Introducción, selección, traducción, notas y fotografía: Wilfredo Carrizales

INTRODUCCIÓN

A lo largo de la prolongada historia de la literatura china siempre han existido simultáneamente textos breves junto a escritos de más dilatado aliento. Por ejemplo, podemos citar el libro denominado “Estrategias de los Estados Combatientes” de Liu Xiang, escritor de la dinastía Han del oeste (206 a.C.- 25 d.C.). En esa obra se combinan hechos reales con anécdotas y fábulas en un entreverado de textos cortos y concisos con otros de mayor longitud.

La obra arriba mencionada no fue la primera ni la única que siguió ese estilo. Hubo en todas las épocas y dinastías escritores que, al lado de sus escritos extensos, crearon maravillosos y sorprendentes textos sucintos en donde abarcaban todos los temas posibles, sagrados y profanos, oníricos y reales, fantasiosos y verídicos, cotidianos y extraordinarios.

Basándose en la extensísima tradición de los cuentos cortos, los escritores chinos de la primera mitad del siglo XX los prosiguieron componiendo adaptándolos a las nuevas circunstancias y técnicas provenientes de la literatura europea: rusa, francesa e inglesa, principalmente.

Durante toda la época “maoísta” (1949-1976) también se produjeron cuentos cortos, pero muy influenciados por la literatura soviética y el “realismo socialista”. No es sino a partir del año 1979 cuando los cuentistas chinos comienzan a desechar los obsoletos modelos y empiezan a imbuirse de las novedosas técnicas de la literatura de Estados Unidos, Alemania e Hispanoamérica, entre otras.

Con la llegada del siglo XXI renace la afición por la escritura de cuentos breves o brevísimos y las microficciones, con una inusitada variedad de tópicos trasegados tanto de la vida rural como de los nuevos fenómenos brotados en las megalópolis.

En los dos últimos años han surgido diferentes revistas, impresas y digitales, que recogen la producción reciente de noveles y afamados escritores de relatos breves y brevísimos. Además lo mejor de esa pujante literatura ha sido publicado por prestigiosas casas editoras.

Los cinco cuentos que se ofrecen en esta oportunidad a los lectores de Seda han sido precisamente extraídos de una antología que vio la luz el año 2013. Lamentablemente de ninguno de los autores presentes en la antología se incluyeron datos biobibliográficos.

AÑORANZA DE UN CUERVO

Hong Niao1

Cuando tenía seis años de edad, mi madre señaló a un hombre y dijo: después él será tu padre.

Cuando tenía seis años el verdadero padre murió en un accidente de tráfico. La madre fue a la casa de otro hombre y además le dijo a ella que era su padre.

Aquel hombre desconocido, aquel hombre viejo, aquel hombre de aspecto sucio, desde ese entonces se convirtió en su padrastro.

Ella al mirar aquella casa, lloró.

Ella a espaldas de su madre nunca le llamaba papá. Cuando le llamaba le gritaba “oye”. Aquel hombre no se sentía ofendido; tenía una preocupación hacia ella igual que si fuera su propia hija. Por supuesto, ese hombre rudo no sabía que eso se llamaba justamente amor paterno.

Al ver frente a sí al cochambroso padrastro, ella lo asociaba a los cuervos. Justamente en su fuero interno le llamaba cuervo.

Con respecto al cuervo, su verdadero padre tenía una categórica expresión: ¡Puah!

Ella preguntaba: ¿por qué lo desprecias?

El padre decía: él no es auspicioso. Cuando alguien está enfermo entonces se dirige hacia él dando grandes chillidos. Le urge que los demás sepan que tú estás de malas.

El padre además decía que él tenía cierta capacidad de saber rápidamente quién moriría y con antelación venía a dar parte de una defunción.

Desde ese entonces, la imagen del cuervo se clavó en el corazón de ella.

Cuando ella asistía a la escuela secundaria de primer ciclo, su madre murió de repente. Los asuntos de dentro y fuera de la casa sólo los manejaba aquel hombre llamado cuervo. Ella también tempranamente se dio cuenta de las cosas, ayudaba a aquel cuervo a hacer numerosos oficios del hogar.

Cuando ella pasó al segundo ciclo de la escuela secundaria vivía interna dentro de la institución educativa. Una noche, el móvil pesado y voluminoso de aquel hombre sonó. Ella tuvo un accidente. El hombre apareció en la escuela. El aspecto del rostro de ella era pálido, su frente estaba llena de gotas de sudor. Estaba muy gravemente enferma.

El hombre se restregaba las manos; no sabía qué hacer. Al maestro le gustaba mucho aquella estudiante sensata. Le pidió al hombre que rápidamente la condujera al hospital.

En la noche, de pronto vino volando un cuervo. Permaneció en el alféizar de la ventana de la habitación de los enfermos. Les lanzó a ellos dos grandes graznidos. El padrastro recogió una pequeña piedra, se la arrojó y le gritó: ¡Pufff! Aquel cuervo, con fuerza, encogió las alas y se marchó volando como una flecha.

Ella sabía que su padrastro también aborrecía a los cuervos.

