En Europa, al igual que los antiguos y los medievales, también los exponentes del Humanismo pensaban que todo aquello merecedor de perdurabilidad debía ser escrito en griego o en latín clásico, el llamado sermo urbanus sobre lo cual recuerdo haber leído algo en una obra de Ramón Menéndez Pidal y del cual nos habla Guillermo Díaz Plaja en su Historia del español, a través de la imagen y el ejemplo. Es decir que la irrupción de este movimiento en el medioevo, solamente buscó un re-florecimiento del saber con sentido esotérico; todos los caminos del conocimiento continuaron limitados a una reducida proporción en donde los más no ingresaron.

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Tal concepción fue invariablemente respetada mientras persistieron las multiplicaciones de copias caligráficas, brillantemente enriquecidas con ornamentos, y condenadas casi al sueño eterno en palacios y monasterios; estado que era alterado a veces, pero tan sólo cuando se trasladaban las copias para engrosar otras colecciones. No era esta la razón de su existir pensada por los autores, pero sí la consecuencia impuesta por la realidad  de la época.

La aparición del libro impreso con el empleo de tipos móviles, al suplantar el viejo sistema de copias manuscritas, inicialmente no alteró tal situación. Por el contrario, se procuró mantenerla. Los impresores al constatar que los grandes señores se oponían a ingresar en sus bibliotecas el producto de este nuevo arte, al que llamaron arte bastardo, restringieron el número de ejemplares de cada edición, la tirada rara vez excedía la cantidad de tres cientos.

De estas ediciones, calcularon estimativamente Lucien Febvre y Henri-Jean Martin, el 77% estaba en latín, un 7 % en italiano, entre un 5 y 6% en alemán, de 4 a 5% oscilaban los impresos en francés, y tan sólo 1% en flamenco. Cabe agregar que, en proporción menos significativa, también las hubo en idioma catalán e inglés y con caracteres en hebreo y cirílico.

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Luego, mediante una presentación capaz de confundir el impreso con una copia manuscrita, trataban de mantener el posible mercado adquisidor. Para lograr este propósito, a los ejemplares que primeramente se imprimieron se le fueron agregando notas marginales manuscritas con letras de la época, grandes iniciales miniaturadas y abreviaturas en el texto. En cuanto a la omisión del colofón, el título del libro escrito en los cantos, la ausencia del índice, de capítulos y párrafos y otras imperfecciones, aunque decisivas para el camuflaje en la comercialización, fueron también el resultado del período de prueba por el que transitaron todos los talleres tipográficos europeos. De aquellos libros, los ejemplares que llegaron a nuestros días evidencian que las distintas funciones en esos talleres tipográficos eran desempeñadas por todos. Fue el período de los practicantes.

Esta tendencia necesariamente engañosa en los impresores se mantuvo hasta tanto las clientelas, entonces integrada por los señores de la nobleza y de las jerarquías eclesiásticas, advirtieron el engaño. Después, el consecuente fracaso comercial que sobrevino determinó la búsqueda de un mercado nuevo, para lo cual ya no fue necesario sino el permanente esfuerzo en el perfeccionamiento del arte tipográfico, salir de la cuna, de la etapa de inicio.

Por aquel entonces el Viejo Mundo comenzaba a convulsionarse por un movimiento de carácter religioso, con el acompañamiento de un sustancioso substrato económico, me refiero a la Reforma que también impulsó el deseo de saber, incorporando sectores hasta entonces no incluidos.

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De cuanto se diga sobre la primera época de los impresos producidos con el empleo de tipos móviles, no necesariamente está referido con exclusividad al libro, como erróneamente se suele interpretar. Desde la puesta en marcha de la imprenta europea hasta el año 1500 inclusive, a todo cuanto de ella salió le fue dada la denominación de incunable, precisamente porque eran trabajos que aparecieron cuando el arte tipográfico estaba en su cuna. Con algún margen de excepción, coincidimos con Hugo Acevedo cuando, en su Incunables de la Biblioteca Nacional (Argentina), juzga que se mantiene esta consideración con criterio insalvablemente eurocentrista. Los historiadores del arte tipográfico, en conjunto casi monocorde, no aceptan que en otros continentes hubo también  una etapa previa a la madurez en el desarrollo del arte tipográfico: en  Hispanoamérica esto es  demostrable.

Este criterio terminante y eurocentrista, es el sustentado en diccionarios y enciclopedias, adonde acude comúnmente y en principio toda persona con avidez por saber el significado de éste vocablo. En general, también los estudiosos acatan la definición que se impuso, aunque algunas voces disidentes se alzaron fundamentando su discrepancia.

Agustín Millares Carlo, ya por el año 1924, en su trabajo sobre Los incunables de la Biblioteca Universitaria de La Plata, publicado en la revista Humanidades de esa universidad, afirmaba de manera terminante, y sin margen de concesión, que incunables en sentido estricto, son únicamente las /ediciones/ anteriores a 1501.

