Ilustración: Fiódor Dostoievski por Ilyá Glazunov . 1962.

Algunas notas sobre Dostoyevski y Los demonios

 

Demonios

 

“Y los pastores, como vieron lo que había acontecido, huyeron,

y yendo dieron aviso en la ciudad.

Y salieron a ver lo que había acontecido y vinieron a Jesús

y hallaron sentado al hombre de quien habían salido los demonios,

vestido y en su juicio a los pies de Jesús, y tuvieron miedo.”

 

Nadie da más miedo que un salvado. Creo que en las novelas de Dostoyevski, casi todos los personajes aparecen en el mundo como salvados: cuerpos de hombres y mujeres a los que los demonios acaban de haber abandonado. Todos son salvados, pero todos están también a un paso de volver a gritar, de caerse y revolcarse por el suelo.

 

Un personaje de Dostoyevski está parado en sí mismo, impasiblemente tranquilo y extraordinariamente asustado. No una cosa ni la otra, si no una y luego la otra, y luego de nuevo la otra, y una y la otra, en miles de pequeños movimientos.

 

Cada pequeño gesto forma parte de una gran acción sinfónica. Todas las acciones tienen más de un movimiento. Todo pensamiento incluye un , un nunca, un de cualquier modo, un de ninguna manera, un hasta el final, un quizá después ya no o un tal vez muy pronto.

 

Quiero decir: ninguna acción se termina en su primer movimiento, de la misma manera que ninguna postura en un diálogo llega a sostenerse hasta el final. Vibra adentro del diálogo: el pulso de un hombre.

 

Un personaje de Dostoyevski nunca sabe lo que va a decir, y por eso mismo, está condenado a decirlo hasta el final, sin remedio. Habla para descifrarse. (¿Quizá como cuando hablamos frente a alguien, sin vergüenza de nada, porque creemos que de todas maneras esa persona no nos podría entender? ¿o como cuando explicamos algo muy mal o de un modo completamente falso, porque, aunque lo explicáramos bien, o tal como es, es imposible que el otro lo comprenda? La vida está llena atisbos dostoyevskianos.)

 

Un personaje de Dostoyevski cambia de pensamiento cada once pasos. La quietud interior es, en cambio, un éxtasis. Quien mira fijamente una pared, se vuelve loco. Volver la cara a la pared es casi un sinónimo de delirio (o santidad).

 

Entonces ¿qué se puede saber de un personaje de Dostoyevski? Que su interior está formado de destellos, de gestos de odio y de amor diminutos y entrecortados. El sentimiento está formado por un fuego hirviente que solamente erupciona a veces. Pero, en demasiadas ocasiones, justo cuando ya no puede hablar, un personaje de Dostoyevski se queda a oscuras, la combustión interior se apaga y el personaje – se desmaya. Cae una muchacha en una sala con un golpe sordo. Cae en los brazos de las mujeres de su séquito una aristocrática dama. Hace falta desmayarse para no tener que hablar. Para no llegar hasta el final (ni escuchar hasta el final), hace falta abortar el ritmo de la consciencia, su movimiento salvaje y vertiginoso.

 

¿Qué se puede saber acerca de un personaje de Dostoyevski? Casi todo en él es un secreto. Solamente lo que ha dicho, aguarda “dicho” en alguna parte. Lo demás queda disuelto en una críptica cadena de movimientos:

 

–Yo, señor, estoy seguro de usted y no muy seguro de mí mismo.

 

La sucesión de pensamientos vuelve a los hombres de Dostoyevski algo confusos, pero, por ese mismo motivo, menos peligrosos. Solo con mucho esfuerzo salen de sus casas. Dudan a cada momento hasta apretar el gatillo. Gritan ellos mismos, antes de disparar.

 

Un caso distinto es el caso de un país. El caso de Rusia:

–Por lo común en este mundo casi todo acaba en nada, pero aquí acabará en algo, sin duda alguna.  –se resigna alguien.

 

 

La nobleza

 

En las novelas de Dostoyevski ha quedado plasmada mi ecuación favorita de la nobleza: un orgullo seguido de un desinterés (casi macabro), un desdén por medio del cual uno puede incluso llegar a ser – muy bueno.

 

Pero no bueno de bondad, sino bueno de impasibilidad. Bueno sin paraíso ni necesidad. Bueno de puro inútil.

