fotografía de portada: Denise Koziura Trofa

Malena apretaba los labios mientras lo observaba hacer el mural. Llevaban más de diez minutos solos en el patio del comedor y Agustín apenas le había dirigido el saludo. El olor a pintura fresca le hacía mal, incluso así a la intemperie, sentía que entraba por la nariz y le martillaba la frente. Pero no se quejaba, creía que él esperaba cualquier pretexto para mirarla mal. Tenía pensado salir a la calle en breve, a declarar el entretiempo del partido, pero los gritos alegres la invitaron a esperar un momento más. Se limpió las manos en el delantal blanco una vez que dejó puesta la mesa, y ya no soportó el silencio. A los nenes les va a hacer mal merendar con ese olor. Agustín bufó y se sacó un par de rulos de la frente. Tenía la remera arremangada hasta los codos pero estaba todo moteado de rojo. Odiaba que hiciera eso. Que la mirara con desdén y no le contestara. Él sentía que era piadoso con ella al no hablarle. El otro día viajamos juntos. Supo que la escuchaba porque detuvo el movimiento de la brocha. En el 582… Lo vio asentir. Aunque no le demostró el más mínimo interés. Ya la había cansado, estaba dispuesta a interpelarlo. ¿Quería decirle que dejara de llenar de resentimiento a los nenes? Que no le dijera más que los oligarcas eran sus enemigos. Sintió un nudo a la altura del corazón. Quería preguntarle otra cosa. Subió un nene…  Balbuceó y no tuvo que decir más. Finalmente Agustín giró su rostro para mirarla por sobre el hombro. ¿Me vas a preguntar por qué no le di plata? ¿Cómo lo había adivinado? Tal vez para él también había sido una actitud de lo más contradictoria. Sos más básica… Malena se acercó a él con sigilo, porque una parte de sí creía no haberlo entendido bien. ¿Básica? No le quedaba más que chequear. Por su parte, Agustín estaba cansado de compartir territorio con la nena bien. Seguro estaba orgullosa de sí por haberle dado diez pesos. Cuánto habría pagado por esa manicura que decoraba sus largos dedos. Se mordió la lengua para no continuar insultándola. ¿Por qué te crees que somos distintos a ver? ¿No me ves acá? Se paró para hacerle frente a la rubia, y en un movimiento de la mano le salpicó el mandil de rojo. Aquello los paralizó a ambos, y lo invitó a volverse a poner de cuclillas. Persigo que estos chicos tengan conciencia social, lo tuyo es mera caridad. Quería gritarle que es fácil andar dando aquello que te sobra, pero a Malena ya le sibilaba el pecho así que se censuró. Estoy acá porque no quiero que estos chicos tengan hambre. Dijo porque no podía calmarse. Y él bufó y de nuevo habló sin mirarla. Yo estoy acá porque quiero que nunca nadie lo pase. Ella rió con sarcasmo, y se le plantó al lado para mirarlo desde arriba. ¿Y pensás que pintando murales vas a conseguir eso? Lanzó con los puños en las caderas. Mirándote desde acá me hacés acordar a Mussolini. Le dijo todavía en cuclillas y ella de bronca pateó la lata de pintura. Se arrepintió antes de regresar el pie a su sitio, lo habían salpicado todo.

El suelo, las mesas, las sillas, incluso los platos de los niños.

Todo había quedado manchado de rojo.

Sobre El Autor

Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Escribe y realiza fotografía. En 2016 obtuvo una Beca de formación del Fondo Nacional de las Artes por Letras. En 2017 fue seleccionada como artista emergente en Letras por el Programa Escena Pública del Ministerio de Cultura de la Nación.

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