Pieza dramática inspirada libremente en cuentos de Yasunari Kawabata

Mi primer contacto con la obra de Kawabata fue a través de Primera nieve en el Monte Fuji, un libro que reúne sólo diez cuentos de su vasta producción, pero que nos da una imagen acabada del talento del genial escritor. A partir de ese momento me he sentido famélico por leer cualquier línea que hubiera escrito. Dentro de los diez relatos que mencionamos, todos excelentes, hubieron dos que me llamaron la atención sobremanera: Lo que su esposo no hacía y Un pueblo llamado Yumiura. Ambos escritos con la misma calidad literaria que el resto, estos dos inspiraron mi imaginación de forma intensa. En el primero, me atrapó la descripción erótica que hace de una oreja. Sí, de una oreja. En el segundo, la originalidad del tema me provocó una desazón ante la que no pude hacer más que intentar imitarla. Así fue como, influido por estos dos relatos, me nació la idea dramatúrgica que a continuación transcribo. Como el mes pasado, espero que esto aliente a nuestros lectores a recurrir a los originales.

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La plaza de la capital. El Profesor, de unos sesenta y cinco años, sentado en el banco de la plaza. Lleva puesto un traje raído y de mala calidad. Tiene un maletín viejo de cuero. Lo apoya a su lado sobre el banco. Se quita el sobretodo y lo dobla con cuidado. Lo ubica sobre el maletín. Se acomoda en el asiento. Mira alrededor, se dispone a tomar el sol, respira profundo, pero el aire es muy puro y no puede evitar toser. Abre el maletín y toma un libro amarillento y desencuadernado. Lo abre y lee.

Entra la Señora. Es una mujer de unos cincuenta años, avejentada, muy bien vestida, pero maquillada por demás. De a poco se acerca al banco, tímida. El Profesor no levanta la mirada, continúa leyendo. La Señora se sienta en un extremo del banco y mira al Maestro de reojo. Se acerca un poco. Es evidente que quiere observarle la cara más de cerca, pero se esfuerza por disimularlo. Le clava la mirada, pero cuando el Profesor levanta la vista, ella mira rápido hacia otro lado. Luego vuelve a observarlo de reojo. El Profesor lee.

SEÑORA: (Dubitativa.) ¿González? (El Profesor no se da por aludido. Continúa leyendo.) González, ¿sos vos?

PROFESOR: (Levanta la cara para mirarla.) ¿Eh?

SEÑORA: Sí, sos vos, González. Lito González. Tanto tiempo…

PROFESOR: ¿La conozco?

SEÑORA: Pero claro que me conocés, Lito, ¿no te acordás? Olga. Olguita Martínez. Bueno, en realidad, cuando vos me conociste era Olga Albarracín.

PROFESOR: Albarracín, Albarracín… hm, no. No me suena. Y Martínez menos.

SEÑORA: Pero sí, hombre, hacé memoria. Olguita…

PROFESOR: Olguita, Olguita… mh, Albarracín. ¿Algo que ver con los Sarmiento?

SEÑORA: Con los Sarmiento de Concepción, sí.

PROFESOR: Ah, no, entonces no. Yo conocí a los Albarracín que eran parientes de los Sarmiento de Humahuaca.

SEÑORA: Ay, claro, no… la otra punta.

Se instala un silencio. El Profesor vuelve a su libro, y la Señora permanece en silencio, incómoda.

SEÑORA: Pero capaz que los Sarmiento de Humahuaca estaban emparentados con los Sarmiento de Concepción. Había un tal Pedro…

PROFESOR: Pedrito, sí. Uno alto…

SEÑORA: Sí.

PROFESOR: …morocho…

SEÑORA: Sí.

PROFESOR: …que jugaba de win derecho en los picaditos…

SEÑORA: (Desconcertada.) Eh… creo que sí.

PROFESOR: El que tenía una paleta partida al medio y le faltaban dos dedos del pie derecho.

SEÑORA: Sí, el mismo, que tenía un hermano Juan…

PROFESOR: No, no, no. El que yo digo no tenía hermanos. Debe ser otro.