 

La nobleza es una amabilidad desesperanzada de cualquier recompensa. Una amabilidad para un – demonio.

 

En Dostoyevski se enlazan otras cadenas ininterrumpidas de sentimientos nobles: desolación, seguida de desdén, seguido de bondad, seguida de amor, seguido de impotencia (Stepán Trofímovich). O impotencia seguida de orgullo, seguido una vez más de vergüenza, de lealtad seguida de feliz resignación (Shátov).

 

–Nunca podré sentir indignación y vergüenza, luego tampoco podré sentir nunca desesperación. –miente Stavrogin.

Y un poco después… se ahorca.

 

Magnánimas cadenas de sentimientos que a veces entorpecen y a veces precipitan el curso de las acciones.

 

De este modo ¿quién es qué, en relación a lo que dice? Dostoyevski hace el relato del abismo entre las palabras y los gestos. No es el siglo XIX visual, sucinto y gestual de los cuentos, sino el siglo XIX tortuoso y analítico de las novelas. El siglo de la contrariedad, en el que el clima es siempre lluvia, la ventana es niebla, la vestimenta es un paraguas y un gabán y el gigantesco paisaje es solamente humano.

 

Ahora bien, ese desorbitado tamaño que toma lo interior vuelve a lo exterior un tanto abstacto. Poco interesante, inlcuso… tonto: las calles y los salones están llenos de “miradas sin curiosidad”.  Porque ¿qué puede uno esperar de mirar en un rostro? Ya que la verdad es un vertiginoso movimiento oculto, que sea visible es ya de por sí el motivo de una desesperanza. De hecho, en Dostoyevski es casi innecesario reconocer a cada personaje por su rostro. Son mucho más vacilaciones y palabras que ojos, bocas, miradas o rostros. A pesar de que algunos están incluso prolijamente descriptos ¿quién los ve? Incluso entre ellos, se juzgan, se consideran y, sobre todo: se oyen.

 

Una convicción se impone entre esta multitud de caracteres sin caras:

–Somos criaturas abstractas que se han juntado en el globo para decir la verdad.

 

Y, entonces, claro:

–Tome mi paraguas.

–¿El paraguas de usted? ¿Lo merezco acaso, señor?

–Todo el mundo merece un paraguas.

 

Merecer es un honor y otorgar es un acto de justicia. La verdad es una sola: la necesidad indiscutible de desentonar. Es decir: de que un criado reciba el paraguas de un noble.

 

En Dostoyevski hay personajes que:

Cuando se acuestan, dicen sus oraciones inclinándose hasta el suelo y hacen la señal de la cruz sobre las almohadas, para no morirse durante la noche.

 

No pueden llegar a ser buenos, pero sí quieren desesperdamente serlo y sufren mucho en su afán de serlo por lo menos un poco.

 

Hay personajes a los que:

 

Les gusta mucho tomar té de noche. Andan de un lado para otro y beben, hasta el amanecer.

 

Otros beben té, mientras leen el Apocalipsis.

 

Algunos personajes se encuentran en un constante estado de entusiasmo.

 

Otros pueden decir:

–Yo soy un niño consentido, con todo el egoísmo de un niño, pero sin su inocencia.

 

Uno tendría que poner en una fila a todos los personajes de Dostoyevski, hasta a los harapientos y a los desquiciados, ponerlos en una fila, digo, y besarlos a todos en la boca. Comenzando seguramente por Stavroguin o por Iván, que vio al diablo. O por Nathalia, que al ser asesinada sangró solo media cucharada. O por el príncipe Mishkin, que era casi un tonto. O por Shátov, que durante media novela, lo único que hizo, en una ocasión, fue golpear a alguien y en otra: apretar con odio su sombrero.

 

Es decir, que se podría comenzar casi por cualquiera. Pero habría que seguir hasta el último, hasta por el prófugo Fedka y luego también hasta los malvados como Piotr, las malvadas como Aglaya, las señoras caprichosas como Várvara Petrovna e incluso, hasta los alemanes secundarios, sentimentaloides y también violentos, como el pobre atormentado von Lembke. Y puede que además uno debiese ir a buscar a las críadas y a los cocheros para repartir sus besos entre ellos. Quizá a María Timófeyevna tendríamos que limitarnos a besarle las manos, pero solamente por miedo de ofenderla.

