Allí, en la vigilia, / vive la voz de lo invisible.”

Christian Kupchik es una figura difícil de catalogar: escritor, poeta, traductor, editor, periodista cultural, filólogo, cosmopolita, erudito ingobernable; de formación “tan ecléctica como anárquica”, según sus propias palabras.

Nació en Buenos Aires y vivió en múltiples ciudades como Barcelona, Montevideo o Estocolmo. Trabajó como editor en Suecia (Bonniers Förlag); en Buenos Aires fundó Ediciones Paradiso y dirigió cuatro colecciones en Área Paidós Argentina. Actualmente co-dirige SIWA, publicación especializada en Literatura Geográfica, y el sello editorial LETEO.

Lleva escritos siete libros de poesía, el volumen de relatos Fuera de lugar, y los libros de literatura viática El camino de las damas, La ruta argentina, En busca de Cathay y Las huellas del río (Planeta 1999-2001). Publicó a su vez Todos estos años de gente – Encuentros con escritores notables (Modesto Rimba, 2017).

Ha traducido al español a Balzac, Strindberg, Ibsen, H. C. Andersen y Tomas Tranströmer, entre otros. “El ejercicio de la traducción es uno de los mayores placeres creativos que se pueden dar cuenta: siempre faltan milímetros para llegar a ninguna parte”, confiesa el autor: “Allí radica la nuez de la poesía: una palabra que rompe su caparazón para dar nacimiento a otra(s)”.

En esta entrevista conversamos sobre su último libro de poemas, Los colores de la vigilia, felizmente publicado por buenosaires poetry a fines del año pasado. En su nombre, Kupchik reflexiona sobre las vicisitudes del tiempo, ese río que “nos atraviesa en múltiples corrientes, frías y cálidas, rápidas y lentas”; y nos recuerda que el problema, en términos de Buda, es “creer que uno tiene tiempo”.

De este modo, teogonía, verdad, lenguaje, olvido, memoria, mito y poesía se articulan en un discurso magistral, en el que no falta una historia relatada por un marinero bengalí, ni la reflexión entorno a la música de las esferas, pues a fin de cuentas, declara Kupchik, “toda herejía es también una cuestión de fe”.

Uno de los ejes más definidos de este libro es el tiempo, que se presenta en movimientos variados y “define la ausencia del fin”: “Hoy es una ahora que no cuenta las horas, un presente que sólo crece ante su propia presencia. Un presente que evita la reunión en la casa del pasado. / Tiempo que no avanza: circula en círculos cerrados, se incrusta, se adiciona. Tiempo sin antes ni después.” ¿Cómo concebís esta idea?

Es cierto: es un tema recurrente y que me acompaña desde siempre. Existe un ensayo de René Spitz que era muy utilizado en psicología infantil –al menos hasta hace unas décadas – que se llamaba El primer año de vida en el niño. Allí se establecía que la vida psíquica del sujeto estaba sometida a tres “organizadores” que adecuaban su asimilación a la realidad: la respuesta sonriente, la noción del no y la adquisición del lenguaje oral. Cada uno de ellos se correspondía a una etapa determinada del crecimiento, y si no se llegaba a cumplir, el desajuste de esta coordinación de su madurez con el tiempo provocaba en el niño una angustia indefinible. En cierto momento, pensé en la emergencia de un cuarto “organizador”: el de los 30, o bien, el de “realización de posibilidades”. Esto es, cuando aquellos proyectos que imaginamos en la adolescencia o primera juventud están lejos de cumplirse o quedaron de lado, sobreviene ese mismo desajuste, esa angustia inexpresable. Un psicólogo amigo me dijo que la teoría tenía su fundamento, pero no le encontraba explicación al hecho de por qué la había imaginado, cuando yo tenía 23 años. Tampoco yo lo tenía del todo claro, salvo por la impresión de sentirme permanentemente a contramano del tiempo. Vivimos atados a la idea de un presente absoluto (y eso en Argentina es un fenómeno claro: cuando alguien afirma “hace mucho”, quiere decir media hora atrás; en cierta ocasión me respondieron que los acontecimientos del 2001 “ocurrieron hace mucho”: “hace mucho” en Europa es la Edad Media), sin entender que el tiempo es un río que nos atraviesa en múltiples corrientes, frías y cálidas, rápidas y lentas. El barroco español supo cómo trabajar el tiempo (de allí la alusión a la referencia de Quevedo: “Miente el tiempo”) en su complejidad, al igual que los orientales, quienes creen en la confluencia de diversos tiempos en la concepción de uno solo. Hay unos versos del italiano Giorgio Caproni que me resultan muy elocuentes al respecto: “He regresado allí / donde no he estado nunca. / Nada, que no fue, ha mutado”. El problema, como señalaba Buda, es “creer que uno tiene tiempo”.

