Fotografía de portada: Cecilia Sarthe

Entre las figuras que visitaron nuestro país en el último FILBA se encontraba Carlos Fonseca, autor tico (costarricense) conocido en el ambiente como el alumno más brillante de Ricardo Piglia. Fonseca tiene en su haber dos enormes novelas, ambas publicadas por editorial anagrama. La primera, Coronel Lágrimas, narra la historia de un anciano ermitaño que, retirado en los Pirineos, se ha dado a la tarea de escribir la historia universal en clave íntima. La segunda, Museo animal, tiene su protagonista en un museólogo caribeño que en medio de la euforia del cambio de milenio, recibe de parte de una reconocida diseñadora de moda, una invitación a colaborar en una extraña exposición. Los une su gran interés por las formas del mundo animal. Siete años más tarde, frustrada la muestra, recupera –tras la muerte de la diseñadora– el archivo de su colaboración. Comprende entonces, en una larga noche de insomnio y lectura, que tras aquel delirante proyecto se encontraban las claves para descifrar la enigmática historia familiar de la diseñadora: un vertiginoso rompecabezas global que desembocará en el esclarecimiento de un épico peregrinaje político a través de la selva latinoamericana.

En ambos casos el enciclopedismo y el flujo de la información conspiran contra la construcción de una identidad.

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¿Cómo trabajás la estructura de tus novelas?

Cada proyecto tiene su estructura particular. En el caso de Coronel Lágrimas creo que no sabía muy bien cómo estructurarla al principio, pero en algún momento me di cuenta que tenía básicamente tres capas, por así decirlo. Quería narrar tres cosas. Por una parte, un día en la vida de este ermitaño mientras está trabajando en su proyecto conceptual. En una segunda capa, su vida que de alguna manera atraviesa el siglo XX. Y la tercera capa sería la capa ya enciclopédica, por así decirlo, de esta enciclopedia de científica o pseudo científica que está construyendo. Entonces, de alguna manera tenía que trabajar conceptualmente con estas tres capas y juntarlas de tal manera que funcionasen.

En el caso de Museo Animal es un proyecto distinto en el sentido de que tenía cinco pequeños relatos que de alguna manera me obsesionaban  y que quería yo narrar, pero no sabía exactamente si eran cinco cuentos, cinco novelitas, o exactamente qué era hasta el momento en que de alguna manera empecé a ver todos los vínculos subterráneos, temáticos, conceptuales que se volvían a repetir y me di cuenta de que se podría construir un mosaico a partir de cierta reflexión del tema de la identidad, el tema de la máscara, el tema del anonimato en el mundo contemporáneo, y anudarlo todo en relación a la figura del Subcomandante Marcos.

¿Cómo lográs hacer coincidir este tipo de estructuras complejas, que parecen muy calculadas, con un torrencial poético que arrastra al lector?

Es difícil contestar exactamente, pero te agradezco mucho el comentario. Me parece que uno empieza con una estructura, con una forma, pero de repente creo que las temáticas empiezan a repetirse, esa estructura empieza a crear vínculos inesperados y eso es el momento en el que de alguna manera surge el momento poético, donde de repente el propio escritor empieza a darse cuenta que la estructura narrativa es mucho más compleja de lo que hubiese imaginado y que empieza a repetirse y a tener resonancias poéticas la novela dentro de sí misma, mucho más allá de lo que uno hubiese esperando en un principio.

Ambas novelas hablan sobre la construcción de sentido. Coronel lágrimas desde un enciclopedismo borgeano y Museo animal, con cierta estética pop…

En Coronel Lágrimas lo que me interesaba también era que, de alguna manera, la figura de Borges era completamente contemporánea, porque este enciclopedismo ya un poco profetizaba el tiempo de Twitter, de Wikipedia, este flujo constante de información. De alguna manera, también en Museo Animal tengo todos estos materiales enciclopédicos, desde el flujo absoluto de información.

