Al llegar de un viaje de trabajo, Teseo se encuentra con que Fedra, su amada, se acaba de ahorcar. Cómo terminó ella ahí, colgada, piensa Teseo y recuerda sus últimos días.

No me dejés solo con tu hijo, le pedía Fedra. Hipolito, su primogénito, tan parecido a él, pero al que desconoce casi por completo.

Le tengo miedo a tu hijo.

Esas palabras proféticas de su mujer quedan flotando en la casa vacía y toman otra connotación con el testimonio de una vecina chismosa, la versión siglo XXI del Oráculo.

Leonardo Pitlevnik se apropia del mito de Fedra y lo lleva a un barrio porteño, una historia de excesos tragicómicos de cepa argentina, nos muestra a Teseo alejado de cualquier épica que verá cómo su vida empieza a desmoronarse sin que pueda cambiar el curso del destino.

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Me gustaría empezar hablando del origen de “Los Peces”

Varios años atrás participé de un seminario sobre tragedia griega que, obviamente, me impactó mucho. El recorrido de Esquilo a Eurípides, la tragedia que va de cierta estructura a una especie de desmadre acompañando la caída de Atenas (las troyanas, por ejemplo), la presencia de la muerte… es difícil que no te mueva de alguna manera.

En cuanto al Hipólito, me quedó la imagen de esa mujer que no puede con su deseo y que arrastra con él a los demás, se los termina llevando puestos a todos. Además –esto lo pienso ahora que contesto la pregunta- hay en esa tragedia un nivel menos atávico o de tabú. Ella no es la madre de Hipólito, no hay vínculo de sangre inicial y quizás eso me haya permitido verla más accesible. No es Edipo que se casa con la madre y Orestes que mata a la suya. Aunque la tragedia si derive en la muerte del hijo decidida por su padre, no está presente en el núcleo original del conflicto. Menos tabú, aunque no menos tragedia.

Tu novela recrea el mito de Fedra. Me gustaría saber cómo fue reapropiarse de ese mito, decidir qué conservar y qué no de aquella historia fundacional.

Las tragedias griegas, como las historias bíblicas, siguen en nuestro ADN (y sé que no estoy diciendo nada novedoso). Podríamos pensarlo de manera inversa: apropiados por ellas reproducimos lo que describen con ropajes diferentes.

Escribí la novela bastante tiempo después del seminario que mencioné antes. Se fue acomodando despacio sin salirse del foco de atención.

Hay un punto de la historia fundacional que no recordaba y que hace poco advertí, retomando el Hipólito de Eurípides. Al final de la tragedia el hijo perdona al padre, en un cierre que (ignoro si lo leo con perspectiva anacrónica respecto del mundo griego), a mí no me satisface. Es probable que mi mente borrara lo que no iba a tomar.

El eje que constituye la historia ha variado en las distintas versiones. En Racine, por ejemplo, hay otra mujer que opera como objeto de los celos de Fedra y la activa para hacer daño. En mi versión la consideré innecesaria, una estrategia que la historia hoy no requiere.

En el inicio de la novela, Teseo frente a la tragedia empieza a comparar lo que ve con situaciones ligadas al fútbol. Hay una idea de pensar en imágenes como una manera de absorber los golpes, la metáfora o comparación como remedio o analgésico. Me gustaría que ampliaras la idea. Y como escritor, ¿dónde creés que radica, principalmente, el uso de estos recursos estilísticos?

Me gusta mucho la pregunta. Es casi terapéutica. Tengo un amigo que dice que suelo recurrir al chiste, a la broma que rompe la tensión, aun cuando esa tensión pueda ser necesaria. A veces distiende y otras arruina lo que necesita ser mantenido.

Llevado al texto, mi impresión es que muchas veces le da algo de aire. Me ocurre cada tanto que me enoja un libro o una película cuando el autor abusa de la entrega del lector y se regodea en la crueldad para con los personajes. Qué necesidad… diría mi abuela; para qué matás al protagonista!! Con esto no me refiero a exigirle al autor algo parecido a la piedad, pero sí de distanciarme cuando me parece que el que está pasándola bien con la miseria es él y no yo como lector. En este sentido, tengo la impresión de que el analgésico o la capacidad de absorber un golpe te permite seguir, a veces hasta un final que termina siendo igual o peor, pero no te asfixia durante el recorrido.