SEÑORA: Ah… es posible.

Se instala otro silencio. El Profesor vuelve a su libro y la Señora permanece sentada, evidentemente nerviosa. Se tranquiliza y lo mira detenidamente, con cierta dulzura.

PROFESOR: (Levanta la mirada y ve que la Señora lo observa. Mira alrededor.)

SEÑORA: Vos estás igualito. Igual que el día que te conocí.

PROFESOR: ¿Y cuándo fue eso?

SEÑORA: Uf, fue hace como treinta años.

PROFESOR: ¿Igual que hace treinta años?

SEÑORA: No cambiaste nada.

PROFESOR: Debo haber sido un muchacho con una pinta de jubilado terrible entonces.

SEÑORA: No, no, quiero decir que… tenés el mismo aire serio que tenías entonces, siempre leyendo, siempre solitario.

PROFESOR: Y sí, parece que debo haber sido yo nomás al que usted conoció.

El Profesor abre el libro y se dispone a leer, pero ella pretende entablar una conversación.

SEÑORA: Vos de mí no te acordás, ¿no? ¿Ni un poquito?

PROFESOR: No se lo tome a mal, señora. La memoria ya no es lo que era.

SEÑORA: Faltaba más, Lito, faltaba más. Debí imaginarme que después de treinta años…

PROFESOR: Y sí, claro… (Abre el libro.)

SEÑORA: Claro, claro…

PROFESOR: Claro, por supuesto…

SEÑORA: Y sí, claro, claro… Sin embargo, yo me acuerdo de vos como si fuera ayer que te hubiera visto.

PROFESOR: No, no es posible. Yo ayer no salí, no vi a nadie. Tengo el colon irritable, ¿sabe? Salgo sólo cuando él me lo permite.

SEÑORA: Ah, no, sí, claro…

Ambos se quedan callados mirándose a los ojos. La Señora menea la cabeza como diciendo: “¿No? ¿No te acordás de mí?”. Y él arquea las cejas y cabecea como diciendo: “¿Qué? No te entiendo”.

PROFESOR: ¿Y dónde fue el conocimiento este?

SEÑORA: ¿Dónde nos conocimos? En la Normal número siete, quinto año, turno tarde.

PROFESOR: Una alumna.

SEÑORA: Una alumna, es verdad. Vos llegaste para hacer un reemplazo de la vieja de literatura, que la operaban para fin de año. Debés haber estado dos o tres meses.

PROFESOR: Hm, sí… puede ser. El Normal número siete… hm, sí.

El Profesor abre el libro y lee, pero lo cierra con fastidio cuando la Señora sigue hablando.

SEÑORA: Qué vergüenza. Yo pensé que te ibas a acordar de mí.

PROFESOR: No lo tome a mal, señora, lo que pasa es que después de cuarenta años en las aulas, se imaginará que he conocido a tanta gente…

SEÑORA: Sí, no, además, yo tampoco soy más la misma que a los dieciocho, ¿no?

PROFESOR: Y… no sabría decirle, pero por experiencia le puedo decir que el tiempo suele ser tirano.

SEÑORA: Sí. Los hijos…, los hijos la cambian mucho a una. Las caderas se ensanchan, y lo que cuesta recuperar el peso después de parir…

PROFESOR: No, sí, claro…

El Profesor abre el libro y lee. Ella permanece en silencio un momento.

SEÑORA: Al final, me casé con Jorgito, ¿sabés?

PROFESOR: ¿Jorgito?

SEÑORA: Jorge Martínez, estaba en la misma clase conmigo.

PROFESOR: (Recuerda como en una revelación.) Jorge Martínez, pero claro, qué muchacho macanudo.

SEÑORA: De él sí te acordás.

PROFESOR: Jorgito, sí, cómo olvidarlo, si me preparó un trabajo sobre Chesterton que era envidiable, de graduado de Letras. Jorgito, mi Dios. ¿Qué es de la vida de Jorgito?

SEÑORA: Jorgito falleció.

PROFESOR: ¿Falleció?

SEÑORA: Sí, hace ya cinco años.

