Sucesor de la llamada generación del ´80 encontraremos en Max Rohde el pináculo del esteticismo orientalista. Su visión de oriente, sensorialmente plagada de clichés del romanticismo, se aleja definitivamente de la prepotencia eurocentrista para construir esa otra ficción que es el oriente mágico, místico; meca de las almas sensibles de los sibaritas.

A continuación ofrecemos un fragmento del libro Viaje al Japón.

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Kamakura, abril 5.

Nos perdemos en la muchedumbre, alegre y confiada, de fieles. El aire vibra con músicas, risas, palabras, taconeos. Los kimonos contrastan con el austero unifor­me de la milicia. La calle es una feria de buenas intenciones. Los cerezos se agobian con el matiz de sus flores y las lamparillas colgantes de sus ramas. He aquí que el cielo -nunca más inoportuno- se desagua sobre el pintado paisaje. El viento arrastra las mangas pago­das de las vestimentas. Es un remolino de exclamacio­nes y de caudas de papel y género. Los paseantes ganan el puente; pero el puente es traidor: en la atrevida cur­va de la piedra, recién lustrada por la lluvia, se desli­zan inopinadamente espaldas y piernas… Los resbalo­nes son el número imprevisto de la fiesta y se los festeja con ruidosa espontaneidad.

Sobre las viejas memorias se renueva la gracia de la vida. “La naturaleza es un sueño -nos dice el maestro-, es una ilusión de las percepciones”. Y en la en­señanza del maestro nos llega la verdad tremenda que aprendimos en el Eclesiastés: “Todo lo que existe en el tiempo debe perecer: las selvas, las montañas… Todo es transitorio. Todo esconde el germen de la disolu­ción”.

Estamos en Kamakura. En 1923 un pavoroso terre­moto desarraigó los árboles del monte, cegó el cauce del río, desvió la cumbre de la colina, brindó al mar desconocidas playas. En medio de la catástrofe cósmica se escucha, de nuevo, la palabra del maestro: “La vida es una etapa en un viaje infinito… Captemos en la naturaleza, no su apariencia deleznable, sino la esencia de eternidad que palpita en el renuevo. Y al aspirar la flor, perfumemos con nuestra sonrisa el recuerdo de las flores que han sido y la presencia de las flores que serán en la invisible encarnación de las savias. Mas no ceda­mos al instinto de posesión; adueñémonos de la virtud permanente del pétalo. Es sabio quien ve las cosas más allá de su individualidad. Así, libres de vínculo terre­no, conquistaremos, al conquistarnos a nosotros mismos, la paz del Nirvana”.

Al fondo de la avenida de criptomerias se alza el gi­gantesco bronce de Buda, es decir, de Amida: “La in­mensurable luz que se desparrama en diez direcciones del espacio”.

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Minamoto Yoritomo funda, en el año 1192, a Kama­kura, y funda, al propio tiempo, el gobierno shogunal, cuyo sistema se perpetúa hasta el año 1868. En 1195, él Y su mujer Masako Son huéspedes de Nara. En la urbe sagrada contemplan el colosal Buda burilado en el siglo VIII. Deciden levantar uno semejante en la ciu­dad de su imperio. Ono Goroyemon, el imaginero, brin­da, en 1252, a los ojos de su señor la estatua que ahora contemplamos. En 1369, un tifón llevóse el templo que la cobijaba; alzóse un nuevo templo: otro tifón, en 1494, también destruyólo.

En medio de la frágil naturaleza, forjada con la vi­sión de nuestras pupilas; en medio del incesante y re­naciente cambio, donde un rayo, al evaporar una nube, refleja la única verdad de nuestros sentidos, se alza inmutable, con aureola de cielo, la imagen del reposo, cuya actitud -dice el sagrado texto- recuerda el “agua profunda y tranquila”.

Pensamos en Buda. Hijo de rey -anterior en siete centurias a Cristo-, conoce a los siete años la ciencia de los viejos libros: la anatomía y la matemática le brindan sus secretos. A los diecisiete años conoce la ciencia de la vida: el corazón le brinda sus secretos en un corazón de mujer. Pero aun, permanece encarcelado en el propio espíritu: la mirada de los humanos ojos es su único horizonte. Se va a la montaña. El árbol del bien y del mal escucha la plegaria, y el árbol lo nutre con el fruto del perfecto conocimiento. Los discípulos desparraman por los caminos la “buena nueva”: los cedros del Himalaya se comunican con los plátanos del Cefiso y los olivos de Nazaret, y en el murmurio de las diversas hojas se cree percibir el credo de la verdad única.

