en lo artístico. Por algo el disco que estoy grabando en cómodas cuotas se va a llamar “Canciones para días de lluvia”.

Lo que puedo agregar del proceso creativo es que con esta novela se dio una especie de ritual: la escribí de madrugada, con Push The Sky Away (de Nick Cave) de fondo, sonando constantemente. De alguna manera creo que el disco me fue marcando el ritmo. Fueron tres meses de escribir todos los días, de corregir en la oficina, de quemarme la cabeza pensando en la historia, como una escritura permanente en el plano mental. Una experiencia hermosa que recién se volvió tediosa en el laburo previo a la edición, cuando lees y re lees cambiando una coma, después otra, para volverla a poner en el mismo lugar. Ese momento previo a la imprenta me llenó de dudas e inseguridades que estuvieron a punto de echar marcha atrás todo el proyecto. Por suerte existe el editor, que se la juega y va para delante.

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Lenguaje, trama y argumento. ¿Cómo establecer prioridades?

No lo tengo claro. Hoy te podría decir una cosa y mañana otra, pero creo que en todas arrancaría por el lenguaje. Primero me atrapa el lenguaje.

¿Qué podés decirnos de tus lecturas, de tus preferencias y, por qué no, de tus influencias?

Leo menos de lo que quisiera. La biblioteca de casa está llena de libros que ni empecé. Leo entrecortado, en el baño, en el subte. Si un libro no me atrapa de entrada, si no me da un par de trompadas en las primeras páginas, es muy difícil que lo siga. Quizás sea un defecto como lector y me esté perdiendo grandes cosas, no lo sé. Por otro lado, hay otras influencias que encuentro y me inspiran a escribir: series, películas, obras de teatro. Alguien las escribió, existe la literatura en esos guiones, aunque, en la mayoría de los casos, nunca me entero quiénes son los autores. Hace muchos años, por mi fanatismo por Bukowski y otros tantos autores norteamericanos, leía muchas ediciones de Anagrama, que tienen una traducción horrible. Sin dudas eso influyó en mi literatura, Marcos Almada me lo remarcó en todo el proceso de corrección de la novela, mi escritura estaba bastante españolizada. Fue ahí que empecé a leer con más énfasis literatura argentina y sobre todo contemporánea. Me encontré con unos cuantos libros y autores que sin dudas me fueron influenciando: Sergio Bizzio, Busqued, Pablo Ramos, el mismo Marcos Almada, German Maggiori, Ronsino, Samanta Schweblin, Mairal, Gabi Cabezón Cámara… todos me dejan algo. También me fui encontrando con autores y autoras que fueron editadas por Alto Pogo. Compartir catálogo crea una hermandad, un compromiso de estar y bancar el sello editorial que tantas alegrías nos dio. Encontrase con Loyds, con Macarena Moraña, Yair, César Sodero, Castromán, Claudia Sobico… Por suerte hay mucha literatura nueva, cada vez más encuentros de lectura, sellos independientes que le dan lugar a autores y autoras inéditos, ferias… Otra influencia que no puedo olvidar es la de mi hermano, Alejandro Megías. Cuando yo todavía no me había animado a escribir él ya tenía editado un libro de poesías y otro de cuentos, “Después de las cuatro”, con el que ganó el premio Fundación Antorchas allá por el 2001.

Música y escritura. ¿Dónde ubicarías el punto de encuentro?

Soy músico y escritor. Voy y vengo, jugando los dos roles. Mientras escribo me gusta tener música de fondo, algo tranquilo, en otro idioma, porque las canciones en español me desconcentran y se mezclan con mis ideas. Creo que mi punto de encuentro es cuando el texto crea una musicalidad que marca el ritmo de lo que estoy escribiendo. No es para nada fácil, pero cuando me sale es maravilloso.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Luis Adrian Vives

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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