日々旅にして旅を栖とす。
(松尾芭蕉)

Cada día viajo y hago del viaje mi hogar”.
–Matsuo Bashō

Me habían dicho que me contactara con Hideki, al que todos llaman ‘el sensei’. Yo creía que tenía todo listo para ir a conocer la ciudad de Nikkō; les había preguntado a varias personas y también había chequeado diversas páginas de Internet; incluso había conseguido un folleto turístico de la prefectura de Tochigi que aún no había podido leer. Sabía acerca de los alrededores: la catarata Kegon, el puente Shinkyo, el monte Nantai. Sabía que en realidad el atractivo principal era el templo Rinnoji y los santuarios Futarasan y Toshogu, donde está la tumba de Ieyasu Tokugawa, primer shogun del período Edo. Sabía que estaba por adentrarme en un área mágica y ancestral, repleta de construcciones con relieves en formas de dragones y de gatos y, el más famoso, uno con tres monos, cada uno de los cuales se cubre su boca, sus orejas y sus ojos respectivamente. Un lugar suspendido en la neblina y atravesado por infinitos caminos de lámparas.

Cada uno de estos elementos tiene una historia. Una de las lámparas, por ejemplo, es conocida como 化灯籠 (bakedoro), la lámpara fantasma. Su fama reside en que, dado su particular diseño y las propiedades de sus materiales, esta lámpara genera más sombras de las normales de todo aquello que esté alrededor. Los samuráis de los siglos anteriores creían que por esto invocaba fantasmas y espíritus, por lo cual atacaban las sombras sin dar con esas ilusorias amenazas. Es por esto que pueden verse en el enrejado las marcas de sus espadas, producto de la paranoia o del mal-flash. Tal fue el temor que infundió en la población, que aún hoy se enciende sólo una vez al año, del 13 al 17 de abril, durante el festival Yayoi, cuando el lugar está lleno de gente que podría ayudar en caso de un ataque espectral.

¿Y a vos te importan esas estupideces?”, me preguntó Hideki cuando le dije que ése era mi próximo destino, cuando le confesé que quería hacer el recorrido que había hecho Matsuo Bashō por todo Japón. Me lo quedé mirando una fracción de segundo. Después bajé la vista. Me sentí un turista listo para que lo estafen; sentí que tenía enfrente a un profundo conocedor que se quejaba de las mismas cosas que se había quejado Rodó ante las imitaciones que hizo Darío de Loti: la novedad de lo aparente, la frivolidad, las puerilidades ligeras y graciosas. “Supongo”, le dije, quedando como un boludo. Se rió y me dijo que todo eso es interesante sólo en la superficie. “¿Y entonces qué es lo mejor de Tochigi?”, le pregunté. Me pidió que lo esperara. Se levantó del futón, fue hasta una pequeña biblioteca, agarró un libro y lo abrió por el medio. Me mostró la imagen que cubría la página entera.

Tochigi es la tierra de la marihuana japonesa”, dijo, mostrándome otras fotos del libro: plantaciones de cáñamo, grabados de ukiyo-e con chalas, pipas laqueadas de todas las formas y colores. Después agregó: “hay otros centros productores, como Nagano y Okinawa, pero en ningún lado se cultiva una tan potente como allí”. Y continuó como si estuviese dando una conferencia: el material que se produce a partir de la planta de marihuana (cotidianamente conocido como hemp, aclaró) se usó para infinidad de objetos propios del archipiélago desde el período Jōmon, mil años antes de Cristo. Más adelante se usó para la manufactura de ropas y canastas, para la creación de pergaminos en el período Heian, para el atado de monedas en los años de los señores feudales, para la práctica del dohyō-iri en que un luchador de sumo limpia el área de combate llevando puesta una soga de cáñamo, para los gorros de los soldados de la Segunda Guerra, dada su resistencia. También, que el cannabis ha sido desde siempre un símbolo de pureza en la religión autóctona de Japón, el sintoísmo, usándose para rituales y ropas de ceremonia.

Sin embargo, en 1948 se prohibió la producción durante la Ocupación de Estados Unidos”. Al parecer, el general Douglas MacArthur creía que la marihuana estaba estrechamente relacionada con el comunismo, cosa intolerable para la posguerra. También, relacionada con los músicos negros que habían destruido el verdadero jazz norteamericano. Siguió los designios de su homeland y decretó la prohibición en territorio japonés. “Yukio Funai, quien escribió este libro, dice que se debió a cuestiones militares; que fue una forma de reducir el poderío militar japonés que hasta entonces había dominado una industria muy fructífera y potente”. Lo cierto es que dicha prohibición se mantuvo inalterada hasta el día de hoy. Incluso hubo una reticencia por flexibilizar (esto es, actualizar) las penas; siquiera considerar el uso de la marihuana medicinal, remató Hideki. De nuevo me lo quedé mirando en absoluto silencio. Sentí que Latinoamérica y Asia, por lo menos Japón, compartían en este asunto una historia de hipócritas imposiciones yankees.