El padrastro tenía una parcela de su propiedad en la orilla del río Ying2. Cada año sembraba algún maíz, judías verdes, etc. Frente al río había varios viejos álamos catay. Cada uno podía llegar al grosor de los grandes tanques de gasolina. Sobre los álamos, todo el año, moraban varios cuervos. En el tiempo de la cosecha de otoño, los cuervos se mostraban muy halagüeños. Frecuentemente concurrían a la parcela individual del padrastro. Éste confeccionó dos espantapájaros. Sobre ellos ciñó una gorra de seguridad tejida con ramitas de sauce como advertencia. Después de disfrutar del fruto del trabajo del padrastro, a los cuervos les gustaba posarse sobre las gorras de seguridad para cagar y descansar. Esto hacía enfurecer mucho al padrastro. Después de hacer aspavientos con la azada y con el pico, los cuervos no le prestaban atención. Entonces, el padrastro, indignado, extraía de la morada una escopeta de caza. Los cuervos al ver el arma en su mano, de inmediato escapaban volando entre grandes graznidos.

Al venir el cuervo volando, ella pensó en las palabras de su padre. El cuervo acaso había venido a anunciar una defunción. Su estado de ánimo se tornó pesaroso.

En el corredor del hospital, el hombre, impaciente, iba y venía. El corredor del hospital a medianoche se mostraba muy vacío. El resultado del diagnóstico salió muy rápido. Ella padecía uremia; necesitaba reemplazar un riñón. El hombre se sorprendió. Él no había escuchado acerca de la uremia; tampoco sabía que las cosas del interior del cuerpo humano podían reemplazarse. El médico, muy responsablemente, empleó más de una hora para que ese hombre comprendiera la idea general. El hombre supo que ahora él mismo necesitaba dos cosas: dinero y riñón.

El hombre regresó a la aldea, tomó monedas de aquí y de allá y las agregó al dinero suficiente que había preparado para los gastos cuando ella asistiera a la universidad. Pero, ¿adónde ir a buscar el riñón? El hombre se acuclilló en la entrada del hospital. Fumaba bocanada tras bocanada de tabaco en la pipa de tubo largo3. Recibía las extrañas miradas de los transeúntes. El hombre no lograba imaginar una manera de obtener el riñón. Fue a buscar al médico. El médico muy extrañado lo miró. ¿Tú no eres su papá? Tú le donas uno a ella, ¿no está resuelto?

Él movió un poco la cabeza hacia el médico y salió de la oficina. En realidad no sabía qué hacer. El hombre no dijo que ella no era su propia hija. Él tampoco sabía que para reemplazar un riñón se debía lograr que acoplara convenientemente. El estado de la enfermedad de ella se agravaba. El hombre, preocupado, no sabía qué hacer.

De acuerdo con la norma, el hospital tenía que hacer un examen de descarte que condujera a la compatibilidad entre enfermo y donante. Muy extrañamente, el hombre, increíblemente, era compatible. Él fue conducido a la sala de operaciones. Sobre la cama de al lado estaba ella, la que no parecía una persona, torturada por el dolor de la enfermedad. Ella vio al hombre acostado sobre la cama de hospital. En su corazón tuvo un sobresalto; después se le crispó la nariz. Sabía que el hombre lo había hecho todo por ella. Mirando el rostro envejecido de él, de pronto descubrió que en este mundo sólo había este hombre que se preocupaba por ella.

¡Papá!” Ella le llamó con un sollozo en la garganta.

El hombre ladeó la cabeza y la miró.

“Hija, no tengas miedo. Aguarda hasta que el riñón de papá te lo den a ti. Entonces tú podrás mejorar. Llegado ese momento, entonces no habrá nadie que se atreva a decir que tú no eres mi propia hija”. Al terminar de hablar las comisuras de sus labios temblaron un momento.

La operación fue muy exitosa. Ella mejoró rápidamente.

Aquel día cuando abandonaron el hospital, afuera de nuevo vino volando un cuervo. El padrastro al verlo tomó una piedra y fue a lanzársela. Ella lo haló y le dijo: “Papá, no lo hagas”.

El padrastro quedó un instante desconcertado y detuvo su mano.

El rostro del hombre originalmente envejecido se mostraba más envejecido. Los asuntos de dentro y fuera de casa, como siempre, los manejaba aquel hombre llamado cuervo. Sólo casualmente algunas risas alegres le hacían extender su cara llena de arrugas.

Ora estudiara en cada sitio, ora trabajara en cada lugar, ella frecuentemente veía a los cuervos grotescos. Muchas personas consideraban que su aspecto era feo, que eran muy nefastos. Sólo ella no les hacía caso a los comentarios. Ella siempre murmuraba frente a los cuervos.

Los amigos sentían que era muy raro y le preguntaban qué estaba haciendo.

Ella decía que estaba añorando a un cuervo.

De “Revista de Microcuentos Seleccionados”; No. 12; 2012

EL LOCO ZHANG CHUAN

Liu Danying

La locura de Zhang Chuan volvió a atacarle. Ya ves: en un claro día de pleno verano, él regresó a casa con un maniquí femenino desnudo cargado sobre la espalda. Los aldeanos armaron un alboroto. Todos dijeron que la enfermedad de Zhang Chuan esa vez no era ligera.

Zhang Chuan desde hacía mucho tiempo no había sido atacado por la enfermedad. Desde que comenzó la enfermedad hasta ahora, él a veces estaba bien, a veces mal. Así la enfermedad se mantuvo por unos diez años.

