Tejer la memoria, de alguna manera implica aumentar la capacidad que tenemos los humanos de ser tejedores de destinos. La autora de la trilogía es una excelente tejedora que no desafía, abiertamente, a los dioses del Olimpo y, por esta razón, nadie la convertirá en araña. No correrá la triste suerte del mito de Aracné – la joven castigada que quedó reducida a la mínima expresión de lo que antes era -.

En esta novela, al igual que en La casa de los conejos y El azul de las abejas, Laura Alcoba nos sigue contando esta historia repartida, que cruza su propia infancia y el inicio de su adolescencia, con el padecimiento que representa el hecho de tener que sobrellevar la carga y la marca de aquella dictadura que canceló las libertades de todos los que no mató.

Cárcel o muerte; exilio y desarraigo. Gente refugiada en un país anfitrión, en este caso, en Francia; aquel mismo país que supo evidenciar su solidaridad para con los exiliados argentinos, mientras que los uniformados franceses adiestraban aquí mismo, en Buenos Aires, a los represores en la escuela de asesoramiento sobre el uso sistemático de la tortura como método para obtener información, todo en el marco del plan de desaparición de personas que incluía los vuelos de la muerte. Por ello cobra importancia compartir el recuerdo de Laura que la ubica junto a su madre festejando aquel triunfo electoral de Mitterrand – el 10 de mayo de 1981- oportunidad en que el presidente electo al celebrar la victoria, reconoce que no es sólo suya, al decir que es también “la victoria de esas mujeres, de esos hombres, humildes militantes colmados de ideales, que en cada comuna de Francia, en cada ciudad, en cada aldea, han esperado toda la vida el día en que su país vendría por fin a su encuentro…En este instante mi pensamiento está con los míos hoy desaparecidos, de quienes heredé el simple amor por mi patria y mi inquebrantable voluntad de servirla…Centenas de millones de hombres sobre la tierra sabrán esta noche que Francia está dispuesta a hablarles en el idioma que han aprendido a amar de ella”. Todo parecía anunciar que Francia cambiaba de rumbo en virtud de un nuevo gobierno, confiado al partido socialista..

Una niña que volvió a encontrarse con su madre en territorio extraño. Una niña lejos de su padre. Un preso político que le agradece a la vida el no haberse convertido en un desaparecido más.

Una distancia que apenas puede acortarse por escrito; cartas que se cruzan entre seres queridos.

Y cartas en manos de esa mujer que las mezcla para así comenzar la cotidiana sesión de solitarios.

Como síntesis, la canción de John Lennon que habla de esa vida que nos gusta aunque sea extraña. Del tiempo que pasa volando y nos hace cambiar. Crecer, dice. Pero podemos intentar volar, no hay motivo para no intentarlo.

La idea de un volver a empezar sin perder la memoria, es la idea de no ir muriendo, de a poco, antes de tiempo.

 

Quisiera iniciar esta entrevista poniendo el foco en el título de la novela y preguntarte si el mismo estuvo firme desde un principio en función de los anteriores que se reúnen en la trilogía. ¿La estructura, el orden de los capítulos, responde a un criterio preconcebido?

Preconcebido de antemano, no, pero es algo que voy tejiendo. Cada vez surge de manera diferente. Cuando volví a leer la correspondencia de mi padre -que es el antes de la escritura de este libro, como lo fue de El Azul de las Abejas-, el cuento de La Danza de la Araña sabía que iba a ser el centro del libro y que iba a dar el título, porque es un ciclo de cartas entorno a esa anécdota de ese cuento que está efectivamente en una de las cartas de mi padre, se me juntaban muchas cosas ahí, una serie de evocaciones simbólicas, que eran lo que yo veía como corazón de este libro. Sabía que todo lo iba a ir tejiendo a partir de la araña y de la danza de la araña en la jaula.

¿Cómo surgen las cosas? Es ir haciendo cada vez, pero sabía que ese era el nudo y a dónde quería llegar.

