Fotografías: Sebastián Pachoud

Los relatos de Teoría y Práctica están habitados por jóvenes que pasaron los treinta y que afrontan la crisis de haber conseguido lo que querían y que no alcance, de darse cuenta que quizás eso no era lo que buscaban. Y de ahí al malestar de tener que convivir con el peso de sus elecciones. Elegir siempre supone dejar algo de lado. Y hacia eso se ven atraídos.

Ya lo decía Carajo en una de sus letras: conseguir lo que querés puede ser lo peor.

¿Y ahora qué?, sería la pregunta.

Y por otro lado, el tiempo. El paso del mismo, se vuelve la columna de los textos. La mirada retrospectiva sobre aquello que no fue, que puedo haber sido, siempre potencial, y en lo potencial no hay errores, siempre es algo puro, maleable. Nostalgia y melancolía sobre las cosas que no tuvimos, sobre aquello que no pudimos arruinar.

Hay algo interesante en los textos que es el abordaje del descontento, pero no por aquel que no llegó a lo que quería, sino por aquel que sí lo logró, pero no se encuentra satisfecho y empieza a pensar en ese otro camino que dejó de lado. También hay un corrimiento de ciertos estereotipos que parecen haber mermado en este tiempo, esta idea del amor y la familia como objetivo para encuadrar que ya no alcanza para taponar ciertas desilusiones que se van acumulando con el paso del tiempo. ¿No se supone que tendría que estar feliz?, parecen preguntarse tus personajes. Empecemos hablando de esto, si te parece.

Buenísimo. Sí, esa sensación de que algo falta, incluso cuando no hay motivos para quejarse, atraviesa los cuentos. Te diría más: es el problema, en el sentido clásico del conflicto, en cada una de las historias. La atracción por el camino no tomado que imanta a los personajes. Yo veo que eso está instalado entre nosotros: no sólo lo que tenés no alcanza; ni siquiera lo que querés alcanza. La vida, te dicen, puede ser más intensa, no mejor. Porque, justamente, se trata de una cuestión de cantidad, no de calidad. Más amores, más lugares, más música, más películas, más fiesta, más drogas, y así. Más, más, más. No hay donde detenerse.

En línea con la pregunta anterior, da la impresión de que se percibe la estabilidad de la felicidad como el fin de la misma. Ahí es cuando aparece o se desea “el lado salvaje” de la vida, como se menciona en cierto relato. Exagerando: la libertad del fracaso versus el compromiso de la felicidad. El fracaso como elección. ¿Cómo creés que conviven estos dos aspectos?

Genial. En efecto, en los cuentos ambas cosas son casi complementarias. No hay uno sin el fantasma del otro. El fracaso como el fantasma de las conquistas. Aunque en este caso lo que han conquistado los personajes, lo que ponen en entredicho, es una vida de bajo voltaje, y su fracaso significaría atestiguar, desde un lugar privilegiado, el derrumbe. Es esa la perpectiva de estos personajes. Y algo más: el derrumbe es el punto crítico, es decir, el punto más alto de realización de esas conquistas de bajo voltaje. Con esta lógica, el punto más alto de un amor, estaría donde ese mismo amor llega a su fin. Y eso pasa en los cuentos.

En ciertos momentos de la narración, el aparato literario o de creación pasa a un primer plano. Más allá de que me gustaría profundizar en esta decisión, quería charlar acerca de esta frase: la historia como medio para llevar adelante partes verdaderas nuestras que antes estaban ocultas.

Bueno, poner en acción el lenguaje (no usarlo solamente) nos lleva a lugares desconocidos. Está esa famosa frase de Barthes: el lenguaje no se caracteriza por lo que nos permite decir sino por lo que nos obliga a decir. Eso del espíritu fascista del lenguaje. Bueno, es así, cualquiera que haya escrito una sola palabra lo sabe; pero hay graduaciones. Creo que, mientras más codificado sea el contexto, menos posibilidades habrá de acceder a lo, digamos, verdadero. Así, en términos convencionales, tenemos en un extremo a la literatura de género (autoayuda, policial, ciencia ficción, etc.) y del otro la gran tradición de la voz propia. Perseguir el anhelo de la voz propia no significa distinguirse del resto de las voces, o no solamente significa eso. Significa sobre todo acceder a un margen mayor de maniobra, de libertad, te diría, que te permita burlar tanto como se pueda al fascista que hay en el lenguaje.

