La noche sagrada (Audisea, 2017) es uno de los mapas de lecturas de Javier Galarza. Parte de Hölderlin, de su noche sagrada, de esa sabiduría del balbucir; va hacia Rilke, su lirismo, su Rusia, su dios: “Siento pues que somos los antecesores de un Dios y que, con nuestras más profundas soledades, nos proyectamos a través de los milenios hasta su comienzo, esto es lo que siento”. Celan y Kafka terminan de configurar la ruta principal de este libro, en el que por cierto brillan también entre otras voces las de Hegel, Heidegger, Jabès, Nietzsche, Freud, Mandelstam, Lacan, Blanchot.

Desde el enigma de la palabra que hace al autor preguntarse “¿Será eso la poesía? ¿La pura posibilidad de lo no decible?”, pasando por estaciones como la del contundente verso de Heidegger: “Poesía es la fundación del ser por la palabra”, o la de los versos de amor del poeta romántico a Diótima, la lectura de estas páginas permite un recorrido que se enriquece con perlitas como una de las quinientas cartas que escribe Kafka a su prometida Felice Bauer, o como la carta que escribiera Paul Celan a Gisèle. Cartas, versos, notas, detalles: corrientes que invitan a ahondar en la reflexión poética, que traen información, que embellecen la lectura.

Javier Galarza nació en 1968 en Buenos Aires. Dirigió la Revista Vestite y Andate, y publicó los libros Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades (2001); El silencio continente (2008); Reversión (2010, Tropofonia, Belo Horizonte), Refracción (añosluz, 2012), Cuerpos textualizados (Letra Viva, 2014) en coautoría con Natalia Litvinova y Lo atenuado (audisea, 2015).

Charlamos con Javier sobre las relaciones entre cuerpo y literatura: “Somos jeroglíficos sensibles (..) Escribimos con el cuerpo y el cuerpo es a su vez afectado por la escritura. Todo lo que podamos llevar a la palabra abre otra forma de habitar el mundo”. Lenguaje y pensamiento, ritmo, verdad, religión son algunos de los disparadores de este diálogo.

“La poesía es el arado que desentierra el tiempo, poniendo al descubierto sus estratos más profundos, su tierra negra”, escribió Mandelstam, para luego preguntarse: “¿Quién escribirá poesía?”. Y esta pregunta se propaga, naturalmente, pues interpela a la literatura toda: “sin el arado de la poesía, quién desenterrará el tiempo”.

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¿Cómo nace La noche sagrada?

El libro comienza con el deseo de compilar una gran cantidad de notas y de ensayos que escribí durante años. Algunos de esos textos fueron parcialmente publicados en revistas. Otros los redacté como apuntes para dar cursos. O simplemente como una viñeta o un subrayado de algo leído. Si entendemos que un libro puede ser una herramienta, La noche sagrada lo es, como un manual, algo que está al alcance de la mano y se permite la escritura y la lectura fragmentaria. Sería injusto abordar a algunos de estos autores con la pretensión de abarcarlos íntegramente. Entonces, cada recuadro, intenta bordearlos.

Hölderlin , Rilke, Celan y Kafka son las voces que configuran este texto. ¿Qué te llevó a esa selección?

Envié a la editorial un compilado de notas que incluía a Sylvia Plath y a Antonin Artaud, entre muchos otros. Entonces Lucas Brockenshire, con muy buen criterio, me propuso un ordenamiento con los autores que escribieron en alemán. Esto abarca desde el romanticismo, con escalas en el expresionismo, incluso a Freud, y esa consumación que es la vida y la obra de Paul Celan, donde se cierra la era de los poetas en tiempos de indigencia. Entonces la idea es que se pueden agrupar los escritos sobre otros autores en un segundo o tercer tomo. En un segundo tomo incluiríamos a los poetas argentinos y así se podría ir extendiendo el trabajo.

