¿Cuál es la verdad de la orilla?” Una reseña de Noche cerrada, mar abierto de Juan Bautista Duizeide, Leteo Edito, 2018.

Noche cerrada, mar abierto de Juan Bautista Duizeide me acompañó durante un viaje a Grecia. Qué acierto haberlo puesto en la mochila: al compás de la lectura de sus cuentos y mientras los horizontes del Egeo viraban entre lo nítido y lo lechoso, este mar se me abría como otro libro poblado de historias y de fantasmas.

A través de un trabajo exquisito con la lengua, Duizeide crea un mundo cerrado como la noche del título, en el que los personajes y espacios de los diferentes cuentos se entrecruzan creando una atmósfera ominosa. Pero también es un mundo abierto, inmenso mar que invita a una búsqueda bella y absurda, como la del piloto del cuento “Ricercare”, que “va apilando cartas náuticas de lugares a los que soñaba ir cuando hacía girar el globo terráqueo y ponía el dedo índice izquierdo a la espera de un destino, cartas de lugares a los que fue sin haberlo imaginado antes, cartas de lugares a los que tal vez nunca irá. Pasaron años de mar y no deja de perseguir los lugares que están detrás de los nombres, aunque una vez encontrados, los lugares frustran eso que los nombres permitían conjeturar, como si se hubieran corrido, o como si jamás hubiesen estado allí.” (pp. 105-106)

Son muchos los personajes cuyas miradas y vivencias se van sumando a mi mirada de lectora. Por ejemplo, el periodista de “Nocturna”, que en lugar de sensacionalismo busca “algo exasperado como el viento, el agua, el frío, la soledad. Algo eso otro que vacilo ahora en nombrar” (p. 26). Y lo encuentra en el relato estremecedor de una lunática, o una iluminada. O el capitán Dieusayde, quien en “Volver” es llevado en ambulancia al Pegaso, para morir embarcado, en el mar y, en cambio, puebla el barco como un fantasma alucinado. O, el capitán de “Distancias”, “desembarcado tras navegar, en toda clase de barcos, por todos los océanos de este planeta de agua llamado Tierra” (p. 57), que se junta en un bar con un colega que ha navegado ida y vuelta de la Boca a la isla Maciel toda su vida. Este navegante de río evoca de manera oblicua los personajes de Haroldo Conti, un escritor y una obra a la que Duizeide ha dedicado un libro (Alrededor de Haroldo Conti. Ed. Sudestada, 2013). El capitán retirado es Juan Gonzaga ya viejo, a quien en el Pegaso de “Volver” lo conocemos como piloto de guardia, y como autoritario capitán en el Güemes de “Brindis”. En este último, los marineros, tras una noche de bares y alcohol salvan a un cachorro de la perrera, lo introducen clandestinamente a bordo y lo bautizan con el nombre de Esmogüin. Pero Esmogüin, al igual que el mar, no se deja gobernar y su presencia a bordo tendrá consecuencias inesperadas. Es un relato cálido y con una gran dosis de humor.

En “En círculos”, uno de los personajes es la tormenta. La primera frase del cuento: “La tormenta es una bestia al acecho” es tan potente que se queda tañendo en mi interior y tengo que hacer una nota mental de no usarla en un futuro como si fuera mía. La tormenta acecha y los remos, en manos de marineros de todos los puntos cardinales, cortan el agua una y otra vez, en una repetición fantasmal que anuncia o invoca la catástrofe. En el deslumbrante “Ricercare”, es el personaje del piloto, oriundo de San Antonio Este, quien narra la espera fuera del puerto para poder entrar sin necesidad de fondear ni pagar un dineral. La espera, los deseos del piloto de bajar para recorrer el espacio de la infancia, y sus recuerdos de ese lugar que es el mismo y es otro, son todos uno. La memoria de los hombres es engullida así por la del mar y sus olas que “están haciendo de la roca arena, de la arena algo que en ninguna mano podría durar, ni en la del viento, del tiempo este estruendo plateado, sin tiempo” (p. 111).