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La novela plantea, en cierta manera, el desconocimiento en la pareja, de la vida del otro, el ¿quién sos?. Nunca se termina de conocer al otro. ¿Cómo se congenia la mirada propia a la hora de dotar de identidad al otro?

Es tan así como lo describís que temo que en mi respuesta no haga más que reiterar la pregunta. El título, Los peces, hace alusión a los tres pescaditos de colores flotando quietos en una bolsa de plástico, en un momento de la historia. Porque Fedra, Hipólito y Teseo son hermosos desde cierto punto de vista, (aun cuando uno de ellos tome esa hermosura como un afán por no perder algo que todavía cree que tiene), y al mismo tiempo están aislados, demasiado metidos en sí mismos.

Lo contrario sería algo parecido a la empatía, al reconocimiento en la otra persona de un/a otro/a, algo que ellos no pueden hacer. No somos tan distintos, al menos como para no reconocer rasgos, cierta mirada, algún odio o miedo o deseo que en escala distinta también llevamos dentro. Pero, aquí el razonamiento se vuelve un perro que se muerde la cola, en ciertas oportunidades en lo que nos parecemos a otro es en nuestra imposibilidad de reconocernos.

Uno de los rasgos que se desprenden de la novela es que tenemos la tragedia, pero ya sin la épica de las hazañas que es reemplazada por una suerte de épica cotidiana. La del desgaste del día a día y el paso del tiempo, quizás, una batalla perdida de antemano. ¿Qué nos podés decir acerca de esto?

La hazaña es el artilugio para hablar de algo cotidiano. Eso, en parte, es la literatura. En los niños suele ser de una evidencia pasmosa. Me impresiona cuán fácilmente una historia con personajes estrambóticos aleja el temor o trae el olvido de aquello que angustia.

Usualmente no nos construimos alas que pegamos con cera para llegar al sol ni entramos a un laberinto para cortarle la cabeza al Minotauro. En general se nos pasan cuentas vencidas, nos miramos las arrugas de la cara en el espejo o nos enojamos con el que se cruza el auto en la calle. No hay minotauros ni caemos desde el sol, pero lo que nos pasa dentro tiene algo de ese color. Desde algún punto de vista, el Teseo de los peces no es muy diferente al personaje griego.

Luis Mey, en la contratapa, menciona ciertos libros y films con los que Los Peces comparten atmósfera. Me gustaría saber cuáles fueron tus referentes a la hora de escribir la historia.

Primero, básicamente, leí las versiones de Eurípides, Séneca, Racine y Unamuno. Es hermoso atravesarlas con la cabeza en modo “Los traductores de las mil y una noches” de Borges, es decir pensando en qué agregó o quitó cada uno para hacer suya una tragedia con el mismo nudo pero con diferencias. La que más me gusta es la de Eurípides, quizás porque es la primera que leí. Pero eso se refiere al eje de la historia y no a la atmósfera.

Las me menciones de Luis me parecieron muy atinadas. El clima de la novela tiene algo que también, creo, está en esas fuentes.

Trabajo como juez penal. Los delitos, las formas de intervención del estado, los expedientes con personas que están presas o que son víctimas, forman parte de mi contacto cotidiano. En ese sentido me es próximo ese mundo que muchas veces aparece en las versiones cinematográficas o literarias. Leo muchos originales, para decirlo de algún modo.

El héroe de acción de las tragedias clásicas -Teseo en este caso- deviene en Los Peces en un protagonista más ligado al pensamiento, que uno decidido a tomar el toro por las astas. Podrías profundizar este cambio.

Es cierto. También lo es que en el Hipólito no estamos frente al Teseo más activo, el que desciende a los infiernos o da muerte al Minotauro. Aquí, en la versión de Eurípides, comienza ausente y después, sumido en el error, le pide a Poseidón que acabe con su hijo. Quizás su única “acción” es echarlo de la ciudad. No mata a su madre como Orestes, ni se saca los ojos como Edipo. Es la fuerza del deseo de Fedra la que empuja la historia, de modo que es más entendible ver a un Teseo menos activo.