 

Una pregunta que solo puede hacer un personaje de Dostoyevski:

¿Es posible morirse a causa de la nobleza del propio espíritu?

 

¿Puedo… ahora mismo… ponerme de rodillas ante usted?

 

Una recomendación que solo puede salir de la boca de un personaje de Dostoyevski:

Más vale arrodillarse ante un zapato que ante una alpargata.

 

Y otra vez una pregunta:

¿Cuándo llegó usted a saber que era tan feliz?

 

Y otra vez una respuesta orgullosa:

Sé que al final me quedaré sola con usted… y solamente espero eso.

 

La risa

En una novela de Dostoyevski se puede reír de histeria, de desesperación, de hipnosis. De ansiedad. De desdén. Se puede reír de euforia, de maldad, de preocupación y, claro está, de llanto. No se puede reír por reír nada más. Porque eso ya no significaría nada. En una novela de Dostoyevski, la risa no es nunca una demostración de alegría. Es casi siempre un gesto de desesperación: una explosión que sale de la garganta como sale de la mano abierta una cachetada.

 

–¿Por qué se ríe? Ahora soy como un niño a quien se puede matar de susto con una sonrisa como esa.

 

La risa puede ser causa de muerte. Pero, en determinadas situaciones, las carcajadas histéricas parecen la única manera de seguir viviendo. Cuando uno ya no puede hablar, se desmaya. Cuando uno ya no puede desmayarse, se ríe estrepitosamente. La risa es el último resplandor de la garganta, una manera de volver a abrirla una vez más, a pesar de todo. Quizá: un intento de respiración en la boca de un difunto.

 

Puede ser un alivio: cuando Shátov sale a rezar y su esposa y la comadrona ríen, esa risa venenosa y malvada de las dos las tranquiliza y las hermana. Y luego:

–Shátov, me ha dado usted que reír para el resto de mi vida. –dice la comadrona– No le cobraré nada. Me reiré hasta en los sueños.

 

En María Timoféyevna la risa sucede como un desprecio. Es una risa infeliz e idiota. Ni de hombre ni de mujer.

 

En Stavroguin el desprecio está siempre en toda su persona, como una manera de llegar  y de irse. Pero su risa es fría. Lo vuelve aún más intocable.

 

En Shátov, el desprecio está como un silencio absoluto. O como una bondad elemental. Quizá ese es su más gran defecto. Shátov no puede reírse.

 

Por lo demás, en una novela de Dostoyevski, el máximo gesto de desprecio, junto con la risa, es la ironía.  Quiero decir: la posibilidad de dejar de decir lo que uno quiere decir, porque al fin y al cabo, que lo escuche quien va a escucharlo no vale la pena.

 

La ironía es el sablazo dostoyevskiano: tiene a veces tan pocas palabras que cualquier comentario al respecto arruinaría el efecto:

 

–Todos, todos –gritó la mayoría.

 

Cuanto más excelso es un espíritu, tanto más contribuye a la preferencia por los pensamientos irónicos. La ironía está en el rango más elevado, es un modo de despreciar con toda el alma. Luego está el cinismo, un escalón más abajo. Es una actitud más propia de un espíritu del rebaño.

El cinismo es una pose de salón. La ironía es una carcajada inconsolable en el centro del pecho. No es una pose, sino un acto reflejo. En el cuerpo, es un instinto de despecho. Pero el despecho es el alma.

 

La verdad es la carcajada, el centro vacío y vibrante de todo. No puede decirse, sino que salta entera de la boca de quien ríe. No es una revelación, sino la manifestación de un espíritu. Es una verdad extática.

 

 

Gente

Hay una clase de veneno insoportable que, en Dostoyevski, no son los rusos, ni los políticos ni los hombres, ni siquiera – las mujeres. El veneno para todos sus personajes es el no-personaje, es decir, la gente.

 

¡Gente!

Lo que tiene mayor fuerza, el cemento que lo une todo en Rusia es el avergonzarse de tener opinión propia. ¡Creen que ser originales es una vergüenza!

 

La chusma:

Buscando al culpable, destruirá al culpable y al inocente, por temor a ambos.

 

Hay gente en quien la ropa limpia resulta incluso indecente.

 

Entre todos estos personajes, de alguna u otra manera, “aspirantes a nobles”, salir de ese montón obediente (de gente) parece ser uno de los objetivos máximos.

