Cuentos -dentro del cuento- que se reciben pero no se comparten. La información que enriquece pero que termina envenenando a quien no la vuelve a ofrendar. Un tema por demás tocante al mundo académico (¡y particularmente aplicable al sub-mundo orientalista!) en la bella y simple forma de las historias coreanas. Quien tiene ojos para ver que lea.

Al noreste del imperio chino, como queriendo desprenderse de su extensísimo territorio continental y alcanzar el mar, se sitúa la península coreana.

La ligazón geográfica, sin embargo, no llega a escindirse, y entonces, la abismal desproporción de tamaño, hará inevitable un destino de respetuosa subordinación. La aceptación sensata del rol de ahijado cultural de la gran civilización vecina, permitió a los coreanos un natural y armónico florecimiento. En todo el este asiático, la leal emulación no es razón de deslustre, sino por el contrario símbolo de alto prestigio. El discípulo debe copiar una y otra vez al maestro apropiándose de su sabiduría[1]. ¡Solo entonces será capaz de crear!

Corea arregló tan fielmente sus formas a las chinas, que cuando estas cambiaron el pueblo coreano se convirtió en reservorio vivo de las doctrinas originales. Se dice que los chinos son a un mismo tiempo, budistas, taoístas y confucionistas. Los coreanos lo serán de un modo muy piadoso, y conservarán los más antiguos canones cuando estos se pierdan en el continente.

De los tres, el confucianismo será el de mayor arraigue, conforme es también la doctrina por excelencia de identidad del pueblo chino. Sus forma social piramidal era extraña a los primeros habitantes de la península. Los coreanos poco a poco la harán suya. El cuento que Darío Seb Durban y Alice Keiller han traducido para ustedes se mueve en un contexto netamente confuciano, donde el sirviente rendirá pleitesía a su amo, aunque éste sea sólo un niño. Y lógicamente, el niño deberá comportarse de tal manera frente a su padre.

Las formas protocolares se desplegarán a partir de esta rígida estructura. Uno de los Cinco Clásicos (libros confucianos considerados canónicos), será precisamente El Libro de los Ritos. Observará el lector en nuestra historia no sólo ciertos aspectos de la ceremonia nupcial, sino –más importante aún- la correspondencia de cada actor al papel que la sociedad espera de él, donde la más ligera transgresión produce una irritante sorpresa y es plausible de terribles castigos correctivos.

Pero al contrario de las historias cortesanas de otras regiones, como la literatura caballeresca europea o incluso las mucho más cercanas narraciones indias, en los cuentos de ambiente confuciano no es siempre el rey o el príncipe quienes ostentan el conocimiento. Con bastante frecuencia será un personaje menor. Aquí, en el relato que seguirá a continuación, la sabiduría estará encarnada en el sirviente del joven amo. El mismo Confucio actuó de consejero de los emperadores de turno. Su familia era noble, pero de bajo rango. De modo que, en toda su doctrina, el conocimiento será valorado en extremo, pues en esencia, trasciende las condiciones sociales. Corea es hoy uno de los países con mayor atención al estudio. Se dice que al revés de los niños occidentales que estudian “de 9 a 6”, allí estudian de “6 a 9”.

El ideal confuciano aspiraba a la popularización del saber, a la igualdad de condiciones en la adquisición de conocimientos. El relato que entregamos hoy habla precisamente de alguien que pretendía atesorar la enseñanza sólo para su disfrute y provecho, ocultándose a los otros. Tal actitud lo pondrá en peligro de muerte, y lo interesante es que será el propio contenido de la enseñanza quien ejerza la amenaza.

Acertadamente, este contenido no es, sin embargo, confuciano, ni mucho menos, chino. Se trata de los personajes y espíritus de las historias propiamente coreanas, aquellos seres que comprometen el imaginario de aquel país. La influencia continental hizo mella en la forma, en el contorno. El espíritu coreano sigue vivo, auténtico, y creador.

Martín Lo Coco

 

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Compartiendo cuentos

Había una vez un niño que amaba los cuentos. Su nombre era Dong Chin y todas las noches a la hora de acostarse oía atento las historias que le relataba el sirviente favorito de la familia, un hombre llamado Pak.

