Un secuestro del que, hasta el último momento, se desconocen los motivos. Una intriga, que los personajes parecen ignorar, recorre toda la novela, se mezcla con las preguntas que se amontonan en una charla entre el secuestrado y el secuestrador: ¿qué sucede si la libertad que consideramos preciada es ilusoria?; ¿qué sucede si no hay hacia dónde escapar, si la red que nos envuelve es infinita?; ¿qué pasaría si nos damos cuenta de que hay un poder detrás de las cosas que decide por nosotros, un poder que elige, incluso, la existencia misma de lo que nos rodea?

La conversación entre un estudioso y un sacerdote podría aparecer en un programa de televisión y, sin embargo, se da en una pequeña celda de una iglesia, en la que el secuestrador le pide que se vaya, y de la que el secuestrado no quiere irse.

Además, una viuda negadora y un exconvicto de clase media alta buscan al que ha sido raptado y se topan con una prostituta rebelde, con una orden eclesiástica disidente, con un artista del porno. Entre una comedia de salón y una de enredos, en clave policial, los improvisados investigadores recorren los pilares del dogma religioso, las vicisitudes de una productora de pornografía, las reglas naturalizadas por la sociedad desde las góndolas del supermercado hasta el Big Data.

El rapto, además de un secuestro, también puede ser un lapsus, un arrebato, una forma del azar capaz de urdir una trama más elaborada que todos los cálculos y previsiones de quienes quieren controlar la ilusión de la libertad. Como quien lanza una piedra al aire y no puede medir las consecuencias de ese acto. Con ese infinito de posibilidades la novela sorprende y atrapa al lector.

Miriam Molero, de larga trayectoria periodística, tiene en El rapto un debut en la literatura que no podría ser más auspicioso: una novela que mezcla la intriga con el humor, la reflexión con el desparpajo para mostrarnos un mundo en el que todos estamos interconectados.

Hablanos, por favor, de la génesis de esta novela y, de ser posible, de aquellos eventuales hechos y factores que, de alguna manera, pudieran haber intervenido en la formación de esta historia; obviamente, más allá del claro fruto de la imaginación.

Esta novela se originó porque sí. Comenzó a configurarse en mi cabeza la idea de un profesor de semiología que desaparece. Luego, una noche en que estaba de visita en la casa de quien fue mi profesor de semiología de la vida real, Raúl Barreiros, le anuncié: “Voy a escribir una novela con vos y con Sebastián (su hijo)”. El resto de los elementos son recursos, algunos de la vida real otros de la pura fantasía, que me sirvieron para cumplir con otro objetivo que se me apareció en el camino: decir un par de cosas de la Iglesia Católica. La novela fue escrita en muy poco tiempo, quedó finalista del Eugenio Cambaceres de la Biblioteca Nacional y a partir de ahí durmió en un cajón hasta que, después de años, Raúl se contactó conmigo. Tuve el presentimiento de que algo no andaba bien y eso hizo nacer la urgencia de publicar “El rapto”.

Partimos de una ausencia, de cierta presunción, de algunas conjeturas, y lo hacemos de la mano de dos personajes reunidos a efectos de dilucidar qué pasó y dónde está el ausente. Ramiro y Catalina; ambos vienen de algún encierro y, ella, además, debe sobreponerse a otra ausencia. En tu novela se reconocen distintos tipos de celdas, de encierros, de duelos  y de ausencias. Me gustaría que nos hables de ello, ¿puede ser?

Hay varios factores que se cruzan. El más importante tal vez sea la elección de clima. Me molestan profundamente las novelas que empiezan con un tono y terminan con otro o que empiezan con unos determinados colores que después no pueden sostener. O que arrancan con una historia muy bien contada pero que no pueden resolver y echan mano a recursos burdos para zafar. Ese tipo de publicaciones no debería trascender los límites del taller.  “El rapto” es una novela cuya acción transcurre en menos de un día. Arranca en una tarde nublada y la mayor parte de la acción transcurre entre el crepúsculo lluvioso y el amanecer frío. En ese contexto quise insertar personajes imperfectos, tullidos. La ausencia, el duelo, el encierro, las celdas son parte de la construcción de los colores, los olores de los lugares; los duelos constituyen la carencia de los personajes. Cada uno de los personajes adolece de algo, es como si no vivieran sino que más bien fueran empujados hacia el vacío del mundo. En lo que hace a la escritura en sí, la novela está marcada por una descripción por la negación. Dicen que las escenas de sexo son las más difíciles de escribir en literatura. Sin embargo, creo que lo más difícil de escribir son las descripciones. Por eso se me ocurrió que en el contexto del enigma bien podía hacer muchas de las las descripciones por la negativa: las huellas de la persona que no está en la casa del raptado, el lujo ausente en la iglesia de los trinitarios, el esplendor de un pasado que ya no existe en el petit hotel del actor. Lo que estuvo y no está, lo que falta pero también lo que se elige no tener hablan de las personas y de los sitios.