 

La gente:

–¡Todos, todos! –gritó la mayoría.

¿Hace falta decir más?

 

Por eso aquel exagerado sentimiento del honor, de diferenciación moral. La distinción entre el bueno y el noble (que, cuando es bueno, es bueno como un loco, es decir: magnánimo). Por más que se hunda en un mar de maldad, el noble emerge siempre limpio. Porque, una y otra vez, cuando se trata de medidas y principios, la magnanimidad los desdeña todos.

 

El noble, en Dostoyevski, es un bueno loco. Aquél que es el escándalo para quienes lo rodean. En Los demonios, quizá solamente Stavroguin, María Timoféyevna y Shátov alcanzan el nivel de necedad e idiotez que permite calificarlos como verdaderos nobles. Es cierto que muchos otros se acercan. Pero estos tres son el arco tenso de una fuerza. La nobleza, en el paisaje moral dostoyevskiano, es tan hermosa que deja a los demás helados. Rasga el mundo, hechiza y luego señorea sobre los otros. El noble es el señor “moral” que crea vasallos. Incluso muerto, Shátov se hace señor de sus asesinos. Les quita su libertad de actuar. Los hace tiritar de culpa y les quita el sueño.

 

El noble es, por otra parte, el que es por definición “ingente”. El monstruo fascinante de la justicia, pero también, a veces, un idiota de la dignidad (Shátov). No solo camina por entre los demás como con un aura de demonio y ángel, sino que para él es una ofensa, un oprobio, una vergüenza casi todo en los otros. Se aparta de los demás. Le causa mortificación hasta el hecho de que alguien indigno lo compadezca.

 

La inteligencia literaria, en Dostoyevski, se ve, quizá, en esta perfecta, cerrada idiotez (y nobleza) de cada personaje. En su capacidad de crear una coherencia moral en cada uno de ellos, que quizá sólo es coherente porque es fascinante.

 

La inteligencia literaria de Dostoyevski es su propia idiotez fascinante. Un mundo idiota que se ha comido a otro mundo (idiota).

 

 

Ingentes

Piotr Stepánovich, sobre Stavroguin:

Yo amo la belleza. Soy nihilista, pero amo la belleza. Usted es mi sol y yo soy su gusano. ¡Usted es mi ídolo! Usted no hace daño a nadie y sin embargo todos lo detestan. Usted considera a todos iguales y todos lo temen. Eso está bien. Nadie se acercará a usted para darle una palmada en el hombro. Es usted un aristócrata insoportable.

 

María Timoféyevna, sobre los otros:

Se juntan ustedes y no saben cómo llevarse bien. No comprendo cómo puede haber gente que se aburre. La pena no es aburrimiento. Yo soy feliz. Siéntese, por favor, aquí junto a mí para que después pueda mirarle bien a los ojos. Y ahora no se preocupe, porque no lo miraré y pondré la vista en el suelo. No me mire usted tampoco hasta que yo se lo pida. Vamos, por favor, siéntese.

 

Stravrogin, conversando con María Timoféyevna:

–¿No teme que yo deje de quererla?

–No, señor. Lo que temo es que yo deje de querer a alguien.

 

María, esta vez, a Stavroguin:

–Y tu ¿de qué tenías tanto miedo? ¿Por qué estabas tan asustado? Tan pronto como te vi esa cara vulgar cuando me caía y tu me levantaste… fue como si en el corazón se me hubiera metido un gusano.

 

Una y otra vez, el gusano. El sol y el gusano. El corazón y también – el gusano.

El noble y, dentro de él, una y otra vez… el gusano.

 

 

Algunas impresiones

Una revelación:

A decir verdad, la fe siempre parece esfumarse de día.

 

Un consejo:

Haz que él te obedezca, si no lo haces, eres tonta.

 

Un reproche:

Para usted la felicidad es el desorden y el placer es la mugre.

 

Una observación:

Es usted sencilla de corazón. Me llama usted “señor” y echa sin querer el té de la taza en el plato.

 

Una confesión:

Lo más arduo en la vida es vivir sin mentir y sin creer en las propias mentiras.

 

Un deseo:

Dios es testigo de lo mucho que quiero que usted nunca necesite de mí.

 

Un principio:

Atraeremos a los inteligentes y cabalgaremos sobre los imbéciles.