Te pregunto por la voz narrativa en relación con la mirada de aquella niña que, como tal, vería todo con aquellos ojos que, obviamente, ya no son los mismos. Ahora, por tratarse de experiencias reales, imagino que apelar a la memoria es el único camino; por ello pregunto ¿cómo capturar lo sensorial, cómo recuperar el recuerdo de las sensaciones, incluso físicas?

Hay un trabajo sobre la memoria y al mismo tiempo una selección, un trabajo sobre recuerdos que solo conservo cuando vienen a significar otra cosa fuera de ellos mismos y dentro de lo que va a significar el relato. Hay una especie de collage, de colección, de entramado que hago a partir de eso. Pero es verdad que todo el tema sensorial es algo muy importante en estos tres libros, tanto en La Casa de los Conejos como en El Azul de las Abejas y en La Danza de la Araña, de maneras diferentes. Hubo siempre una toma de contacto físico con los lugares. Se trata de tres libros que si bien no había pensado escribir una trilogía, La Danza de la Araña resuena mucho con La Casa de los Conejos.

Para escribir La Casa de los Conejos volví a la casa en que transcurre. Fue para mí muy importante esa toma de contacto físico con el lugar, y aquí para La Danza de la Araña el contacto físico con el paisaje fue algo muy importante. Las sensaciones de la memoria reactivadas por el retorno físico fueron una etapa fundamental antes de escribir. Hice dos cosas. Volver a leer la correspondencia de mi padre y volver a todos esos lugares, volver a tocar, volver a mirar.

Y de ahí, la voz infantil como una frecuencia de radio con la que trato de conectarme y pasa mucho por lo físico. Después está la dimensión física y la presencia física de las cartas. Volver a leerlas, volver a verlas, volver a tocarlas y creo que las sensaciones que están presentes surgen, también, de todo ese trabajo previo.

El Parque del castillo del estanque; el sendero de la Fosse-Aaux-Fraises… pero, en verdad, no hay castillo ni estanque, ni fosos ni fresas. Posiblemente se trate de expresiones que han quedado, en pié, en calidad de rescate del pasado. De ser así, ¿cómo definir el valor cultural de lo inapreciable, de lo invisible, intangible e inaudible, cuando no encontramos registro de ello?

Hay toda una serie de ausencias en el libro. Por supuesto, en el centro está la ausencia / presencia del padre, y al mismo tiempo hay como una serie de ecos en el paisaje. Otros elementos parecen funcionar del mismo modo. Y ese territorio de las afueras de París que conserva en los nombres de los lugares la huella de un pasado que ya no está, de un pasado esencialmente rural, la Fosse-Aaux-Fraises, toda esa región de las afueras de París era una región donde se cultiva fresas, duraznos, era como la granja de París hasta principios del siglo XX y hoy es un lugar sumamente mal urbanizado, sucio, bastante destartalado. Pero los nombres conservan ese pasado. Hay como una simpatía entre la narradora y ese paisaje que habla de algo que ya no está, y entra en eco con un pasado que sigue presente para ella y que ya no está. Hay una serie de ausencias y de huellas a diferentes niveles. Ella ve y se siente en convivencia con un paisaje que supo conservar el eco de lo que ya no está. Hay un juego entre esas ausencias y todo lo que puede remitir a Argentina a otras formas de desapariciones diversas y también, por supuesto, la ausencia de la figura paterna.

Hablanos, por favor, de tus primeras impresiones -tanto buenas como malas- en el exilio; contanos si sentiste nostalgia a tan corta edad. A tantos años vista, ¿qué balance harías de todo aquello; qué ganaste y cuánto perdiste en medio de esta historia familiar?

Es una pregunta difícil de contestar. Lo seguro es que me construí entorno a la distancia y a la ausencia y a la presencia de lo ausente. Creo que eso es algo que está en el centro de El Azul de las Abejas como de La Danza de la Araña. Finalmente el padre que está en la cárcel está más presente que otras figuras físicamente presentes. Es una construcción, a pesar de todo eso, que incluso, para volver a la pregunta anterior, en el paisaje contemporáneo presente haya una mirada desde el exilio. La experiencia del exilio determina y deja una huella para siempre. El exilio termina, creo, no obstante, en el relato en el que evoco a la vez ese camino entre la Argentina de la dictadura, El Azul de las Abejas que es la salida del silencio y la entrada de otro idioma, y luego La Danza de la Araña que se conecta muy profundamente con La Casa de los Conejos, la liberación del exilio se cierra con la liberación del padre, que quería situar y poner en un libro.

