En esa muestra presentaba todas sus obras creadas después del año 2000, y a pesar de su bien ganada fama en los ’90, sabía que su arte había sufrido una transmutación horrenda como lo era la época en la que se vivía.

La población musulmana, que se acrecentaba día tras día en las afueras de París, hacía del transitar por barrios de extramuros una excursión al dominio de las madrazas y los zocos. Hombres barbados de miradas huidizas, mujeres veladas, jóvenes flacos y mustios a los que el francés les llenaba la boca para ser expulsado al hablarlo, como si echaran a un demonio que quisiera robarles el alma.

Paris había cambiado bastante después del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York. Charles Hebdo y Le bataclan habían mostrado a los parisinos, y al mundo, que el Averno acechaba otra vez al género humano, y habían influído de modo radical en su pincel.

Las pinturas combinaban raíces que llegaban hasta el expresionismo del “Guernica” de Picasso y el surrealismo de Dalí en “Cajones”. Coetáneas, las dos habían marcado su formación de artista plástica.

Su marchand le advirtió sobre el fuerte contenido político y provocador que expresaban los cuadros. Al examinarlos, le impactaron esos “homus post-Freud” con psiquis descalabradas alucinados por la promesa de una muerte que, pariendo muerte, les franquearía el Paraíso. Cuando ella le pidió organizar la muestra le observó, preocupado, que exhibían un surrealismo ominoso que afrentaba al Islam.

Ella buscaba afirmar su vida, y también su arte, por lo que consideró que no someterlas al juicio del público sería una traición a sí misma y, en esa tarde, ese salón le traería el veredicto.

Se exigió alternar con cada grupo. Saludaba con especial atención a los críticos, de los que dependía que se afirmara en St. Germain, barrio bohemio de la célebre Rive Gauche del Sena, para no verse obligada a una mudanza al barrio de Montmartre, lindero con ese enclave de Medio Oriente medioeval que la perturbaba.

Ver como los invitados iban y venían por las salas, deteniéndose ante cada obra como si su fuerza fuese única, consiguió transportarla al éxtasis.

Los mozos distribuían los petit fours y el champagne, cuando desde la entrada se oyó un chillido agudo, insoportable, seguido por un –¡Allauh Akbar! ¡Empecemos de una vez¡-, gritado en francés, pero con claro acento árabe.

Lo había presentido y, aterrorizada, corrió hacia un cuadro, cubriéndolo con su cuerpo. Los invitados, casi todos, se inmovilizaron y así quedaron, mirándola, como adivinando los acontecimientos por venir.

No tuvieron tiempo de saber si acertaron. Ráfagas de metralla de paradójicas Uzi israelíes los alcanzaron con precisión, desparramando cuerpos como marionetas sobre el piso de madera, convirtiendo las salas en un amasijo de muerte y sangre.

Ella paseó su vista por los dos grandes espejos que enmarcaban el acceso al lugar. Lo que reflejaban no era más que un caleidoscopio siniestro de su propia pintura. Pensó en Oscar Wilde, y murmuró para sí “la realidad copia al arte”.

Le vendaron los ojos y fue empujada hacia la calle. Sintió por instantes el fresco del ocaso. Oyó el ruido de objetos, sus cuadros quizás, cayendo sobre una superficie metálica, adónde también ella fue arrojada.

El ruido de un motor y el movimiento le hicieron comprender que su vida sería, en adelante, surrealismo en acción. Ese, ominoso, que había observado su marchand.

Su via crucis recién comenzaba.

Sobre El Autor

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Roberto Tito Tchechenistky nació en la ciudad de Buenos Aires y cursó su formación universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Univ. de Buenos Aires, graduándose como Licenciado en Administración. Se desempeñó en la misma Institución como Profesor Ayudante de la Cátedra de Lógica y Metodología de las Ciencias. Después de integrar distintos Estudios Profesionales de relevancia, se independizó para dedicarse a la consultoría y asesoramiento en organización y equipamiento industrial en la industria de la confección de indumentaria y textiles para el hogar. Comenzó a desarrollar su actividad literaria en el año 1999, dedicándose al relato corto y a la poesía, y también al estudio del lunfardo rioplatense, léxico que ha utilizado para redactar algunas de sus producciones.

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