1

Destreza para el retorcimiento en la oratoria que perdura. Redargüir lo verosímil y conmover al lenguaje con la mayor esplendidez. Cualquier trabajo busca su perjuicio. Se alarga un cuello y salta la trama y la urdimbre. ¿A diferencia de qué? Irrumpe un tropel de amagos tras las enfermedades que reprimen. Quedamos muy de enemigos, escondidamente, con astucia en las líneas del retiro.

Vamos cambiando los nombres sumidos en la gran retorta de la vida. Llueven sofisterías con los relámpagos amortiguados. Del fondo del ojo sobresale un refunfuño, mientras un ruido inflama la retina con la consiguiente desventaja.

A propósito se retuerce el exordio. En presencia del que tiene alrededores perece lo absoluto de la verdad y se encoleriza el que se desdice.

2

Dándole y dándole a lo retorcido. Arde la casa con las ventanas más astrológicas y con los adornos en pleno ayuntamiento. Celeste empeño para irse con las cargas del cebo. Medrosa la alegría sobre el cartón que se modela.

Se duerme, especulativamente, en el retorno y ¿serán infinitas las paradojas con el óxido en su boca de fuego? La balanza comprende cualquier nivel de retorsión. La ceniza genera su cenestesia bajo el enjugado que gira y gira hasta la simultaneidad.

En la mitad de su oscilación, se parte un péndulo y desaparece el croquis por donde se hendían los cristales. Harta prolijidad en los mediodías que vierten sus exclusiones musicales. Otros nombres arrastrados por las quebraduras del rigor. ¿Quedito se agrietarán las comisuras ante la continuidad de los alambres?

3

Eso endurecerá la energía, le dará el polígono que no abunda. Contrastes y rayas y esferas deshabitadas. Percutor con la fragua alejada del escorbuto, de las impurezas que oscurecen. Saturación en las comarcas del alma. Abarrote que satina. Calor que se inventa. Eclosión rasguñando el cono de la herida. ¡Ah, mentira que danza y aprieta!

El torcedor me captura. Tuerce mi vuelo en pos del diafragma. Con plumaje cierto no me frustro. Me aplico a la escritura que significa mañana, plaza o muda.

Dictamen para las parvas y sus uñas. Tórculo como oficio de brisas rodantes. ¿El último empujón con la audacia del tropismo? Zaguero, nunca. Yunque de buena raza, sí. ¿Acaso habré xenilo en el desparpajo de la verecundia? Otros más veraniegos se encargarán de las grafías echadas, al desgaire, sobre la suavidad de la roña.

4

Quietud: divino emolumento. El emisor se difunde en formas impensadas. Material síquico para los acoplamientos de la herrumbre. Nos hieren los arpones de las ergástulas entrevistas. También hay razones para declinar y conducir las texturas férricas hacia los aplazos. ¿Dónde la panoplia echa chispas? ¿Dónde trepida con estúpido temor?

Se corrompen las historias de las ahorcaduras; se rinden a sus argumentos de fe y malevolencia. Allí, al voltear, se les añaden sus atrocidades y lo que mora no sana.

Aros en la profesión de la anarquía. Típicamente fecunda. Jardín de lastres que rezuma en lontananza. Arrancapuntas para el suicidio. Tan elemental que no requiere previa introducción. Nos arreglamos con la parte de la tempestad que nos incumbe. Nada de arribos sin dobladuras cansadas, en trance de extirpación. (Me estima una sombra).

5

Artimaña y vigencia de la artillería. Abrutado, en el término de mi ámbito sin lindes ni periferias, mirando la morada con el torcimiento del respingo. Restaño al hígado de sus alhajas y me apropio de un estilo que es fuerza, sustancia y emoción. Ondulo y crezco. (A los fluidos los aguarda su aljibe de latón y espuma).

A la torcida, con la estructura de cuneta. Envergadura en el discurso sin destinatario. Probidad de los hilos que avisan de los desastres de la fortuna. Canas sanguinarias dando saltos en la libertad de los introitos. Según: ¡acércate! Morirás en tu ley. Contra toda viruela de aguijón. Desde las excrecencias hasta fines de mes. (La salida se reconoce en llegando).

La eternidad sería y fuera una veta de estupor y los candelabros nos conducirían a extraños yacimientos, donde los símbolos estarían estrujados, a merced de las desembocaduras de los eufemismos.

Fotografías: Wilfredo Carrizales

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Wilfredo Carrizales

Escritor y sinólogo venezolano (Cagua, Aragua, 1951). Reside actualmente en Peking, China, donde estudió chino moderno y clásico, así como historia de la cultura china en la Universidad de Peking (1977-1982). De septiembre de 2001 a septiembre de 2008 fue agregado cultural de la Embajada de Venezuela en China. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de Venezuela y China, entre otros países. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003; edición bilingüe español-chino con fotografías, Editorial La Lagartija Erudita; Peking, 2006), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004), La casa que me habita (edición ilustrada; Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2004; versión en chino de Chang Shiru, Editorial de las Nacionalidades, 2006; Editorial Letralia, 2006) y Vestigios en la arena (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2007), el libro de brevedades Desde el Cinabrio (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2005), la antología digital de poesía y fotografía Intromisiones, radiogramas y telegramas (Editorial Cinosargo, 2008) y cuatro traducciones del chino al castellano, entre las que se cuenta Libro del amor, de Feng Menglong (bid & co. editor, 2008). La edición digital de su libro La casa que me habita recibió el IV Premio Nacional del Libro 2006 para la Región Centro Occidental de Venezuela en la mención “Libros con nuevos soportes” de la categoría C, “Libros, revistas, catálogos, afiches y sitios electrónicos”.

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