Enrique Sparn, otro especialista en el estudio de la historia del libro y autor de una obra dedicada a pormenorizar la distribución geográfica de los incunables y cuales bibliotecas poseen más de cien ejemplares, editado por la Academia Nacional de Ciencias (de Córdoba), advierte en 1927 que es imperativo para una obra que se apellide incunable haber sido impresa en el siglo XV (el año 1500 incluso), fuere en donde fuere y por quién fuere.

Sin embargo, la Real Academia Española de la lengua no es tan estricta y prefiere hacer extensiva tal denominación a las ediciones hechas desde la invención de la imprenta hasta principios del siglo XVI.  Las voces disidentes golpearon y fueron tenidas en cuenta. La Academia por su condición de tal es conservadora y -hasta no hace mucho tiempo- poco revisionista, pero los fundamentos expuestos por quienes no aceptaron el criterio tradicional llegó a conmoverla, optó por no finalizar la etapa de incunable en el último día del mes de diciembre de 1500, sino a principios del siglo XVI, sin precisar hasta cuándo llega para ella el principio del siglo o cuando la imprenta dejó de estar en pañales.

Cuando se habla de las edades en la historia, de sus períodos, todos partimos del supuesto que se trata de una división convencional. Pero llegado el caso no siempre se tiene en cuenta que estas son arbitrarias. No tanto en lo que se refiere a la caracterización del período como a la ausencia de tiempos intermedios: nadie se acostó en la Edad Media para despertar a la mañana siguiente en la Edad Moderna.

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Al tratar El período de los incunables, S. H. Steinberg en su obra Five hundred years of printing, que llegó a nosotros traducida al castellano por Raimundo Portella en la década del ’60, afirma que pocas de estas divisiones arbitrarias han sido tan perjudiciales para la real comprensión de un sector importante del progreso humano como la restricción del término incunabula a la época que transcurre entre la primera producción de Gutemberg y el día 31 de diciembre de 1500. Esta fecha -explica Steimberg- se encuentra situada en medio del período más fértil del nuevo arte, y parte por la mitad la vida de algunas de sus más grandes personalidades.

Otros estudiosos aportan más razones. Es decir que se coincide en rechazar la delimitación tajante del período y, además, se aportan más argumentos. En su Orígenes del arte tipográfico en América, especialmente en la República Argentina, que vio la luz en 1947, Guillermo Furlong, dice que Konrad Haebler, en The study of Incunabula,  editado en Nueva York en 1933, con sobrada razón, señala límite diverso /del período incunable/ para las diversas imprentas, ya que unas, antes que otras, adquirieron su madurez, con anterioridad a 1500. Venecia, por ejemplo, había ya industrializado su producción tipográfica hacia el año 1480, de suerte que las publicaciones posteriores a esa fecha carecen de las características de los legítimos incunables.   

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En realidad esta palabra se empleó originariamente en relación con la primera etapa, posterior a los impresos iniciales de Johann Gutenberg, pero sin ánimo de establecer con ella un período para toda Europa, enmarcado en el tiempo y sin excepciones, haciendo caso omiso a los diferentes grados de evolución que se operó en cada región.

En relación con el origen de los impresos efectuados empleando tipos móviles, la palabra incunable fue inicialmente utilizada en las primeras décadas del siglo XVII por Bernard von Mallinckorodt. Catorce años después es Philippe Labbé quien tiene en su haber el establecer el concepto arbitrario que llega a nuestros días para determinar si un impreso es o no incunable.

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Bernard von Mallinckorodt

Bernard von Mallinckorodt, dean de la catedral de Münster, publicó un folleto titulado De ortu et progressu artis typographicae en Colonia, allá por el año 1639. Con este trabajo su autor no pretendió más que aportar una contribución al segundo centenario de la invención de Gutenberg. Sin embargo éste aporte con el tiempo adquirió celebridad, pues es este autor quien al describir el período que va del célebre invento de los tipos móviles  hasta el año 1500 se refirió a él adjetivándolo con un término hasta entonces no empleado. Von  Mallinckorodt dijo que se trataba de la prima typographicae incunabula, es decir la época en que la tipografía estaba en pañales.

Años después, en 1653, el sacerdote jesuita francés Philippe Labbé, en su Nova bibliotheca librorum manuscriptorum empleó la palabra incunabula como equivalente a período de la imprenta primitiva, hasta 1500, es decir que ya la empleó equivocadamente.

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Partiendo de lo sostenido por Labbé, entiende Steinberg que: “Hombres cuyo latín era considerablemente deficiente aplicaron el término a los libros impresos durante este período, y varios escritores del siglo XIX, que no sabían en absoluto latín acuñaron el singular inkunabel, incunable o incunabulum, para designar el ejemplar surgido de las prensas de imprimir del siglo XV”.

Con el tiempo, los argumentos de parte de aquellos que no comparten la definición dada por Labbé indican algo más que una actitud de simple desacuerdo. Es cierto que entre quienes aceptan el criterio tradicional se encuentra el mayor peso, numéricamente hablando, pero hasta el presente la bibliografía por ellos producida carece de fundamentos para sustentar la definición del término incunable, que establece para el arte tipográfico un período de 50 años, que va desde 1450 a un día antes de iniciarse el 1501.