En el tiempo cuando Zhang Chuan no padecía la enfermedad, nadie podía descubrir que él era loco. Sólo sus ojos tenían algo de inexpresivos; no tenían tanto vigor como antes. Por eso, las personas de buen corazón de la aldea querían ocuparse de encontrarle novia. Él vio a varias jóvenes en diferentes encuentros. No se sabía porqué al mirar a una mujer lo atacaba la enfermedad. En una acometida del mal corría acequia arriba, acequia abajo, indistintamente de noche o de día. Así no tenía esperanza de casarse. Justamente al no volver a salir con una mujer la enfermedad de Zhang Chuan tampoco lo atacó de nuevo.

La gente decía que la enfermedad de Zhang Chuan era debida a un susto. Aquel año en el duodécimo mes lunar, un primo paterno de Zhang Chuan se casó con una mujer llamada Flor de Melocotón. El aspecto y el nombre de Flor de Melocotón, por igual, gustaban. Su estatura no era ni alta ni baja; su figura no era ni gorda ni delgada. Sobre todo sus ojos podían electrizar y les hacía a las personas, de una mirada, recibir la electricidad y todo el cuerpo se les inquietaba y calentaba. En aquel entonces, la casa de la familia de Zhang Chuan y la casa de la familia de Flor de Melocotón estaban frente a frente. La ventana del nuevo cuarto de ella exactamente estaba enfrentado al pequeño cuarto de Zhang Chuan. De esta manera, al llegar la noche, la hermosa silueta de Flor de Melocotón oscilaba sobre la ventana de papel, movía al corazón de Zhang Chuan como si un gato lo estuviera arañando, sintiendo desazón. Cada día cuando él regresaba del terreno, aquella lámpara de mecha en la ventana se convertía en su vana esperanza. En caso de que un día no hubiese en la ventana la luz de la lámpara, su corazón podía tornarse vacío y toda la noche hasta el amanecer dormía intranquilo.

Flor de Melocotón desde dentro de la ventana parecía comprender el pensamiento de Zhang Chuan. Sabía que en el espacio de la noche de afuera un par de ansiosos ojos la miraban atentamente. Por eso estaban excitados. De vez en cuando, intencionadamente, ella hacía algo de ruido. Sólo era el honrado y honesto primo paterno, quien debía hacer lo mejor posible para consentirla y que se alegrara. Así ella fácilmente ponía en práctica su carácter de niña. En ese momento, grandes y pequeños en la casa la disuadían y la mimaban. Un largo tiempo después, la gente decía que el primo paterno se había casado con un amo, no con una esposa.

Las hojas de los melocotoneros montañosos en el campo al lado de la arroyada se tornaban amarillas y luego verdes de nuevo. Los días se parecían a aquel riachuelo delante de la puerta de la aldea que fluía insulso. Flor de Melocotón se tornaba cada vez más delicada y encantadora. Zhang Chuan, dentro de su sufrimiento, contemplaba las flores que se abrían y se caían de los melocotoneros montañosos de aquel campo.

Una noche de verano, Zhang Chuan regresó de la casa de la familia de Huevo Negro4, adonde bebió aguardiente. Vio que la lámpara de la ventana de Flor de Melocotón aún estaba alumbrando. Entonces, valiéndose del vigor del aguardiente se dirigió hasta el frente de la ventana para mirar a hurtadillas. Vio a Flor de Melocotón, en camiseta sin mangas, que precisamente lavaba su cabeza. Frente a su resplandeciente pecho brincaban dos palomas. Él sintió en un instante que la sangre de su cuerpo le hervía; el corazón ya le saltaba en la garganta. Directamente se encaminó hasta delante de la puerta y descubrió que estaba entornada. Zhang Chuan, silenciosamente, abrió la puerta de la casa y se ubicó detrás del cuerpo de Flor de Melocotón. Con sus brazos ciñó la fina cintura de ella. Sus temblequeantes manos, por más que lo intentara, no pudieron apretar las saltarinas palomas. Flor de Melocotón no opuso resistencia. Ella sabía que era Zhang Chuan. Giró su cuerpo y le brindó una sonrisa. Él deseaba besarla; ella se escabulló. Le dijo que su marido había ido borracho a la letrina y le ordenó ir allá a echar un vistazo. Zhang Chuan se mostró reacio a aflojar sus manos. Apenas había empujado la puerta de la letrina, escuchó un ruido, como si alguna cosa hubiera caído dentro del meadero. Valiéndose de la luz de la luna dio una ojeada en el interior del urinario y no descubrió nada. Regresó a la habitación y le dijo a ella que no había visto a nadie. Flor de Melocotón le preguntó, ¿acaso el marido no habría caído en el meadero? Él dijo que no era posible. Cuando empujó la puerta oyó un tal ruido, pero no era su primo. Sin duda habría ido a visitar a otra familia. Flor de Melocotón cerró la puerta de la habitación tras de sí y comenzó a apasionarse con él, besándolo y acariciándolo. Zhang Chuan cómo podía resistir su seducción y su ternura. Alargó sus manos para quitarle el pantalón. Ella las rechazó. Dijo que le había venido la regla. Que esperara hasta que su cuerpo estuviera limpio y en cualquier momento que lo deseara estaría bien…

Al siguiente día, por la mañana temprano, un lloriqueo triste y estridente rompió la quietud de la aldea. Después que los pobladores se levantaron supieron que el primo de Zhang Chuan había caído en el meadero5 y había muerto ahogado. Zhang Chuan de golpe se incorporó. Vagamente recordaba el incidente de anoche. En su fuero interno sentía una oculta intranquilidad. Ni hablar de ir a mirar a Flor de Melocotón. Como si Flor de Melocotón, a través de este golpe, de repente hubiera envejecido mucho.