Dong Chin era un buen muchacho pero tenía un defecto. No le agradaba compartir los cuentos que le contaban. Los quería guardar todos para sí. Así que todas las noches después de haber escuchado, decía: “Sr. Pak, hágame una promesa”.

“¿Qué desea, joven amo?”, decía Pak, aunque sabía muy bien la respuesta.

“Prométame que no relatará estas historias nuevamente a nadie más que a mí. Prométame que quedaran en este cuarto.”

“Muy bien, joven amo”, decía Pak en un suspiro. “Lo prometo”.

“...a la hora de acostarse oía atento las historias...”

“…a la hora de acostarse oía atento las historias…”

Los años pasaron y Dong Chin creció. Cuando tenia 15 años de edad, su padre le escogió una novia de la misma edad que pertenecía a una familia del próximo valle. Todos en la casa estaban excitados con el futuro casamiento.

La noche antes del casamiento, el padre de Dong Chin deshizo la larga trenza del muchacho (el tipo de trenza usada por todos los hijos e hijas hasta el casamiento). Entonces arregló el pelo en un ajustado rodete alto igual al suyo. Sobre la cabeza de su hijo ubicó una gorra con un agujero para pasar el rodete y sobre todo esto le colocó un sombrero transparente de pelo de caballo tan liviano como una pluma. Dong Chin estaba tan orgulloso. Durante años había esperado este momento. ¡Ya era un hombre!

Finalmente llegó el día del casamiento. Temprano por la mañana, Dong Chin y su padre se arreglaron para ir a la casa de la novia para la ceremonia. Todo el mundo corría de un lado para otro ayudando a preparar la celebración del día siguiente cuando la novia sería traída a la casa.

Pak estaba ocupado igual que todos los demás. Pero mientras se apresuraba, pasó por la puerta del cuarto de Dong Chin. Para su sorpresa escuchó el murmullo de muchas voces.

“Qué raro”, pensó. “El joven amo no esta allí ahora y tampoco debería haber nadie más”.

Se acerco a la ventana de papel y cuidadosamente hizo un pequeño agujero para espiar… y se quedó sin aliento.

El aire estaba repleto de espíritus, ¡cientos de ellos! Volaban por arriba, por abajo y alrededor unos de otros. Había tantos que apenas tenían lugar para volar, y no parecían estar nada contentos.
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“¡Silencio!”, gritó uno de los espíritus. “Dejen de hablar todos a la vez o nunca llegaremos a nada”.

El murmullo cesó instantáneamente. “Es verdad”, dijo otro espíritu. “El casamiento del muchacho es hoy y debemos decidir qué hacer”.

“¡Tenemos que vengarnos!”, dijo otro. “Debe ser castigado por mantener nuestras historias encerradas aquí”.

Pak se quedó sin aliento otra vez. “Son los cuentos”, dijo maravillado.  “Los que debían quedarse en el cuarto”.

“Sí, debe ser castigado”, dijo un tercer espíritu. “¿Pero cómo?”

“Yo tengo una idea”, dijo otro. “Yo soy un cuento que tiene un pozo de agua envenenada. ¿Por qué no pongo mi pozo junto al camino? Si él bebe de esta agua, enfermará mortalmente”.

“Fantástico”, dijo otro. “Yo soy una historia con frutillas envenenadas. Yo las pondré un poco más adelante en el camino, por si él no bebe el agua”.

“Bien pensado”, dijo otro más. “Yo soy un relato con un hierro al rojo vivo. Lo pondré dentro del almohadón que él debe pisar en casa de la novia, en caso de que no coma y beba nada en el camino. Eso lo quemará terriblemente”.

“Con eso debería bastar”, dijo aún otro más. “Pero en caso de que escape a todos ustedes, yo estaré listo. Soy un cuento que trata sobre una serpiente mortal. La ocultaré bajo la esterilla de la novia. Cuando se vayan a la cama, los morderá y matará a ambos”.

