A Tito.

A sabiendas Bob se reía y disfrutaba de beber la cerveza <voladora>. Un holandés a quien le faltaba un diente me dijo que el barbudo también consumía. Tomaba un gas (creo) que le daba su dentista y luego pasaba largas horas en un estado que parecía exclamar: decir no a la droga es negar a Dios!. A pesar de haber llegado por casualidades encontradas, uno de los tantos libros que se esparcía sobre la mesita del shop de lencería femenina (con fotos del barbudo junto a las prendas íntimas) había llamado mi atención, parecía añejo. Se titulaba: Un falso atajo al samadhi. Estaba arrugado. Era sobre el LSD. Un seeker volador le preguntaba al barbudo si su experiencia personal mezclando chakras alterados y merca, era ese estado del que los indios hablaban en los vedas. En mi juventud solo leí un solo libro (sobre la esclavitud y el jazz) al finalizar los párrafos que aterrizaban en mi, encontré profunda lucidez en la respuesta del barbudo. Decía que, no aprobaba al LSD. Meramente era, algo como un falso atajo al samadhi. La respuesta era tan contundente y real, que sin que el holandés me explique que significaba samadhi, lo entendí solo. Samadhi era esto, lo que somos. En el idioma de la India se utilizaba para referir, al otro lado. Desde lo mas antiguo, significaba un florecer interno. Algo, como un estado de trance estrictamente natural que provenía de los mas pretéritos vedas. Aun, como alguien que vivía mayormente en la calle, experimenté este circo como el escenario mas intelectual de mi vida. Me encontraba en Oregon, había sido reclutado para ser parte de un culto new age que luego de invadir un pueblo de treinta habitantes en medio de la nada, deseaba utilizarme como votante descartable, en favor de un lugar remoto donde nunca viví y debido a un incidente, en relación a un tipo a quien, le salía espuma por la boca (intento ahorcar a la secretaria del barbudo) fui drogado por mi condición de homeless como prevención, por la secta. Quienes además, en un ataque de histeria y a punto de declarar casi una guerra civil, decidieron sedarnos para evitar que nuestra naturaleza cobre, razón de ser. Según el hombre holandés, la secta había comenzado en la india y una noche cerca al Cañaveral de Jesús (así se llamaba el complejo, donde vivía la paranoica secretaria del barbudo) el mismo había llegado a escuchar delirios, como planes alternativos, un posible escape a un pequeño estado de América del sur. Uruguay.

Nadie escuchaba al tipo. Nadie sabía realmente en relación a que venía eso de dar discursos sobre antiguos filósofos chinos, pero si se entendía que al haber estudiado filosofía en una universidad en India cuando joven, su inclinación personal había mutado al juego de ser el que canta. La estampa. El que baila. Un hombre chino se me acerco. A veces saltábamos, gritábamos, había mucha gente desnuda. La cerveza despedía un olor extraño. Me dijo: My name es Hiro. Era asiático, no estadounidense. Me dijo que había estudiado en la india un tiempo, y estaba solo por una semana en la carpa. Tocaba tambores y su mujer esculpía pájaros. Pero estaba en Alaska. Vi en el un resplandor por sus años a venir. Me transmitía una sensación de agradecimiento. Era la primera vez que me encontraba con alguien verdaderamente extranjero, y podía ver en sus ojos que no me temía. Nuestro mínimo dialogo, nuestras sonrisas parecían ser el mas penetrante y básico lenguaje. En su libro, Canción de existir (creo) el barbudo menciona a Milarepa. Era un santo tibetano que por comer ortigas como único alimento mudo su piel verde. Algunos dicen que volaba levemente. Esa noche escuche que al barbudo le dieron una “inyección de cáncer” en la cárcel. O tiempo después.

Yo fui uno de los homeless reclutados por el culto del barbudo. Como estadounidense tuve una vida mediocre, comía pollo frito cuando recibía algo de dinero por changas que brindaba en mi vecindario. Logre fallarle a nam y compensaba esa brisa, la de contemplar otra alberca intentando percibir el orgullo de omisorio. Un día, después del último tiempo del fútbol americano regresaba del bar de Lou temprano cuando un hombre con collar y ropas del color de la sangre de Cristo, comenzó a hablarme. No era de Oregon pero había algo en el, algo de orgullo. Fue al grano y me ofreció hospedaje, comida, libertad. Solo debía seguirlo. Yo fui uno de los homeless reclutados previo al asunto de la votación. Luego de que el barbudo Atila la apretara por cuello, nos drogaron. Pusieron un fármaco en la cerveza. Nos habían reclutado por que deseaban aumentar sus filas. Habían barrido con Antelope y la comuna reverenciaba al barbudo desde una visión personal de la entidad, aun pocos entendían como era. Muy pocos escuchaban que decía. Era todo un gran delirio. Todo lo bello que pudo tener esa comuna se estaba pervirtiendo. Desde ya, que muchos sabían que la cerveza tenia haldol. Drogar a los homeless, pero utilizarlos para votar era un objetivo optimo: certero. Casi hitleriano. Mis pelos blancos se ven raros sobre mi piel tan oscura. Una tonada de jazz y en las noticias el viejo negociante con el coreano. “Que sería la vida mas leve?: ventisca en la mas profunda humedad veraniega”. Guarde ese libro de notas de la época, en el antiguo cajon del Penny Lane. Aun recuerdo la cerveza.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Juan Agustin Onis Conde

Ex docente FFyL UBA; Traductor en Japón desde 2007.

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