Dice el Evangelio budista: “Todo lo abandonó, hasta el mínimo grano de mostaza, por el amor de las criatu­ras. Y abrigó un común amor por los poderosos y los débiles, los morales y los inmorales, los depravados y los virtuosos, los sabios y los necios…”

En el hijo de Maya, en el hijo de la perpetua virgen, percibimos, no sólo un eco de las parábolas cristianas, sino también un creciente rumor de las cláusulas pla­tónicas. ¿No es acaso el mundo una fantasmagoría de nuestros sentidos? ¿Acaso no encarna en nuestra fugi­tiva vida un espíritu permanente? ¿Acaso por la cien­cia del amor no conseguimos dominar a uno de los corceles indómitos, que atierran el carro celeste delFedro, o a uno de los apetitos que abruman el monte expiatorio de la Cuarentena Y En una común fuente de amor se reflejan la Idea platónica, el Paraíso cristiano y el Nirvana budista.

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Pero en la religión del peregrino hindú, el alma no es individual como en la religión cristiana; y, por tan­to, carece de la “reminiscencia” preexistente de que nos habla la filosofía platónica. En aquella religión, el alma es un compuesto de energía destinada a la desintegra­ción. Se opera en ella un proceso semejante al de la materia, cuyos elementos renacen, dispersos, en el grano de la espiga o en la savia de la flor. El alma renace, no en su totalidad, sino en algunas de sus tendencias, y engendra el misterio del karma, es decir, la responsa­bilidad ética más allá de los límites de una sola vida.

Descúbrese, en germen, la moderna teoría de la heren­cia. Mas en dicha religión la herencia no responde fa­talmente a las corrientes sanguíneas, pues puede arraigar el espíritu de un rey en el cuerpo de un pordiosero. Se explicarían, a la luz del espíritu múltiple, las impre­siones que trae el ser a la existencia; impresiones reco­gidas en existencias pretéritas. Se explicarían las sim­patías y las antipatías que creemos instintivas: respon­den a un cúmulo de conciencias que señorean necesariamente -a través del tiempo- en la conciencia individual.

¿Es posible emanciparse de las garras del karma? ¿Seremos siempre un juguete de la ciega omnipotencia? Piénsese que el espíritu injusto puede encarnar en el justo. Se plantea una suerte de auto sacramental. El espíritu que persigue la humana redención, al encarnar en el justo, engendra naturalmente el conflicto de la ti­niebla y la luz. Pero es factible el triunfo, porque en el fondo de la conciencia se conserva el mínimo de libertad que se substrae a la ley inexorable. El ejercicio del bien logra abrir las puertas del santuario: las almas que pur­gan su miseria en nuestra propia alma, alcanzan, en­tonces, el reposo, es decir, la beatitud. Pues en el com­puesto de almas -nunca la potencia única, repetimos, del sueño platónico y de la verdad cristiana- se escon­de la gracia (lo divino del ser humano) digna de al­canzar la gloria inconsciente del Nirvana.

Pensemos también en la realidad inmediata: en la descomposición de los cuerpos, hay siempre un puro átomo que perdura en el perfume de la flor.

Se alza ante nosotros el Buda burilado en el año 1252; se dijera, en la falda de la colina, un fruto de la naturaleza: un fruto incorruptible. Los árboles, siquie­ra enormes, apenas alcanzan a sombrear sus hombros. Allá, bajo el fondo verdoso de la montaña y la nube ro­sa del cerezo, los ojos entornados entregan a los labios la conquista suprema del alma: la sofrosine –dirían los griegos- de la sonrisa. Las manos, que alzaron el templo, ahora reposan. La palabra también descansa. La celeste claridad, que vaga por el rostro, atestigua el triunfo en la prueba de las pasiones; es la claridad que corona el fuego de un largo día.

El maestro bendice con su mirada de bronce al fuerte y al débil, al hombre y a la bestia, a la, piedra y al re­toño. Y esa mirada labra una conciencia en todos los senderos.