Es cierto que Coronel Lágrimas tiene un enciclopedismo borgeano, pero yo no sé si ese enciclopedismo anticipa Twitter y este flujo de información, porque la sobre información nuestro mundo contemporáneo termina generando ruido… Aunque los vínculos que genera este Coronel, esa síntesis histórica que quiere hacer con su historia personal, me parece participa de los dos mundos y por ahí sintetiza la imposibilidad de algo…

El mundo contemporáneo es un exceso total de información. La pregunta es cómo extraer experiencia, o sentido, de tanto exceso informativo. Entonces el Coronel es un poco el hombre que está frente a todos los datos, frente al big data, y trata de hacer sentido en términos de la historia y en términos de la historia del siglo XX, que fue una historia repleta de catástrofes y excesos. En Museo Animal está la misma problemática, pero tematizada directamente. Es decir, aparece una protagonista que trabaja con la forma en que circula la información. La novela como tal, trabaja con muchísimos datos informativos de la historia, pero tratando de construir sentido. Los protagonistas miran el mundo y dicen: ¿cómo genero yo sentido artísticamente y conceptualmente entre tanto dato?

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A mí me parece que hay un ida y vuelta, mientras el Coronel es una metáfora de la imposibilidad, Museo animal plantea la construcción subjetiva de sentido, la sistematización personalísima de la sobreinformación.

De alguna manera, creo que sí. El Coronel Lágrimas es una novela sobre el fracaso de la posibilidad del sentido, una novela sobre la implosión del mundo informativo, y en Museo Animal -tal vez por eso es un poco más extensa- los protagonistas intentan desesperadamente hacer sentido y la figura del narrador tal vez al final logra comprender un poco más por dónde van las cosas.

 

Desde Rastros, el Observatorio hispanoamericano de género negro y criminal, trabajamos sobre la hipótesis de que la novela policial y el género negro sirven, aunque el narrador no lo quiera, como una interpelación al Estado cuestionando el Derecho. En Museo Animal vos coqueteas con el género y cuando aparece más tajante ese coqueteo aparece la historia política latinoamericana. Me interesa que hables un poco de eso.

En mi caso tal vez no era tanto en el plano estatal, sino en el plan ya continental. Es decir, creo que Museo Animal es una novela que interactúa con los relatos sobre la identidad latinoamericana que nos vienen desde el boom. Hay un viaje a través de la selva latinoamericana, pero en ese viaje no se encuentra realmente la identidad latinoamericana, sino un juego de espejos y de malestares, y un poco la fantasía europea y norteamericana sobre lo que Latinoamérica podría ser.

El género policial por ahí me da un poco la posibilidad de interactuar con estos discursos, de atravesarlos de alguna manera. Siendo una novela que tenía originalmente cinco partes, los elementos del género me dan la posibilidad de anudar esas partes, cohesionarlas salvando la obra de parecer una novela un poco dispersa.

Estando acá en Argentina y en relación a Ricardo Piglia, tal vez mi relación con el género policial venía, no tanto ya de la lectura del policial del hardboiled american fiction, sino también de cómo alguien como Ricardo Piglia había utilizado el policial para desentrañar un poco, proponer contraficciones que fueran contra la ficción del Estado y demás.

¿Cómo fue te relación con Piglia?

Fue excelente. Yo llegué a la Universidad de Princeton cuando eran los dos últimos años de Ricardo como docente. Y tuve la oportunidad de tenerlo como profesor en dos cursos fascinantes: las tres vanguardias y poéticas de la novela latinoamericana. Y ahí creo que Piglia cambió mi forma de leer, la forma en que escribía y la forma en que pensaba la literatura. No solo cambió mi forma, si no en muchísimos de los estudiantes y colegas míos en la universidad. Por eso creo que la novela le está dedicada y también por el hecho de cuando la tuve que releer para corregir las erratas vi su presencia por muchísimas partes y, por ende, obviamente tenía que regresarle el gesto.

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¿Cómo decidiste dedicarte a la literatura?