PROFESOR: Cuánto lo siento, señora, era un muchacho macanudo.

SEÑORA: Sí, bueno, macanudo. Me dejó sola con dos adolescentes… Por suerte nos dejó más o menos bien parados.

PROFESOR: Jorgito… sí, ahora me acuerdo de ese curso. Había un tal… ¿cómo era? Uno que era colorado…

SEÑORA: El colo, sí. Martín Álvarez.

PROFESOR: Martincito, sí, la piel de Judas. ¿Qué se sabe de él?

SEÑORA: Martín murió también, a los pocos años de terminar el colegio.

PROFESOR: ¿También fallecido?

SEÑORA: Sí, me dijeron que lo mataron a sangre fría pero no estoy segura. A esa altura yo ya no lo veía más. Lo había sonado a Jorgito con una plata y se pelearon.

PROFESOR: Qué pena, yo sabía que ese chico no iba a llegar lejos. Y había una chica, una chiquita hermosa… ¿cómo se llamaba?

SEÑORA: (Asiente entusiasmada y nerviosa.) ¿Olga?

PROFESOR: No, ¿qué Olga? Pensé que dijo que Olga era usted. Yo digo esta chiquita…, pero… era tan bonita. Una rubia…

SEÑORA: La Rubia, esa gorda… (Se traga las palabras.) La Rubia, sí, Estelita. No sabés cómo terminó esa. (Agarra su cartera y la revolea con sorna.)

PROFESOR: Y bué. La verdad que le daba el lomo. ¿Aún se dedica?

SEÑORA: Pero no. Si acabó abierta reventada como un sapo en una zanja.

PROFESOR: También muerta. ¡Qué cosa! ¿Y el gordo Ramírez?

SEÑORA: Muerto.

PROFESOR: ¿Y la bizca? La Julita Leguizamón.

SEÑORA: Muerta…

PROFESOR: Y… y…

SEÑORA: Muerto seguro también.

PROFESOR: ¿Todos muertos?

SEÑORA: Yo estoy acá.

PROFESOR: Creo que he vivido demasiado.

El Profesor permanece cavilando sobre lo que acaba de recordar.

SEÑORA: ¿Por qué no me tuteas? Antes me tuteabas.

PROFESOR: ¿Ah, sí? Bueno, bueno, tuteo nomás entonces.

La Señora permanece observándolo con mirada dulce. Él se siente incómodo.

SEÑORA: De mí no te acordás nada, ¿no? ¿Nada, nada?

PROFESOR: (La mira con atención.) Usted sabe que la memoria…

SEÑORA: Sí, sí, claro, pero te acordás muy bien de Jorgito y del Colo y de Estelita…

PROFESOR: ¿Qué le puedo hacer? Yo no elijo qué recuerdos me quedan y cuáles no.

SEÑORA: Hasta de la Bizca y el Gordo te acordás, que ni siquiera la madre los registraba.

PROFESOR: No sé por qué, de alguna manera, ese curso me quedó grabado. Había un tal…

SEÑORA: Qué conveniente. Te acordás de todos menos de mí.

PROFESOR: No es para tanto, señora. No se enoje.

SEÑORA: No me digas que no es para tanto. Odio cuando me dicen qué debo sentir.

PROFESOR: Es la cabeza, ¿sabe? Después de cierta edad, uno ya no sabe muy bien dónde está, ni qué es real o qué ficción.

SEÑORA: No sé, todos los que me mencionaste eran muy verdaderos.

PROFESOR: A veces me pasa que… por ejemplo… me acuerdo de cuando era chiquito y jugaba a las estatuas con la Leticia y la Holanda. O me acuerdo de cuando trabajé de fotógrafo en La Plata y estaba enamorado de Julia. O de cuando…

SEÑORA: ¿Adónde querés llegar, Lito?

PROFESOR: Digo… a veces me acuerdo de todo eso durante un rato, y después de acuerdo que son todos personajes de ficción. Es como que sin querer me acuerdo de la vida de los personajes de Cortázar o de Bioy como si yo la hubiera vivido. Y eso cuando no me da por los ingleses o los alemanes del romántico.

