CARCOMA, EL TIEMPO, SIEMPRE EXPOLIO y el insecto que conoce la ubicuidad corroe, causa angustia, promueve el polvo que desvanece la ilusión, digiere las maderas de la vida.

Se apolilla la esperanza. Se aleja el encandilamiento. Queda el despojo, limpio de artificios. Es la corrosión, somos el desgaste, lo carcomido, a lo que no suplanta ninguna cosa. Poco a poco todo se llena de mortificación.

En el transcurso, asambleas de gorgojos, la comezón. La secuencia de las astillas, el avance del serrín y la inquietud que hace implosión.

Las paradas se apolillan y son mordisqueadas a cabalidad, con plenitud de saberes de penitencia. La preocupación que atrae a los xilófagos y los provee de estragos, ahora, en los instantes del pasado futuro.

II

AHÍ NO MÁS TALADRA, muy adentro, en la pesadumbre, sin atisbo de procrastinación. Una vez más la carcoma. Horada y chapalea en los residuos. Roe, ruge, rasga. Se consume en la acrimonia. Lo caduco ajusta su tablón. Se atormenta.

Se escucha el desgaste. Úlcera en las xilografías que dan hacia las calles, hacia las calzadas que se llenan de miradas de expectación. El olfato preciso para la madera casada con la corrosión. Miles de termitas atemperadas en la vigencia del desgaste.

Las virutas son digeridas y producen un tumulto. En el ínterin los ocres completan su ciclo, mas no irrumpe la detención. ¿No transitan las estacas allende las moradas del comején? ¿No existe la sazón de los leños para la dieta de otros coleópteros? ¿Y para qué el cuidado en los estadios si la aflicción pronto envejece?

III

TRAVIESAS LAS MADERAS en la etapa de su defección. Las atisban las polillas, las engranan en su porvenir, sesionan con sus momentos. Ceden con sus censos. Su existencia porta sus propios roedores. La desazón constituye su ruina, su maldición.

La carcoma mordisquea. Se hiende en su quemadura hasta la fuente del maderamen. Si el tiempo permanece también es carcomido, llevado a su máxima obsolescencia. ¿Pudiera elevarse una alevilla como símbolo de un leño en su moribundez?

Trancos y troncos de la semana. Seguidilla de tormentos, picazones, ahuecamientos. Un pitido que insufla las estrías de la madera. Acaecimientos del peligro y la inminencia del desgaste y la sumisión. Se afloja un combustible del color de una saliva expósita.

La lluvia inexistente no detiene el trajín de la carcoma. La mañana la incita y la erosión se riega para brindarle su sabor al que ojea su premura.

IV

EL TIEMPO ROE Y CORROE nuestra madera, nuestras puertas de tarugos, nuestros postes incisos. Carcoma de la alevosía, comején a plazos para el perjuicio. Somos ahuecados y se nos ven, a cada instante, las puntas de los fragmentos que nos arrancan. Somos agujeros, grietas, desgarramientos bajo y sobre la epidermis. Lo vetusto que nos arropa desde niños. Serraduras que valen una vela.

Pedaleamos en el interior del horadamiento y la cordura se hace anticuada. La polilla dispone su coreografía, sus tramos y coyunturas. La ocasión ya trae su calva. La calaña se concome con mandíbulas nunca hartas.

Momentos posee el polvo tras la embragadura. Perduración nula más allá de los herrajes. Estacas con cizañas y una visión que se deslíe entre las boronas que produce una línea que, amarillenta, zigzaguea.

V

COMEJÉN CARENTE DE LAPSOS, trepanador que no se sacia, antiguo socio del exterminio de las excrecencias y del meollo de las cosas. ¿En dónde no se acomoda tu virtud, tu oficio de extrapolación de fisuras y pareceres? Fuiste lo que eres y por eso reinas sobre las maderas y su abolengo.

Te he admirado desarticulando las arboladuras de las casas. He guardado las distancias, en vano. Tu poder me alcanza hasta en la idea, hasta en el sueño que no dormito. Te sé pariente destructor de la carcoma y acuciante perseguidor de lo temporal.

Ahora vivo en el intermedio que me dejaste. Tu actualidad me pertenece y la jornada postrera de mi existencia llevará con más razón tu traza. Me inclino ante tu sabiduría y solicito tu aquiescencia para que horades mis huesos en la estación más tremebunda.

Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

Sobre El Autor

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Escritor y sinólogo venezolano (Cagua, Aragua, 1951). Reside actualmente en Peking, China, donde estudió chino moderno y clásico, así como historia de la cultura china en la Universidad de Peking (1977-1982). De septiembre de 2001 a septiembre de 2008 fue agregado cultural de la Embajada de Venezuela en China. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de Venezuela y China, entre otros países. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003; edición bilingüe español-chino con fotografías, Editorial La Lagartija Erudita; Peking, 2006), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004), La casa que me habita (edición ilustrada; Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2004; versión en chino de Chang Shiru, Editorial de las Nacionalidades, 2006; Editorial Letralia, 2006) y Vestigios en la arena (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2007), el libro de brevedades Desde el Cinabrio (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2005), la antología digital de poesía y fotografía Intromisiones, radiogramas y telegramas (Editorial Cinosargo, 2008) y cuatro traducciones del chino al castellano, entre las que se cuenta Libro del amor, de Feng Menglong (bid & co. editor, 2008). La edición digital de su libro La casa que me habita recibió el IV Premio Nacional del Libro 2006 para la Región Centro Occidental de Venezuela en la mención “Libros con nuevos soportes” de la categoría C, “Libros, revistas, catálogos, afiches y sitios electrónicos”.

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