En cierto momento fue muy extraña la manera en que escribí La Danza de la Araña. Estaba escribiendo otro libro y tuve la sensación muy fuerte, como una especie de urgencia, de necesidad, de volver a conectarme con esa frecuencia infantil que ya había surgido en La Casa de los Conejos y El Azul de las Abejas. Tenía la sensación de que había empezado a contar algo que no había terminado y que tenía que terminarlo. Que había dejado algo inconcluso. Y era salir por fin del exilio gracias a la figura de la liberación en el sentido fuerte, no solo la liberación de la cárcel. Hay una serie de figuras de liberación, pienso también de la liberación emocional en La Danza de la Araña, un llanto, un grito que creo que arranca en La Casa de los Conejos y que se desata ahí.

Las, y los, adolescentes que dan la cara en la novela: Clara, Line, Fatou, Sagar, Manu, Samir… ¿fueron un flash en tu vida o seguiste en contacto con alguien de aquella etapa de estudiante?

Son todos trasuntos de figuras reales. El personaje de Clara corresponde a una persona con quien mantengo una relación de amistad. Los otros no. Todas esas figuras están porque vienen a decir algo más. Hay capítulos que se pueden leer como anécdotas pero que están incrustados de manera muy precisa. Pienso en el personaje de Line, toda la escena con los zapatos del padre que no está y que vienen a decir otra cosa que los zapatos. Trabajé a partir de una serie de recuerdos pero siempre tratando de rescatar lo que iba en una trama que ya era de otro tipo. El recuerdo lo utilizo y lo incrusto, hay un collage en el que espero que los diferentes elementos entren en relación unos con otros y se armen una serie de ecos que vienen a expresar algo. No me interesa tanto la realidad de esas personas, sino cómo vengo a utilizarlos en la historia, donde todo lo aparentemente anecdótico no lo trato como anecdótico, está porque viene a decir otra cosa.

¿Qué fue de Amalia?

Amalia murió diez años después más o menos. No es un nombre auténtico. Corresponde a una persona real, su enfermedad también lo fue. Amalia, ese personaje era muy importante para mí en la novela porque está como totalmente conectada con el pasado argentino. Es la que viene a contar, a repetir, a volver a decir una serie de historias. Y particularmente la historia de Mariana y del suicidio, o del sacrificio, no sé cómo se puede leer. Para mí es un cuento muy importante por el papel que viene a jugar en el libro y en la trilogía, y en mi escritura, en lo que vengo construyendo desde hace mucho tiempo. Es un cuento más, o una variación más, sobre el tema de la supervivencia y de la locura vincula a la supervivencia. El personaje de Paco, del que habla una y otra vez Amalia, que pasa por la vereda de enfrente, llega tarde a una reunión y se salva porque Mariana, que lo ve en el momento en que entra al departamento en que tiene lugar una reunión, una patota, salta de la ventana y de ese modo ella escapa a la tortura, al secuestro, a otra forma de muerte y al mismo tiempo lo salva. Ese cuento que ella cuenta una y otra vez, y que la narradora le reclama como un niño le reclamaría una y otra vez que le cuenten Caperucita Roja, ella reclama ese cuento. Es como la cristalización de una serie de obsesiones mías. Y de hecho es una forma de variación en torno a un episodio que aparece en Los Pasajeros de Anna C., también de un cuerpo eyectado por la ventana y una persona que se vuelve loca al ver la muerte a la que él mismo ha escapado y, en ese caso, trata de la muerte de su hermano. ¿Por qué te digo esto? El personaje de Amalia, en ese contar y volver a la muerte de los demás, evocando todo eso, cerca de las fresas que no están, todo eso que no está pero está, en ese movimiento su cuerpo se empieza a desmoronar, empieza a caer ella una y otra vez, a caer hasta que muere después. Es una lenta caída que es como el eco en su propio cuerpo de todo aquello.