SEÑORA: Si me estás diciendo todo esto para hacerte pasar por loco y que me vaya, estás perdido, ¿eh?

PROFESOR: No, no, ¿qué loco? Distraído. A eso quiero llegar. A veces soy un poco distraído.

SEÑORA: ¿Y por eso no te acordás de mí?

PROFESOR: No sólo de usted, señora. Se me ocurren mil personas de las que no me acuerdo.

SEÑORA: ¿Y cómo se te ocurren entonces?

PROFESOR: Digo, gente en la que nunca pienso, pero ahora que hago un esfuerzo se me aparecen.

SEÑORA: Bueno, hacé el esfuerzo conmigo entonces. Acordate.

PROFESOR: No es tan simple.

SEÑORA: Lo que pasa es que vos no te querés acordar de mí. No te conviene.

PROFESOR: ¿Cómo no voy a querer? Créame que si pudiera recordarla, lo haría con mucho gusto. Usted no sabe lo que es estar sentado con alguien que no se tiene idea de quién es.

SEÑORA: Claro que lo sé. Lo sé muy bien. Al final, hubiera sido mejor no encontrarte nunca.

La Señora se levanta y amaga a salir. Da dos o tres pasos y se detiene en seco, de espaldas al Profesor. El Profesor abre el libro y lee absorto. Ella se da vuelta lentamente y lo observa. Vuelve a sentarse junto a él e insiste.

SEÑORA: Olga, Olguita, ¿no te acordás? Usaba trenzas y el guardapolvos hasta la rodilla.

PROFESOR: (La mira desorientado.)

SEÑORA: Llegaba todos los días quince minutos antes y me quedaba en la puerta esperando que hayan entrado todos.

PROFESOR: (La mira desorientado.)

SEÑORA: Vivía a tres cuadras del colegio, por la avenida, en un ranchito bajo. Vos estuviste una vez en casa.

PROFESOR: ¿Yo estuve en su casa?

SEÑORA: Sí, cuando terminaron las clases, antes de que te trasladaran.

PROFESOR: (Intenta recordar.)

SEÑORA: Para navidad te volvías a tus pagos, y después ya te ibas a otro pueblo, no sé cual.

PROFESOR: Sí, sí, me acuerdo.

SEÑORA: Le habías comprado a tu mamá un solerito azul estampado de flores blancas.

PROFESOR: Uy, sí, el solerito… La vieja se puso chocha con el regalo.

SEÑORA: Y a tu papá le llevabas un mate engarzado en alpaca.

PROFESOR: Sí, me acuerdo. Lo tuvo hasta el último día. ¿Pero yo estuve en su casa?

SEÑORA: Cuando terminaron las clases, yo estaba de vacaciones. Me despertaste un día con facturas, como a las diez de la mañana. Vos sabías que papá y mamá trabajaban. Viniste a tomar el desayuno con facturas de La Nilda.

PROFESOR: La Nilda, sí, qué ricas medialunas, qué buenas tortitas negras.

SEÑORA: (Enojada.) No puedo creer que te acuerdes de todos esos detalles.

PROFESOR: Sí, sí, eran muy buenas facturas. Y qué cremonas.

SEÑORA: Pero, pero… es de no creer… al final, vos te acordás hasta de los detalles más pelotudos pero no te acordás que me propusiste matrimonio.

Se miran un segundo en silencio.

PROFESOR: Yo no sabía…

SEÑORA: No, desde ya que no sabías, ése es el problema. Tendría que haber seguido de largo cuando te vi.

PROFESOR: ¿Yo le propuse…?

SEÑORA: ¿Cómo pudiste olvidarte? ¿A cuántas alumnitas le propusiste casamiento?

PROFESOR: Pero, ¿estábamos enamorados?

SEÑORA: Según vos, yo era el amor de tu vida. A todas las que les habrás dicho lo mismo.

PROFESOR: ¿Y se lo propuse tomando mate con facturas?

SEÑORA: No, fue dos o tres días después, en la peña.

