Con la partida de Hebe Uhart, una buena parte de las letras nacionales ha quedado huérfana o, por lo menos hemos perdido a una de las más entrañables parteras. Hebe dedicó su vida a la literatura, la propia y la ajena a través de sus observaciones, de sus charlas, de sus talleres.
Supo crear una voz a la vez sabia y cercana, plagada de dobles intenciones, de juegos de palabras. “Un modo de mirar, de ser y estar en el mundo” como bien dice su editora.
Nacida en Moreno, provincia de Buenos Aires, en 1936, Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como docente –primaria, secundaria y universitaria–,  y colaboró con el suplemento cultural del diario El País de Montevideo. En los últimos años comenzó a recoger el reconocimiento que le correspondía y este mismo mes, la casa editorial Adriana Hidalgo ha presentado el primer volúmen de su obra completa, dedicado a sus Novelas reunidas, al que seguirán el de sus cuentos y el de sus crónicas. 
En 2017 Hebe recibió el consagratorio Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, que otorga el Estado de Chile a la trayectoria literaria: uno de los mayores reconocimientos de la lengua castellana. Reproducimos a continuación su discurso de agradecimiento.

Discurso de agradecimiento de Hebe Uhart

Yo no conocía la existencia de este premio Manuel Rojas, ni la del mismo Rojas, nunca lo había leído. Para esta ocasión leí “Hijo de ladrón” y a las veinte páginas pensé ¿Cómo es posible que yo lo desconozca? Es potente y directo, como a mí me gustan los escritores, es argentino de padres chilenos, se ve que ha pasado muchas veces la frontera. Dice, al comienzo de su libro “Me acercaba a Chile, la tierra escondida”. Y ese pasar la frontera de un lado a otro me trae recuerdos, porque yo vine a Chile unas cuantas veces. La primera, muy joven, de vuelta del Perú por tierra desde Arequipa a Santiago y luego cruzando la cordillera con el tren trasandino, con las últimas monedas (Era la época en que uno viajaba con las últimas monedas). La segunda vez, unos pocos años después, cuando Allende estaba por caer, yo estaba en Mendoza y vine a espiar cómo estaban: Estaba tensa la situación, no era momento de recibir turistas. Después vine a Santiago invitada por la Universidad Diego Portales y gocé de la hospitalidad chilena de amigos, y de amigos de éstos. También hice crónicas de viaje y conocí el sur, Chiloé, un delfín acompañó al barquito, Valdivia, tan querible, Pucón, Puerto Varas y al Norte, La Serena. La Serena me gustó mucho, allí dicen “Dama”. Pedí en un bar un café y la mocita me dijo “Sí, dama”. Me intrigan las fronteras y el habla de las mismas, por ejemplo en San Juan, Argentina, yo había oído decir “Se cree el hoyo del queque” (Viene a ser el centro de la torta y se dice de alguien muy pagado de sí mismo). Y en Santiago también lo escuché. Mucha gente de San Juan veranea en Reñaca y los de Mendoza en Viñas, por la cercanía. Pero lo que me llamó la atención en el sur, sobre todo en Puerto Varas y Pucón es que mientras que en el centro de esos pueblos prima la madera clara, en casas e iglesias, como si hubiera una vocación de brillo, en los alrededores donde habitan en general los criollos, es todo más oscuro, más sombrío (El mismo fenómeno se da en la Argentina, en Bariloche y el Bolsón, en Bariloche la catedral parece la casita de Heidi y si vamos más allá, hay como una búsqueda de sombra. Me viene a la memoria una visita remota a Santa Rosa, capital de la Pampa, provincia despoblada si las hay. Fui como acompañante de otra escritora. Ella a la noche miró por la ventana de la habitación del hotel, que era y sigue siendo el Cafulcurá, coloso de 9 pisos rodeado de chatura, y al ver las escasas luces de la ciudad dijo: “Ay, Hebe, ¡qué desolación! Voy a pedir un whisky”. Como soy suburbana y algo entiendo de edificios chatos, luces débiles y hábitos pueblerinos le dije “No, no te lo van a traer”. Efectivamente, no se lo trajeron. Ella era una porteña típica y en Santa Rosa a las once de la noche suelen dormir. Pero mi aprendizaje del lugar no terminó allí, fui con un poeta coplero, moreno criollo, a ver su casa donde vivía con su mamá: La casa tenía las paredes pintadas de color rosa viejo, con los colores de los pintores de cuadros del siglo XIX. La casa por dentro era umbría, despojada, una especie de refugio. A la mamá del poeta la habían invitado a una cena en el hotel Cafulcurá pero no iba a ir porque consideraba que al ser el edificio tan alto se iba a marear. Tan ajeno le resultaba, que una posible descendiente de Cafulcurá se niega a ir al hotel que debió serle próximo. Y volviendo a Chile me pregunto, ¿qué hace en Valdivia, que es todo un conjunto armónico de jardines y techos rojos ese hotel tan moderno, tan futurista, con unas puntas retorcidas en la cima, como si estuvieran allá arriba angustiadas? Ese edificio desentona. Y entonces pienso si no serán nuestros países desiertos poblados un poco a las apuradas en afán de progreso. Perdón por las disquisiciones arquitectónicas, pero Platón consideraba que si el entorno de las personas era bello y armonioso, digamos, las personas también iban a tener pensamientos buenos y armoniosos. Yo también lo creo.