 

Una certeza:

–¿Cree usted en una futura vida eterna?

–No, no en una vida futura eterna, sino en una vida presente eterna. Hay momentos especiales, se llega a uno de esos momentos, de pronto se para el tiempo y se convierte en eternidad.

­–¿Espera usted llegar a uno de esos momentos?

–Claro.

 

El Baile

El gran proyecto de vida de una mujer en una novela rusa puede ser sencillamente dar un baile. Es el caso de la gobernadora Yúlia Mijáilovna, que prepara un baile como si estuviera viva para eso.

Se llama “Baile en beneficio de las institrutrices pobres de nuestra provincia”.  Tules, transparencias, diamantes y cruces. Señores de buena cuna, niñas que se presentan por primera vez, junto a sus padres. Pero:

 

Se escucha siempre, por los salones, una risa malintencionada.

 

En este baile, hay muchachas con labios “inconvenientemente” gruesos.

El narrador opina:

Los rostros rusos femeninos, más que caras, parecen tortas.  Pero los ojos son bonitos:

son ojos risueños.

 

Para poder participar de semejante baile, uno quisiera ponerse a ensayar de pronto su propia “mirada sin curiosidad”. Poder sentarse lánguidamente en un sillón y demorarse un minuto entre los asistentes. O quizá no bailar, mientras los otros bailan, simplemente – para demostrar ser alguien.

 

–¿Por qué ha venido?

–Por inocencia, señora.

 

El baile de Yúlia Mijáilovna termina dramáticamente en un incendio. La gente vino a bailar, para que, del otro lado de la ciudad, se quemen sus casas. Este es el absoluto baile. Una danza que termina en la ventana, con la gente llorando asomada, mirando a lo lejos.

 

El baile de Yúlia Mijáilovna es la extensión del incendio social a los salones de la aristocracia. El fuego llega con forma de literatura y música. Termina con un montón de borrachos durmiendo en sillones de terciopelo.

Un hombre se va del baile porque prefiere ir a contemplar el fuego. Se retira y dice:

–No sé si es posible contemplar un incendio sin sentir algún placer.

 

Lo mismo, los que se acercan a espiar el fracaso del baile de Yúlia Mijálovna.

 

Pero el fuego sigue y es desolador no poder estar viéndolo. Porque es parte del artificio retórico hacer que el lector ansíe el fuego. ¿Qué importa el fuego? En medio del baile, uno sufre la tortura exquisita de marcharse a ver. Pero, una vez más, ¿qué importa el fuego?

Importa – el deseo de ver el fuego – en el medio del baile.

 

En el medio de la gente que se va y la gente que se queda a contemplar por la ventana,

el gobernador, a quien, en la confusión, se le ha volado su sombrero, exclama:

–Esto arde de nihilismo. El fuego está en el cerebro de la gente, no en el tejado de las casas.

 

En las casas que se incendian con el fuego del cerebro, desaparece en las llamas una anciana. La gente sale con baúles humeantes, otros se quedan sentados en el piso. Todo, en la noche del incendio, es baile:

 

–Lizabetha ¡Usted va a perder el juicio! ¡los pies de usted van a mojarse!

 

A la vuelta del baile, la gente, en Moscú, camina por veredas tan estrechas que, quienes van de acompañantes caminan en el barro. El narrador afirma que no tiene sentido describir las impresiones del incendio. Tampoco tiene sentido referir, a esas horas, lo extraño de las conversaciones. Son como llamas de fuego: del todo irrepetibles.

 

Entonces, en la noche del baile (y del incendio) el mundo queda mudo y como – desmaterializado.

 

 

El fin

–No hay cama.

–Entonces me acostaré a dormir en una silla.

–No hay silla.

–Entonces me acostaré a dormir en un rincón del suelo.

 

No hay donde acostarse. Entonces no hay donde dormir. Entonces ¿qué se puede hacer? Tomar té, seguramente. Tomar té, mientras se espera algo.

 

Liamshin, uno de los asesinos, está enfermo. Pero quiere levantarse.

–Estoy aquí. –sale de detrás de un árbol, envuelto con una manta.

Ha hecho un descubrimiento. La persona a la que van a matar es feliz.

 

Shátov.

