Los vínculos causales y casuales entre Japón y Star Wars son muchísimos. George Lucas, por ejemplo, dijo haber basado la primera película de la saga en La fortaleza escondida (1958) de Akira Kurosawa; incluso copió una descripción de ésta que hizo el niponólogo Donald Richie cuando tuvo que entregar la primera versión del libreto. Por su parte, Mark Hamill vivió dos años en la prefectura de Kanagawa mientras iba a la escuela Nile Kinnick en la base naval de Yokosuka; también admitió no haberse quedado en Japón dado que su nivel de japonés lo limitaba dentro de la industria cinematográfica. Toshiro Mifune, uno de los actores japoneses más famosos de la época, rechazó los papeles de tanto Obi Wan Kenobi como Darth Vader, según declaró recientemente su hija. Daisy Ridley (la actriz de Rey) confesó estar “obsesionada con la cultura japonesa”, fanatismo que habría nacido con las películas del Estudio Ghibli. A esto debe sumarse la abundante fonética japonesa para los nombres de diversos personajes (Kenobi, Yoda, etcétera), pero también la relación entre aprendiz y maestro, cercana a la de los senpai y kōhai, una interacción clave para entender a la sociedad japonesa.

Después resulta que en 1978 hicieron en Japón una versión de Star Wars「宇宙からのメッセージ」[Mensaje del espacio]. 

Producida por los estudios Toei, dirigida por el maestro del cine yakuza, Kinji Fukasaku, y con un presupuesto que la hizo la película japonesa más cara hasta el momento, aún así no se salvó de ser destruida por los críticos, especialmente por los norteamericanos, entre cuyos análisis se encuentran palabras como “terrible”, “grotesca”, “irrespetuosa” e “ilegítima”. Al parecer pedían mayor fidelidad, quizás incluso pagar más derechos. Entre los japoneses la crítica fue más benevolente e incluso surgió un spin-off: una serie de 27 episodios entre 1978 y 1979. Pero claro, es posible que esto tenga que ver con que en Japón se habla muy poco inglés y el público quería sentirse parte de la manía Star Wars de la época. Aún a pesar de esto, con un guión terrible (sus cinco escritores jamás se reunieron a planificar una unión coherente de las partes que cada uno escribía), con una estética que por el momento abandona el espacio y las galaxias para llevarnos al Japón samurái o al mundo de Cónan el Bárbaro, esta película es también una irreverente experiencia visual, una prueba de que, por mucho que intentemos parecernos a otro, eso es sencillamente imposible. En ese golpearse-la-cabeza-una-y-otra-vez, en ese gag, quizás más de un espectador encuentre diversión, incluso ternura.

Mensaje del espacio será un desastre, sí, pero es la constitución de algo único y singular a lo que no le faltan ástron o estrellas de la saga original. Recordemos que “toda diversidad, todo cambio remiten a una diferencia que es su razón suficiente”, según Deleuze (en Diferencia y repetición). ¿Podemos decir lo mismo de The Last Jedi, la última entrega de ese universo que tanto nos apasiona? ¿Podemos pensarla fuera de un paquete con la primeras, aunque sea su intento, aunque todos los personajes digan y repitan las palabras de Kylo Ren (también de Luke): “olvidemos a los Jedi, a los Sith, a la República, al Imperio”? ¿No es acaso y finalmente un mero episodio más, por mucho que nos quiera convencer de haber roto todos los moldes? Quizás sea mi sensibilidad vintage de treintañero del siglo XXI o quizás sea mi veneración del desprestigiado concepto de ‘clásico’, pero creo que disfruté mucho más la caótica y risible versión japonesa que la nueva y sobreelaborada versión Disney.

Sobre El Autor

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Matías Chiappe Ippolito tiene 33 años, es traductor e investigador, licenciado y profesor en letras por la UBA, máster en Estudios de Asia y África por El Colegio de México y candidato a doctorado por la Universidad de Waseda. Actualmente vive en Tokio y lleva adelante el blog: https://lalineadechape.wordpress.com/

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