Entrando por tierra o mar o, incluso, aterrizando desde el cielo, el viajero que llega a Roma se pregunta si está en una sola ciudad o en dos ciudades paralelas. Roma es la más hermosa de las ciudades rotas. La más gastada de las ciudades eternas. Se puede andar el día entero por calles descascaradas, subir por escalones flojos con barandas despedazadas. Caminar por veredas milenariamente abiertas, esperar hasta la noche bajo un farol que jamás se enciende. Roma vive el día a día de su eterno descenso. Ya no necesita fingirse joven. Su cara arrugada es su mito. En donde falta mantenimiento, alguien cuelga una guirnalda de focos de bajo consumo y una maceta con flores.

La Roma de hoy es la caída de al menos dos Romas pasadas: una antigua y pagana, casi esfumada, en medio de las ruinas de una Roma cristiana y dieciochesca. Digo mal, porque ¿qué Roma no está en ruinas? ¿cuál de ellas no parece a punto de esfumarse? Es cierto que la barroca es muchísimo más vasta y abundante, pero, alrededor de un edificio como el Panteón, ¿no es como si todo el resto de la ciudad perdiera peso?

El Panteón, construido por Adriano durante el Siglo II d. C., está clavado en el medio de Roma como una montaña: algo demasiado unido al suelo, ¡algo imposible de evadir! Alrededor, los demás edificios parecen livianos. El Panteón está en cambio tan fijo que, durante el Siglo VII, la Roma cristiana no encontró otra solución que convertirlo en iglesia.

Con el paso de los siglos, una nueva Roma fue asomando. Fue primero el alma de los viejos edificios: solo vivía en los interiores. Con el tiempo, la relación se invirtió y la antigua Roma caída se hundió como una raíz en el suelo, mientras la Roma barroca brotó, con sus borlas y sus nichos, como una enorme e intrincada rosa por encima de la vieja.

En ese momento, las grandezas pasadas llegaron a resultar una molestia. Durante el Siglo XVI, el papa Pío V regaló a la ciudad una colección de antiguos dioses de mármol que en el Vaticano “ocupaban demasiado espacio”. Algunos estaban desnudos (Roma es la ciudad de las estatuas desnudas, en la que Dios aún no quiere ver en sus templos – ni los hombros ni las rodillas de las muchachas!). Hay que decirlo: Italia es un país con una marcada tendencia al exhibicionismo y, al mismo tiempo, al aspaviento.

El italiano es un español exaltado y dramático, lleno de palabras intuibles y expresivamente (muy) insistentes: “mucho” se dice tantissimo. “Copa” se dice: calice. “Basura” se dice immondizia. “Eso es todo” se dice ¡basta!

Luego hay, obviamente, palabras que provocan un repentino desconcierto: “suave” se dice morbido. “Salame” se dice salumi. “Orfanato” se dice orfanotrofio.

El viajero hispanohablante tiene el gusto de pasear entonces amparado en una lengua que adivina, pero en medio de dos ciudades que desorientan. Las fachadas descascaradas en Roma se conservan con una mezcla de esperanza y resignación: no las embellecerán la pintura y el mantenimiento. Las embellecerá – el tiempo.

En el centro de la ciudad, hay una especie de cráter. Allí están expuestas las ruinas del templo de Saturno, Marte, Palas y Venus. Si toda la ciudad huele a incienso, las ruinas de la Roma Antigua huelen – a manzanilla. Si en todos los templos cristianos se conserva un diente o un hueso de santo, en el cráter del Palatino parece aguardar, entero, un esqueleto. De esta manera, se entiende por qué Roma se resiste a la pintura: para una ciudad tan antigua, nada es más fascinante que dejarse arrancar una capa.

Ninguna Roma es moderna: si el futuro es metálico y despojado, Roma es una ciudad primitiva. Todo lo que envejeció, permanece. Roto y aún rompiéndose. Todo lo que estuvo, está. En todo caso, a lo roto, se le agregó otra cosa que luego también se rompió, y ahora reposan juntas las ruinas de ambas.

