UNA REVOLUCIÓN POÉTICA

Y la brecha que separa la realidad de su ideal. El romanticismo y su proceso de marchitación.

La historia del pensamiento y su importancia. Las ideas, las obras y la mente. Los poetas.

En su libro, La escuela del desencanto, el reconocido crítico e historiador de la literatura francesa, Paul Bénichou, profundiza en el análisis de la Revolución de Julio de 1830, invitándonos a entrar, con él, en aquel tiempo de ideales abrazados en virtud de un alumbramiento, el del romanticismo francés. Así conoceremos, un poco más de cerca, a los románticos de la Restauración. A tantos grandes autores recordados en estas más de seiscientas páginas.

Nodier, Sainte-Beuve, Musset, Nerval y Gautier…Tomaremos a estos dos últimos a título de presentación y, sobre ellos, transcribiremos solo algunos párrafos de este libro, con la intención de mostrar a grandes rasgos, mediante pinceladas, el estilo que el autor le imprimió a esta obra cuyo prólogo le fue confiado a Tzvetan Todorov.

Todorov

Reconoceremos, a la distancia, sueños, anhelos, aspiraciones colectivas y, no menos decepciones.

“Más que con cualquier otro poeta, otorgarle un lugar a Nerval en un libro como éste es ser ya de una opinión. Es cierto que Nerval no se vanagloriaba, al menos no tan explícitamente como la mayoría de los escritores y poetas de su tiempo, de predicar el nuevo siglo. Sueña, cuenta, imagina, y el hecho de haberse distanciado de la realidad parece mantenerlo lejos de las discusiones y parece haberlo llevado a tomar ciertas decisiones, salvo la decisión que justamente lo llevó a tomar esa distancia: pues se trata de la decisión primera, que tan pronto como fue adoptada estaba menos destinada a suscitar un debate que a abrir una carrera imprevisible de maravillas y de angustias. Si por añadidura, el delirio tan propio de Nerval tiene su lugar y su potestad en la aventura, la tarea de aquel a quien definimos, un poco con frialdad, como “historiador de las ideas” no es menos sencilla. Indagar lo que Nerval piensa acerca de nuestras intenciones no puede parecernos, dadas las condiciones, una empresa prometedora. Sin embargo, incluso afectando la realidad con un tono de negatividad, Nerval no aparta su obra de toda opinión pública; lo quiera o no, hace una profesión de fe, y no puede evitar que esa profesión sea analizada y comentada como idea. Para que ello no fuera así sería necesario que no se hubiese expresado de nadie ni se hubiera referido a nadie, lo que por supuesto no es el caso. Desde hace tiempo sabemos que la palabra del poeta ha sido despojada de la responsabilidad común del lenguaje como medio de intercambio práctico; pero la palabra del poeta, debido a las ideas que ella misma transmite, abriga otra responsabilidad, no menos importante: la de que estas ideas -más intuiciones sensibles, representaciones y gritos del corazón que conceptos- sean con eminencia las adecuadas para establecer contacto y para convencer. La única manera de honrar a Nerval es reflejar con fervor los conflictos de su imaginación y de su corazón, más allá de hacer el balance de las maravillas de un prestidigitador. Exige más que eso. Él, a diferencia de los iniciadores del romanticismo, casi sin ser un hombre de doctrina ni de predicación, cuenta, sin embargo, con que ha de enseñarnos algo. Por más despreocupado que esté, escribe para merecer amor y aprobación, y sabe bien que el intercambio con su lector no es puro sentimiento. En este sentido, como pensador, es que Nerval nos parece digno de importancia. Si bien es cierto que no es la totalidad de Nerval, se trata de una parte íntima y constitutiva, y sin este Nerval no hay Nerval”.