PROFESOR: Pero… ¿estábamos noviando?

SEÑORA: Más o menos, nos gustábamos. Mucho. Vos me dijiste que yo te gustaba desde el picnic del día de la primavera, cuando me viste sin guardapolvos: que te parecía una chica muy madura para mi edad. Pero como vos eras profesor no podíamos hacer nada. Así que ni bien terminaron las clases viniste a casa a despertarme con facturas, y a los dos días, en la peña, me diste el primer beso y me propusiste matrimonio.

PROFESOR: Me debe estar confundiendo. ¿Cómo piensa usted que es mi nombre?

SEÑORA: Lito, Lito González. No te hagás el tarado, te conozco bien.

PROFESOR: Bueno, bueno, no se ofenda. La memoria, ¿sabe?

SEÑORA: Cuando te conviene.

Se quedan unos momentos en un silencio pesado. De pronto, de la nada, él ríe.

PROFESOR: (Ríe.)

SEÑORA: (Lo mira desconcertada. Se siente ofendida.)

PROFESOR: Perdón, perdón…

SEÑORA: (Le clava la mirada fría.)

PROFESOR: Igual… por lo menos, debería estar contenta…

SEÑORA: ¿Qué dice? ¿Contenta de qué?

PROFESOR: …de saber que yo no le guardo rencor. (Abre el libro.)

SEÑORA: ¿Eh?

PROFESOR: Que no le guardo rencor.

SEÑORA: Porque ni te acordás de mí, desgraciado. ¿Por qué me ibas a guardar rencor vos a mí?

PROFESOR: Y… si le propuse matrimonio, como usted dice, y no estamos casados, es porque usted seguramente me rechazó. (Lee.)

La Señora lo mira incrédula con intensidad. Luego rompe en llanto. El Profesor se siente visiblemente incómodo. Quiere consolarla, pero no se anima a tocarla.

PROFESOR: (Entre dientes.) Lo que me faltaba. (Intenta consolarla, pero no la quiere tocar.) Ya, ya, está bien, está bien.

SEÑORA: ¿Cómo puede ser que no te acuerdes de nada? Lito, mi Lito.

PROFESOR: Usted sabe que la memoria…

SEÑORA: Basta con esa excusa barata, la memoria te funciona de lo más bien. De lo único que no te acordás es de mí.

PROFESOR: Señora, no se ponga mal. No me haga caso. ¿Qué le importa a usted lo que opina un viejo?

SEÑORA: Me importa. Me importa y mucho. Nunca supiste cuánto te quería yo a vos.

PROFESOR: No es para tanto. Así son los amores de adolescente.

SEÑORA: (Furiosa.) No me digas que no es para tanto. Vos no sabés lo que yo lloré.

PROFESOR: Bueno, pero eso fue hace treinta años…

SEÑORA: Y vos ni te acordás de mí.

El Profesor amaga un par de veces a hablar, pero la Señora lo interrumpe justo antes de que pronuncie palabra. Está muy nerviosa. El Profesor abre el libro y lee.

SEÑORA: Lo que yo lloré por vos no tiene nombre.

PROFESOR: (Amaga a hablar.)

SEÑORA: Todos estos años justificándote.

PROFESOR: (Amaga a hablar.)

SEÑORA: Pensando que no volviste porque te había pasado algo, o… porque no podías, no sé. Ya ni sé qué pensaba.

PROFESOR: O sea que la planté.

SEÑORA: Te fuiste a pasar las fiestas a tu pago y supuestamente volvías a las dos semanas, para reyes. Me dijiste que me ibas a traer un regalo de reyes porque yo todavía era chiquita. Yo me las daba de grande, pero vos me cargabas con que era chiquita.

PROFESOR: (Intenta recordar.) Puede ser. Recuerdo que siempre me quedé con ganas de probar la rosca de Reyes de la Nilda.

SEÑORA: ¿La rosca de Reyes? ¿Te acordás de la rosca de Reyes y no de mí?