Para los heterodoxos en el tema, una imprenta que no llegó a alcanzar el grado de desarrollo y perfeccionamiento, como para ser considerada en una etapa superior, produjo impresos incunables aunque la fecha de edición de estos sea posterior al año 1500. Agreguemos a esto la noticia que trae Víctor Nep en su Historia gráfica del Libro y de la Imprenta: “En los países nórdicos, donde la imprenta se inició hacia fines del siglo XV, se consideraban incunables los libros impresos hasta el año 1550”. Por el costoso proceso sufrido en el quehacer tipográfico y por cuánto demoró la introducción con carácter permanente de la imprenta en muchas de las importantes ciudades europeas, debiera aceptarse incluir en el período de la cuna la primera mitad del siglo XVI.

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A partir de la segunda mitad del siglo XVII se comenzaron a estudiar los libros incunables y mucho después fueron valorados como tesoros sumamente apreciados por las grandes bibliotecas; más tarde surgirá una irresistible apetencia por ellos. Esos viejos y a veces pesados ejemplares encuadernados, con tientos resistentes y gruesas tapas de madera forradas con piel labrada y reforzadas con broches cantoneras de bronce, se fueron transformando en objeto codiciado por eruditos, instituciones, coleccionistas, libreros y anticuarios.

A tal punto se llegó a sobre valorar estos primeros impresos, editados en las cinco primeras décadas después de la invención en occidente de los tipos móviles, que para bien conceptuar cualitativamente una biblioteca se solía exigirle a ésta poseer aunque más no sea un incunable. Sin él, recuerda Raúl Mario Rosarivo en su Historia general del libro, debía comparársela con un camino sin punto de partida o un silogismo al que le faltaba su premisa mayor.

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La imprenta europea y los impresos de esa media centuria mereció de los estudiosos especial dedicación. Millares Carlo afirma que las publicaciones consagradas a este solo aspecto de la historia del arte tipográfico son numerosísimas. Este interés en los estudiosos se ha visto facilitado por la gran cantidad de ejemplares incunables custodiados en bibliotecas públicas. El Viejo Mundo posee la mayor cantidad. Le siguen los Estados Unidos de Norte América, pero en un muy distante segundo lugar. Un reducido número se halla en otros países.

Sobre el particular, de acuerdo con un voluminoso ensayo, publicado en la Argentina durante las primeras décadas del siglo XX, de los aproximadamente 450.000 ejemplares incunables, entonces existentes en el mundo, cerca de 360.000 estaban en bibliotecas con más de cien ejemplares en cada una. A esto podríamos sumar algunas con inferior cantidad. Esto da una idea de las escasas posibilidades de adquirirlos en el mercado librero y anticuario y -también- de su costo. En este último aspecto la digitalización, al saciar el interés de los estudiosos y popularizar la obtención de reproducciones, limita el interés de estos impresos exclusivamente a los coleccionistas.

Desde entonces, las muchas guerras ocurridas y los numerosos hechos de carácter político, económico, delictivo, sin excluir los siniestros, variaron lo registrado en este cuadro: si en algunas bibliotecas mermó la cantidad, en otras la incrementaron. No obstante lo advertido, este era el detalle por aquellos años de los países, las bibliotecas, y en qué cantidad se encontraban distribuidos.

Respecto al resto de ejemplares incunables, que entonces se encontraban repartidos en colecciones privadas, pasaron a ser objetos de persecución por parte de bibliófilos y particularmente por los bibliómanos, provenientes de las nuevas clases sociales en ascenso. Este entusiasmo por los incunables tomó gran incremento en el siglo XIX y continuó durante el siglo XX con el concurso de los comerciantes de antigüedades.

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Sobre El Autor

Porteño, nació en 1941. Historiador, licenciado en Bibliotecología y Documentación, fue docente en tres universidades. Trabaja sobre diversos temas y protagonistas del pasado argentino, habiendo editado sobre éstos libros y folletos, algunos de los cuales fueron publicados por la Academia Nacional de la Historia, Biblioteca Nacional y la Academia Nacional de Periodismo. Es autor de varias bibliografías, bio-bibliografías y diccionarios de seudónimos, el último de estos es Colección de seudónimos utilizados en Argentina por anarquistas, comunistas, izquierdistas, peronistas, socialistas y trotskistas. Su incursión en el estudio sobre palabras y expresión que generaron el consumo del alcohol y las drogas los dio a conocer en dos libros editados por la Academia Porteña del Lunfardo y luego en un vocabulario titulado ABC de la droga y el alcohol. Colabora en publicaciones especializadas de Argentina, Uruguay, México, Italia, Inglaterra, Perú y Colombia. Confeccionó estudios para acompañar las reediciones del Calfucurá. La conquista de las pampas de Álvaro Yunque y la polémica Norberto Pinero-Paul Groussac sobre el Plan de Operaciones, atribuido a Mariano Moreno.

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