En el proceso de reescritura, me pareció más creíble que no cayera tan fácilmente en la certeza de que su hijo había intentado abusar de Fedra; más bien debía ir dejándose llevar en un devenir que le trajera dudas y temores. Ya no es la certeza ciega la que pone en evidencia un destino que no puede neutralizar. Aquí es la reflexión, la duda y esa aparente necesidad de entender lo que lo lleva al mismo final.

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¿Cómo entendés el oficio del escritor?

En mi caso, el oficio de escritor se desarrolla en paralelo con mi trabajo como juez penal y profesor e investigador en la universidad.

En ese sentido es una parte de ese centro que opera en canon con un trabajo formal con horario y funciones preestablecidas desde afuera. De modo que para mí es como un bajo continuo o una voz cantante, depende el momento. En definitiva viene acompañada de otra actividad que muchas veces también significa escribir, contar, entender, armar una estructura.

Es un oficio que amo, que me cuesta, me satisface y no. Todo junto y, a veces, separado.

¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Me es difícil pensar la respuesta en cuanto a la obra en general; voy a intentar contestar con relación a Los Peces. Tratándose de una tragedia griega revisitada, la trama sería clásicamente la del modo en que se conectan los diferentes elementos que sostienen el relato. Poniéndome más borgeano, pienso en la trama como aquello que está por encima de los personajes que se mueven en ella en el único sentido en que les está dado moverse. No pueden hacer otra cosa. Y dicen querer hacer algo distinto, pero no. Trama como destino. En la novela, Fedra parece ser la más comprometida con adoptar una decisión que cree personal, que imagina no es producto de una estructura ajena.  En los tres, la trama está en el modo en que encuentran la muerte, las decisiones que toman o creen tomar, la condición de peces solos con relación a los otros integrantes del trío.

El lenguaje es ese fluido en el que navega la historia, el modo en que se prende de nosotros a través del habla de cada uno de los tres protagonistas centrales y de la vecina, el lenguaje del narrador y el de la policía, la circulación en palabras que hace posible que esa trama se vuelva una historia que impregne al lector.

En cuanto al argumento, me siento más pobre en esta respuesta. En Los peces, estaba hecho y solo lo tomé para mí.

Tu novela está enmarcada en el género policial, pero alejada de aquella fundacional de gangsters, detectives privadas, incluso del policial tumbero o criminal más propio de estas latitudes. Parecería inscribirse dentro de la tradición del domestic noir, donde el crimen sucede puertas adentro, en ambientes cotidianos y los personajes son “personas comunes”. ¿Qué podés comentarnos acerca de esto?

Temo ser muy reiterativo con esto, pero como te mencionaba antes, soy además juez penal y trabajo en la facultad con temas penitenciarios. Lo que describo en la novela no pretende ser el reflejo de lugares o personas determinadas, pero el trabajo burocrático, el expediente penal, las reacciones que menciono no son ajenas a escenas o aspectos que me son reconocibles.

La idea de que de cerca nadie es normal, de la canción de Caetano, contiene la afirmación de que todos tenemos en común no ser normales. La “anormalidad” es de lo más normal. Lo siniestro, lo prohibido o lo que nos incomoda es parte de la sopa en la que estamos inmersos. Si pensamos en ciertas proyecciones estadísticas de violencia de género o abuso infantil, resulta que ocurren mucho más comúnmente de lo que creíamos. Cuando doy clases de derecho penal en la facultad sobre algunos de estos temas y tengo un curso numeroso, me impresiona saber que estadísticamente a alguno/a de la clase pasó por lo que estoy contando. No necesito pensar en personajes lejanos, están al lado de uno en el subte o el colectivo.

Claro que todo lo que dije vale para Los peces. En otra de mis novelas, el personaje central habla con un sombrero, viaja en aves fantásticas, lleva partes de cuerpo para devolver a aquellos que las han perdido y se encuentra con un padre que comanda ejércitos de hienas.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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