La ceremonia luctuosa del primo de Zhang Chuan estaba aconteciendo de forma tensa. De pronto, vino a la aldea un vehículo policial, del cual descendieron cuatro policías. Dijeron que se debía hacer la autopsia del cadáver. En ese momento, en sus fueros internos, Zhang Chuan y Flor de Melocotón, se pusieron intranquilos.

Muy rápido se obtuvo el resultado de la autopsia y lo que hizo sobresaltar a los aldeanos, pues no lo habían pensado, fue que en el jugo gástrico del primo se descubrió la existencia de una gran cantidad de arsénico blanco. Entonces la investigación se cerró en torno a Flor de Melocotón y Zhang Chuan fue involucrado por ella.

Zhang Chuan fue llevado a otro cuarto. No esperó a que los policías abrieran la boca y se orinó en los pantalones. Reconstruyó todo el asunto de aquella noche. A medida que avanzó la profundización de la investigación, el asunto judicial finalmente llegó a la verdad evidente. Resultó que Flor de Melocotón y su primo después de estar en buenos términos, él para alcanzar el objetivo de adueñarse por largo tiempo de Flor de Melocotón, compró arsénico blanco y lo introdujo dentro del aguardiente, envenenando al primo de Zhang Chuan y haciendo caer a éste en una suave y tierna trampa. Desde ese entonces, Zhang Chuan había enloquecido.

Zhang Chuan colocó al desnudo maniquí sobre el kang6. Lo cuidaba con esmero. Cada día cuando regresaba de la labor en el campo, estaba hambriento y cansado, pero primero iba al kang a echar una mirada. Hablaba un rato con ella. Con el transcurrir del tiempo, él pareció haberse convertido en otra persona y de nuevo no fue atacado por la enfermedad.

Después del mediodía de un día de invierno, los aldeanos todos hablaban de la noticia del pronto regreso de Flor de Melocotón. En un instante, el cerebro de Zhang Chuan quedó vacío. Acto seguido lo atacó la enfermedad. No solamente corrió sin rumbo; además dentro de la aldea cantó y alborotó. Esa vez que lo atacó el mal, comparado con cualquiera otra ocasión, fue más fuerte. Todos los aldeanos estaban preocupados de que él no volvería a recuperarse como una persona normal.

De “Red de Cuentos Breves”; septiembre de 2012.

NO PODER MORIR

Xu Zhiyi

De pronto, en la red, se pegó una noticia: ¡Las personas que deben morir no pueden fenecer! Al principio la gente consideró que era superchería, que eran chismes. A continuación, este tipo de noticias eran cada vez más numerosas. Decían el fundamento. Los periodistas le siguieron la pista y llevaron a cabo investigaciones. Los medios impresos les siguieron el rastro; las estaciones de radiodifusión las transmitieron. El ministro del Ministerio de la Vida y la Muerte, Lo Boris, estaba sorprendido, inquieto. Si las personas tenían la situación de vida y muerte, entonces habría equilibrio. Si los que tenían que morir no morían, ¿el globo terráqueo no se llenaría de personas, constituyendo una calamidad y no explotaría? Lo Boris profundizó la investigación sobre el terreno y disimuló su identidad para llevarla a cabo con claridad.

La primera persona que no podía morir y que investigó Lo Boris era un vendedor de inmuebles. Éste se había apoderado de varias decenas de casas. Una vez que hubo estallado la crisis financiera los precios de los inmuebles bajaron brutalmente. Él se arruinó. Soportaba sobre su espalda una inmensa deuda. Una vez que la persona moría la deuda se volvía impagable. El vendedor de inmuebles se suicidó. Sin embargo, en el momento de la cremación, él de nuevo abrió los ojos, pudo hablar, pero se había convertido en un ser vegetal. Boris se le acercó y le preguntó: ¿Cómo es que volviste a vivir? El vendedor de inmuebles, mirándolo con los ojos en blanco, le dijo: Dios no me recibió. “¿Cómo no pudo Dios recibirte?” “Dios no me recibió”. Al volvérsele a preguntar, el vendedor de inmuebles volvió a decir la misma oración: “Dios no me recibió”. Así que el vendedor de inmuebles convertido en ser vegetal sólo podía decir esa oración. Si se le hacía otra pregunta no podía responder.

La segunda persona que no podía morir e investigada por Boris era un banquero. Había relación entre la muerte del banquero y la del vendedor de inmuebles. Las deudas impagables de los vendedores de inmuebles eran muchas. Hicieron hundirse al banco. El banquero deseaba liberarse y entonces buscó la muerte. No obstante, en el momento de la incineración, el banquero de nuevo abrió los ojos y pudo hablar. Boris también se le acercó y preguntó: ¿Cómo es que has vuelto a vivir? El banquero también le miró con los ojos en blanco y dijo: Dios no me recibió. Al volvérsele a preguntar, el banquero convertido en un ser vegetal sólo dijo: “Dios no me recibió”. Al hacérsele otra pregunta no podía responder.

