(MINIFICCIONES)

Collage: Wilfredo Carrizales

1

Cuando llegó al “Club de la Necrofilia”, ya la muerte había causado abundantes estragos.

2

Ingresó a su biblioteca. Descubrió sobre uno de los estantes una breve máscara veneciana. Se la quedó mirando unos instantes. ¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca había visitado Venecia. De pronto, escuchó risas, murmullos, rumores de pasos y música. Abrió la ventana de la biblioteca y sus ojos sorprendieron a una multitud enmascarada que se movía sin cesar en la Plaza San Marcos.

3

El hombre impasible viajaba en un tren atestado de pasajeros. Inesperadamente se escuchó un silbato: el tren entraría en un túnel. Al cabo de quince minutos, el tren emergió del paso subterráneo y sólo el individuo impertérrito iba dentro del ferrocarril. El hombre bostezó, se arrellanó en su asiento y se sumió en hondo sueño.

4

El puño se levantó y asestó un formidable golpe encima de la primera cabeza que sobresalió de la oscuridad. Se oyó un ruido como de tinaja que se rompe. Se vieron muchas sombras salir en desbandada, mientras el puño volvía a su posición original.

5

Hacía largo rato que el perro permanecía echado e inmóvil frente al caballete giratorio que sostenía un cuadro. Un brusco giro hizo caer el caballete sobre la testa del can, matándolo en el acto. La pintura mostraba a un perro huyendo a través de un camino multicolor.

6

El reloj de pared anunció la medianoche. El joven dormía profundamente sobre un sofá. Repentinamente sintió que alguien lo estaba mirando desde el fondo de las tinieblas. Se levantó, sin encender la lámpara, y se dirigió hasta el refrigerador. Extrajo una jarra de agua fría y la colocó cerca del sofá. Volvió a tenderse. Antes de conciliar una vez más el sueño, escuchó sorber el agua, a lengüetadas. El joven sonrió y pensó: “Tenía años sin poder apagar la sed”.

7

El dictador se miró de refilón en un enorme y nuevo espejo colgado en la sala mayor del palacio presidencial. Entró en pánico por lo que percibió y decidió renunciar de inmediato, pero ya era tarde: las turbas enfurecidas estaban tumbando las puertas del recinto a patadas y pedían su cabeza.

8

Llovía sin causa aparente. Los niños, encerrados en sus casas, maldecían, gritaban, blasfemaban. Un pavoroso trueno resonó dentro de las abultadas nubes. Los infantes corrieron a refugiarse bajo las camas para descubrir que allí la lluvia era más intensa y brutal.

9

De la espesa bruma emergió la jauría en persecución de, tal vez, una zorra o una liebre. Dentro de la impenetrable niebla continuó escuchándose el resonar de los cascos de un tropel de caballos que nunca se patentizó.

10

Al terminar de leer los postulados de la panspermia sintió un gran temor, porque con él como un todo ya era suficientemente terrorífico.

11

Miraban las películas trepados a la torre de la iglesia. Desde esa altura se divisaba perfectamente la pantalla del cine ubicado en la esquina contigua al templo. Una noche, uno de los muchachos se dejó caer desde la cima del campanario y se estrelló contra el piso. El resto de los cinéfilos improvisados descendieron muy enojados y regresaron a sus viviendas. El compañero muerto había adelantado el final del protagonista del largometraje dilatadamente esperado.

12

Jorge había sido detective de la policía judicial y todos los días contaba las mismas historias al invariable auditorio. Si por casualidad se equivocaba al narrar algún detalle de una anécdota, siempre había alguien que le enmendaba la plana. Jorge se enojaba, pues comprobaba que su memoria estaba fallando. Entonces resolvió nombrar “detective ad honorem” al más viejo de sus oyentes y él se dedicó a refutarlo y a contradecirlo cuando el otro asumía su papel de “narrador policial”.

13

Pancracio poseía un semblante exageradamente pálido. Un día, un chistoso le gritó en la calle: “¡Cara de casabe!” Pancracio no se ofendió por ello, sino que adquirió unas tortas elaboradas con harina de yuca y se las llevó a su morada. Allí comenzó a devorarlas, partiéndolas en pedazos pequeños. Se introducía un trozo en la boca, masticaba, tragaba y luego se pasaba una mano por el rostro. Decía: “Sabrosa la cara de casabe” e ignoraba que su faz estaba desapareciendo.

14

Nada sucedía en aquel pueblo. Los habitantes nada hacían. La nada reinaba a sus anchas. Sólo de vez en cuando algunos moradores se peleaban por naderías y luego quedaban satisfechos, pero vacuos.

 

15

Tras el tiempo de los relojes existía otro tiempo ignorado por casi todo el mundo. Únicamente el Señor de las Sombras conocía el trasfondo del asunto. Se introducía en el revés de los marcadores de las horas, al atardecer, y disfrutaba a plenitud de una distinta temporalidad signada por la repetición de los hechos más agradables, pero en blanco y negro.