Por primera vez pienso en si no es ésta, al fin y al cabo, una ciudad viva de verdad: es vibrante y hermosísima en medio de un innegable proceso de deterioro. Roma, en su decadencia, incluso tiene la osadía de declararse eterna. Y sin embargo ¿no es la vida justamente esa sensación de eternidad en el medio de lo obvio?

Por otra parte, Roma conserva algo de materia orgánica, que ninguna ciudad de vidrio logrará imitar jamás: la proximidad entre la ruina y la vida. Además de la fertilidad de estar descomponiéndose.

En la Roma cristiana y barroca, algunos edificios tienen el color de los rostros de los enfermos; otros, el de las flores marchitas. Desde una vista panorámica, me parece que  toda la ciudad es como un gran altar que no se limpia desde hace mucho. Conserva el tono desteñido de las ofrendas azotadas por el sol y por el viento.

Me sorprendo dentro de todas las iglesias. Por más insignificantes que parezcan por afuera, por adentro son como grandes casas de muñecas. Tienen sucesivos altares tridimensionales, en los que los muñecos miran hacia el cielo y sufren. Gotea una fascinante sangre roja de sus corazones.

En una vitrina, entre los brazos de María, Jesús está adornado con siete collares de perlas. Sobre mi cabeza, una línea de incensarios verdes. Dentro de una capilla, me arrodillo ante la Virgen vestida de encaje plateado, en forma de hermosísima muñeca de porcelana.

En otro altar, Jesús está pintado en llamas, junto a unos diablos de cinco colores. Bajo una mesa, en una especie de jaula de oro, duerme una santa de mármol. El cristianismo romano está saturado de pequeños dioses. Sobre un pedestal, una santa con muchos pares de ojos. Luego, en la misma iglesia, en la cima de un altar eléctrico, la cabeza de cera de un San Fulano. Hay también una santa con una pinza y una cruz flotante y voladora. Por último, un San Francisco, marrón y echado como un árbol seco, pero repleto de pájaros.

En el fondo de un templo, percibo por primera vez la conexión poderosa entre Italia y la religión católica. O, más específicamente, entre Italia y el mármol, el terciopelo y la fe. También: entre Roma, el oro y las flores marchitas. Son irresistibles. Los siete elementos del paisaje religioso: madera, cera, flores, mármol, fuego, terciopelo, oro. Son casi invencibles. El interior de los templos agota, con buen y mal gusto, todas las posibles combinaciones. Con sus pesadas cortinas rojas, los confesionarios de madera oscura tienen hasta algo de diabólico.

Por último, entre las imágenes pintadas, voy tomándole una especial afición a las Anunciaciones. Porque: disfruto de que el ángel y María se hagan una reverencia mutua. Se encuentran ambos inclinados, a la vez, en un mismo gesto de respeto y humillación. Esa igualdad factual, en medio de un gesto (la reverencia) que remite claramente a una jerarquía, me pone la piel de gallina. María se inclina para saludar al ángel, pero el ángel se inclina para saludar a María. Me pregunto qué clase de cristianismo podría tener como centro la glorificación de esta escena.

Pero aún cuando salgo de una de estas casas de muñecas, la otra Roma me espera, hospitalaria, pagana, descasdarada y fresca. Pienso en que la vida debe ser algo así como un proceso de deterioro durante el que uno llega a ser incluso – muy feliz. ¿Un decaer infinito? ¿Un placer de seguir casi igual de infinito?

La idea de una Roma eterna solo puede compararse con la idea de un amor eterno. No existe realmente para la eternidad. En todo caso, existe y sirve para el momento.

 

 

Sobre El Autor

Marina Closs nació en 1990, en la provincia de Misiones. Cursa estudios de en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros La doncella aguja, El pequeño sudario y El violín a vapor.

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