PROFESOR: Me acuerdo de esas fiestas. Una navidad calurosa. Hizo calor toda la semana, había sido récord en la provincia, hacía no sé cuántos años que no hacía tanto calor para esa fecha. Después, en año nuevo, llovió. Y después me vine para la Capital a buscar una pensión, porque ya me habían confirmado la titularidad en un comercial del centro.

SEÑORA: ¿A la Capital te viniste? ¿A la Capital? ¿Así nomás? Y el pueblo qué.

PROFESOR: No recuerdo que tuviera que volver al pueblo, no. Lo siento mucho, señora, pero debo insistir: ¿Está segura de que no me confunde?

SEÑORA: No, Lito, no te confundo. Sería mucho más fácil si me dijeras que no te interesaba en lo más mínimo, que sólo me hiciste el entre para tener algo conmigo antes de irte.

PROFESOR: ¿Tuvimos algo juntos?

SEÑORA: ¡Basta!

La Señora se levanta y amaga a irse, pero se detiene. Le da la espalda al Profesor. Ella permanece parada unos momentos, cavilando. El profesor la mira un momento, pero luego aprovecha para abrir su libro y seguir leyendo. Ella vuelve y se sienta. Aún le da la espalda.

SEÑORA: (Con determinación.) No me voy hasta que no te acuerdes de mí.

El Profesor cierra el libro con fastidio, enojado. Se levanta y camina alrededor del banco. La Señora mira al suelo, impasible. Él amaga a hablar una vez, pero se arrepiente. Otra vez, pero se queda callado. No sabe qué decirle. Por fin, se le ocurre una idea y vuelve entusiasmado a sentarse junto a ella. Se prepara como si fuera a actuar: carraspea, se peina, se huele el aliento, y hace girar la cabeza sobre el cuello para aliviar la tensión. Suspira y le habla con determinación. 

PROFESOR: ¡Un momento! (Queda absorto por un detalle de la cara de la Señora.)

SEÑORA: ¿Qué? ¿Qué tengo? (Se toca la cara.)

PROFESOR: De esto… (Le acomoda el pelo detrás de la oreja.) De esto sí me acuerdo.

SEÑORA: (Mira sin comprender, aún con ojos llorosos.)

PROFESOR: Esta oreja… yo la ví antes.

SEÑORA: ¿La oreja?

PROFESOR: Sí, sí, la oreja.

SEÑORA: ¡¿La oreja?!

PROFESOR: Sí. Las orejas de la gente son únicas. No hay dos iguales. Uno se puede confundir una nariz, o los ojos, pero no una oreja.

SEÑORA: ¿Me estás hablando en serio?

PROFESOR: (Le acaricia la oreja con delicadeza.) Nunca me he olvidado de una oreja. Y yo a esta oreja la conozco. Sus cavidades…

SEÑORA: ¿Cavidades?

PROFESOR: Me resultan tan familiares…

SEÑORA: Dejá, que no sé si están limpias.

PROFESOR: Y ese lóbulo.

SEÑORA: ¿Qué tiene?

PROFESOR: No lo puedo creer…

SEÑORA: ¿Qué pasa?

PROFESOR: Ese lóbulo…

SEÑORA: Eso ya lo dijiste. ¿Qué pasa con el lóbulo?

PROFESOR: Es tan suave.

SEÑORA: No sabía…

PROFESOR: Shhh.

SEÑORA: …que un lóbulo podía ser suave. (Ella le saca la mano a él, y se acaricia el lóbulo.)

PROFESOR: Claro, ¿cómo no? Los lóbulos pueden ser de muchas formas. Una vez, conocí a esta mujer… me gustaba mucho. Pero cuando quedé a solas con ella, entre besos, le acaricié el lóbulo. Le juro que fue como acariciar telgopor. Y se me notó en la cara, desde ya, me puse pálido, y tuve que irme.

SEÑORA: ¿Telgopor?

PROFESOR: Sí. Seco y áspero. Muy seco, y tan áspero que casi me lija la yema de los dedos.

SEÑORA: Me estás exagerando.

PROFESOR: Para nada. Y también los hay fríos, y…

SEÑORA: ¿Cómo no va a ser frío un lóbulo? Eso le pasa a cualquiera en invierno, que se ponga frío y colorado.