Máscaras coreanas

Máscaras coreanas

“¡No!”, gritó Pak. Se arrojó contra la puerta y la abrió del golpe. Pero allí… no había nada.

“No puedo haberlo imaginado”, se dijo. “Todavía deben estar todos aquí, sólo que no puedo verlos. Pero… ¡el joven amo! ¡Debo proteger al joven amo!”

Se apresuró a hacerse al camino, donde la procesión de la boda ya se estaba reuniendo. Una silla alegremente decorada para el viaje de regreso de la novia descansaba sobre dos largos palo sostenidos por cuatro sirvientes. Dong Chin y su padre estaban sentados cada uno sobre un pequeño caballo blanco, sus riendas sostenidas por un sirviente de pie frente a los caballos.

"Una silla alegremente decorada para el viaje de regreso de la novia descansaba sobre dos largos palos sostenidos por cuatro sirvientes."

“Una silla alegremente decorada para el viaje de regreso de la novia descansaba sobre dos largos palos sostenidos por cuatro sirvientes.”

Pak tomó las riendas del caballo de Dong Chin sacando al sirviente de su lugar de un empujón. “Yo guiaré a tu caballo hoy, joven amo”.

“¡Sr. Pak!”, dijo el padre. “¡Váyase adentro! A usted lo necesitan para preparar las cosas para mañana”.

“Por favor, amo”, imploró Pak. “Es mi más ferviente deseo guiar el caballo del joven amo en el día de su boda”.

“Padre, ¿le parece bien?”, preguntó Dong Chin. “Me gustaría que el Sr. Pak viniese con nosotros”.

“Oh, está bien”, masculló el padre. Entonces se alinearon y empezaron a moverse con Dong Chin al frente y su padre al final de la fila.

Era primavera y el camino los llevó por quebradas de azaleas rosas, rojas y blancas. El día era caliente y Dong Chin se sintió aliviado cuando divisó un pozo junto al camino. “Sr. Pak, tengo sed. Por favor tráigame un trago de ese pozo. Hay cucharón de calabaza allí para servirse el agua”.

“¡Un cucharón de calabaza!”, dijo Pak con la voz llena de horror. “¡Oh no, joven amo! No puedes beber de un cucharón de calabaza común el día de tu boda. Espera a que lleguemos a casa de la novia y allí beberás de un cucharón de porcelana”, y apuró al caballo hasta pasar rápido el pozo.

Dong Chin estaba sorprendido. Ignorar una orden estaba fuera de lugar para un sirviente. Pero no dijo nada.

Después de un rato llegaron a un campo de frutillas. “Sr. Pak, tengo sed y hambre. Júnteme algunas de esas frutillas”.

“¿Éstas?”, dijo Pak con tono de incredulidad. “Joven amo, son tan pequeñas. En el día de tu boda deberías comer sólo las frutillas más grandes y jugosas. Tendrás mucho mejores en la casa de tu novia”. Y se apresuró a seguir.

Dong Chin estaba atónito. Escuchó que su padre lo llamaba desde atrás. “¿Qué está pasando allí adelante?”

“Nada, padre”, contestó Dong Chin. Se acercó a Pak y susurró: “¿Qué estas haciendo? Si mi padre se da cuenta de que estás desobedeciendo te va a hacer golpear”.

“Ten confianza en mí, joven amo”, suplicó Pak suavemente. “Por favor, confía en mí”.

Finalmente llegaron a casa de la novia, cuyo padre los esperaba junto a los portones. Como era la costumbre, dos sirvientes trajeron un almohadón para que Don Chin apoyara sus pies cuando desmontara. Pero apenas lo había tocado cuando Pak lo tomó por una esquina y lo arrancó de un tirón. El padre de la novia se quedó sin aliento mientras que Dong Chin cayó a tierra.

“¡Este almohadón esta sucio!”, gritó Pak enseñándoselo a los sirvientes y luego lo arrojó a un costado. “¡Cómo se atreven a traer un almohadón como este el día de la boda del joven amo!”

Los sirvientes se apuraron en levantar al joven y sacudirle la ropa. Dong Chin estaba estupefacto y podía ver nubes de tormenta en el rostro de su padre, pero no podían decir nada frente a los demás.