La tercera persona que no podía morir y que investigó Boris era un vendedor de bienes raíces. Había relación entre la muerte del vendedor de bienes raíces y la del banquero. El vendedor de bienes raíces en la subasta de terrenos pujó por precios astronómicos y consiguió dos valiosos lotes. No pensó que el banquero que le suministró el préstamo moriría. El banco se hundió en la bancarrota. Aunque los valiosos terrenos estaban en sus manos, el empréstito no pudo lograrlo para el desarrollo de los terrenos. Si devolvía los terrenos sería multado por violación de contrato y al hacerlo perdería toda la fortuna de la familia. Verdaderamente era como si una preciosa calabaza le obstruyera el agujero del culo. Se encontraba en un dilema. Finalmente también murió. De manera similar, cuando iba a ser cremado, el vendedor de bienes raíces abrió los ojos y pudo hablar. De igual manera, Boris le preguntó cómo había resucitado. El vendedor de bienes raíces, con los ojos en blanco, dijo que Dios no lo aceptó. Del mismo modo, el vendedor de bienes raíces convertido en ser vegetal también sólo dijo esa frase.

Boris sacó una conclusión. El problema estaba donde Dios. Tenía que ir a buscar a Dios y sacar una explicación.

Boris tomó el elixir de vida de autocontrol. Entonces fue a ver a Dios. Éste le dio muy buena acogida en su visita. Tomó la preparación farmacéutica para lavar las almas, como si fuera insecticida, y lo asperjó en dirección del espíritu de Boris. El espíritu se evadió de prisa. Dijo: ¿qué hace usted? Dios dijo: lavo tu alma. Quienes vengan aquí a registrarse, todos, deben lavar las almas. Lavar la carga del mundo terrenal. Después que las almas están limpias entonces pueden ingresar al paraíso. El alma de Boris explicó: Ah, mi Dios. No he muerto verdaderamente, sino falsamente. Yo, quien tomó el elixir de vida de autocontrol vine a buscarle para hablar de un asunto. Dios le preguntó: ¿Tú has venido a hablar de qué asunto? El espíritu de Boris dijo: los espíritus del vendedor de inmuebles, del banquero y del vendedor de bienes raíces, ¿por qué usted no los aceptó?

Dios primero se rió un instante. Después lanzó un suspiro y dijo: tú no sabes. Aquí también estamos padeciendo por la crisis financiera. No puedo cargar con ella. El espíritu de Boris quedó extremadamente perplejo: Ah, mi Dios. ¿Usted aquí sufre de qué crisis financiera? ¿Con qué no puede cargar? Dios dijo: quienes vengan aquí a registrarse, deben lavar primero los espíritus. La riqueza lavada es mi ingreso. Las deudas desprendidas las tengo que pagar con dinero celestial. De lo contrario, esos espíritus no podrán estar limpios. En el pasado, hubo quienes trajeron riquezas, quienes trajeron deudas. Aquí, los ingresos y egresos estaban equilibrados. Ahora, los espíritus que traen inmensas deudas son numerosos. Yo, entonces, estoy en crisis y no la puedo soportar.

“¡Ah, era esto! Por eso, ¿usted no recibió los espíritus del vendedor de inmuebles, del vendedor de bienes raíces y del banquero?”

“Sí. ¡Usted es muy inteligente!”

“Entonces me marcho”.

“Ya que has venido, no debes marcharte”.

“¿Por qué?”

“Ah, tú tienes una inmensa riqueza. Cubre mi déficit”.

Dios, mientras hablaba, tomó el preparado farmacéutico de limpieza espiritual y lo asperjó hacia el espíritu de Boris. Éste gritó “Ah”. Accionó el autocontrol de la droga tomada, revivió y salió corriendo.

Boris al llegar a la puerta del Palacio Celestial le saludó con la mano una seductora hada. En el mundo, Boris había disfrutado de innumerables mujeres, pero aún no había saboreado a las hadas. Él penetró y bebió rocío para lavar las almas. Entonces fue llevado por Dios.

En seguida, en la red, de nuevo se transmitió la noticia: ¡Dios volvió a aceptar a alguien!

De “Arte y Literatura de la Terraza del Violín”; número 3; 2012

PIEL DE JABALÍ

An Shiliu

Al anciano que contaba historias yo le llamaba tío abuelo, de la familia Nimacha. Provenía de los jürchen7 de Jianzhou8 Sus antepasados, bajo las órdenes de Nurhaci9, combatieron en muchas partes. Después fueron enviados a Ningguta bajo el mandato del general de Heilongjiang10 para que defendieran la frontera. Los descendientes de la familia Nimacha están en el lugar llamado Ba Jia Zi11 en Ning An y se multiplicaron y llevaron una vida próspera.

Estas cosas no me las contó el tío abuelo. Yo las vi en el árbol genealógico. El anciano habló. En realidad, él me preguntó una cuestión. Él dijo: ¿tú sabes cuál es el animal más temible del bosque?

Yo dije: el tigre.

Él dijo: es el jabalí.

Yo dije: el tigre es el rey de la montaña.

Él no explicó. Dijo una historia para que yo escuchara.

Aquella vez nosotros seis penetramos a la montaña; no fuimos a cazar. Teníamos otro asunto. Por eso, no pensábamos provocar a los jabalíes. Por supuesto, nosotros llevábamos a la espalda las escopetas de caza. Entre nosotros había un compañero que además traía un palo armado de una punta de hierro para que le sirviera de bastón para la nieve. Ja, ja, avanzábamos dentro del bosque a cuarenta grados bajo cero. ¡Ah, heroico! El bosque estaba muy oscuro como un muro negro, impidiendo la terrorífica tormenta de nieve. El gran vigor de la tormenta se reducía considerablemente. Sólo las puntas de los árboles a unas cuantas decenas de metros sobre nuestras cabezas casualmente rugían. Dentro del bosque había mucho silencio. Los extremos de las yerbas no se movían; las ramas de los árboles no se balanceaban; el frío era seco. Justo en ese momento, nosotros nos encontramos con una manada de jabalíes.