 

No hay un momento literario más prolijo que el asesinato de Shátov. Es verde y negro. Lleno de árboles y sonidos dispersos. No es frío. Pero la pericia del narrador lo enfría e inmoviliza, como un verdadero éxtasis. Habría que leer este asesinato de Shátov cada dos años. Solo para cerciorarse de que de verdad está en el libro, sucedió y sucederá otra vez. Uno no termina de creer en él la primera vez que lo lee. La segunda vez, por un momento, quizá, pero luego… tampoco.

 

Creo que una definición tautológica de belleza es este asesinato de Shátov. También algunas de las apariciones de María Timoféyevna. Son absolutamente imprescindibles para poder analizar y quizá comprender algún día un fenómeno estético.

 

Aunque no sea tan solo porque la belleza es justamente eso: la creación de una absurda y casi convulsa necesidad de repetición. Algo que uno quiere poder volver a mirar una y otra vez ¡siempre!

 

La belleza es compleja y confunde. Es simple solo en el sentido de tajante. No es ansiosa, si no casi hermitaña e indiferente. El ansioso es el que la ha advertido. Pero la belleza… la belleza es como Shátov: sucede y muere. Por eso los que la admiramos participamos muchísimo menos de su muerte que de su asesinato.

 

Del final: no puedo olvidar los gritos, de los que los propios personajes son como ventrílocuos. Liamshin trata de clavar su cabeza contra el abdomen de Piotr Stepánovich. Kiríllov, antes de escribir la carta en la que ahora debe auto-acusarse como autor del asesinato de su amigo Shátov, dice:

–Espera. Quiero dibujar una cara con la lengua afuera en el encabezamiento.

 

Momentos del alma inmóvil: estar enfermo, en la cama. Volver la cara a la pared y quedarse allí en silencio.

Kirillov a Shátov:

–Vuelva cuando necesite té.  Yo seguiré aquí y pensaré en usted y en su mujer.

 

Piotr Stepánovich a Kiríllov:

–¿Le dan ataques?

–No.

–Pues le darán. Tenga cuidado, Kiríllov. Un epiléptico me describió detalladamente la sensación que precede al ataque: en todo punto tal como lo ha dicho usted ahora.

 

Y más tarde:

–Parece que se vanagloria usted, Kiríllov, de que pronto va a matarse.

–Siempre me ha sorprendido que todo el mundo aún siga viviendo.

 

La gran desolación al final de Los demonios es incomparablemente concreta:

 

–A propósito, el té está frío, lo que quiere decir que usted no se encuentra bien.

 

La gran desolación al final de los demonios es ese sometimiento del lector, que es obligado a apreciar una muerte en manada. Comprobar que el pasaje bíblico del principio, en el que el los demonios abandonan el cuerpo del salvado para ir a anidar en los cuerpos de los puercos, es exacto para cada uno de los personajes de la novela, como ya lo anticipé al principio, pero de manera totalmente inversa. Estos personajes no son el salvado del pasaje bíblico. Estos personajes son los puercos:

 

Stavroguin a Dária Pávlovna:

Entienda usted que no la compadezco, puesto que la llamo. Y que no la respeto, puesto que la espero. Pero aún así… la llamo y la espero.

 

Stepán Trofímovich, un intelectual estilizado, decide escapar solo de la casa de una mujer que es casi su ama. No puede alquilar un carro porque no puede decidir adónde va. Entonces: la peregrinación con un paraguas, entre los campesinos, en el húmedo.

–¿A dónde va?

Lo miran con respeto. El se ríe con una esperanza….¡cree que vivió entre el pueblo ruso!

 

Pero vibran enseguida en el oído del lector los últimos disparos, las últimas toses, los gemidos, los letargos, los mordiscos del gusano en el corazón y en la consciencia. Se instalan como campanas: las voces de los que quedan (son muy pocos) y se empiezan a lamentar.

 

Todo el mundo muere, en Los demonios. Todos eran puercos. Incluso los superficiales. Incluso los nobles. No hay ningún salvado. Uno vibró de emoción cada vez que llamaban a alguien “demonio”. Pero tampoco. No eran ni salvados ni demonios: todos eran puercos.

 

Y, como en un eco, Kiríllov:

–Basta. Ha terminado usted su té. Váyase.

 

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Marina Closs

Marina Closs nació en 1990, en la provincia de Misiones. Cursa estudios de en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros La doncella aguja, El pequeño sudario y El violín a vapor.

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