16

“¡Yo no quiero ver morir a mi primito!” Este grito desgarrador comenzó a escucharse por toda la cuadra desde temprano por la mañana, pero resulta que el tal primito ya llevaba dos días de fallecido y el emisor del lastimero lamento no lo desconocía y además ése era el único cohermano que tenía. Entonces, ¿por qué invocaba en tiempo presente? Unos días después se develó el enigma: el peticionario no sabía la existencia de lo pretérito. Sólo vivía en una eterna actualidad.

17

Sorprendentemente brota de un baúl un mago. Es un personaje, en apariencia, anodino. Viste de una manera indescriptible, pero con ropas selectas. El mago observa todo a su alrededor y lo encuentra fútil, sin gracia, por lo que decide crear un escenario apropiado para su función. Hace un pase de manos y aparece un elegante mobiliario y bellas cortinas. Del techo penden unas arañas que relucen de esplendor. El mago sonríe satisfecho y se enfrenta a la cámara cinematográfica. “¡Corten!”, grita y se sumerge en el interior del baúl, sin dejar de pensar que ha trabajado en vano.

18

Por azar pasé por el frente de su casa y estaba parada en la puerta. “Te esperaba”, me informó. La estupefacción debió haberme demudado. “Debo decirte que Kali-Durga vino a verme anoche y se me apareció montada sobre el cadáver de su esposo, quien tenía un gran parecido contigo”. Temblé al oír esto y quise alejarme, huir de allí, mas ella me detuvo y continuó: “La diosa madre anhela ayudarte a dirigir la pasión del conocimiento”. Ensanchó ampliamente los ojos y observé nadando dentro de ellos peces oscuros de impresionante claridad. Le hice una reverencia a la sexagenaria y me retiré envuelto en reflexiones.

19

Rosa tenía el pelo ensortijado. Por eso se había ganado el apodo de Rosaconrizos, el cual a ella le agradaba sobremanera.

Rosaconrizos iba a la escuela y provocaba enredos y ondulaciones. Los padres de los otros niños protestaron ante el director y Rosaconrizos fue conminada a abandonar el colegio.

Ahora Rosaconrizos permanece en casa y riza historias y recuerdos, pero más importante aún: riza la manera ideal de vengarse del director de la escuela y de los representantes de los niños desrizados.

20

Con un arma de fuego mató a su caballo. Luego fue a buscar a un veterinario para que le extendiera un certificado de defunción. El veterinario preguntó cómo había muerto el animal. La propietaria respondió que se había suicidado. Entonces el veterinario comenzó a cocearla con fiereza hasta que dejó a la mujer destrozada sobre el suelo. Antes de marcharse, el veterinario dijo: “Ese caballo era mi padre”.

21

Una tortuga dentro de una jofaina repleta de agua. El quelonio nada sin pausa y va descubriendo nuevas y amplias extensiones acuáticas. Por momentos saca la cabeza y otea el horizonte para orientarse mejor. (Escondido detrás de un biombo, un enano chino espera que salga a una playa a desovar para capturarla y hacer con ella una suculenta sopa).

22

Le dije: “Ven conmigo a procrear la mañana”. Me respondió: “Estoy ocupada día y noche trayendo bebés al mundo y no tengo tiempo ni siquiera para procrear mi propia vida. Búscate a una mujer que no trabaje como yo en una maternidad”. Así que partí solo a preñar a la aurora y a poner los escarpines a los solcitos que pariera.

23

Cuando mi gata atrapaba a un ratón maullaba para que yo supiera y la recompensara luego. Cuando una rata capturó a la gata hubo un remedo de maullido. Comprendí y recé en memoria de la eficaz felina.

24

Aquel cliente del bar suscitaba en la morena de ojos verdes que atendía la barra, endurecimiento de las carnes sobresalientes y humedecimiento de la entrepierna. El cliente siempre pedía un scotch en las rocas y se sentaba en su taburete predilecto. Ella intentaba atraerlo con palabras insinuantes, empero él se hacía el desentendido.

Una noche, él fue al urinario y dejó su trago, apenas probado, sobre la barra. La mujer aprovechó la ocasión, se limó rápidamente las uñas de la mano zurda y echó el polvillo dentro del vaso con la bebida. El cliente regresó, miró su reloj y apuró el contenido del vaso, mientras la mujer lo atisbaba con el rabillo del ojo. El hombre pagó y salió.

Desde aquella noche, el hombre andaba como desquiciado y veía por todas partes rostros similares al de la morena. Una madrugada sucumbió frente a la puerta del bar. Lo encontraron con los dedos de la mano izquierda metidos dentro de la boca (todavía babeante) y las uñas ferozmente mordisqueadas.

25

Una noche sin luna y con pocas estrellas, un abuelo y su pequeña nieta estaban sentados en la playa de la bahía. La niña había cavado un agujero en la arena y encendido una fogata en su interior. El abuelo le contaba inveteradas historias. De improviso, dejó de escucharse el ruido del oleaje y ellos sintieron que el mar se había retirado. Entonces, enmudecieron. Decenas de segundos después, volvió a oírse el golpeteo de las olas. La fogata se había apagado: el hoyo estaba lleno de agua y espuma. El abuelo se puso de pie y haló por una mano a la nieta. Se alejaron con apresurados pasos, dejando atrás humedecidos cuentos que jamás volverían a estar secos.

