Ya era tarde cuando la vieja Chichima volvía a su casa. A diferencia de todos los días, había pasado la hora de la cena, y casi nadie quedaba en la calle. La noche había avanzado sobre la ciudad, y sus estrellas comenzaban a lucirse. La vieja era conocida por todo el barrio y aún más, casi famosa. Le decían Chichima por pura costumbre de inventar apodos, ya que nadie conocía su nombre. Tenía una joroba que espantaba, rengueaba con su bastón, apenas veía. Era callada, pero sabía gritar tan alto como fuera posible, igual que los más silenciosos. Se enojaba bastante seguido, pero su rabia no solía perjudicar al resto. Se la guardaba para ella. Estaba sola cuando caminaba, cuando dormía, cuando hablaba, nunca con compañía. Chichima vivía en el sótano de una inmensa casa. Los cuartos de todo el lugar estaban completamente vacíos, pero en el subsuelo, ella había construido su refugio. Era raro escuchar su voz, pero no imposible, porque si estaba de buen humor, o precisaba comprar algo, ella cantaba con un tono amable a cualquiera que se le cruzara.

El sótano obviamente, era más secreto que su verdadero nombre. Se lo suponía oscuro, sucio y pequeño. Por su forma de verse, de actuar, de parecer, era una mujer misteriosa. Nadie podía garantizar que lo rumores sobre la vieja fueran ciertos, porque su escondite era tanto su casa, como su persona.

Esa noche en que la vieja llegó tarde, al fin se supo todo. Y si bien todos la imaginaban cascarrabias, como la mayoría de las viejas, nadie creyó que podía suceder lo que entonces se descubrió. Chichima había comprado sus vegetales de siempre, al verdulero de confianza de todos los vecinos. Su vida era, a la luz del resto, tan aburrida como la de cualquier vieja. Aun así, no dudaban de sus peculiaridades, que serían efectivamente ciertas después de entonces. La vieja traía consigo 5 bolsas de comida, y caminaba lentamente sobre la vereda, queriendo mantener el equilibrio entre el peso de las verduras y sus pies rengos. Llegó a su casa hambrienta, e ingresó en silencio. Era una noche tranquila. Sus pasos cansados se escuchaban en la madera del piso, y se apuraban por preparar la cena. Todo parecía normal, hasta que se escucharon esos gritos. Desesperada, dejó que su voz se librara con fuerza. Eran sonidos sin forma, que retumbaron por toda la cuadra. Se mantuvo atacada por un largo rato, mientras los oyentes preferían creer que era sólo parte de su imaginación. Chichima se encontraba perdida de enojo, y nada la calmaría. Sus provisiones, habían desaparecido. Esas bolsas portadoras de vida, habían descubierto cómo escapar. Y la vieja, no podía creerlo. No sólo desesperó por no tener su cena ese día, sino que también por el peligro que ahora corría de ser delatada. Los fugitivos tenían voz, y podían decirlo todo.

Así, desde aquella noche, Chichima decidió esconderse para siempre entre puertas. Decidió protegerse de las miradas acusadoras, de su propio remordimiento, y no salir jamás. Tampoco volvería a cazar, porque ya no servía para eso. Se prometió permanecer en ese oscuro sótano eternamente, esperando la torpeza de algún incauto. Si antes poco se sabía de ella, ahora menos, aunque todavía se escuchan a veces sus gritos desgarradores.

Sobre El Autor

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Agustina Guerra tiene 16 años, cursa el secundario en el colegio Paideia y asiste a clases de taller literario.

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