¿Cuáles serían los autores que configurarían tu mapa de la poesía argentina?

Suelo comenzar con Alejandra Pizarnik, sobre quien tengo un ensayo extenso aún inédito. Ella fue una gran lectora, te lleva a la médula misma del romanticismo, el simbolismo, el expresionismo y los surrealistas. Por otro lado creo que Borges es el otro gran lector argentino y se dedicó a los románticos ingleses. Si Alejandra hace subrayados de Rimbaud y de Nerval, Borges escribió acerca de Verlaine o de Coleridge, parece que se hubieran dividido el mapa de la historia de la poesía. Un referente ineludible para mí es el poeta entrerriano Juan L. Ortiz. De allí paso a Jacobo Fijmann y a Miguel Ángel Bustos. Todos estos poetas tienen algo de románticos, de videntes y de místicos. De allí en más podemos llegar a través de Juanele a Raúl González Tuñón. Y  por Borges hasta Alberro Girri. Además esa usina inmensa que fue la revista Poesía Buenos Aires. Creo que cuando la lectura de la poesía escrita en inglés comienza a predominar se pierden muchas cosas: es el triunfo del neoliberalismo, el pop, la dictadura y solo aparecen destellos aislados como Néstor Perlongher o Leonor García Hernando.

En tu nota preliminar hablás del poema como “un síntoma vivido a través del cuerpo y desde el cuerpo y más allá aún, produciendo ese lugar inasible y desesperante del propio cuerpo poético y su gramática.” ¿De qué modo se articulan cuerpo biológico y cuerpo gramatical en poesía?

Somos jeroglíficos sensibles. La escritura tiene movimientos de tensión y distensión, como la sexualidad, y una mudez repentina y expectante que, al igual que el deseo, puede resurgir en cualquier instante. Aparentemente Edmond Jabès necesitó del espacio en blanco de la hoja como respiración, porque sufría de asma. O Nietzsche escribió entre jaquecas: esas formas breves como latigazos, eso que Pierre Klossowski definió como “un intervalo entre catástrofes”. Escribimos con el cuerpo y el cuerpo es a su vez afectado por la escritura. Todo lo que podamos llevar a la palabra abre otra forma de habitar el mundo.

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El poema como profecía autocumplida que se vuelve una afirmación de Tánatos; el poema como salvoconducto: dos extremos del mismo lenguaje. ¿Podés explicarnos ese fenómeno?

Heidegger, cuando escribe sobre Hölderlin, subraya dos textos que dicen que el oficio de poeta es el más inocente y a la vez el lenguaje es el bien más peligroso. Si caemos fascinados ante la propia creación, corremos el riesgo de perder la metáfora, entonces nos consustanciamos con el objeto fetiche. Un ejemplo claro sería el suicidio. Cuando Pizarnik escribe que quiere hacer el cuerpo del poema con su cuerpo, allí hay algo interesante. En el momento en que pinta a sus muñecas y se toma cincuentas pastillas, la metáfora se pierde. Entonces arriesgar el lenguaje puede tener un precio alto, pero ese riesgo genera cosas. Porque el poema es una producción de sentido plena, un nuevo emplazamiento. Y ante ese riesgo, cada escritor debe elaborar sus estrategias de supervivencia.

Dice Hölderlin a través de Bettina von Arnim: “Él dice que la palabra es la que engendra el pensamiento humano pues es más grande que el espíritu humano, que no es sino el esclavo de la palabra; y mientras la palabra no se baste a sí misma para engendrar el pensamiento, el espíritu no habrá llegado a alcanzar su perfección en el hombre.” ¿Cuál es a tu criterio el vínculo entre lenguaje y pensamiento?