El punto es que Tochigi se convirtió en epicentro de una resistencia contracultural, reivindicando la larga tradición de uso de cannabis que hubo en el país. “Así que ya ves, lo de la lámpara no tiene nada que ver ni con el diseño ni con los materiales; seguramente los samuráis, siguiendo costumbres propias de nuestras más antiguas tradiciones, estaban recontra fumados y se la pasaban dándole espadazos a un palo de metal”. Se me vino a la mente la imagen de un rastafario samurái. Esto también significaba que uno de los centros más importante de la llamada «cultura japonesa» era antes que nada un edén de la marihuana. “¿Viste la película La Playa?”, “claro, soy un nostálgico de fin de milenio”, “bueno, algo así, pero con paisajes japoneses”. ¿Cuántas otras culturas podían explicarse a partir de sus usos de plantas sagradas y psicotrópicas? Recordé que Albert Hofmann y Robert Wasson propusieron algo parecido respecto a la cultura griega al analizar la pócima que se consumía durante el ritual a la diosa Démeter; concluyeron que esa mezcla de trigo y cebada gestaba el hongo claviceps purpurea, de donde puede derivarse un precursor del LSD.

Es lo último que me queda de aquella vez…”, dijo Hideki, abriendo una cajita con el motivo de una geisha fumando. Mientras cargaba una pipa, me preguntó si no había pensado en las conexiones de la marihuana con los poetas como Bashō, que “en realidad eran los hippies de otras épocas”, dijo. Y siguió: una contracultura en contra de la aristocracia imperial primero y de la élite militar después. “Fue por eso que tuvieron el impacto que tuvieron entre los beatniks”. ¿Poetas de haiku como percusores de hippies fumones? Era cierto que los beatniks habían usado a Bashō y a sus discípulos como modelos. No sólo en la cuestión del peregrinaje, del escape y de las líneas de fuga, sino que también tomaron al budismo zen como la base de su proyecto filosófico. “Exactamente”, concluyó Hideki acercando el fuego a su rostro.

Quizás un poeta ejemplar de estas raras conexiones fue Dom Sylvester Houédard, un monje benedictino de la abadía de Prinknash, quien tradujo la Biblia mientras que se carteaba con Ginsberg, Burroughs y demás. Como los beatniks (o, más bien, como San Juan o como Sor Juana), este poeta buscaba alguna forma de revelación mística, la cual encontró en el catolicismo, pero también en el haiku. A diferencia de los beatniks, sin embargo, Houédard optaba por la poesía visual, por la llamada ‘poesía concreta’ y, sobre todo, por los caligramas; de hecho, escribió varios textos de crítica literaria, cada uno de ellos con una caligrafía distinta. También tradujo de la siguiente manera aquel famoso haiku de Bashō sobre una rana:

frog
pond
plop

El original (古池や蛙飛びこむ水の音 Furu ike ya kawazu tobikomu mizu no oto, que literalmente puede traducirse como: “Viejo estanque / una rana salta / sonido de agua”) fue versionado cientos de veces con mayores y menores agregados: “The old pond / a frog leaps in, / and a splash” (Makoto Ueda); “Un vieil étang / une grenouille plonge / le bruit de l’eau” (Joan Titus-Carmel); “Un viejo estanque / salta una rana, ¡zas! / chapaleteo” (Paz & Hayashiya). Pero tengo la impresión que a Bashō le habría agradado la versión (aún más) minimalista de Houédard. O por lo menos, divertido. Quizás le habría confirmado que las coincidencias existen en este mundo, en este universo. Después de todo, un contemporáneo suyo había tenido una revelación similar. Bashō observó una rana caer dentro de un estanque y, ¡splash!, una iluminación mística. Mientras, en Inglaterra, una manzana caía en la cabeza de Newton y, ¡wow!, una iluminación racional.