26

El Dinosaurio llegó al apartamento de Monterroso a tomar unos tragos de buen licor y a conversar un rato. Monterroso, luego de un bostezo tras otro, se quedó dormido sobre un diván. Cuando despertó, El Dinosaurio, con su estrambótica corpulencia, todavía estaba allí, aguardando, con renovada sed.

27

El fantasma solía acudir a visitar a la marioneta (figura femenina colgada en el pasillo) en las horas de la madrugada signadas por la más absoluta quietud. No sé de qué hablaban, porque sólo llegaban a mis oídos inentendibles murmullos, bisbiseos, risitas entrecortadas… Sí era evidente el cambio que se operaba a diario en el rostro de la imagen de madera: su tez lucía cada vez más tersa y brillante.

Durante un conticinio se escuchó un extraño ruido como el de una estructura que cae al piso y se destroza. Salí al pasillo y me topé con la marioneta vuelta pedazos sobre la superficie de granito. De sus globos oculares cuarteados brotaban sendos hilillos de lágrimas. A su lado, una sombra negrísima se agitaba entre incontenibles espasmos y medio se entreveía la silueta de un puñal en lo que parecía había sido una mano.

28

Félix tenía la cara achatada, pero su cerebro era un portento de invenciones. Su madre no quiso enviarlo a la escuela y aprendió a leer y a escribir, medianamente, en su hogar. Félix ideaba, diseñaba y creaba máquinas, instrumentos, artefactos, herramientas… que resolvían muchos problemas domésticos e industriales.

Cuando cumplió cuarenta años se puso a diseñar una plataforma metálica rodante con una pantalla en uno de sus extremos. Todo el conjunto funcionaría a control remoto. Su madre le preguntó para qué servía esa extraña estructura y Félix le respondió que para transportar a los muertos en sus féretros, camino del cementerio, mientras en la pantalla los deudos y amigos del difunto podrían ir viendo escenas importantes de la vida del finado. La madre sonrió incrédula.

A los pocos días, Félix murió de un derrame cerebral. Después del velorio, instalaron la urna, con el cadáver adentro, sobre la plataforma rodante y todos los que iban detrás del fabuloso invento pudieron contemplar nutridas imágenes de la existencia prodigiosa de Félix.

29

Tenía conocimiento de que en aquella laguna rodeada de bambúes nadaban innumerables carpas. Le pedí a un lugareño que atrapara una para llevármela viva y criarla en el estanque de mi cortijo. Me la trajo dentro de una bolsa de plástico. Le pagué y me dirigí hacia mi casa rústica. En el camino iba observando a la carpa que se estaba quieta y que me atisbaba a su vez.

Ya frente al estanque, abrí la bolsa y vacié en el interior su contenido. La carpa se deslizó brevemente dentro del agua nueva y luego permaneció inmóvil, sólo girando sus ojos alrededor del líquido que la contenía. Yo la contemplaba muy extrañado por su inexplicable actitud hasta que –sin saber cómo- intuí que ella estaba sorprendida de que esa agua también mojara.

30

Hubo una vez una muñeca que coleccionaba niñas. Las llamaba desde su ventana, las niñas acudían, curiosas, al llamado y la muñeca las atrapaba y enclaustraba. Había niñas de todas las edades, fisonomías y colores de piel. Cundió la alarma en la ciudad por la incesante y cuantiosa pérdida de niñas. El alcalde nombró un equipo de investigadores para que se encargara con celeridad del misterioso asunto. Únicamente logró descubrir el grupo de indagadores a una extraña niña inexpresiva, quien vivía sola en una enorme casa colmada de variopintas muñecas.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Wilfredo Carrizales

Escritor y sinólogo venezolano (Cagua, Aragua, 1951). Reside actualmente en Peking, China, donde estudió chino moderno y clásico, así como historia de la cultura china en la Universidad de Peking (1977-1982). De septiembre de 2001 a septiembre de 2008 fue agregado cultural de la Embajada de Venezuela en China. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de Venezuela y China, entre otros países. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003; edición bilingüe español-chino con fotografías, Editorial La Lagartija Erudita; Peking, 2006), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004), La casa que me habita (edición ilustrada; Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2004; versión en chino de Chang Shiru, Editorial de las Nacionalidades, 2006; Editorial Letralia, 2006) y Vestigios en la arena (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2007), el libro de brevedades Desde el Cinabrio (Editorial La Lagartija Erudita, Peking, 2005), la antología digital de poesía y fotografía Intromisiones, radiogramas y telegramas (Editorial Cinosargo, 2008) y cuatro traducciones del chino al castellano, entre las que se cuenta Libro del amor, de Feng Menglong (bid & co. editor, 2008). La edición digital de su libro La casa que me habita recibió el IV Premio Nacional del Libro 2006 para la Región Centro Occidental de Venezuela en la mención “Libros con nuevos soportes” de la categoría C, “Libros, revistas, catálogos, afiches y sitios electrónicos”.

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