Es un vínculo indispensable. Porque la palabra plena nos evita caer en la abstracción. Y se le puede dar un poder casi mítico a la palabra, hablar del Logos o del Verbo creador, por ejemplo, o simplemente decir que es un código del que necesitamos. Y lo digo yo, que me siento a gusto en el vacío, con esas bellas despersonalizaciones o disgregaciones en el paisaje que propone Juan L. Ortiz. Pero el poeta lo hace a través de la palabra y eso es “lo que salva en el peligro”. La poesía está cerca de la sexualidad, de la fragmentación y de la muerte, permite vislumbrar lo real. Podemos dar cuenta de eso desde lo simbólico, cuando entendemos que somos trama, tránsito, continuidad.

En ese mismo texto Hölderlin define el arte a partir de la idea de ritmo: “Solamente cuando el pensamiento se ve en la imposibilidad de expresarse por otro medio que no sea el ritmo, cuando el ritmo se convierte en el único y solo medio de expresión, solamente entonces hay poesía…”. Y enlaza la categoría del ritmo a la idea de verdad en poesía: “Mientras que el poeta tenga aún necesidad de buscar acento métrico y no esté arrebatado por el ritmo, su poesía estará falta de verdad”. ¿En qué términos ha de trabajarse el ritmo para no volverlo esclavo de la métrica? ¿Cómo se aúnan para vos poesía y verdad?

Hay ritmo en la lluvia, en el crecimiento de las plantas, en la sangre: la métrica es apenas una sistematización. El poeta arrebatado por el ritmo no puede sistematizarse, aún si esto parece una visión romántica. A veces voy a leer en público y no importa la intención que yo tenga, de pronto un ritmo que nunca es igual se me impone. Ralentizo, acelero, me detengo, cambio de ritmo. Es decir, ¿vamos a “representar” un poema? ¿O mejor buscar ese impulso que lo generó? ¡Qué sea algo siempre diferente, no un aforismo que congele el pensamiento, sino algo que haga fluir el mundo!

La pregunta anterior señala la primigenia relación entre música y poesía. En cuanto a las artes visuales, particularmente para Rilke estas resultan cruciales. Y también para Hölderlin , Rimbaud, etc.: “¿Está en la formación del mito de todo poeta el aprender a ver?”, pregunta el epílogo del libro. ¿Cómo interpelan las artes visuales la poesía?

Si vos me pedís que te nombre dos poetas argentinos, sin pensar mucho, es probable que mencione a Bustos y a Pizarnik. ¿Sabés una cosa? Luego de haber amado la poesía de ambos durante años, me enteré de que habían estudiado plástica con el mismo pintor: Battle Planas… ¿Viste los grabados que hacía Jacobo Fijman? ¿Y los dibujos de Kafka? No imagino mejor retrato de un escritor que esa figura desplomada sobre un escritorio dibujada por Kafka. Y cuando mirás los ángeles que dibujaba El Greco, ves cuánto influyó en las Elegías de Duino, por qué “todo ángel es terrible”. Hasta dicen que Rilke quería que su rostro se pareciera a los cristos de El Greco. Y algo de eso hay. Los paisajes de Caspar David Friedrich o las tormentas de Turner son el romanticismo tanto como los poemas de Novalis. Kandinski y Paul Klee son tan expresionistas como Trakl.

“Siento que somos los antecesores de un Dios y que, con nuestras más profundas soledades, nos proyectamos a través de los milenios hasta su comienzo…”, anota Rilke en su Diario florentino. En todos los poetas de los que hablás, la figura de dios -por presencia o por ausencia- ocupa su lugar. ¿Cuál es el núcleo de la relación entre poesía y religión?

Todos los libros sagrados son poemas, todos. Si no sabemos leerlos como poemas perdemos la metáfora, Cualquier lejano relato que se lea sobre la creación es un poema, en muchos casos anónimo. Esto sería un buen ejemplo para entender los riesgos de esa “palabra plena” que se despliega en la poesía: parábolas, sanación o atentados suicidas. El Hiperión de Hölderlin puede ser leído como el intento de redactar un libro sagrado para los hombres libres de la Revolución Francesa. Por otro lado no hay mejores poemas que el Tao Te King, el Popol Vuh o la Biblia. Los poetas místicos de todas las religiones son imprescindibles: Silesius, John Donne, San Juan de la Cruz, Rumi, y la lista sigue.