También la memoria –aliada del tiempo-, e incluso el olvido, son piezas fundamentales en tu poética: “No sabemos recordar. / Es apenas un préstamo / de lo ignorado”. O: “Vivimos en el recuerdo de la amnesia”; y a su vez: “Lo que hemos olvidado / no nos olvida / tan fácilmente”. ¿De qué modo se construye la memoria? ¿Cuáles son las claves del olvido?

Aún cuando el olvido tiene mala prensa, existe una saludable dialéctica con su presunto antagonista, el recuerdo. Para los griegos, Lete es una deidad femenina que forma pareja con su opuesta Mnemosina, diosa de la memoria y madre de las musas. Según la genealogía y la teogonía, Lete procede de la estirpe de la noche. Su madre fue Éride, la Discordia, algo así como la oveja negra de esa familia. No obstante, la genealogía representa un escaso papel en la recepción de este mito, porque Leteo es ante todo el nombre de un río del infierno que otorga el olvido a las almas de los muertos. En esa imagen y en ese mundo de imágenes, el olvido se sumerge por completo en el líquido elemento. Hay un sentido profundo en el simbolismo de estas aguas mágicas: en su suave fluir se disuelven los duros contornos del recuerdo de la realidad. Los autores de la Antigüedad coinciden en que las almas beben las aguas del Leteo para, mediante el olvido, hacerse libres para renacer en un nuevo cuerpo. Gracias a Virgilio, Dante llega a saberlo todo sobre el Leteo y permite que las almas condenadas se purifiquen en sus aguas para alcanzar la posibilidad de una vida nueva. El Fausto de Goethe experimenta un vivificador “rocío de las aguas de Leteo” y, el propio autor, declara de sí mismo haber recibido “una etérea corriente del Leteo” que empapa refrescante la vida entera. Se podría seguir indagando en otros testimonios, muchos, desde Homero a Borges y de Schiller a Freud, para comprender que el arte de la memoria no puede verse plasmado sin dejar de notar el rol fundamental que cumplen también las aguas del olvido. El núcleo esencial de todo pensamiento histórico remite a la antigua pregunta postulada por Agustín en el Libro X de sus Confesiones: ¿Qué cosa es el “recuerdo de un recuerdo” sino “el recuerdo de un olvido”?

Todo parece real, lógico, funcional, armónico, / como si de tanto parecerse a la verdad / fuera de verdad verdad / y no simple reflejo, gesto ilusorio, / nostalgia”. ¿Hay verdad en la poesía?

No hay verdad en la verdad, de modo que es injusto exigirla entonces en la poesía. A menos que, de acuerdo a Cocteau, sostengamos que “la poesía es una mentira / que siempre dice la verdad”. Vamos atravesando sucesivas capas de ficción, y cada uno de estos velos reúne cualidades y encantos suficientes para asumirlos como verdaderos. Lo que cada uno hace luego con ellos, es parte de otra historia. Hay una versión posible que cierto día me obsequió un marinero bengalí y que creo puede arrojar alguna luz:

Había una vez un rey que se hallaba ensimismado y ausente por no poder comprender por qué los seres humanos no eran mejores. Le recomendaron consultar con un sabio ermitaño que parecía tener respuesta a todo y el rey accedió. Sólo por tratarse del soberano, el anciano interrumpió su pacífica vida en el bosque y los emisarios lo condujeron hasta la morada del rey.

Señor, ¿qué deseas de mí? –preguntó el sabio ante el meditabundo monarca.

He oído hablar mucho de ti –dijo el rey–. Sé que, aunque casi no hablas, no aprecias honores ni placeres, ni admites diferencia alguna entre un trozo de oro y uno de arcilla, todos te consideran un hombre sabio.

La gente dice, señor –admitió indiferente el ermitaño.

Es precisamente acerca de la gente que desearía hacerte una pregunta –dijo el monarca–. ¿Existe algún modo de conseguir que la gente sea mejor?