El tiempo es una de los temas de los libros. El desgaste de lo que se vive, de la rutina, contra aquello que quedó inmaculado allá lejos, que el paso de los años no solo no deterioró, sino que en ciertos casos, idealizó. Me interesa hablar de este choque.

Hay algo que dice uno de los personajes, algo así como que no podía prolongar su relación con el primer amor porque ambos debían salir a conocer el mundo. Bueno, creo que hoy nadie, o casi nadie, se queda con el primer amor, y no porque ese amor no lo merezca, sino por lo que decíamos antes: estamos obligados a experimentar. Y eso es terrible. Es muy difícil que un primer amor, desde la primera juventud, resista los embates de este mundo. El mundo, entonces, aparece como culpable, y el amor, el primer amor, pero, por qué no, también los siguientes, aparece como víctima. Como resultado, nos preguntamos qué habría sido de nosotros de haberse perpetuado aquel amor. Y, en algunos de mis cuentos, los personajes persiguen el milagro.

En varios relatos se repite una idea de la madurez como el comienza de la vida, el fin de la secundaria -un lugar poco antes del principio- como el espacio donde van a empezar a suceder cosas importantes, dejando de lado de la infancia, un territorio más habitual en la literatura a la hora de hablar del “paraíso perdido” y al que se quiere retornar.¿Qué te interesó para decidir poner cierto énfasis en ese punto?

Podemos decir entonces que mis historias no son de iniciación o de formación. Aunque me parecen esas, las historias de iniciación, muchas veces extraordinarias, no sé si podría reproducirlas, al menos seguro no de la manera de convencional, es decir, el niño o adolescente que ingresa, mediante una experiencia que funciona como rito iniciático, colectivo, a la edad adulta. Como dice Vonnegut en algunas de sus conferencias, esos ritos, hoy, se han desdibujado. Y, recordemos, esos ritos, hoy desdibujados, son también, según los estilistas rusos, el origen de la novela. Lo que significa que ese tipo de novela está en problemas. Capaz esta sea la iniciación de mis personajes: un rito tardío, extraviado, personal.

Muchas veces se habla de tal o cual novela como “el texto retrato de una generación”. Este libro ha recibido esa calificativo en algunos lugares. ¿Cómo te llevás con ese comentario? ¿Es posible abordar o contener un tiempo como el de hoy día, con tantas manifestaciones diversas -y tan efímeras-, en un libro?

Sí, se dijo eso. Y oportunamente hice mi descargo: de ninguna manera esa fue mi intención. Es una lectura que excede el horizonte inicial pero que a la vez es perfectamente posible, en tanto los personajes de todos los cuentos son, digamos, treintañeros castigados por el mundo. Pero buscar ese efecto no es, me parece, propio de un escritor, sino de un megalómano, alguien que no quiere escribir sino ser famoso, vender libros. Yo lo haría parte de otro efecto que sí estaba en el horizonte de lectura, el de reconocimiento, la posibilidad de encontrarse ahí por parte del lector. Pero esto, el reconocimiento, es el resultado de un trabajo con la forma, no con el mensaje.

Por último quería preguntarte por tus influencias, en particular para este libro. No solo las narrativas, también de otras expresiones artísticas -si es que las hay-.

Te contesto con obras. En cuanto a la aproximación a una lengua, tres libros cordobeses: Un oso polar, de Pablo Natale, El loro que podía adivinar el futuro, de Luciano Lamberti y los poemas de El indio Salario, de Carlos Godoy. En la intención del making a long story short, de probar las posibilidades del cuento como resumen de una novela, los libros Llamadas telefónicas, de Bolaño, y Bonsai, de Zambra. Esto es algo que Mauro Libertella hace también de manera brillante. El narrador de Teoría y práctica, igual que el de Acá había un río, tiene muchos puntos de contacto con el de Historias extraordinarias, de Llinás. Y me pregunto en qué medida, atrás de muchos estos experimentos, no estará el Paul Auster de Fantasmas.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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