El tío abuelo se detuvo como si quisiera responder a la pregunta mía anterior. Dijo: ¿tú puedes haber escuchado quién dentro del bosque se ha topado con un grupo de tigres, un grupo de osos negros?

Yo pensé un instante. Verdaderamente no había escuchado tal asunto. El lugar del tigre y el oso en el escalón superior de la cadena animal los ubica con capacidad para existir solos. Por eso cada uno es un guerrero solitario.

El tío abuelo movió la cabeza aprobatoriamente. Prosiguió contando la historia.

Tampoco sabíamos qué pasaba. Entonces, nosotros seis, de pronto, estábamos frente a una manada, de seis o siete jabalíes. Ellos tenían el cuerpo cubierto de cochambrosas cerdas negras; los pequeños ojos completamente rojos; las narices moviéndose, resoplando sin cesar; erguidas sus dos puntiagudas orejas; los dientes rechinando. La blanca nieve combinada con la pura y débil luz del amanecer hacía resaltar claramente sus grandes y largos dientes, afilados y salientes que despedían un brillo frío y que nos hacía sentir escalofrío en la columna vertebral. El jefe de la manada era un jabalí macho de gran tamaño. Nosotros nunca habíamos visto un jabalí de aquel porte. Mirándolo parecía un bisonte del polo norte que hubiéramos visto por televisión. Con aquel aire salvaje de completo brío se le parecía.

Por un momento ambas partes no optamos por tomar acción. Sólo mirando sin movernos, esperando que retrocediera la parte que no pudiera aguantar. Pero hubo un compañero que no pudo contenerse. Descolgó la escopeta de caza de su hombro. Entonces tan pequeño movimiento estropeó el asunto. La manada emitió un gruñido y se abalanzó hacia nosotros.

El que rompió la regla, primero se medio acuclilló e hizo un disparo. Cada uno de nosotros cinco nos echamos a un lado en cinco lugares diferentes; las escopetas las empuñábamos en nuestras manos. Pero el primer disparo de aquel compañero fundamentalmente no había tenido utilidad. Por completo sólo se escuchó un gruñido en voz baja. Tampoco se sabía si el disparo había dado en el blanco. El jefe de la manada, a la cabeza, se abalanzó. En la manada no hubo uno que no obedeciera su directriz. Juntos echaron a correr hacia el compañero y lo aterrorizaron. Aquel jabalí macho lo hocicó y el compañero cayó de espaldas con las piernas despatarradas; el polvo de nieve se removió hasta la altura de un hombre. Nosotros cinco disparamos juntos, provocando muchas esquirlas como las de una bomba. La manada se dispersó con fuerza hacia todas las direcciones y se abrió paso a empujones. ¡Caramba! Un desorden de armas. Sucedió de repente. La escopeta de caza de uno de los hombres fue disparada y el cartucho no explotó. Él era listo. Aferró el palo con punta de hierro y lo clavó en el cuello de un jabalí. Originalmente pensó presionar el palo para someter al jabalí, pero eso no era posible. El jabalí agitó la cabeza. Sus dientes largos y afilados partieron el palo con suma facilidad como si pellizcáramos tallo de cebolleta. Pero aquel compañero aún aferraba el palo y no aflojaba las manos. El resultado fue que el palo al partirse lo lanzó al suelo. De todas maneras, todos nosotros también teníamos experiencia de cazadores. Gracias a que éramos muchos hubo pérdidas en nuestra gente. Cada uno buscaba la oportunidad, sin cesar, para contraatacar. Al fin abatimos a un jabalí. Los restantes jabalíes huyeron con precipitación. En ese momento, nosotros entonces descubrimos que el compañero embestido por el jabalí no se había levantado. Ambas manos cubrían el muslo y gritaba sucesivamente. Al ir a ver, la sangre se le escurría entre los dedos. Los afilados dientes del jabalí habían desgarrado su muslo. En un momento hicimos una estimación. Calculábamos que al menos aún había un jabalí más que había sufrido graves heridas. Por lo tanto, dejamos a un hombre para que cuidara al herido. Nosotros cuatro seguimos los rastros de sangre y las huellas de las patas de la manada de jabalíes y continuamos la persecución. Los perseguimos dos li12. Vimos al gran jabalí jefe de la manada, solo, echado dentro de un bajío de nieve. Al parecer había evacuado a la manada. Él, todavía agresivo, no permitía que nadie se le acercara. Nosotros lo flanqueamos. Comprendimos que ya estaba dando las últimas boqueadas. Entonces aguardamos sin atacarlo. En realidad, en ese momento, a él le hubiera resultado fácil pelear solo contra una o dos personas.

Después nosotros lo trasladamos al pie de la montaña. Lo pesamos: ochocientos jin13 completos. Al quitarle las cerdas hubo un sorprendente descubrimiento. ¡Ah!, este jabalí macho, inesperadamente tenía en todo el cuerpo ochenta y ocho cicatrices, largas y cortas, nuevas y viejas heridas, se encontraban por doquier. Yo las conté una a una. Aquellas viejas heridas tapadas por las nuevas, yo las consideré como una. Cuando se le extrajeron las vísceras, ¡desde dentro de los intersticios de los omóplatos se sacaron tres balas! Este jabalí digno de compasión, ¿en una vida se había topado con qué? Difícil imaginarse que él parecía un veterano de muchos combates, con cicatrices acumuladas, pero colmado de gloria.