Nerval

“La experiencia del amor y la experiencia de la locura guían la búsqueda de Nerval. Más tarde vendrá la experiencia del recuerdo. Sin embargo, su pensamiento, al mismo tiempo que bebía de fuentes íntimas, también buscaba fuera de de sí un alimento objetivo en las creaciones y las creencias de la humanidad. Durante la década de 1840 Nerval no dejó de perseguir la solución de un problema universal de fe y salvación, obsesión de todo el pensamiento que le era contemporáneo. ¿Qué creencias podían ser ofrecidas a la vanidad para poder reemplazar la quebrantada fe tradicional? En la medida en que Nerval, con muchos otros de sus contemporáneos, intentó responder esta pregunta, fue, como ellos, un pensador laico, en busca de una nueva fe.”

Una historia filosófica y literaria. Una reacción frente a la racionalidad de la Ilustración.

Una fuente de inspiración que conmueve a los escritores “románticos”. Ellos advierten la historia como el conducto de una evolución destinada a alcanzar un estado más elevado de la humanidad. Un ascenso moral. Y una nueva forma de pensar, desde la estética del romanticismo, la posible transformación social.

“Fraternidad, igualdad, libertad”. Tal vez una ilusión cuyo destino, años después, en 1871, cruzaría las calles de París en llamas. Ahí, la realidad tomó la idea de una masacre por motivos políticos, del mismo modo que en el siglo XVI, aquella París se hacía trizas por razones religiosas, y es obvio que también  políticas, inscribiendo en su historia la tristemente célebre matanza de San Bartolomé.

En ambos casos podríamos preguntarnos ¿dónde se encontraba el poder espiritual?

La obra de Nerval nos ha obligado a un viaje crítico prolongado. Su espíritu no es fácil de asir ni puede hacerse sistemáticamente: su andar es irregular, y sus creaciones van hacia muchas direcciones; la preeminencia de un tema está disimulada en él con la diversidad de experiencias y proyectos; sin embargo, de una u otra forma, está allí, sólo falta buscar y embonar los elementos dispersos. En cuanto a la explicación o definición de su encanto, vale más darse por vencidos. Fracasaríamos en el intento, y la limpidez de su elocución aterra de antemano a aquel que intente cometerla. Preciso es ir detrás de él en sus fantasías e intentar asir el hilo de sus pensamientos sin pretender organizarlos demasiado; pues si bien es cierto que es pensador tanto como narrador y como poeta; su pensamiento tiene de particular que, dominado por los problemas que inquietan en general al romanticismo francés, busca menos resolverlos que hallarlos irremediables.

En lo que a él concernía, le habría encantado, como a tantos otros, reconstruir, sobre la ruina de las creencias muertas, una creencia viva del amor, del ideal, del futuro. Pero el amor -el amor compartido- le faltó absolutamente; el ideal, a su entender, condena lo real; el vértigo del tiempo estropea la religión del porvenir; la época de las reconstrucciones humanitarias sobrevive y muere con él. El vacío de las creencias perdidas, que cada quien a su modo buscó llenar o intentó llenar con este entusiasmo del corazón, de la razón y de la imaginación que en Francia se llamó romanticismo, ese vacío quedo abierto abierto ante él. De ahí la tentación del regreso de las religiones, a las de todos los tiempos y todos los países, incluyendo el cristianismo. Esta tentación está más marcada en él que en sus predecesores; pero, en efecto, su sincretismo desencantado es más pernicioso para la fe tradicional que su deísmo. El desencanto, más en él que en Musset, su contemporáneo en edad, tiene la forma esencial de un amor enfermo, marcado con el fracaso, la ambivalencia y la culpabilidad. La salvación a la que aspira debe liberarlo de este mal, tanto como de su locura. Amor frustrado y delirio parecen ser indistintos en él y buscan el mismo remedio. Es la primacía del amor, a la que no sabría renunciar, lo que hace que siga siendo romántico, en su sentido francés. Pero deja de serlo en la medida en que se separa para emprender una búsqueda azarosa de la fe humana de sus predecesores”.

 Los sentimientos por sobre la razón. El subjetivismo y la introspección. La contemplación.

