Ediciones DocumentA/Escénicas, editorial independiente cordobesa que nos tiene acostumbrados a convertir las piezas teatrales en libros objeto, editó en esta oportunidad la pieza que Rodrigo García presentó recientemente en nuestro país: Evel Knievel contra Macbeth na tierra do finado Humberto. Los textos vienen acompañados por una serie de bocetos y dibujos que el dramaturgo utilizó para explicar la espacialidad y tenor de la puesta en escena a los actores y links a videos que hacen al imaginario circundante a la pieza. Pudimos conversar con Rodrigo durante su visita sobre el libro, la obra, su vida y su percepción del momento político internacional. Pasen y lean…

 

desgrabación: Nicolás Ferraro

Contame un poco acerca de esta obra y sobre todo de este libro, que es como un tránsito de la literatura a la escena.

Claro, nadie lo entiende bien el libro. El libro salió porque Gabriela, la editora, justo tenía que viajar a Europa y nos encontramos, no nos conocíamos de nada. Empezamos a hablar y yo le expliqué cómo trabajaba y que justo me agarró ensayando. Entonces le expliqué que yo hacía dibujos para llevarles a los actores, para que vieran cosas y por eso el libro es una mezcla rara de dibujos, el texto de la obra y los videos.

Los “cuentos” que aparecen en cada capítulo, ¿van a ser parte de la obra?

Son parte de la obra. Yo no sé escribir diálogos, entonces escribo ese tipo de narraciones así que lo van diciendo las actrices, que son dos mujeres que tengo escena.

Los textos reflejan una actualidad social que excede a lo regional. Disparatados y todo, tocan diferentes puntos neurálgicos de lo que estamos atravesando como país. Hay una reflexión sobre el poder, sobre los medios de comunicación, sobre la perdida de lo esencial en el ser humano…

Cuando uno toca esos temas, al final son universales y afectan un poco a todo. Yo, como argentino emigrado, hace tiempo hacía obras donde intentaba hablar de una manera más directa de mi pasado en Argentina. Esta vez no, ésta es una obra donde se habla de una manera más general. Se está hablando de ciudades que pueden ser cualquier ciudad. Situé la acción en Salvador de Bahía porque me dio la gana, porque me gusta, fui muchas veces,viste… En el libro siempre hay una idea de desmitificar las cosas, de quitarle peso, por eso cada vez que quiere contar algo importante, o que para mí es importante, me gusta ponerlo en un contexto que sea estúpido, que sea banal, que sea popular. 

Es muy divertido el libro, pero no deja de tener una crítica lúcida sobre ciertos temas.

Yo no me libro de ser bastante nostálgico. Al final, tengo una carga nostálgica y muchas veces intento serlo menos pero no puedo, por… moralista… A veces hay detalles un poco moralistas…

¿Cómo recuperás la figura de Evel Knievel?

Son cosas de mi infancia en Argentina. Me acuerdo de verlo en la televisión. En Europa, en Francia donde yo viví, les hablás de Knievel y nadie sabe de qué les estás hablando. Pero no importa, es un referente para mí en la infancia y me gustaba que una persona que llegó a tener tanta popularidad se la gané haciendo una boludez… ¿Cómo puede convertirse en un ídolo de masas un tipo que lo que hace es una barbaridad? Se tomaba dos botellas de whisky, se subía a una moto y saltaba, se rompía entero, lo llevaban al hospital y se acabó. Y me parece “cómo puedo decirte de otra forma que el ser humano es un idiota”. No se me ocurre otra. Entonces Evel Knievel era un idiota contra otro idiota que era Orson Wells que se cree MacBeth en la tontería que escribí… Son como idiotas que van respondiéndose y peleando.

 Hay un espíritu cínico que sobrevuela los textos, por ejemplo cuando Evel Knievel va a fumar adentro de las casas de los amigos y dice: se las dejé apestadas, pero ya apestaban al olor de la estructura familiar, y empieza a deconstruír la estructura familiar. En el medio de un devarío aparece una patada a los dientes del espectador, donde les estás diciendo: mirá que éste sos vos. Eso es interesante.

Es lo que intento. Cuando era más joven me ponía a escribir exclusivamente sobre las cosas que me disgustaban, ahora que soy más viejo intento no escribir solo sobre las cosas que me disgustan, también intento escribir cosas bonitas. Tengo que intentar pensar que hay cosas buenas también. Pero estas partes malas que decís, críticas, tienen que estar para no quedar como un ingenuo. Me río y meto esas críticas dentro de situaciones completamente surrealistas, así me libro de la pedantería o del moralismo.

Pensaba en la figura de la mosca que aparece en tu texto: “es una mosca que está comiendo dulce con cocaína, que seguramente se pensará que es una mosca que está en el atelier” y es una mosca que está preparada para chocar contra la ventana cuantas veces sea necesario…” Hay algo universal en eso; los seres humanos estamos transitando un momento político donde nos estamos dando de cabeza contra una ventana que sabemos que no funciona, pero no podemos pensar más allá de esa ventana.

Para agarrar la metáfora que estás usando de la mosca, lo que a mí más me preocupa en este momento es que dale, muy bien, digamos que somos moscas que nos pegamos contra el cristal, pero a mí lo que más me molesta es que no vayamos juntos. Hay un nivel de individualismo tan espantoso que como resultado da esto. Y es una pena. En realidad, lo que estoy diciendo es que quiero creer en el amor. Me gustaría creer en el amor. Y no puede ser que vivir sea sálvese quien pueda. Quizás todas mis obras sean una especie de llamada a unirse, a prestar atención a alguien más que a vos mismo.

