-¡No puedo más! ¡No veo nada.

-No importa, tenemos que rajar. ¿No oís?

Astolfi oyó las sirenas. Lo que necesitaba era ver cuántos policías venían en los carros, no oírlos. La sangre le bañaba la cara. Sentía la bala incrustada en la frente y no entendía porqué no lo había matado. No se trataba de un roce, había penetrado. Daba igual, no podía correr a la par de sus compañeros.

¡Te guiamos nosotros! ¡Vamos!

-Váyanse, yo estoy listo. A ver si caemos todos por estar acá charlando…

Los demás compañeros miraron a Tamayo Gavilán, éste asintió y palmeó el hombro del amigo herido. Uno por uno se despidieron de Astolfi, rápida, afectuosamente. Le desearon suerte, le ofrecieron un revólver con el tambor lleno y escaparon. Sus pasos lo inundaron de tristeza. Le hicieron recordar anteriores escapadas, difíciles pero exitosas. Los taconeos lejanos sonaron como música desesperada, sin melodía.

Ya solo, Astolfi no percibió más que silencio. ¿Las sirenas? No se escuchaban. Imaginó a los vecinos cerrando puertas y ventanas, escondiéndose bajo las mesas. Golpear esas puertas era inútil, y saltar techos y medianeras podía servir en ciertos casos, no le servía a un ciego. Quitó la mano de la herida; le hacía latir la cabeza, lo mareaba. Presionó la culata del revólver, jugueteó con el gatillo. Con frialdad pensó -como todo anarquista debía pensar en esos casos- si no sería mejor matarse de inmediato. A esa altura no podían caer en manos de la policía, que burlada por la prensa prefería exhibir muertos a los pocos que quedaban del grupo, no capturados. Por algún motivo eso lo animó; una furia lógica lo instó a pelear. Trató de limpiarse la cara por enésima vez con la camisa empapada sin hacer diferencia; la tela, sus manos, sus brazos, todo chorreaba. Sintió una palmada en el hombro. No podía haber nadie atrás, estaba sentado en el estrecho umbral de una casa tapiada. Giró, tropezando, y apuntó hacia algún lugar. Palpó la puerta, su cadena. Aguantó la respiración, no se escuchaba nada. La extraña palmada persistía. Se tocó el hombro. Sonrió: era un repasador, y de alguna manera podía tomarse como una palmada amistosa. Un vecino solidario le había arrojado desde una ventana esa tibia posibilidad de ver. La delicadeza de haberlo mojado con agua caliente lo llenó de emoción. Gritó gracias, se limpió la cara y vio la calle vacía, a la espera de policías que no llegaban. ¿Habrían tomado otro camino, habrían ido en busca de sus compañeros…?

Trató de no ensuciar todo el repasador de una vez. Lo guardó en el bolsillo. Miró el revólver, otra vez la calle. Corrió a toda velocidad. Cerca de la esquina cayó al suelo. Tenía que evitar el desmayo; si lo encontraban así lo pasearían inconciente y a puro golpe, hasta reavivarlo rodeado de curiosos o directamente le pegarían un tiro en la nuca. Se llenó de aire los pulmones y volvió a correr. Al llegar al cruce de calles los vio. Eran tres, no esperaban encontrarlo solo, menos de frente. Él sí los esperaba. De un disparo bajó a uno. No tuvo que verlo en el piso para saber que lo había matado. Pegó dos tiros más que silbaron cerca de los otros. Mientras los policías, lentos, asustados, le apuntaban, Astolfi se encontró doblando la esquina a gran velocidad, lo que quería decir que no estaba tan liquidado. ¡Ahora se percataba! Para irse con sus compañeros sólo habría necesitado un repasador húmedo a tiempo.

Escuchó disparos. Las balas rebotaron cerca, en las paredes, en los vidrios. Sin detenerse pensó adónde ir, no se trataba de correr hacia cualquier parte. Se limpió otra vez la cara de renovada sangre caliente. Adivinó que el tosco final de la calle anunciaba una explanada o un terreno baldío. De ser así podría zafar de esas manzanas estreñidas, con tanta casa pegada una a la otra. Efectivamente, era un baldío. Detrás estaba el malecón y el río que le obstruía el escape. Vio que hasta la próxima posibilidad de refugio -la siguiente esquina- había mucho espacio al descubierto. Le pareció escuchar gritos. Llegó a la esquina, preparado, y vio dos policías. Uno apenas alcanzó a sorprenderse; murió de un disparo en la cabeza. El otro se escondió y empezó a disparar. Astolfi saltó por encima del único auto estacionado en la cuadra, sorprendido de salir indemne de tanta bala cruzada. La calle angosta fue fácil, trepó por la medianera de una casa a medio construir, luego por otra hasta el patio de una casa habitada. Nadie salió. El pasillo que atravesaba la casa estaba desierto, la calle también. El silencio le hizo llegar rumores de más policías. Siguió corriendo y empezó a sentir la fatiga. Volvió a limpiarse la cara y tiró el repasador empapado. Entraba en los suburbios. Las calles de tierra y el pasto no facilitaban el paso. No podía seguir corriendo mucho más, la herida le latía como para hacerle estallar la cabeza.