El hecho de haber elegido un semiólogo y un sacerdote para el despliegue de un diálogo, que parece más instrumental y afilado que de escucha, merece una pregunta al respecto, ¿cómo surge esta idea de compulsar dos expresiones interesadas en conducir la producción de sentido? Te pido que nos hables de esta práctica de esgrima intelectual (duelo) y de cada espadachín en particular

Tendría que ir un paso más atrás. Toda la novela está montada para poder darme el gusto de escribir esos diálogos. Lo que yo quería era hacerle un homenaje a Raúl Barreiros en su propio terreno y, de alguna manera, como heredera meritoria de un modo de pensar que aprendí con él. Uso al personaje del semiólogo para decir cosas que pienso y repienso, necedades que observo en la sociedad, naturalizaciones que me vuelven loca. Pero uno no puede escribir una novela cuyo objetivo sea ese; tiene que disfrazarlo. Por eso metí ese diálogo en un género popular como la novela negra y terminé hibridándolo con la comedia. Por eso la tensión dramática del diálogo está sostenida sobre dos pilares: la certeza de que los dos personajes mienten, la intriga de no saber qué es lo que ocultan y quién es el que tiene la manija. Entonces uno lee ese duelo de palabras sabiendo que lo que importa está detrás, en la compulsa de quién maneja el poder de ese diálogo con el objetivo de obtener otro poder mayor que es dominar al mundo a través del discurso. Con ese contrapeso a favor, como escritor uno se puede dar el lujo de pasarle la franela a unos cuantos asuntos.

¿Por qué la pornografía como punto de encuentro entre ambos mundos?; ¿qué puentes ves o reconocés entre la razón y la fe, entre la racionalidad y la religiosidad?

La pornografía es un elemento para extremar posiciones y ahondar la extrañeza. Si te digo que un sacerdote encargó un estudio sobre pornografía y que se la encargó a un semiólogo al que la pornografía le importa muy poco porque su especialidad es la política, hay tenés ya un tembladeral. La razón, la fe, la racionalidad y la religiosidad son los puntos desde donde se plantan ambos personajes, el semiólogo y el sacerdote. Pero sólo en apariencia. Justamente a lo largo de los diálogos se producen situaciones de trasvasamiento donde el semiólogo habla de superstición y el sacerdote asume una racionalidad que aplasta su fe. Si se quiere, el sacerdote recurre al semiólogo en busca de la razón y el semiólogo cae en la trampa en busca de emociones que lo rescaten de lo puramente cerebral.

 

Pasos de comedia acompañan la trama. ¿Se fue dando naturalmente o ello estaba previsto desde el inicio del proceso de escritura?

Los pasos de comedia no estaban previstos. Aparecieron. Tal vez no tenían por qué estar previstos porque lo que más claro tenía era esa larga discusión entre el sacerdote y el semiólogo. Pero cuando incorporé la acción periférica de los personajes y ya barajando sus perfiles la comedia fue instalándose sola.

¿Querés dar a conocer qué representa Rita para el profesor al tiempo de establecer contacto?

Rita para el profesor es un impulso vital, un fuego que lo enciende, que lo enloquece y lo pierde. Es su deseo en acto, es el regreso al sexo y al despelote. Rita vendría a ser la femme fatale de la novela.

¿Podrías decirnos algo acerca del lugar que ocupan en esta historia el deseo y el  poder?

Justamente. El deseo como la fuerza arrebatadora que nos marca como seres humanos es el cincuenta por ciento de la cuestión: es el mismo deseo el que lleva a un hombre y a una mujer a tener sexo, el que lleva a un necrófilo a acostarse con un cadáver o a un cura a abusar de un huérfano. El deseo es una energía que puede doblegar al ser humano. El otro cincuenta por ciento de “El rapto” es el poder como el verdadero dios que construye la realidad en la que vivimos, lo que nos es permitido conocer y ver. Como dice el profesor, ¿alguna vez te pusiste a pensar que la libertad que sentimos al elegir entre A o B no es tal? ¿alguna vez te pusiste a pensar quién o qué determina que las opciones sean A o B? Hay un poder que está antes, hay un poder que determina qué es lo que va a existir.

Nos encontramos ante un plazo perentorio: “antes del amanecer”. Por favor, te escuchamos.

Como explicaba antes, ciertas cuestiones estaban muy decididas de antemano en la novela: los colores, los olores, el clima, los escenarios y la línea de tiempo. Excepto que quieras hacer un duelo larguísimo como el de la película “Los duelistas” donde los tipos terminan extenuados, necesitás acotar los tiempos de una discusión, tiene que tener un arco como el de los cuentos: comienzo, intermedio, final.

El sacerdote prefiere trabajar con mujeres, y justifica esta preferencia argumentando, entre otras cosas que, ellas tienden a aceptar roles secundarios. Habla de cierta obediencia inherente a “la cultura de lo femenino”. Por otra parte, reconoce en ciertas mujeres una mentalidad masculina: “Rita es una mujer que piensa masculinamente”. Me gustaría conocer tu opinión al respecto y, en tal sentido, te pido ampliar la idea.