Volviendo al premio, tengo sensaciones contradictorias en relación al mismo, por un lado lo agradezco, como no podría ser de otro modo, y por otro me parece un premio muy grande, como desmedido, como si se hubieran equivocado en dármelo. Y también me siento como el escritor uruguayo Felisberto Hernández, luego de que el escritor francés Jules Supervielle lo presentara en París a un auditorio lleno de público. Dijo Felisberto: “Me siento como un conejo sacado de la galera de un mago”. Por suerte este premio me llega a una edad en la que los elogios y los castigos llegan de forma amortiguada, recuerdo una vez de joven recibí una crítica donde decían que yo tenía sentido del humor, se la mostré a mi mamá y me dijo “Vos, sentido del humor…” Me molestó tanto que lo recuerdo. Ahora comprendería todo de otra manera. Algo de vanidad debía tener yo en ese tiempo, porque solía soñar que daba una conferencia en francés.

Un premio apela a la importancia de una persona, en este caso de un escritor, pero un escritor lo que más quiere es escribir bien, lo mejor que pueda. Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien. Y no soporto los cuentos en que los protagonistas son escritores, ni las películas sobre el tema. En relación con la importancia de lo que hace el que escribe entra en un terreno resbaladizo, porque debe tener conciencia de que no se trata de una lista de compras, pero no debe notarse para nada que lo que hace es importante. Katherine Mansfield lo decía de un modo delicioso: “¿Por qué será que cuando un párrafo me sale bien me inflo tanto que el siguiente me sale mal?”

A mí me parece que se idealiza demasiado a los artistas, se tiende a ver su oficio como algo oculto y misterioso, como si no fueran de la misma pasta que los otros hombres. En mi caso han colaborado mis padres, que me dieron bien de comer y me hicieron dormir a una hora conveniente dándome una regularidad que hacía posible que yo leyera tranquila, nunca me elogiaron mucho lo que ahora considero algo bueno, poco estímulo, librada a mi libertad. También incidieron en mi proceso de escritura mis amigos, que me escucharon y me leyeron, y en el caso de los libros de crónicas las personas que entrevisté y las que me ofrecieron contactos, con ellos me siento en deuda, no los he nombrado o agradecido como me parece que era mi deber. También me ayudó la escuela y la facultad donde me he enterado de muchas cosas. También un poco de suerte para poder editar.

Yo miro a este premio como si me hubiese sacado la lotería… con la salvedad de que nunca compré un billete. O sea, como si alguien me hubiera sacado un billete a espaldas mías. Pero aparte, este premio tiene un sabor agridulce, por un lado premio a la trayectoria me suena póstumo y por otro aquí están mis amigos argentinos y chilenos con los que después iré a comer alegremente.

Me voy a referir un poco a mi literatura, hace tiempo que viré del cuento a la crónica porque me pareció en su momento una forma de renovación. Cansada de escribir sobre la infancia, los abuelos y la inmigración, quise ver un poco más del mundo que me rodeaba y empecé a viajar, sobre todo por América Latina, porque me pareció que ahí había mucho por aprender y descubrir.

Esta explicación debe ser tomada con pinzas, porque un escritor, y sospecho que a la mayoría de las personas le pasa igual, no sabe la razón de sus actos y decisiones. Estas explicaciones sirven más bien para las entrevistas, donde uno se pone a pensar arduamente por qué eligió tal camino y no otro. En general lo que sí tiene un escritor es como un radar que lo lleva a través de lecturas, imágenes, pensamientos hacia el lugar, tema o ser hacia el que quiera ir, pero no sabe más. Las explicaciones son para salir del paso. Alguien dijo: “La crónica sirve para dar voz a los que habitualmente no la tienen” y eso es cierto, tienen prensa los deportistas, los políticos, los artistas, pero hay un montón de gente que está como oculta. Eso es cierto, en las crónicas se vuelven protagonistas personas de pueblos chicos, comunidades indígenas. En todos esos lugares sólo he atisbado, curioseado y sólo me queda eso, haber asomado la nariz, nomás. He tratado de registrar el lenguaje, los modismos regionales y lo que esto implica: Una forma de ver el mundo. Y también a veces logré tener un registro de la forma mía de ver el mundo. Una vez en el mercado de Bariloche encontré vendiendo anteojos de sol a tres negros de Senegal (A la Argentina han venido muchos y están en todo el país). Les hice anotar en un papel su nombre, uno se llamaba Modoro Batal, pero quise interpelar al mayor de ellos, que tenía una cara más elaborada, como de hombre reflexivo, y le pregunto: ¿Cómo te llamás? Black- Me dijo- Cuando estaba por preguntarle incautamente si su mamá le había puesto ese nombre, al ver mi cara de asombro me dijo: “¿Y acaso en castellano no existe el nombre Blanca?” El racismo, como en este caso, muchas veces es inconsciente.