Hideki extendió su mano y me pasó lo que desde ese momento en adelante empecé a concebir como elemento primordial y hasta necesario de la «cultura japonesa»; si es que esta última existe, si es necesario hacer una salvedad dentro del marco de lo nacional. Esta vez, se estiró desde el futón sin levantarse y movió los dedos por el pad de su computadora. Arriba, abajo y, con el golpecito que haría una rana al saltar, puso un tema de una lista de reproducción. “Éstos hacen una mezcla de folk, ska y reggae; todo en la lengua ainu de esa etnia de Hokkaidō”. Miré de costado y alcancé a ver el nombre de la banda: «Oki Dub Ainu». Hideki me contó sobre otras parecidas: sobre el rapero Oni y su banda Still Ichimiya, sobre la cantante Likkle Mai, sobre los Cicala Mvta, quienes hicieron un cover de ‘El derecho de vivir en paz’ de Víctor Jara. Fue un breve y flashero recorrido por la música fumona del Japón actual.

Que va, que viene; ya en un momento no podía enfocar bien la vista. Hideki siguió contándome de los árboles que rodean al santuario de Nikkō. “En ese bosque tuve el mejor… el más fuerte flash de toda mi vida”. Me contó que había estado fumado tanto del porro de Toshigi que no sabía ni dónde estaba. Que en un momento se dejó llevar por la música en sus auriculares y empezó a caminar sin rumbo entre los árboles, por un arroyo y entre unas cataratas; dos, tres, no sabe cuántas horas; que llegó así a un claro en donde se topó con una cabaña a través de cuyas ventanas creyó ver cuerpos desnudos y en las más extrañas posiciones sexuales; que siguió de largo hasta que, sin darse cuenta, terminó en medio de una aldea al mejor estilo western estadounidense, con caballos y barriles y el típico cartel de «Saloon»; que finalmente sintió que lo estaban persiguiendo y tuvo que correr y recién entonces se percató que detrás suyo había unos ninjas con espadas. “ほんとだ!”, agregó. Que escapó de todo eso como de una pesadilla y que no sabe cómo, pero que llegó a una estación, donde se subió a un tren y se durmió todo el regreso. “Te repito… la gansha más fuerte de todo Japón”. Su historia me pareció tan delirante que no dudé en ningún momento que fuera verdad.

Nos saludamos y dijo: “pasala bien en Nikkō; el mayo que viene vamos juntos a la marcha por la legalización”. Me fui. En el tren de vuelta revisé mi mochila y estaba lo de siempre: el paraguas plegable, esa novela de Pynchon que no puedo terminar, las tarjetas de kanjis que a esta altura creo me van a acompañar toda la vida cual estampitas de santos. Bien al fondo di con la guía turística. La abrí. Ahí encontré, entre otras cosas, datos sobre: el Museo del Sexo Kinugawa, el parque temático al estilo Far Western estadounidense, la antigua aldea Edo donde todavía se hacen espectáculos ninja… Incluso todo sobre un ‘Museo de la Marihuana’. «Tochigi, la región más increíble de Japón», sentenciaba el folleto. Recordé las pirámides de Chichén Itzá, plagadas de vendedores ambulantes; la catedral de Notre-Dame, en donde se venden souvenires durante las misas; la sección de la Gran Muralla China donde instalaron un tobogán para que bajaran los visitantes. Me quedé mirando al frente, expectante de llegar a casa. Cuando salí de la estación de Koenji, el viento hizo volar un boleto de la mano de una mujer hasta dentro de una alcantarilla. Fue un instante revelador, un flash: se me ocurrieron las palabras que acabo de escribir en este texto.

Bibliografía

船井幸雄 [Funai Yukio]『悪法! ! 「大麻取締法」の真実』[¡Maldita ley! La verdad sobre la prohibición de la marihuana en Japón] Tokio: Business-sha, 2012.

Mitchell, Jon. “Cannabis: The Fabric of Japan”. En: The Japan Times. Accesado 21/11/2016.

長吉 秀夫 [Nagayoshi Hideo]『大麻入門』[Introducción a la marihuana] Tokio: Gentosha, 2009.

中丸 薫 & 中山康直 [Nakamaru Kaoru & Nakayama Sunao]『うれしうれしで超えよう 2012年の銀河パーティ』 [Atravesar sonriendo la fiesta cósmica del 2012], Tokio: Tokuma Shoten Publishing, 2009.

 

Publicado originalmente en The Buenos Aires Review: http: //www.buenosairesreview.org/es/?s=nikko&lang=en&lang=es

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Mat Chiappe

Matías Chiappe Ippolito tiene 33 años, es traductor e investigador, licenciado y profesor en letras por la UBA, máster en Estudios de Asia y África por El Colegio de México y candidato a doctorado por la Universidad de Waseda. Actualmente vive en Tokio y lleva adelante el blog: https://lalineadechape.wordpress.com/

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