Así que tal asunto, así que tal jabalí, yo nunca los he olvidado. Desde mis veinte años de edad hasta mis actuales ochenta y seis.

Al contar hasta aquí, el anciano cerró la boca. Su mirada se perdió en la lejanía. Mucho rato después, abrió la boca y preguntó: ¿Tú sabes quién fue el primer rey14 o no?

Yo dije: lo sé. Nurhaci.

Él preguntó: ¿tú sabes qué significa “Nurhaci”?

Yo dije: no lo sé.

Él dijo: Piel de Jabalí.

De “Digesto de la Juventud”; número 14; 2012.

DOS ASERRADORES DE MADERA

Long Huiyin

Para aserrar madera se necesitan dos personas que se coordinen. En una larga sierra cada persona aferra un extremo. Tú halas, yo empujo; yo empujo, tú halas. Con la concertación magistral, entonces las tablas de madera saldrán rectas y planas.

Chang y Da era una pareja de aserradores de madera que se había concertado durante varias decenas de años. La larga sierra la halaban con maestría. Las tablas logradas eran planas y rectas. Los trabajos de aserrar madera en el entorno de la aldea amurallada estaban por completo monopolizados por ellos.

Pero un tal día, su negocio de pronto se deprimió. Todas las reparaciones y construcciones de casas en los alrededores de la aldea iban al aserradero de madera de Xiao Wuzi15. Éste no era aserrador, pero compró una sierra accionada por motor. Su negocio floreció. Convirtió a los famosos aserradores, Chang y Da, en hombres ociosos.

Chang y Da no lograban una explicación después de mucho reflexionar. Una persona que no sabía aserrar, ¿cómo podía aserrar madera? Además, ¿con el negocio tan próspero? Curiosos, ellos dos recorrieron varios li de camino para ir a ver el aserradero de madera de Xiao Wuzi. Lo que les hizo sentir novedad a Chang y a Da fue que la sierra accionada por motor no requería un hacha para convertir a los troncos redondos en tablas cuadradas. Tampoco requería usar la regla con tinta para trazar la línea con un marcador de carpintero. Si se deseaba aserrar una tabla muy gruesa, se empleaba el calibrador de la máquina y entonces la aserraba.

A Chang luego se le despertó el deseo y quería comprar una máquina aserradora en sociedad con Da. Los dos como antes se convertirían en socios. Da dijo: ¡Ah, cuánto dinero se necesita para comprar una máquina aserradora! Yo no tengo tantos fondos. Chang dijo: Cada uno de nosotros eroga la mitad. No tiene porqué haber problema. Da dijo: Tampoco puedo erogar la mitad.

Da no deseaba comprar la máquina aserradora; Chang tenía la intención de comprarla a todo trance. No es que no tuviera dinero. Sus parientes ricos eran muchos. Prestarle varios miles de yuanes no era problema. No quería comprarla él solo. Da y él habían cooperado varias decenas de años. Él no podía arrojar la vieja sociedad e ir a enriquecerse una sola persona.

Chang no la compró; la compró Da. Instaló el aserradero al lado del camino frente a la aldea. Chang escuchó esta noticia. Al principio no la creyó, al considerarla un rumor. Se trasladó hasta el camino frente a la aldea para dar un vistazo. Así supo que era verdad. Da precisamente aserraba madera. Su esposa le ayudaba. Montaba los redondos troncos sobre la aserradora. Lentamente los encaraba hacia Da y los enviaba frente a él. Chang pensó en el tiempo anterior cuando aserraba madera y él y Da eran socios. Ahora era Da y otra persona quienes eran socios. En su corazón, secretamente, surgió un descontento e indignación.

Chang fue al aserradero de Da y lo miró una vez; no volvió a ir de nuevo. Al salir o al entrar a la aldea daba un rodeo. El hijo de Chang se indignó por él por la injusticia sufrida. Le dijo: Da compró una máquina aserradora; nosotros también la podemos comprar. Nosotros también podemos abrir un aserradero frente a la aldea. Chang dijo: Qué tan grande es la aldea, ¿cabrán dos aserraderos? No expreses ideas insensatas. No importaba qué dijera el hijo, él estaba firmemente decidido a no comprar la aserradora.

Un día el hijo de Chang regresó a casa. Entusiasmado le dijo a Chang: El aserradero de Da fracasó.

Chang mirando el aspecto muy alegre de su hijo, le preguntó con extrañeza: El negocio de Da iba muy bien, ¿cómo es que fracasó?

El hijo, resplandeciente de alegría16, dijo: Las tablas que asierra la máquina de Da están llenas de baches, no son planas. Nadie quiere ir allá a aserrar tablas. Todos van al aserradero de Xiao Wuzi.

Chang dijo: Las personas que van a aserrar tablas a aquella aldea tienen que andar varios li de camino. Yo debo ir al aserradero de Da a echar un vistazo.

Chang al llegar al aserradero de Da, sólo vio al solitario aserradero, vacío de personas. Da miraba, alelado, a la máquina aserradora. Chang le preguntó: ¿No encontraste la causa de las irregularidades de las tablas?

Da dijo: No la encontré. No sé dónde surgió el problema.