Siguieron al jardín. Se había armado una plataforma cubierta por exquisitos telares. Sobre una pequeña mesa central había un ganso dorado de madera, símbolo de la fidelidad.

Cuando llegó el momento Dong Chin tomó su lugar sobre la plataforma. La novia, cuyo nombre era Mai Hee, fue llevada al jardín en su traje de novia verde.

Era la primera vez que Dong Chin veía a su futura esposa. Su cara empolvada era pálida como el marfil y sus cejas finamente depiladas se arqueaban como las alas de una mariposa. Su cabello color negro como un cuervo, aceitado y brillante, estaba arreglado en lazos, bandas, ondas y flequillos rematados con una corona incrustada con piedras preciosas y moños de colores vivos.

Novia tradicional coreana

Novia tradicional coreana

Mai Hee subió a la plataforma y se enfrentó a Dong Chin. A él le pareció que ella se veía preciosa pero estaba demasiado nervioso para ni siquiera sonreír. Después de un momento, ella se inclinó ante él cuatro veces. Luego él hizo cuatro reverencias ante ella.

La ceremonia se había completado. ¡Dong Chin estaba casado!

Durante el resto del día, Dong Chin disfrutó de la fiesta y el entretenimiento. Pero estaba ansioso por ver a Mai Hee, a quien habían llevado a una fiesta separada en los aposentos de las mujeres.

Ya tarde esa noche, cuando los invitados se habían retirado, el joven fue llevado al cuarto de su novia. Entró y se quedó parado tímidamente a la luz de la vela.

Mai Hee, aún en su vestido de novia, estaba arrodillada silenciosa en un rincón del cuarto, como era la costumbre. Sonrió nerviosamente cuando Dong Chin se acercó e hizo una reverencia.

Pareja de novios en boda tradicional coreana

Pareja de novios en boda tradicional coreana

“Es un honor conocerte”, dijo él. “Con tu ayuda, intentaré ser un marido digno”.

En ese mismo momento, una puerta se abrió de un golpe. Pak entró corriendo con un largo cuchillo de cocina. “¡Cuidado, joven amo!”

Mai Hee gritó y se paró de un salto, y Dong Chin se desesperó. “¡Sr. Pak! ¡Sr. Pak! ¡Salga de aquí enseguida!”.

Pero Pak no escuchaba. Se apresuró hacia la esterilla de dormir y la levantó. Allí estaba la serpiente, que se contorneaba y siseaba. Pak la apuñaló una y otra vez hasta que finalmente no se movió más.

Entonces Pak se dio vuelta y cayó de rodillas, hizo una larga reverencia ante el mudo Dong Chin. “Joven amo, por favor disculpe la imprudencia de este sirviente sin valor.”

A esta altura, todos los demás, atraídos por el ruido, llegaban a la habitación. “¡Sr. Pak!”, gritó el padre de Dong Chin. “¿Qué significa este ultraje?”.

“Padre,” dijo Dong Chin apuntando hacia la serpiente. “El Sr. Pak salvó nuestras vidas”.

Entonces Pak les contó todo sobre los espíritus de los cuentos y sus planes de venganza. “Nadie escucha a un viejo sirviente”, dijo, “así que sabia que tenia que proteger al joven amo yo mismo”.

“Es todo culpa mía,” dijo Dong Chin. “Yo soy el que quería guardarme todos los relatos sólo para mi. Pero no más. Desde esta misma noche, los contaré siempre que pueda y cualquiera que quiera escucharlos. Sr. Pak, ¿me promete que usted también los contará?”

“Muy bien, joven amo”, dijo Pak con una sonrisa. “Lo prometo”.

Copyright © 2000 de Aaron Shepard.
Aaron Shepard at www.aaronshep.com

Traducido del inglés por Alice Keiller y Darío Seb Durban

[1] Así, por ejemplo, el sexto y último principio de la pintura china, incita al aprendiz al aprendizaje de la técnica a través de la copia de los modelos antiguos. Lo que Occidente considera originalidad, carece de interés en Extremo Oriente.

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