Hablanos de tu vocación, de tus primeras lecturas, de la orientación y del estímulo que tu padre se empeñaba en ejercer a la distancia, según cuenta la niña.

Yo creo que entré en la literatura en esa relación con mi padre a distancia para que existiese esa relación. Mi padre sobrevivió psicológicamente a la cárcel gracias a la lectura y a la escritura, y el hecho de que pudiésemos tener una relación él y yo porque leíamos el mismo libro y estábamos en ese mismo espacio imaginario, para él eso le permitía seguir siendo mi padre a la distancia, fue una conjunción muy particular. Yo sé que caí en las letras con las cartas y las lecturas de papá. Él sobrevivió gracias a todo eso. Hay ahí algo muy fundamental. Fue mi primer contacto con la escritura y con la lectura, y con mi formación, pero a la distancia. Yo leía como un acto de amor para seguir en esa relación con él. Ese vínculo para mí fue esencial. Y de hecho, mi primer libro es una carta. La Casa de los Conejos yo sé que lo veo como una carta. Mucha gente me comenta la historia y no ve que en realidad es una carta a una muerta. Pero empecé escribiendo cartas a papá y después esas cartas desaparecieron. Yo tengo las de él, las tengo en una caja y las conservo como si la relación de mi padre estuviera en esa caja, como si mi formación y el principio de todo estuvieran ahí.

Las primeras lecturas fueron sugeridas por mi padre de manera delirante como todo lo que sugería él. Digo de manera delirante porque él al mismo quería que yo aprendiese francés, teníamos que corresponder en castellano. Entonces leí algunos de los libros que tenía, él pedía siempre un libro que era una traducción del francés para sugerirme que leyera en francés y con esa lectura compartida siguiésemos la relación padre hija a distancia, y al mismo tiempo que se ocupase de mi formación intelectual y literaria, pero claro me solía dar consejos que no tenían que ver ni con mi nivel de francés ni con mi nivel de lectura posible.

Uno de los primeras lecturas fue Maurice Maeterlinck, La Vida de las Abejas. Hubo muchas otras. Pero todas eran lecturas que yo hacía en dialogo con él. Pero él me daba consejos delirantes porque yo tenía diez años y muchas veces no entendía nada de lo que leía, pero leía a pesar de todo, y de esa nada que entendía a veces había algo que rescataba. Y yo creo a pesar de que él me daba consejos de lectura que no estaban adaptados a lo que yo podía entender, o libros a los que yo pudiese acceder, algo me quedaba y yo iba hasta el fin de la lectura porque era como la condición de nuestra relación, como un acto de amor. Para mí fueron muy importantes esas lecturas en las que no entendía casi nada, salvo algo. Es una experiencia muy extraña porque estás leyendo en un idioma que no manejas, y a pesar de la locura del consejo de lectura algo te queda y algo te va quedando.

¿Tenés opinión formada acerca de la realidad argentina, tanto en lo político como en lo cultural, desde la recuperación de la democracia?

Trató de mantenerme al tanto, tengo consciencia de estar en otro lugar y de hacerlo a la distancia. No participo, no voto como argentina, porque no me siento legítima. Podría hacerlo, podría inscribirme en el consulado argentino y votar, pero me resulta algo artificial. Cada vez que se acercan las elecciones digo “me inscribo, no me inscribo” y nunca lo hice. Pero sí me mantengo al tanto constantemente gracias a la lectura de diarios o de correspondencias que puedo tener con algunos escritores, personas que respeto y trato de entender lo que ocurre en este país y me importa.

¿Cómo describirías el estado de situación de Francia, también en lo político y en lo cultural, desde que Mitterrand dejó la presidencia?

Es un momento muy difícil actualmente. Una perdida de un zócalo que fue tan importante, pero creo que no se puede perder. Espero que haya un resurgimiento de algo que Francia está perdiendo desde hace unos años, que tiene que ver con valores fundamentales. Creo que es algo desgraciadamente compartido en un movimiento global que tiende a perder de vista lo que nos une en términos de valores y no de valores económicos.

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