Chang dio una vuelta alrededor de la máquina aserradora. Le preguntó a Da: Cuando aserrabas, ¿el carro transportador ondulaba arriba y abajo o no?

Dan movió la cabeza. Dijo: Verdaderamente era así. El carro transportador ondulaba. La tabla no salía plana.

Chang dijo: Haz una armazón frente al carro transportador. Coloca encima al árbol que deseas aserrar. Así no podrá bambolearse. Prueba a ver.

Da, de acuerdo con las palabras de Chang, hizo una armazón apoyada en el piso. Probó. Las maderas aserradas eran tanto planas como rectas; parecían tan lisas como si se les hubiese pasado una cepilladora. El negocio que había fracasado volvió a prosperar.

El hijo de Chang estaba muy descontento. Ocultamente odiaba a su padre. Le dijo: ¡Tú haces alarde de qué habilidad! ¿Da te dio cuántos beneficios?

Chang dijo: ¿Cómo es que siempre piensas en beneficios? Da y yo hemos sido socios por varias décadas. Si él se tropieza con una dificultad, ¿yo no lo voy a ayudar?

El hijo de Chang odiaba calladamente a su padre; también Da lo odiaba en secreto. Chang ayudó a Da a resolver el problema de las irregularidades de las tablas. El negocio de Da había mejorado varias veces con respecto al anterior periodo. Desde la mañana hasta la noche se movía sin cesar. De noche, además debía trabajar horas extras. Exageradamente cansado, no prestó atención. Los cinco dedos de la mano derecha fueron cortados por la aserradora mecánica. Da mirando los cinco dedos aún vivos que habían caído sobre el piso y que saltaban alocadamente, lanzó un grito brutal, un gran insulto: Chang, ¡tú me hiciste daño!

De “Brevísimos Cuentos del Estanque Celestial”; año 2012.

1 El autor o autora se esconde bajo el seudónimo de Hong Niao que significa “Pájaro Rojo”.

2 El mayor afluente del río Huai. El río Ying nace en la provincia de Henan, en la montaña Song.

3 Una especie de pipa hecha con un fino tubo de bambú. La picadura de tabaco se embute en la pequeña cazoleta. La boquilla puede ser de jade u otro tipo de piedra parecida.

4 Este tipo de apodo inusual es muy común en el campo chino.

5 En el campo chino los urinarios de las aldeas suelen ser unas especies de bateas largas y de cierta hondura.

6 Cama de ladrillos sobre un horno como calentador usada en el campo en el norte de China.

7 Los jürchen (o jürchet; en chino: nüzhen) eran tribus tungús que habitaban las inmediaciones de las provincias de Jilin y Heilonjiang, en el nordeste de China. Eran los antepasados de la etnia man (los manchúes, como se les conoce en la historiografía occidental). En 1115 los jürchen fundaron el imperio Jin (Oro) y después de derrotar a la dinastía Liao de los qitan y a la dinastía Song del norte se establecen en Pekín desde 1153 hasta 1234.

8 Región ubicada en los alrededores de la actual ciudad de Zhaoyang en la provincia de Liaoning, en el nordeste.

9 Nurhaci (1559-1626) fue un jefe guerrero de la etnia jürchen que en 1616 se proclamó jan (“máximo gobernante”) de su pueblo y fundó la dinastía Jin Posterior que ulteriormente, en 1635, se convertiría en la dinastía Qing (Pureza), la última dinastía feudal que gobernó en China. A Nurhaci se le llamó, póstumamente, el “Supremo Ancestro de la dinastía Qing”.

10 La provincia más septentrional de las tres que conforman el nordeste de China. Su nombre significa “Río del Dragón Negro” y es limítrofe con Rusia.

11 Ba Jia Zi significa “Ocho Familias”.

12 Medida de longitud. Un li equivale a medio kilómetro aproximadamente.

13 Medida de peso. Un jin equivale a quinientos gramos aproximadamente.

14 Primer rey de la dinastía Qing.

15 Xiao Wuzi significa “El Pequeño Hijo Quinto o El Pequeño Cinco”.

16 Literalmente: “con cejas volantes y cara danzante”.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Wilfredo Carrizales

Escritor y sinólogo venezolano (Cagua, Aragua, 1951). Reside actualmente en Peking, China, donde estudió chino moderno y clásico, así como historia de la cultura china en la Universidad de Peking (1977-1982). De septiembre de 2001 a septiembre de 2008 fue agregado cultural de la Embajada de Venezuela en China. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de Venezuela y China, entre otros países. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003; edición bilingüe español-chino con fotografías, Editorial La Lagartija Erudita; Peking, 2006), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004), La casa que me habita (edición ilustrada; Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2004; versión en chino de Chang Shiru, Editorial de las Nacionalidades, 2006; Editorial Letralia, 2006) y Vestigios en la arena (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2007), el libro de brevedades Desde el Cinabrio (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2005), la antología digital de poesía y fotografía Intromisiones, radiogramas y telegramas (Editorial Cinosargo, 2008) y cuatro traducciones del chino al castellano, entre las que se cuenta Libro del amor, de Feng Menglong (bid & co. editor, 2008). La edición digital de su libro La casa que me habita recibió el IV Premio Nacional del Libro 2006 para la Región Centro Occidental de Venezuela en la mención “Libros con nuevos soportes” de la categoría C, “Libros, revistas, catálogos, afiches y sitios electrónicos”.

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