Puedo decirte, señor –contestó el ermitaño–, que las leyes por sí mismas no son suficientes. Sólo quienes estén dispuestos a cultivar ciertas actitudes y practicar con disciplina ciertos métodos podrán alcanzar la clara comprensión que les permitirá acceder a la verdad. Una clase de verdad superior que, desde luego, poco tiene que ver con la verdad ordinaria.

El rey permaneció unos momentos en silencio, pensativo. Al cabo de un rato, reaccionó para replicar:

Como bien sabrás, yo, al menos, cuento con los medios para lograr que la gente diga la verdad, si así lo requiero. Tengo el poder de conseguir que sean sinceros.

El ermitaño guardó un noble silencio. Luego, se limitó a esbozar una leve sonrisa.

El rey lo observaba sin alcanzar a comprender el significado de su silencio.

Finalmente, pergeñó un plan para probar que tenía la potestad de lograr que las personas dijeran la verdad. Dispuso que se instalara un patíbulo por el puente que se accedía al reino y ordenó al jefe de uno de los escuadrones de servicio que detuviera el paso a todo aquel que deseara atravesar el puente.

En todo el territorio se difundió un bando que decía: “Será condición para ingresar en la capital del reino que cualquier persona que desee hacerlo sea previamente interrogada. Sólo aquellos que respondan con la verdad podrán entrar. Quienes mientan, serán conducidos al patíbulo y ahorcados”.

Los mensajeros llevaron la noticia hasta los lugares más alejados del reino, para que nadie pudiera argumentar que desconocía la voluntad de la ley. Llegaron, incluso, hasta el lejano paraje del bosque donde habitaba el sabio anciano.

Amanecía. El ermitaño, que había reflexionado largamente durante la noche, se puso en marcha a la ciudad. A sus espaldas quedaba el amado bosque. Avanzó lentamente por un sendero y tomó la dirección que lo llevaría al puente. Como era de esperar, al intentar cruzarlo el capitán del escuadrón lo interceptó y le preguntó:

¿Adónde vas?

Voy camino de la horca –respondió imperturbable el ermitaño.

El capitán lo desafió:

No lo creo.

Pues bien, capitán, si he mentido, entonces ahórcame.

La confusión invadió el semblante del capitán. Sus pensamientos pronto se hicieron audibles:

Si para cumplir las órdenes que nos han dado, te ahorcamos por haber mentido –reflexionó el capitán–, habremos convertido en verdadero lo que has dicho. Entonces, no te habríamos ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.

En efecto, así es –concluyó el ermitaño-. Ahora que eres capaz de comprender para ti que la verdad no es más que tu verdad, puedes explicárselo al rey.

Eso es todo. Posiblemente la historia no fuera cierta. Lo que prueba la verosimilitud de la poesía.

El cómplice de la ilusión” se presenta casi como un ars poética: “Ahora está. / Ahora no está. / Bien mirado, sacar conejos de la galera / no revela la arbitraria virtud de un arte. / Apenas, sí, el delicado equilibrio / que se esconde entre cálculo y caos. / Es preciso tomar en cuenta también / la obligada complicidad del conejo, / quien jamás confesará cuáles son / los límites del limbo / dónde está / cuando no está”. ¿Podrías definir de algún otro modo este arte?

Muy cierto: es una suerte de ars poética. Y creo que hasta allí llego. No sé si puedo definir de otro modo este arte. En todo caso, debería esperar que el conejo repita su truco y me sople la respuesta.

¿Cuáles son los límites del lenguaje? ¿Cuáles los del silencio? “… Silentes son los / satélites / que giran en la órbita que satura el lenguaje”.

Más que interesante cuestión, y a la vez compleja. Me interesa mucho lo que plantea Jabès en su Libro de las Preguntas: ¿Qué es lo que no decimos del todo en lo que decimos? ¿Lo que intentamos callar? ¿Lo que no podemos o no queremos decir? O bien, precisamente, lo que queremos decir. Todo lo que decimos se disimula, diciéndolo de otro modo. Creo que, como nunca, a la poesía le corresponde rescatar esos intersticios de un lenguaje que hoy se ve precarizado, cada vez más carente de sustancia, reducido a zócalos catódicos, digitales. El lenguaje atrapado en las diminutas geografías de una pantalla ilusoria. Wittgenstein ya lo había previsto hace cien años en las húmedas trincheras de Flandes. No hay más que hablar…

Otra de las figuras fundamentales de tu poética es el Cielo, la música de las esferas: “La ciencia no logra ver a través de las ventanas que se abren a la luz de lo no ocurrido”. O: “Hay quienes entienden el cielo que los cobija como única patria.” ¿Qué podés decirnos sobre el misterio de esa bóveda estrellada y su reflejo en la Tierra?