“Hölderlin decía que es misión del poeta entregar al pueblo los dones celestes en cánticos velados (¿función poética?), Celan parece sugerir que esa palabra plena, de ser posible, es la del poeta, la de la sombra”. ¿Qué pensás vos respecto a la idea de función social en la poesía?

La poesía tiene un importante rol en todos los movimientos sociales. Hablamos de Hölderlin en la Revolución Francesa, de Nerval y su visión de Napoleón. Pienso en el ruso Maiakovski y en Mandelstam en los campos estalinistas, Urondo, Bustos y Santoro como víctimas del Proceso militar. Juanele como un intelectual marxista. Rimbaud y la Comuna y sus versos “Cambiar la vida” pintados en el Mayo Francés. Creo que el poeta lucha por la revolución tal como la entiende y el lenguaje es un lugar de resistencia. Podemos pensar en César Vallejo o en Miguel Hernández durante la guerra civil española. La poesía lee la historia y en mucho casos da la hora antes de tiempo.

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Citás en el libro una pregunta que se hace Mandelstam y que aún nos interpela: “¿Hay muchas personas que sepan leer poesía?”. ¿Qué querrá decir saber leer poesía? ¿Cómo ves, en ese sentido, el estado de la cuestión?

Es un punto interesante, Una vez Mandelstam mismo echó a patadas a un poeta joven que se quejaba de que no publicaban sus versos mientras le gritaba: “¿Acaso publicaron a Safo? ¿Publicaron a Jesucristo?”. Por otro lado tanto los textos sagrados como los romanceros son anónimos. Que el origen de la poesía no tenga autor no es un hecho menor, porque fue transmitido de boca en boca. Con esto apunto a esa falsa dicotomía entre lo culto y lo popular. La experiencia poética es accesible a cualquier clase social. Hoy cada vez hay más poetas y editoriales, evidentemente la función del autor cambió, tal vez sea esa profecía de Lautréamont; “La poesía debe ser hecha por todos”. Pero a mí, sinceramente, me gustaría que quien puede poner una editorial o dar un taller lea a Mallarmé o a Nerval, como mínimo, porque también veo negligencia y pereza en muchos casos.

Contás que Max Jacob le enseñó a Celan algo fundamental para que la escritura suceda: la distancia. ¿Qué es lo que aleja la distancia en el mismo movimiento que acerca el acontecimiento de la escritura? 

La distancia es esa medida que nos permite no sucumbir ante las potencias del lenguaje. Sin distancia no puede diferenciarse el trabajo sobre un texto de la mera catarsis. Es bueno, como se dice, “dejar reposar” un texto antes de retomarlo. Y citando a Derrida, digo que eventualmente podemos mantenernos “a distancia de la distancia”. ¿Cómo sería esto? Es Juanele atravesado por el río o Nietzsche cuando nos dice que nadie puede pintar un árbol sin transformarse en árbol. Mirar es un acto salvaje, pero si miro un precipicio sin vértigo corro el riesgo de despeñarme.

“Quien tropieza en la lengua es quien no ejerce su fuerza totalitaria”, ¿cuán dictatorial es el lenguaje? 

Fijate la oratoria de la mayoría de los políticos, hasta se llega a hablar de “posverdad”. Porque todos sabemos que están mintiendo, debajo de cada expresión se podría poner un subtítulo. Eso es cinismo. Y la veracidad que se otorga al lenguaje científico. Son dispositivos de poder. Pero cuidado, porque la certeza es la locura. A la poesía voy con mi no saber, con mi temblor, buscando que una palabra resuene en el otro. Que lo golpee o lo acaricie.

Sobre El Autor

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Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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