También me he vinculado con el tiempo en que vive la gente de provincias y pueblos que es distinto del de las grandes ciudades. Recuerdo estar en la plaza de Amaicha, un pueblo de unos cinco mil habitantes, en Tucumán, en un hotel sin televisor, nada para leer, había olvidado la radio en otro pueblo. En la plaza rebuznaba un burro sin parar. La tarde anterior quise comprar un diario para tener… algo. El diálogo con alguien allegado al kiosko fue así:

-No está el diarero pero ayer vino.

-¿Será que hoy no le toca?

-No, él está queriendo venir pero es que…

Siempre están dispuestos a defender al ausente.

-¿Y ahora?

-Puede que llegue, puede que no llegue.

Y uno se puede imaginar la cantidad de inconvenientes que pudo tener en el camino, por ejemplo una lluvia privada, que afecte solo al diarero, entonces en realidad que llegue al kiosko vendría a ser visto como un milagro. Y después me dijo, con otro tono de voz, como una disculpa: – Tiene otro trabajo.

Lo mismo hago con los letreros y las placas de profesionales. En Corrientes, donde la gente es de imaginación muy viva, un abogado se hizo una enorme placa con una balanza doradísima.

Mi querida maestra, Simone Weil tal vez aunque no estoy segura, tenga que ver con todos esos recorridos. Ella dice Saber, pero saber con toda mi alma que el otro existe, es tal vez lo más precioso y deseable que pueda “Ver al otro no como proyección de mis fantasías y deseos, sino como alguien que puede tener otra perspectiva, hecha por su historia, su contexto, sus hábitos”. Mi perspectiva siempre me parece la adecuada porque está hecha de mi historia, mis hábitos, sensaciones y todo lo que es mi experiencia, y ¿por qué? Porque con ella me siento cómodo. Julio Ramón Rybeiro, escritor peruano muy conocido en Chile y mucho menos en el Río de la Plata dice: “Cuando miro a alguien y le atribuyo algún defecto, debo pensar si no incursiono en el contrario”. Porque siempre mi perspectiva me va a parecer la verdad, simplemente porque me tranquiliza. En este terreno de dudas y vacilaciones se maneja un escritor.

Añade Simone Weil “El triunfo del arte ( De todo arte) es que me saca de mí mismo”. Vivimos llenos de incomodidades físicas y espirituales, preocupaciones de toda índole, me aprieta el zapato y tengo un viejo rencor que me da vueltas. También dice: “Los mejores productos son como si fueran anónimos”. O sea, que el que lo fabricó no sabe bien ni cómo ni porqué lo hizo.

Es un destino raro el de escritor o artista, lo mejor debe ser como si fuera anónimo y después es alabado, premiado.

He hablado mucho sobre la Argentina, quiero recordar a algunos escritores y artistas chilenos que me han impactado. Recuerdo a Nicanor Parra, a quien vi en San Luis (está al lado es Cuyo) en un congreso de Literatura, nunca lo vi en Buenos Aires, y a los actuales, Alejandro Zambra, que no está acá porque vive en México, a Diego Zuñiga, que también estaría acá pero está de viaje y Alejandra Costamagna que, sorprendentemente, no está de viaje, y hay algo que rescato de los escritores chilenos que me interesa: La capacidad de integrar la vida política a la cotidiana, a través de personajes domésticos, tíos, primos, conocidos, y su forma de pensar. Todos los últimos nombrados lo hacen y bien. Pero también quiero recordar a los cineastas chilenos, por ejemplo, una película de los años setenta “El chacal de Nahuel Toro” donde un borracho del submundo total aprende a leer en la cárcel y se pone zapatos por primera vez, él está condenado a muerte pero de momento está contento con sus zapatos que antes nunca tuvo. También hay una película actual hecha por su nieta a la mujer de Arguedas, el gran escritor peruano, una especie de largo reportaje, que ganó un premio en el Bafici de Buenos Aires, que es un festival de cine. Esa chica está viviendo ahora en Córdoba, casada con un cámara argentino.

Agradezco a mis amigos y a mis alumnos que han venido a acompañarme hasta aquí, a la gente de la editorial argentinos y chilenos que han venido, agradezco la oportunidad de conocer a la presidenta de la república, la señora Michel Bachelet. Agradezco a la vida, que me dio esta oportunidad y en general, como canta la gran Violeta Parra.

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