El cura habla en términos pragmáticos de las condiciones de las personas que lo rodean en un contexto histórico determinado. En una cultura donde históricamente se ha relegado a la mujer a roles domésticos y de obediencia es lógico que haya consecuencias de hábitos y de costumbres. Si vos crias a tu hijo varón diciéndole que todo lo que hace, aunque sea una porquería de plastilina que te trae del jardín de infantes, es maravilloso, y a tu hija mujer la mandás a hacer las camas y a lavar los platos, algo estás interfiriendo en el perfil de esos dos individuos. El varón se va a sentir el emperador del universo y la mujer un ama de casa, entonces la independencia va a ser un rasgo identificado con lo masculino y la docilidad con lo femenino. Después el mundo ofrece oportunidades y las vidas de las personas son lo que esas personas construyen pero, pero, pero. Tengo la esperanza de que en el futuro no haya características o atributos ligados a un sexo o a otro. Por ahora, para quienes venimos del siglo XX como el sacerdote o el semiólogo esas marcas son reconocibles.

En algún pasaje de esta historia se habla de ciertos asuntos que aparecen en las páginas policiales de los diarios…, “que es donde van a parar la mayoría de los hechos que la sociedad no tiene herramientas para comprender”. Una interesante mirada que merece más letra tuya,¿puede ser?

Eso lo saqué de un trabajo que hice en épocas de estudiante universitaria. Está claro que la sección en la que se incluye una noticia le aplica una fuerte carga simbólica. Recuerdo que para demostrarlo investigué las noticias policiales durante el primer peronismo de Perón y durante el período militar que lo convirtió en el Tirano Prófugo. Pues bien, en cada uno de esos períodos, los disturbios causados por opositores iban sistemáticamente a las páginas policiales, jamás a las páginas de Política. La elección de la sección policiales para hechos de carácter político es la forma que tienen los medios de quitarles relevancia. Lo mismo puede aplicarse a la sección de Interés General o lo que en algunos medios es la miscelánea que es donde va a parar lo que no se entiende. Allí aparecían, por ejemplo, las primeras noticias sobre la “peste rosa”. Nadie sabía de qué se trataba ni cuál iba a ser la transcendencia del hiv.

 La Iglesia, “ institución de varones”, de “obedientes”, por una parte, y de “ocurrentes” por otra. ¿Qué podés decirnos acerca de esta interesante clasificación interna?

Eso es todo un invento, debo aclarar. Necesitaba construirle una cabeza al sacerdote. Quería una cabeza fina, inteligente, con un sistema de pensamiento. Alguien de envergadura para oponer al semiólogo, alguien que tuviera la capacidad de analizar la institución que lo contiene y lo determina. Como lector, vos intuís que el sacerdote, en esa clasificación, es un ocurrente, que pertenece al bando de los curas sanadores, los tercermundistas, los curas narcos, etc. Pero no estás seguro. No sabés si está ocultando algo o no. No sabés si tiene algo entre manos o no. El profesor tampoco lo sabe pero sospecha y quiere desenmascararlo.

Ahora, si digo responsabilidad ¿qué te viene de inmediato a la mente? ¿Y si digo arrepentimiento?

Ja! Se me viene un concepto que más que una convicción es una práctica en mi vida, como una fe. No creo en el arrepentimiento. El arrepentimiento para mí es una manera fácil y barata de conseguir vía libre para cometer la misma macana. Por eso tampoco creo en el perdón. Yo no me arrepiento. Lo que hice, lo hice. Si está mal, no lo vuelvo a hacer pero no ando llorando arrepentimiento sino que me aseguro de no repetir una conducta. Y tampoco perdono. Me parece que perdonar es un acto estúpido. Siempre estamos hablando de cuestiones graves, por supuesto.

Hay otras palabras que también asoman en tu novela y que tienen un peso político muy particular: “clandestinidad”, “subversivo”. Y, obviamente, impacta el verbo “desaparecer”. Es verdad que el alcance de las expresiones depende de un contexto determinado pero, más allá de ello, hay palabras que han ganado cierta autonomía. Te pido una reflexión al respecto.

Todas las palabras tienen un peso especial en “El rapto” por el simple hecho de que está completamente atravesada por el cerebro del semiólogo. Esta novela es en sí un mecanismo semiótico. Es una historia que narrativamente encierra distintas lecturas, en distintos niveles. Pudiste haber pescado el uno y el tres y no el dos; no pasa nada. Funciona igual. Pudiste haber pescado todos y si es así por ahí se te ocurre que para entenderla bien tenés que leerla dos veces. Si pescaste todo sabés que hay un nivel de significación que pega un salto metalinguístico en relación al narrador. Y si, por último, llegaste a conocer a Raúl Barreiros -lamentablemente falleció este año- como alumno, como colega, como vecino, como novio o amante, si lo conociste como amigo y llegaste a tener noticias aunque sea de parte de su historia y de parte de su forma de ser, sabés que la novela es él, la novela como aparato es una transmigración de la mente de Raúl. Por lo tanto ninguna de las palabras que mencionás y tantas otras pueden estar ausentes.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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