Cierta vez el hijo del rey de Kapilavastu predicaba bajo el rayo del día. Los humildes, los arrastrados ca­racolillos temieron que el maestro padeciese un ataque de insolación. Deciden, convertidos en rizos, cubrir la glabra testa del predicador. El imaginero de Kamakura recoge la leyenda digna de Asís: ochocientos treinta ri­zados caracolillos protegen, la calvicie de la estatua.

Carecemos naturalmente de experiencia para juzgar el espíritu del pueblo que desfila en torno de la imagen. Pero descubrimos un rasgo común en las diversas fiso­nomías, en el viejo y en el niño, en el rico y en el pordiosero: la perenne sonrisa. Y nos parece escuchar la palabra del maestro: “Sonríe sólo quien ha librado con­sigo mismo una batalla, y logra vencer a las pasiones”.

Esa sonrisa, que enciende el alma japonesa, posee si­glos de bienaventuranza.

Cierta vez -promedia el siglo VI de nuestra era- un rey koreano agasaja con presentes al mikado del im­perio matutino. Entre los regalos figuran una imagen y unos textos. Los sabios nipones -acuciados por la imagen del “dios desconocido”- interpretan la ciencia de los textos. Poco a poco la luz va surgiendo en la tinta china del papiro; poco a poco un celeste resplan­dor corona la estatuilla. En el año 571 triunfa en el Japón la religión budista.

Se comprende el asombro popular; se comprende que el credo arrastrara los espíritus y las retinas: un universo maravilloso refleja la práctica del culto. Encarna en Oriente el misterio de Occidente: el catolicismo se impone en los pueblos bárbaros con la magnificencia de su liturgia. La verdad entra primero por los ojos. Los hijos del sol naciente sólo poseían austeros, mar­ciales ritos de religión shintoísta y algunas rapsodias arcaicas, donde apuraban la sed religiosa y el hambre poética de la raza.

Suena un bronce inaudito: el cielo convoca a los fie­les. (Pensemos en el estupor que debió de provocar la voz de las campanas). Y los fieles contemplan una enorme puerta custodiada por gigantes y por leones po­licromos; un camino, aclarado por lámparas de piedra y bronce; un templo, apesadumbrado de dragones de fue­go, armonizado de cantos, y, allá al fondo, entre nubes de incienso, los cirios que empuñan, en torno de la imagen excelsa, sacerdotes revestidos de oro y plata.

El budismo, siempre inexhausto, nutrido en el cielo bramánico, absorbe tambien las deidades indígenas de Cipango; sólo perdura, solitaria, en la cumbre del Fuji, la abuela del emperador: la ígnea Amaterasu, diosa so­lar. El budismo logra un fácil señorío en tierra japonesa, porque se repite el mismo fenómeno de la con­quista helénica en tierra romana: el espíritu mueve has­ta el fundamento de las piedras, aunque estas piedras sean los mármoles del Lacio. Los dioses nipones y latinos aprendieron, respectivamente, las lenguas griega y china.

La lengua china descubre un mundo. En el templo budista se estudia la filosofía y la historia; nace el dra­ma, cuyo sentido místico adquiere con el tiempo inspi­ración profana (génesis y evolución que advertimos en la dramaturgia universal); se cultiva la arquitectura y la escultura, la pintura y el arte de los jardines. En el templo budista florece la primavera del ingenio japonés.

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En 1868 cae el régimen del shogunato y se rehabilita, con carácter temporal, el poder, hasta entonces sólo es­piritual, del mikado. En 1889 la abuela del emperador, la ígnea Amaterasu, desciende del Fuji y frecuenta oficialmente la religión del imperio. El “‘budismo, reli­gión foránea, queda desautorizado.

iNo importa! Siempre hay un alma que se arrodilla ante el peregrino hindú: conquistador del arte y de la ciencia, sembrador de divinas ilusiones, redentor del hombre, no con la plegaria, sino con la libre voluntad individual. Siempre hay un alma que atesora la vieja creencia…

Jamás olvidaremos, en esta tarde lluviosa de Kama­kura, la contrición de un viejo casi centenario (acaso un antiguo samurai), quien desprendido de la rueda ju­venil, alegre y confiada, inclinóse largamente ante la estupenda imagen del bronce de su raza. Jamás olvidaremos la expresión extática del rostro: la barba -un mechón blanco- sumida, en el pecho; los brazos en cruz, y, allá en los ojos, el íntegro resplandor de Buda: la sonrisa tibia de ciencia celeste.

 

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