¿Cómo pensar un lugar

donde sólo el sin, lo que no hay,

se desensilla, desanda su montura?

¿Cómo pensar ese incesante

rozar de lo vaciado en lo vaciado

que vendrá, tal cual como se adentra

sin adentro mi nada en otra nada?”

No hay verbo sin cadalso en Tedesco”, sentencia Horacio González en su prólogo al último libro de Luis Osvaldo Tedesco, El sin… de mi aparente (Nuevohacer, 2017). Y es así, quienes atravesamos la experiencia de su poética lo sabemos: late en ella una nueva sintaxis, una gramática en ruinas que clama por un idioma nuevo y tambalea permanentemente en el abismo del lenguaje: “Se me vecina cepo la desgana / el Incesante chaira su silencio, // sino que apichona / de mi voz su no, un idioma / que apenas si me zumba, muy apenas // deslenguada, chupada por su vicio, / sangrado el silabear que me pronuncia, // la prótesis es aura del gemido.” Pues la escritura misma, “esotro sinquién calza mis palabras”, es también el centro del poema. Y es a su vez materialidad sonora que pulsa en un trabajo notable sobre el ritmo y la métrica; armonía secreta que se revela verso a verso en una lírica expansiva que deviene experimentación, mezcla, despojo, desborde: “Raspar en el papel / no con la tinta no con su palabra // raspar con el tañido / de la respiración con la voz plebe / con las neblinas pánicas del habla // raspar con los incisivos / de la boca / con el jadear convulso del enjambre // con los aujeros sin tópicos del aire”.

El lenguaje se pone en jaque en cada una de estas páginas, y está siempre a punto de quebrarse, de volverse polvo, ceniza, Ave Fénix. Así se aúnan en Tedesco voces disímiles como las de Quevedo, Góngora, Macedonio, San Agustín, Tomás de Aquino, Delacroix o Vallejo, entre tantas otras, que configuran un diálogo magistral en el que no faltan tampoco “los pingos del gauchaje desbocados”. Así se construye entonces una poética atravesada también por el endecasílabo, el lunfardo y la herejía, que da cauce a un maridaje único y desgarrado en estado permanente de ebullición: una voz que se disuelve y se refunda cada vez, un hablar mestizo que es método, iniciación, plegaria, susurro, tradición.

Amor y muerte, “espíritus alternos”, agonizan en un entramado sin refugio, al tiempo que conviven en ella dios, sindiós, religión y politeísmo: “ojo con dios, que si te nimba apóstol / te purga el corazón, lo deja rancio, // si te busca, si fuera cierto que te busca… // guarda con dios, no se le venga el hijo / lontananza de luz y más suplicio”.

Y es allí, en esa invención del decir, donde tiene acaso lugar la salvación, donde yace acaso el sentido: “Pero el sentido, si lo hubiera, no es tuyo, es de la especie, y ni siquiera; tampoco del universo, que se basta a sí mismo y no lo necesita; el sentido, si lo hubiera, no es de aquí, es de cuando ya no estés aquí, desvanecido en el no sé dónde que te trajo, sin carne tu decir, sin cariño tu embriaguez…”. Pero el Verbo no se doblega ni ante el poder de la carne: “desaparecerán, no habrá murmuyo / ni completú ni falta ni alarido”; palabra y cuerpo son batalla, materia, temblor, y se conjugan extraordinariamente en una de las voces más personales y destacadas de la poética nacional.

Papel sucio”, “Amor en los condados de la Muerte”, “El recinto final”, “Acerca de nuestro dios sindiós”, y “Un fiscal para el desencanto” son las piezas que organizan un engranaje maniobrado con devoción. En este último trazo, el pasaje a prosa discursiva instala una retórica procesal, la escritura final de un alegato que es fiel recurso del poeta, artificio, voluntad poética y testimonio. El “Invisible” y su “Aparente” salen a escena en el último acto: “todo lo que vive puede ser asesinado por el Invisible que habla, que no habla como tu Aparente habla con dicción sonora o vacilante en la oficina lugareña; admitilo como fatalidá, como hice yo: con el Invisible no se jode…”. Acontece de este modo la ley y “las simetrías filosas del paraje democrático” en el que el yo se niega a la palabra “progre”, “demasiado confusa para nuestro menester judicial”.

La figura del obrero -siempre al ras de los versos del poeta-, las tribunas del consumo, la domesticación del deseo, denuncian y pronuncian la aniquilación y la miseria, el dolor y la congoja de una especie perdida, sin remedio, en “multitú de grietas”. De este modo, el yo poético interpela a un Jurado, dice “ustedes” y se vacía “en la casa telúrica del idioma”, en su “baruyo existencial”, desesperanzado, donde hasta la culpa -“esa infecciosa pornografía del desencanto”- es maniobra de rescate. Pues no olvidemos que en Tedesco dios también “es lombriz solitaria, hurón infinitivo, / implante sublimal de la carencia”.

Como fuere: “esto es una ficción y cualquier ficción acaba cuando el personaje agota las cualidades de su máscara…”. Máscara que es, sin duda, cuerpo, cuerpo que deviene palabra: “Hacer uno de tripas corazón”, incluso cuando el corazón sea el gran simulador, “el viajero que siempre regresa poseído por las extravagancias que ya no vienen con él, y sus galas de cabayero andante ya quisieran una tripa gorda donde evacuar tanto daño simbólico, tanta sombra distante correteando en sus arterias”. Sí, la poesía de Luis Osvaldo Tedesco es experiencia que merece ser transitada: pasaje, lucidez, páramo.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Roxana Artal

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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