Me interesa la idea de Estado que trasciende a los textos. En un momento salta la frase “la fraternidad es un insulto para el amor”. Y hablás de la fraternidad como Estado.

Volviendo a la realidad nuestra, esa fraternidad que me parece asquerosa es un punto de partida y acá yo veo que ni se llegó. Ni siquiera se llega a ser a lo que debería ser un punto de partida para lo demás. Yo me fui de acá en 1986, no cambió nada para mejor. 32 años es mucho tiempo…entonces, ¿siempre tienen la culpa, exclusivamente, los políticos?

Ahí está la mosca que se pega la cabeza contra el cristal.

Y me duele ver que se da vueltas y vueltas y vueltas… Hay algo de no ayudarse, tío. De no tener la menor solidaridad. Eso es una putada.

 Lo es. Nos pusimos solemnes. Es una mierda.

Pero bueno también, ¿cómo vas a ser solidario si estás corriendo la coneja, si no tenés un mango? Es un lío. ¿Cómo vas a ser solidario si ves que los otros afanan? Es mucho pedir.

Tus obras anteriores están editadas con la misma forma que este último.

No. Esto es una cosa nueva que ha hecho Gabriela. Yo a veces mezclé dibujos míos en algunos libros. Pero esto de los videos es la primera que lo hicimos. Fui yo él que lo propuse. Así se divierte más el lector, tiene más cosas.

¿Y la recepción de los espectadores con las obras?

Mi obligación es no saberlo porque yo soy muy frágil, entonces me hace daño cualquier cosa. Cuando acaba una obra salgo corriendo. No me quedo en el bar, no voy al bar. Siempre en los teatros tengo una puerta de salida para escapar por atrás. No quiero escuchar. No puedo hacer nada más. Yo hice lo que hice. No necesito escuchar nada. Mala suerte, es lo que hay. Si gusta, gusta. No quiero saberlo, hombre. Hay una cosa que es clarísima; si la sala está vacía no me va contratar nadie. Si está vacía ya sé que no funciona. Pero si la sala está llena, y hay quilombo, perfecto. Mejor.

¿Esta no es la primera obra tuya que llega acá?

No. Dirigida por mí hice una hace tres años en el FIBA en el teatro San Martín, una que se llamaba Gólgota Picnic y luego, hace dieciséis años atrás, presenté tres obras más. Y luego se hicieron obras mías por otros directores.

¿Por qué te fuiste?

Me fui por problemas personales, por la mala relación con mi padre. Y también porque me fui porque era joven, y cuando se es joven haces cualquier tontería. Me fui también porque tenía un sueño roto, porque yendo de niño a joven me tocó enterita la dictadura militar, y luego ganó Alfonsín y entonces como yo viví el primer gobierno de Alfonsín, y para mí era lo mejor que nos podía pasar en la vida. Ver la gran dificultad, aquel gran desastre… aquello que no podía funcionar con Alfonsín, ya terminó de decirme vete por ahí, a ver qué pasa. No me siento orgulloso de haberme marchado, para nada, a veces me siento culpable, pero esos son los motivos. Mucho pesó el familiar, estar lejos de mi padre, persona a la que detesté siempre, y luego, el sueño de Alfonsín, que se había ido a la mierda.

¿Y cómo llegaste al teatro?

Al teatro llegué porque mis padres me llevaron a ver una obra de Federico García Lorca, yo tenía nueve o diez años, y fue una obra muy rara, un montaje muy delirante. Me asusté mucho por el ruido, porque había gente desnuda en el escenario. Ese fue el primer recuerdo y me apasionó. Y luego empecé a venir al teatro, como yo vivía en el barrio de Grand Bourg, de extrema pobreza y de extrema violencia, no me gustaba vivir ahí. Entonces intentaba salir de ahí y me iba al teatro. Yo le robaba dinero a mis viejos y me lo gastaba en entrar al teatro en vez de en drogas. Y así empecé a ir, para intentar cambiar la vida.

 Como extranjero, ¿cómo se vive la política? ¿Cómo te involucrás con los diferentes movimientos sociales?

Yo soy un capitalista, yo lo asumí eso. Estoy dentro del sistema capitalista. Tengo una casa muy bonita, un coche… Pero no lo estoy diciendo como algo positivo. Estoy hasta las pelotas de los artistas que dicen que son de izquierda y viven una economía liberal, capitalista, pero cuentan que son de izquierda. Y es mentira, lo único que hacen es ir a restaurantes de tres estrellas Michelin y todos viven maravillosamente. Entonces, no sos de izquierda, porque eso ya no existe. En el imaginario de todos nosotros sí, pero es mentira. En España y Francia, es mentira. ¿Qué izquierda?

 ¿Ves alguna alternativa al capitalismo?

Si viera alguna alternativa, me dedicaría a la política. Sería diputado e intentaría luchar por eso. Es una sociedad que es una bola que te lleva, estamos dentro y ya. Es feo lo que digo. Cualquiera que lea eso diría: este tipo es un cagón, ¿cómo que es una bola que te lleva? Por supuesto que se pueden hacer cosas buenas. Y claro que se pueden hacer cosas buenas. A mi modo lo intento. Pero al final mi ordenador es un Mac y tengo un iPhone, estas son las zapatillas que las tiene no sé quién… ¡Estoy hasta las pelotas de la gente que vive esa esquizofrenia!

 

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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