Noche cerrada, mar abierto es, ante todo, un libro sobre contar. Relatos que se cuentan en bares o en alta mar, o buscando la costa “a través de […] niebla[s] espesa[s] como sangre” (p. 38). Así, se insertan en una larga tradición de literatura marítima y la arrastran al Atlántico Sur y a miradas sobre lo propio y lo conocido, los puertos de El Callao, La Guaira, Puerto Limón, Valparaíso, Ilheus, Puerto Madryn, Montevideo, Mar del Plata, Necochea, Comodoro Rivadavia, Buenos Aires, el Estrecho de Magallanes, el Cabo de Hornos. Nada hay de la mirada del antropólogo, del botánico o del biólogo sobre habitantes y territorios. Las voces que narran y cuentan hablan de lo que conocen. Es, sin lugar a dudas, una mirada poética: en esa suerte de close-up sobre lo familiar, va a revelarse lo otro, lo que no entra en la lengua más que de soslayo, como un temblor o un espectro. Dice el narrador del último cuento, homónimo del libro: “Cuento y me cuento. Me busco, me pregunto. ¿Cuántos millones de olas atravesé? ¿Qué encontré más allá? ¿Cuál es la verdad de la orilla? ¿El límite que se sueña fijo? ¿O el agua que nunca se detiene? Cuento de cada barco, de cada cubierta sobre la que sonaron mis pasos, de cada mar que recibió mis fugas. Cuento de cada puerto en el que amarramos. ¿Pero cómo contar un color que se va, que nos deja, cómo un perfume remoto, un matiz de la lluvia o de la luz?” (p. 155). Un dato que no es menor: Juan Bautista Duizeide es de Mar del Plata, se crió en Necochea y no solo amó los barcos desde que, niño, los veía en el puerto de su ciudad, sino que también navegó como piloto por el Atlántico, el Pacífico, el Báltico y el Mar del Norte. Además, conoce la tradición literaria in extenso: además de ser el compilador de la antología Historias de navegantes (Alfaguara, 2008) para la cual tradujo cuentos de, por ejemplo, Stevenson y de Maupassant, también ha incursionado en ella en sus libros anteriores.

Siento que me quedo corta, que hay tanto más que decir, pero cómo hacerlo sin volver a escribir el mismo libro. Es claro que me daría la oportunidad de hacer mías aquella frase y muchas otras. Sin embargo, como sabemos de la experiencia de Pierre Menard, escrito desde una isla griega y de mi propia mano, no sería el mismo.

Y es que no solo es el narrador de “Noche cerrada, mar abierto” quien se asombra “de algo furtivo que late en las palabras, mucho más poderoso que la aventura, mucho más desolador que la pérdida, algo como un hambre, como una huella que me es imposible descifrar” (p. 154). También el lector es convidado a ese asombro, al cual también contribuye el cuidado dedicado a cada detalle de la edición de Leteo Edito, la editorial a cargo de Jorge Consiglio y Christian Kupchik. Junto con la tapa, el diseño gráfico, el trabajo de edición, las fantasmagóricas y sugestivas ilustraciones de Fabiana di Luca –cinco en número– y el imperdible colofón, la experiencia de lectura de Noche cerrada, mar abierto es un viaje hermoso e inquietante, en el que les deseo a muchos lectores que se atrevan a embarcarse.

Andrea Castro, Skópelos, Grecia, julio 2018.

Título: Noche Cerrada, mar abierto

Autor: J. B. Duizeide

Editorial: Leteo

158 páginas

Sobre El Autor

Andrea Castro es argentina y vive en Suecia donde es profesora titular asociada de literaturas hispánicas en el Departamento de Lenguas y Literaturas de la Universidad de Gotemburgo. En su investigación se ha interesado y se interesa por la literatura fantástica, la conformación de la nación argentina y por cuestiones de lengua, identidad y traducción. Actualmente, en colaboración con otros colegas, está desarrollando un proyecto sobre las sensibilidades conservadoras en el siglo XIX. Junto con Azucena Castro, lleva adelante el podcast Poesía al paso [https://poesiaalpasopodcast.wordpress.com/]. Colabora regularmente con la revista ViceVersa Magazine [https://www.viceversa-mag.com/].

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