En Suecia me interioricé respecto a la obra del visionario Emmanuel Swedenborg, quien tuvo un gran influjo en diversos autores, desde William Blake a Borges, pasando por Henry James y Conan Doyle. Escribí y traduje un libro sobre él, La arquitectura del cielo, y tanto el personaje como su obra tenían aristas fascinantes. Swedenborg fue una de las mentes más brillantes del siglo XVIII, que respondía a la tradición racionalista más ortodoxa. Naturalista y científico, entre sus muchos proyectos llegó a imaginar algo que se parecía a un helicóptero. No obstante, superado el medio siglo de vida, en abril de 1745 fue protagonista de una experiencia singular: en una taberna de Londres, mientras cenaba solo, notó que la habitación se oscurecía de manera repentina. Entonces tuvo una visión y un aparecido le dirigió la palabra. Cuando la habitación volvió a iluminarse Swedenborg regresó a su departamento, profundamente conmovido. Durante esa misma noche volvió a tener la misma visión. Un espíritu le entregó las llaves del Cielo para que pudiera visitarlo cuantas veces quisiera para constatar cómo eran las cosas en verdad al otro lado de la bóveda. Y debía dejar registro escrito de cuanto encontrara. De allí y hasta su muerte, veintisiete años más tarde, Swedenborg ocupó casi todo su tiempo en agregar escritos teológicos a la ya voluminosa bibliografía de sus obras filosóficas y científicas, influyendo incluso en personajes como Kant. Lo increíble de esa guía turística celestial, es que el Cielo no se propone como un territorio de redención sino como un espacio que parece ser el reflejo bizarro de lo que ocurre en la Tierra. Recuerdo que en una ocasión los ángeles lo conducen hasta un individuo singular a quien no sabían cómo tratar: era un hombre santo, ejemplar, que en vida fue un eremita que se consagró al silencio como voto para ganar el Cielo. Pero una vez conquistado, advirtieron que no sabían qué hacer con él: ya no tenía sentido que volviese a repetir su penitencia de santidad, porque sería una redundancia, pero a la vez tampoco sabía disfrutar de los beneficios de la virtud. El Cielo como reflejo imperfecto de la vida terrenal me resultó siempre muy sugerente. En nombre de un improbable dominio de salvación futura nos condenamos a un penoso presente. Y el Cielo no tiene más recompensa que lo cultivado a nuestro paso.

David Byrne tiene un tema que habla sobre la secreta ambición de llegar a un bar llamado El Cielo. Y en un momento dice: “La banda estable de El Cielo /Toca siempre mi canción, /La canción que más quiero /La tocan hasta que amanece. /Así es El Cielo, un lugar /Donde nunca pasa nada. /Ese es El Cielo, un lugar /Donde nunca pasa nada.”

En “Los Cuatro Enanos”, el poema hace referencia a la mitología nórdica y afirma: “El mito se mide en la intensidad de su reflejo”. Y también otras mitologías tienen lugar en tu poética. ¿Cómo se conjugan mito y poesía?

Mito y poesía conforman un matrimonio simbiótico, inexplicable el uno sin el otro. De allí que muchos sistemas mitológicos (ya sean nórdicos, griegos, celtas o latinoamericanos) puedan ser inferidos a la vez por su proteica capacidad poética. La Illiada, el Beowulf, el Popol Vuh o el Kalevala finlandés, constituyen concepciones míticas que han dejado profundas huellas en sus respectivos imaginarios así como en la producción poética de sus herederos. En Plenitud del Mito (como en Presencia del Secreto), Francisco Gandolfo da una elocuente muestra de la potencia del binomio mito/poesía. A veces resulta mucho más efectivo apelar a una figura mítica que a una fotografía de la realidad para expresar una inquietud. Creo que eso explica la vigencia de ciertos relatos, más allá de la belleza formal que transmiten. De allí que el mito se mide en la intensidad de su reflejo.

La última estrofa del preludio de este poemario reza: “Cuando nos sentábamos a la mesa / en casa del abuelo, / siempre había una silla vacía / en caso de que Dios pasase por allí”. ¿Pasó Dios alguna vez? Vale decir, ¿sos, en algún sentido, un ser religioso?