Es una historia un poco extraña, porque yo originalmente no quería dedicarme a la literatura. Un poco como en Coronel Lágrimas que está basado en la figura de un matemático, yo quería ser matemático. A los quince años era un nerd total, lo mío era la matemática abstracta. Poco a poco lo fui cambiando. Me di cuenta de que de la matemática lo que me interesaba era la lógica matemática, más cercana de la filosofía. Me pasé entonces a filosofía, y ahí me di cuenta de que de la filosofía no me interesaba tanto la verdad tanto como la escritura de la verdad. Entonces ahí ya estaba en un espacio un poco más cercano a la escritura. Así que sin darme cuenta me había desplazado muchísimo y de repente el próximo paso era escribir, así que me dediqué a hacerlo.

Qué nombres te resultan convocantes a la hora de construir tu yo narrativo.

En términos de escritores te podría decir desde aquellos que transitan un poco esa frontera entre filosofía y literatura como Don DeLillo, como W.G. Sebald, hasta filósofos y pensadores que van desde Wittgenstein al propio Piglia en sus textos ensayísticos. También autoras contemporáneas como Marta Ponte en Puerto Rico y ya regresando en el tiempo Clarice Lispector que también me  marcó mucho en un periodo de mi vida en el cual creo que las lecturas marcan mucho. Uno tiene diecisiete, dieciocho años  y para mí Lispector fue un poco la entrada a la escritura.

Hace años que vivís en el mundo anglosajón, ¿sentís que eso modifica tu forma de manejar el idioma?

Tiene que tener alguna consecuencia. En mi caso ocurre eso de que yo nací en Costa Rica, pero a los siete años, como mi madre es portorriqueña y mi padre es costarricense, nos mudamos a Puerto Rico y rápido el acento se neutralizó de alguna manera. El estilo, en términos de estilo, nunca fue localizable y creo que es algo que aparece un poco en la novela. No es un castellano muy localizable, no está muy acentuado. Y después cuando me mudo a Estados Unidos empiezo a hablar con guatemaltecos, es un poco un español que viene de todas partes.

Y en términos temáticos, como siempre en Costa Rica me consideraba portorriqueño y en Puerto Rico, costarricense, siempre el asunto de la nación fue un gran nerviosismo. Por eso siempre la búsqueda de la identidad está presente, dentro de panoramas globales más continentales, más latinoamericanos, no es una novela ni portorriqueña ni costarricense, sino que los personajes cruzan fronteras y se cuestionan la identidad desde ahí.

Fonseca

¿Te lleva mucho tiempo encontrar la estructura de las novelas, narrarla?

No tanto al momento desde que me pongo a escribir, sino que tardo bastante acumulando material, obsesiones, ideas antes de sentarme a teclear. Tengo una libretita en donde pongo a los protagonistas y acumulo, acumulo, acumulo hasta que de repente empiezo a ver vínculos entre ideas disparatadas que al principio pensaba que no tenían nada que ver. Cuando veo esos vínculos me pongo a escribir, encuentro un tono y ya de ahí las cosas tienden a fluir bastante rápido.

¿Ya fueron traducidas a otros idiomas?

Coronel Lágrimas salió en inglés el año pasado y ahora está siendo traducida al griego.

¿Te nucleás con otros escritores?

Cuando estaba haciendo el doctorado, justo entre los amigos creamos un grupo de lecturas y de reseñas, donde éramos un grupo de roommates, vivíamos juntos, solíamos pasarnos los libros y reseñábamos y hasta el momento hemos reseñado como doscientos cincuenta libros en un blog que se llama roommate ( https://elroommate.com/ )

Foto Carlos Fonseca©Claire Newman-Williams

¿Qué voces encontrás destacables dentro del panorama latinoamericano?

Podría mencionarte desde Emiliano Monge, me interesa muchísimo. Luis Othoñiel Rosa en el caso portorriqueño. También Ana Teresa Toro. En el caso costarricense, autores como Guillermo Barquero. En el caso argentino, he leído las novelas de Hernán Ronsino, me parecieron deslumbrantes. Mario Libertella, también me interesó el texto sobre la muerte de su padre.

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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