La rebeldía creadora de los poetas; sus obras y el sentido de los textos. Su objetivo.

Exaltaciones apasionadas. Y la interpretación mediante una suerte de diálogo.

Un tiempo de grandes poetas, tales como Lamartine, Vigny, Hugo.

Gautier

 “Gautier, entre los más jóvenes de la generación de 1830, es el único en quien parece sobrevivir, hasta el Segundo Imperio, el espíritu del gran Cenáculo y la batalla de Hernani. Y también es en él, paradójicamente, en quien se dejan ver de la manera más nítida, en relación con sus predecesores, las diferencias: la doctrina, que se encarna en él, del arte por el arte como único credo y el desprecio de todo lo demás. Adepto, hasta el final, del dios Hugo, y sin embargo poco preocupado por los destinos de la humanidad; aunque veterano e historiador de las batallas del romanticismo, también fue precursor y maestro, en espíritu, de la generación de 1850: Baudelaire, Banville, Flaubert, Leconte de Lisle, en todo lo que la distingue de la de 1830. Esta doble posición sigue incomodando a los comentaristas: ¿Gautier continúa el romanticismo o lo altera? La respuesta depende de lo que entendamos por romanticismo; sin embargo, entendamos lo que entendamos por romanticismo,la literatura de Gautier, desde la década de 1830, difiere del romanticismo en boga; de lo que se trata es de decir en qué. En el principio era el Cenáculo; pero después de Julio de 1830, los Jeune-France del petit Cénacle se convierten en algo distinto, que nace de la decepción que trajo aquellos días de revolución. Gautier experimentó dicha decepción tanto como sus amigos. Todo lo que escribió durante la monarquía de Julio es, de cierta manera, la continuación y la formalización de esta primera reacción.

Ninguno de los juniors del romanticismo habría de llamar tanto la atención de la generación siguiente como él. La mayoría de los Jeune-France desaparecieron de escena unos años después. Nerval es la excepción, pero pasó, hasta su muerte y mucho tiempo después, por un escritor menor, aunque exquisito. En cuanto a Musset, sabemos lo poco que lo tomaban en cuenta, por más que lo apreciara el público, los graves autores del posromanticismo francés: Baudelaire en particular. Completamente distinto es el caso de Gautier, cuyas decisiones y pensamientos directrices -pesimismo y esteticismo- prefiguraban y orientaban la literatura venidera. Aquí se encuentra la fuente de la consideración de la que gozaría hasta su vejez. Dicho crédito desapareció inmediatamente después. Las fórmulas, a menudo desconsideradas, de su polémica, la apariencia de sacrificar, en poesía, el sentido por la forma, su constante oscilación entre un sentimiento trágico de las cosas y un hedonismo de corto alcance, dañaron su imagen. Quizá también, de lo que a menudo él mismo se quejara, una dispersión inmensa entre diarios y folletines afectó su genialidad”

Ese “poder espiritual” acompañando la evolución ideológica.

Una cuestión epocal. Los filósofos y los sacerdotes . Eruditos y profetas. El hombre y Dios;

la razón y la fe. La ciencia y la literatura, por una parte. Y la religión por otra.

El humanismo; la Ilustración y la contrarrevolución. El racionalismo liberal y el renacimiento religioso. El optimismo frustrado. Las antiguas creencias y los valores nuevos. El desconcierto.