Si pasó alguna vez, realmente no me enteré. No obstante, por las dudas continúo dejando una silla vacía. No, no creo ser un hombre religioso en el sentido formal del término. No tuve una estricta educación en ese sentido y en general desarrollé una suerte de fobia hacia los dogmas de cualquier signo. Lo que sí rescato es el cultivo de cierta mística, vocablo griego que se relaciona con el misterio. Esa dimensión, a la que veo atada al sentido mismo de la poesía, me parece tan necesaria como inmanente. En definitiva, toda herejía es también una cuestión de fe.

Entre otros oficios, cultivás el de la traducción, y trabajás con múltiples lenguas. Contanos sobre tus reflexiones acerca de labor tan compleja. Por otra parte, en este libro –por ejemplo- el latín ocupa un lugar importante, ¿qué tipo de diálogo establece tu poética con otras lenguas?

Desde la primera vez, el encuentro con otras lenguas me produjo una seducción inmediata. Hay palabras, sonidos, dicciones, que aparecen como luciérnagas errantes en el infinito y aún quizás sin lograr alcanzar el significado exacto, extasían un sentido. Son sinuosas, astutas, tramposas, y sin embargo encantadoras. Hace unos años intenté con el japonés, aunque me doblegó, pero sólo la grafía de sus caracteres –ya sea hiragana o katakana– me sumía en un embeleso único. El ejercicio de la traducción es uno de los mayores placeres creativos que se pueden dar cuenta: siempre faltan milímetros para llegar a ninguna parte. Nada me es más seguro que lo incierto. Y aún así, ganar una costa, alcanzar el otro lado de una lengua, representa una alentadora satisfacción. Es concluir una travesía, equivalente a la de esos navíos extraviados que descubren continentes y le dan nombres equivocados que se recordarán por siempre. Allí radica la nuez de la poesía: una palabra que rompe su caparazón para dar nacimiento a otra(s). Los reflejos etimológicos siempre responden con imágenes que están más allá de lo evidente. En islandés, “ventana” originalmente respondía al vocablo ögonvind, que en sentido literal significa “los ojos del viento” (y de allí, el windows inglés). Aún cuando no se opere sobre el significante, afirmar “estoy mirando por los ojos del viento”, abre un mundo de posibilidades. De niño, recuerdo armar vocablos que no tenían relato alguno para mi entendimiento y procuraba darles un significado en alguna lengua desconocida. Jamás pude comprobar su efecto, pero aprendí a escuchar con más detenimiento las palabras de los pequeños, de los extraños, del silencio…

Este libro traza múltiples y variadas referencias que configuran un lector: de Parménides a Horacio, Ovidio, Marco Aurelio; de Claudio Tolomeo a Diógenes Laercio, San Agustín; Shikibu; Quevedo; Celan; Agamben; Foucault… Y son sólo un puñado. ¿Cómo se construye el mapa de tus lecturas?

Bueno, aquí debo una necesaria explicación (y agradezco la mención al mapa, pero en verdad soy como un cartógrafo ciego). Crecí en un hogar sin una cultura libresca, por lo que mis descubrimientos fueron azarosos. Al igual que muchos otros niños, me nutría de lo que tenía a mano: Verne y las revistas mexicanas de la colección Novaro (en particular la Legión de Superhéroes), algunas adaptaciones infantiles de mitología griega o el Quijote, sorprendentemente el Gargantúa y Pantagruel de Rabelais. H. G. Wells fue una entrada importante, en tanto su obra respondía a dos obsesiones personales: ser invisible y viajar por el tiempo. Todo ello contribuyó a una formación tan ecléctica como anárquica. En la adolescencia mezclaba autores de ciencia ficción (Matheson, Dick, Ballard) con la poesía que iba cruzando en el camino –fundamentalmente del riñón surrealista– y Freud entendido como autor de novelas de terror. Esto, hasta que logré sistematizar un poco más mis elecciones, dejó una huella que perdura: la de una curiosidad voraz que me lanza sobre los objetos más inesperados. Y entonces sobreviene el placer de la sorpresa, que por lo general nunca se detiene ante el gesto ni el gusto programático. No me guío por ningún canon. Mi tren estético puede demorarse en las estaciones más inesperadas. Esa voluntad –si querés, esa deriva sin norte ni sur– presumo que me seguirá acompañando por otros mares de la aventura lectora. Y a estas alturas, la acepto como una dulce condena.

Sobre El Autor

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Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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