La idealizada relación entre el lector y el texto escrito no siempre es tan precisa como queremos creer. La lectura no es más que un acto de reivindicación de la libertad del hombre sobre lo impreso.

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En internet siempre hay alguna imagen que me llama la atención. Hoy, sin ir más lejos, vi algunas fotografías de personas interactuando, siempre de manera humorística, con esculturas de esas que intentan asimilarse con el paisaje. Varias me parecieron muy bien logradas, divertidas, tal vez hasta irreverentes. No sé si el artista, al concebir su obra, pensó en este tipo de intervenciones casuales, vulgares, de una brillantez repentina y callejera.

A mí, por lo menos, me gustó verlas. No solo las esculturas: me gustó ver cómo la gente no se toma en serio la flema del artista. Es un lugar común imperdonable por su extrema obviedad: una vez que un artista concibe la obra y la entrega al público, pierde el control, si es que alguna vez lo tuvo. ¿Cómo explicarle, yendo al pedestre campo de la literatura, que el libro que ha pagado sus buenos pesos es mío, es mi novela, es la que tantos desvelos me produjo hasta que quedó así como quedó, tal como él, tiránico lector, la encontró en los estantes de una librería cualquiera? La creación atenta contra el capitalismo, claro, o tal vez, yendo un poco más lejos, lo refunda: pagamos muchas veces, de distintas maneras, por las mismas cosas.

Volviendo a lo que importa, hay una aprensión de la obra artística que va más allá de lo que a veces los creadores –¿productores, artistas, artesanos? – proyectamos. Cuando la cosa sale del museo, se aleja del círculo de especialistas para el que escribimos prima facie, comienza a tomar cauces imprevisibles. Y eso, creo, desconcierta. Como escritor, me he encontrado con interpretaciones de mis textos que me han dejado preocupado. A veces es solo un análisis metaliterario, pero otras, hay una distorsión sobre lo que uno pretendía fehacientemente decir, como si leyendo tal o cual pasaje, la persona, no sé, se hubiese salteado sin darse cuenta dos o tres páginas, o el vaivén del colectivo hizo que perdiera un párrafo, o los gritos de la novia, el esposo, la suegra –claro, ella tiene que ser, ¿quién otra? – hubiesen hecho que olvidase un nombre, un hecho relevante, una viga imprescindible en la construcción del relato. Y así, haciendo agujeros en lo que uno pacientemente construyó, las cosas toman otro cauce y eso que creíamos o pretendíamos tan preciso, se transforma en otra cosa.

Dije antes que esto me preocupa y es, tal vez, una de las preocupaciones más banales que tengo. Hay, creo yo, una imagen idealizada del lector como un descifrador competente, pertinaz, aislado en una absurda torre de saberes y partícipe de un juego desigual, donde él se esfuerza, digan lo que digan, una parte ínfima comparado con lo que se esfuerza el escritor.

Hablo, a fin de cuentas, de la idea nada genial de entender al lector como el tipo que completa el texto. Y algún crítico, hasta algún crítico reconocido tipo estatua insobornable de la literatura argentina, sostiene con insistencia que el lector construye con el autor, es una especie de escritor pasivo, un objeto indirecto, un parásito del que se desvela escribiendo.

El lector hace lo que puede con el hueso que le tiro: esa es la dura y triste verdad. A mí, personalmente, no me gusta el tipo que se toma tan en serio el tema de trabajar con algo tan incierto como las palabras. El escritor como un inspirador para la revolución, comprando el verso ese de que fue La cabaña del tío Tom el texto que desencadenó la Guerra de Secesión –cuando hubo motivos ideológicos y, sobre todo, económicos de mucha mayor relevancia– me parece un poco cosa del pasado. Me gusta más pensar, aunque suene poético y naif, que escribimos como tirando una botella al mar y viendo quién la agarra y en qué la convierte. Porque el que lee, no lee mi novela: lee la suya, en primer lugar porque la compró –o la robó, pero aún así, mi razonamiento resiste– y en segundo, porque si todo funciona bien, la siente así, cercana a su sensibilidad y experiencia. Así que la próxima vez, cuando se junte con sus amigos y diga que leyó, pongámosle, Tadeys, va a estar hablando de su Osvaldo Lamborgini. Y su Osvaldito es distinto a mi Osvaldito, no porque lo interpretamos distinto, sino porque lo leímos diferente. Las palabras son ingobernables, imprecisas, inseguras. Los escritores que creen en la capacidad de la palabra para decir lo que tienen en la cabeza, en la cabezota, son, cuanto menos, ingenuos. La palabra es tramposa, mentirosa, representación pura y dura. La palabra es el grado cero de la ficción y por eso, el buen escritor debería comenzar por amarla, pero sabiendo que indefectiblemente lo va a engañar con el primero que se cruce. Y el primero que se cruza suele ser el incauto lector.

Claro, ahí andan siempre los tipos estos de la lectura hegemónica que te dicen: “Casa tomada” de Cortázar habla del avance del peronismo sobre… Pará, pará, pará, pienso. Botella, botellita al mar, yo la agarré y la interpreto como puedo, siempre y cuando convengamos que tiene corcho, cuello y es de vidrio –y a veces ni eso–. Y yo, que al cuento este de Cortázar lo leí rápido y sin prestarle atención al detalle, por ahí hasta te digo que los protagonistas son un matrimonio, porque se me pasó que son hermanos y la verdad es que el autor, con mucha mala leche, los hace funcionar así, como esos viejos que están casados hace mil años y ya no saben muy bien por qué la siguen. Leés mal, me sugieren en claro imperativo, y yo replico, sin soberbia pero con verdad, que leo como puedo, no como quiero. Leo desde la mutilación, no desde la entereza; desde la incertidumbre de la vida, no desde la certeza del pedestal.

Porque el lector, nos guste o no nos guste, el lector que en un acto de pedantería insoportable llamaré común, común y corriente, lee así: rápido, entendiendo a medias y haciendo algo que muchos de nosotros, los que nos dedicamos a esto hace años, ya no recordamos: disfrutando.

Porque todo este discurso, que podría ser la subestimación del lector, en realidad no lo es. Me gusta el lector que lee mal, que se confunde, que cuando te cuenta la trama, esa en la que viviste inmerso tanto tiempo, tiene enormes agujeros y vos pensás: pero no entendió nada y sin embargo… ¡leyó! Porque hay ahí un uso de la libertad para entender lo que quiero, lo que puedo, lo que me interesa, que es la reivindicación absoluta de la creatividad, de una creatividad que no es una pertenencia mía, ni una bajada de línea, ni una semblanza particular, sino la magia de la incomunicación que igual nos vincula.

Soy lector y escritor, y pese a eso, jamás comprenderé ni a uno ni al otro. Lejos de molestarme, esa magia me fascina. Porque tal vez la maravilla no esté en lo que coincidimos, sino en lo que nunca acordaremos. Al final, si algo va a salvar al mundo, aunque más no sea al mundo literario, es la duda.

Ni más, ni menos.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Ezequiel Dellutri

Escritor, conductor radial y profesor de Literatura especialista en géneros. Ha recibido distinciones en el ámbito de la literatura fantástica, género dentro del cual ha publicado las novelas Sobre la convergencia (Booklet) y Sobre los inmortales (UPV), además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas (Saco de Huesos). Ha escrito dos libros de ensayo para adolescentes, ambos publicados por la editorial Verbo Vivo y publicado diversos artículos sobre literatura de género. Ha sido finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas y Alambre de Púas.

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