PROFESOR: No, no a cualquiera. No al suyo, desde ya, se lo puedo decir. A todo el mundo se le enfrían las orejas en invierno, pero si yo le frotara ese lóbulo hermoso que usted tiene, enseguida entraría en calor. Se pondría sonrojado, y se hincharía un poquito…

SEÑORA: ¿Qué cosas decís, Lito?

PROFESOR: Es en serio. Todos los lóbulos no son iguales. El suyo es perfecto. Ni muy grande ni muy chico. Hay gente que tiene el lóbulo tan chiquito que da pena masajearlo. Uno no siente nada entre los dedos. Además, si son chiquitos, son medio duros, como rígidos.

SEÑORA: ¿Y sino?

PROFESOR: Son como elásticos, como… tienen el grosor justo y la redondez perfecta para que uno los tome entre el índice y el pulgar. Y caben justo en la boca.

SEÑORA: (Acalorada, escandalizada.) ¿En la boca?

PROFESOR: (Le vuelve a acariciar el lóbulo. Ella se siente muy excitada.) Sí, este es el lóbulo de una chiquilina de pueblo, dulce y firme, delicioso.

SEÑORA: Entonces te acordás de mí.

PROFESOR: Sí, creo que sí. Éste es el lóbulo que estuve buscando toda mi vida, con el cuál comparaba cada oreja que tocaba. Mire usted dónde lo vengo a encontrar, en una plaza, treinta años más tarde.

SEÑORA: Bueno, pero… pero… nunca es demasiado tarde.

Se enfrentan como para besarse. Él da vuelta la cara y cambia de posición.  

PROFESOR: Sí, eso dicen. Pero yo no soy tan optimista.

SEÑORA: ¿Qué te pasó, Lito, que no volviste al pueblo?

PROFESOR: (No contesta.)

SEÑORA: Yo siempre pensé que te diste un golpe en la cabeza, y te olvidaste de todo, que tuviste amnesia de mí. Por favor, decime que eso fue lo que te pasó.

PROFESOR: Puede ser, no me acuerdo.

SEÑORA: Claro, fue eso entonces. Si tenés amnesia no te acordás que la tenés. Fue eso. Vos no me dejaste a propósito, fue un accidente.

PROFESOR: Puede ser… Un accidente…

SEÑORA: No sabés cómo me alegra eso.

PROFESOR: Qué triste. Dos vidas arruinadas por un golpe en la cabeza.

SEÑORA: ¿Cómo hubiera sido si hubieras vuelto?

PROFESOR: Esas cosas es mejor no preguntárselas.

SEÑORA: Hubiéramos sido felices, yo sé que sí. No sabés cómo nos queríamos.

PROFESOR: Supongo que hubiéramos estado juntos, durante un tiempo al menos.

SEÑORA: Hubiéramos estado juntos por siempre.

PROFESOR: No sé, en mi experiencia, nada dura para siempre.

SEÑORA: Imaginate, si hubiéramos pasado toda la vida juntos, tal vez en este mismo momento estaríamos sentados en el mismo banco en la misma plaza, pero con un montón de recuerdos en común, un montón de cosas para charlar.

PROFESOR: Sí, es posible. Puede ser… (Frío.) O nos hubiéramos hartado el uno del otro en poco tiempo, nos hubiéramos lastimado, y ahora ni siquiera podríamos sentarnos a charlar un rato en la plaza.

SEÑORA: (Se sorprende primero, luego se resigna.) Sí, esa es otra posibilidad.

El Profesor asiente y abre el libro. Lee. La Señora comprende que él no la ama, y que debe irse.

SEÑORA: Treinta años recordándote, todo el día, todos los días. Y ahora te tengo acá, al lado mío.

El Profesor se apoya el libro abierto sobre la panza para no perder la página. La mira y sonríe. Vuelve a la lectura.

SEÑORA: Te voy a extrañar…

La Señora se levanta y sale. Antes de salir, mira de nuevo al Profesor, que sigue leyendo. Sale.

Telón.

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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