Los conflictos ideológicos. El conflicto secular entre lo sagrado y lo profano, entre espíritu religioso y espíritu laico.“Cuando a los pueblos le falta la fe, necesitan el arte” (Hugo -según Todorov-)

“… Gautier parece hallarse en condiciones de evocar el poder y la gloria poéticos no más que exteriormente, como si le estuvieran prohibidos, como si se encontrara entre los que, por naturaleza, están privados de ellos. Esta disposición pesimista se expresa en él en los mismos años en que, por el contrario, el romanticismo conquistador está en su apogeo; mientras que Lamartine, Hugo y Vigny alcanzan su cenit, y mientras que él aparentemente sigue sus huellas, con la imaginación abre un nuevo espacio para la casa donde habita la poesía: brillante para unos, para él es una casa invadida de tinieblas, como también para una nueva raza de poetas víctimas del infortunio…”

“…La distinción entre dos clases de poetas, los favoritos de la fortuna y los desafortunados, se repite profusamente. Es preciso hacer hincapié en este paralelo, pues parece sugerir que la condición del poeta se reduce a una cuestión de éxito o fracaso; la idea de una misión desaparece, y, en el exceso de este lamento y las plegarias proferidas en nombre de la piedad, la figura del poeta se ve disminuida. Sólo le queda su dignidad de poeta y de pensador, familiar de las cosas espirituales, que lo mantienen por encima del común de los hombres. Lo que ha perdido, es decir, su función de inspirador y de guía, ha sido reemplazado, aunque no compensado, por su nueva función de Casandra del género humano y anunciador del fin de los tiempos. Pues efectivamente, esta versión a la vez exasperada y deficiente de la misión del poeta desemboca en un apocalipsis; un nuevo diluvio, sí, pero sin renacer…”

La “generación de 1948”. Baudelaire, Flaubert….sus contemporáneos.

Y una visión trágica del mundo. Un pesimismo que se correspondía con la “euforia” característica de la generación anterior. Y, así, con la filosofía de la Ilustración y, también, con la Revolución.

Un fenómeno local que pondría en evidencia una relación intergeneracional. La consecuencia, esa reacción, directamente proporcional, que liga los estados de ánimo que  marcaron cada tiempo.

La euforia efímera, y la pronta desilusión que se impuso a los poetas.

 

Lamartine

La revolución poética, cuyo punto de partida marcaron los escritores que han sido comentados en este volumen, no había sido prevista en la generación fundadora del romanticismo: “La poesía -escribía Lamartine en 1834- será la razón cantada, he ahí su destino en lo sucesivo; será filosófica, religiosa, política, social, como las épocas  que el género humano va a atravesar”.

En lo concerniente al romanticismo como escuela, pues a Lamartine le fue ajeno, una definición de esta índole es, sin duda, insuficiente: falta la dimensión del arte y de una poética nueva, ya proclamada hacia 1830 por el Cenáculo. Sin embargo, Hugo y toda su generación tomarían de buen grado, en el momento en que lo formuló, la profecía de Lamartine. Esta profecía resultó ser cierta en cuanto al espíritu general de los tiempos que anunciaba; vale en literatura, para la historia, el ensayo, incluso la novela. La poesía tomó una senda solitaria afectando, en su separación, ir al encuentro de las bellas artes. Siempre había sido una de ellas; pero capitulaba en lo sucesivo a todo aquello que tenía de más que el resto, terminando por utilizar palabras y sus significados como los pintores formas y colores o los músicos sonidos. ¿Liberación, insatisfacción, apelación a la esencial magia del verbo? ¿Empobrecimiento, encierro, disminución de los poderes? Que se dude. No se trata de profetizar, mucho menos prescribir. Los poetas harán, como siempre, y como deben, lo que les plazca, y lo que cambie sólo cambiará para ello. No obstante la naturaleza de la poesía, su función humana y su estatus en la sociedad seguirán siendo objetos permanentes de la reflexión crítica”.

 “Sin duda, en la exaltación de la poesía, puesta en el nivel del más alto valor, convertida en verdad, religión, luz sobre nuestro destino, es donde debe verse el rasgo distintivo más seguro del romanticismo”… “La elevación del poeta al rango de guía espiritual supone justamente que el tiempo del sacerdocio, en el sentido estricto de la palabra, ha quedado atrás”. – En: El Prólogo-.

Título: La escuela del desencanto

Autor: Paul Bénichou

Traducción: Alejandro Merlín

Editorial: Fondo de Cultura Económica

páginas 637

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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