Sus manos pegajosas apretaron las dos últimas balas. Guardaría una para él, estaba decidido. Un tiro pasó por arriba de su cabeza seguido de otros que le buscaron el cuerpo. Astolfi se perdió entre unos árboles. El zigzag lo llevó a un camino de tierra que parecía bordear el barrio. Distinguió una fábrica a pocas cuadras. A grandes zancadas fue tras ella. No escuchó gritos ni pasos. Estarían buscándolo por el bosque quizá, no tardarían en aparecer. Uno de sus pasos largos, demasiado confiado, lo hizo resbalar en el barro. Cayó hacia delante y dio la cabeza contra el suelo. Hizo un esfuerzo en levantarse, cayó otra vez. El barro y la sangre se mezclaron con el dolor intenso que le prensaba el cuerpo. Sin miedo de agotarla en un único intento puso toda su energía en las piernas. Logró sentarse. Se quitó el barro y la sangre a manotazos, arañándose la frente y los párpados. Su respiración parecía ser el único sonido en ese rincón desierto. Los pájaros, el viento, el río no contaban, estaban inmersos en su devenir, ajenos a la persecución.

La borrosa fábrica se hizo inalcanzable. A un costado continuaba el bosque inútil de árboles flacos y separados que no lo ocultarían. Al otro emergían casas chatas, lindantes con ese barrio que no lograba abandonar. Respiró varias veces renovando sus pulmones, que al fin y al cabo nada tenían que ver con su frente destrozada. Escuchó un grito. Presionó el revólver, rozó el gatillo.

Desfilaron por su mareada cabeza los compañeros caídos. Nítidas, lo aleccionaron sus mudas figuras de recuerdo. Ellos habían escapado al morir, así lo haría él en los próximos segundos. Estar conciente de su liberación le evitó la molestia de sentirse una víctima. Si uno combatía no podía serlo. Astolfi se desenvolvía bien en eso de combatir a todo y a todos. Pensar y planear cada acción lo estimulaba. Sólo en los raros momentos de descanso, cuando su mente divagaba, se enfrentaba a ciertas contradicciones, pero nunca desvió la responsabilidad; se hacía cargo de sus actos, por eso no podía ser víctima ni tampoco héroe. “No se pueden forzar los absolutos”, le dijo una vez un compañero con solemnidad, “hay que ir por la libertad total, si no el mundo nuevo llegará a medias, con riesgo de convertirse en algo inmóvil, vigilante. Combatir eso no nos convierte en criminales, y morir no nos convierte en víctimas”.

Se incorporó, dio unos pasos. Intentó correr nuevamente. Llegó a la esquina. A cien metros un grupo de diez o doce policías venía hacia él. Siguió trotando, quiso creer que corría.

Dos balas. Mataría un policía más, y si apuntaba bien. Sin sus anteojos era dudoso. Si lo arrinconaban sería otra cosa; de cerca no se trataba de apuntar sino de mantener el pulso para disparar, lo sabía muy bien.

Las piernas se le entumecieron. Se detuvo. Distinguió otra neblinosa tanda de policías. Escuchó tiros y él también disparó, sin saber adónde. Tambaleante cruzó la calle, maravillado de cruzarla vivo con tantas balas silbando por los costados. Se apoyó contra una pared, respiró profundo. Quería por lo menos ver algo antes de morir pero la sangre le había inundado los ojos para siempre. Un auto se detuvo cerca, chirriando las gomas. Astolfi apretó los dientes. Estaba ahí, expuesto, ofreciendo su ceguera como único escudo. Levantó el revólver y disparó al voleo, por orgullo, para que no lo vieran tan frágil. La bala no hizo ruido de pegar contra algo. Tiró el revólver al piso y gruñó.

-¡Compañero Astolfi, suba rápido!

Astolfi caminó a tientas hasta tocar el auto. De la puerta abierta del acompañante un brazo lo hizo entrar con firmeza. La voz, la más amistosa que escuchó en su vida, dijo:

-Soy Rubén Vázquez, del Sindicato de Choferes. ¡Suerte que lo encontré, compañero! Dos segundos más y…

Astolfi le agradeció y se limpió la frente con un trapo que le ofreció Vázquez. Lo vio. Era un hombre común, a la vez insólito. Alertado por quién sabe quién, había aparecido ahí en cuestión de segundos. Atrás quedaban los policías, los disparos y su muerte, congelada en la intersección de calles, entre surcos de balas invisibles. Se atragantó, emocionado.

El auto vibró al doblar en las esquinas; cada salto fue un dulce arrullo. Astolfi confió plenamente en su compañero, sabía que no se detendría hasta llegar a un refugio ya apartado. Meditó sobre su suerte y comprendió que no había tal cosa, lo que había era oportunidad de continuar.

Años después pensó otra vez en eso, en una concurrida calle de Barcelona, entre gritos y confusión, justo antes de que cuatro balazos le partieran el pecho. Mientras caía, aferrado al último retazo de lucidez, entendió que él debía interrumpirse pero que esos otros compañeros que corrían a su lado, huyendo y disparando, continuarían. Ellos eran tan reales como el aire que se le escapaba de la boca, enturbiado de pólvora.

Sobre El Autor

Alejandro Hosne (1971) nació en Argentina, se naturalizó mexicano. En 2014 publicó en Alfaguara México una novela titulada Todo lo demás es mentira. En 2015 y 2016 se publicó su novela Ningún Infierno, en Alfaguara México y Alfaguara Argentina, respectivamente. Acaba de editar en México el libro de ensayos satíricos titulado “Diatribas contra el Trabajo”, por Librosampleados. Trabaja como guionista de cine y coordina talleres de narrativa en la Ciudad de México, donde reside actualmente. Su blog es: http://alejandrohosne.blogspot.com.ar/

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