“La comemadre” o  “Los restos tensos”

A esta altura de los tiempos y de los males totales generales, no voy a negar que es un poco bochornoso ser una esteta, si no es que siempre lo fue, y la estética nació entre nosotros culposa y avergonzada.

Pero en algunos casos, el esteticismo me parece una especie de enfermedad mental. Y en ese avatar, creo que es absolutamente aceptable. Antes de la revolución rusa, el escritor y poeta simbolista Andrei Biely colocaba todos los objetos a su alrededor en líneas ordenadas y tensas. La estética, en este caso, me parece un simple conjunto de decisiones que atañen a los sentidos y que no buscan otra cosa que aliviarlos. Yo misma empecé un día a ordenar los libros por colores, y eso me trajo una gran quietud visual. Ahora, además, sé muy bien adónde está cada uno, porque tengo recuerdos muy claros del color de cada tapa.

Voy a hablar de una tapa amarilla mostaza, que es la de La comemadre de Roque Larraquy. Voy a contar cómo, a veces, uno sale de su casa y pasa por una librería, no para comprar un libro, sino para leer una línea. En general, en el mundo de las buenas líneas, el mercado de las novedades ofrece muy poco. Casi solamente grandes nombres muertos. En todo caso, abrí un día casi sin querer La comemadre en medio de una librería y me encontré de pronto ante un montón musical y meticuloso de buenas oraciones.

Una buena oración, voy a citar a alguien que citó a alguien, es como una espada que se te queda clavada. Una buena oración: solo puede ser musical. Tiene las vocales puestas (tensadas) en los lugares correctos. Suena como algo entre una respiración o un latido. Ante todas las cosas, contribuye a la tranquilidad de los sentidos, porque entrega una especie de indiscutible orden. En las buenas oraciones, un esteta se siente cómodo y concibe esperanzas.

Roque Larraquy nació en este mundo ya tan pisoteado para escribir buenas oraciones. Oraciones ante las que el lector (el escritor) suspira de envidia. Considérese mi favorita,: la gente de dedos largos toca las cosas como dejándoles una estela de baba. Ideas arbitrarias y exóticas expresadas de una manera, no tanto armoniosa, como estrictamente correcta. Al punto de que uno las recuerda tal como las leyó. La perfección es difícilmente olvidable.

Pero, lo que para los sentidos de un esteta es una especie de descanso y alivio y aquietamiento, objetivamente en este texto es un éxtasis de tensiones. Existe un malestar propio de las oraciones de Larraquy encadenándose, que no tiene que ver con el tema que traten, sino con el ritmo en el que se entrelazan. Es un malestar rítmico. Se contrae y se dilata en oraciones cortas, respiratorias. Por otra parte, el malestar existe en medio de un estilo lleno de exactitudes, entre las cuales la narración se abre camino solamente a la fuerza.

Convengamos que la exactitud es en La comemadre mucho menos científica que psicótica. Es creativa, de modo que el texto regurgita una realidad en todo momento novedosa, además de abarrotada y tensa. No es una realidad fósil (tan poco literaria), sino un esbozo en movimiento. Basta con mencionar los muchos momentos en que, en el estilo de Larraquy, cualquier acción se divide: un hombre acaba de concluir la caída más torpe y compleja de su vida. La cara de una mujer a la que le cortan la cabeza revela una ligera incomodidad, un parpadeo del ojo, y un fruncimiento de la nariz que parece un gesto irónico, aunque solo es el reflejo del proceso respiratorio bruscamente detenido.

Hay una especulación nerviosa en el armado de cada una de sus oraciones. Por otra parte, dentro de la novela, incluso los gestos están hechos de una intrincada red de consciencia que los doma, los modera y los reduce. Ledesma me abraza. (…) Me demoro en el abrazo: voy a soltarlo cuando yo quiera.

Lo mismo que el abrazo de uno de sus personajes, Larraquy es impresionantemente consciente de cuándo soltar cada una de sus líneas. Como los abrazos, las oraciones son instancias minuciosamente pensadas. Se viven en secuencias muy pequeñas de encuentros, huidas, deseos, decisiones y sometimientos.

La literatura parece así la consecuencia esperable de una visión inusitadamente atenta. Insisto, la prosa de Larraquy comparte con un científico lo mismo que comparte con un psicótico. Está hecha de especificaciones, de exactitudes, de subdivisiones y detalles. De impresiones mezcladas con prejuicios, de hipótesis mayoritariamente supersticiosas.

El estilo es coherente con lo que me parece a mí que es una idea dominante, una especie de teorema de toda La comemadre: existe o persiste en nosotros el deseo (¿o la necesidad?) de eliminar la parte más grande de lo que somos. Constantemente.

La hipótesis, expresada por un médico de hace un siglo: Somos porque no somos todo lo que podríamos ser (…) el ser se funda en su falta de variedad, que es casi lo mismo que decir que existimos en y por error.

Es decir, hay un resto, un desecho de nosotros (una variedad) detrás de todo lo que somos y que acecha y quizá se agazapa. De nosotros, pero también de todo lo vivo. La vida parece ser esa concordia tensa entre fuerza y debilidad. Existe, en el islote Thompson de Tierra del Fuego, una planta de hojas aciculadas cuya savia produce larvas que la devoran. Los restos de la planta fecundan la tierra y el proceso vuelve a comenzar: brote, hojas, larva, resto. La planta se llama, convenientemente, “comemadre”: en condiciones de laboratorio, el vegetal crece hasta que no puede sostener su propio peso, y muere sin reproducirse.

La necesidad de auto-eliminación, en La comemadre, no es nociva sino fructífera. En la novela, puede aplicarse tanto a una cabeza como a una cara. La necesidad o el deseo de eliminar lo más grande, lo más manifiesto, lo más poderoso de un pretendido “individuo”, coincide con la fascinación por el resto débil, la variedad perdida (en la debilidad y la impotencia, el deseo solo puede hacerse más vigoroso). No citaré el pasaje final de la novela, porque es caníbal y hermoso y merece quedar desconocido e intocado hasta el final del libro.

La fascinación por aquel resto débil, la fragilidad de lo no sido, ¿lo posible? ¿lo pensado? ¿lo futuro? ¿lo metafórico? ¿lo impracticable? es la literatura de Larraquy. Su avalancha de exactitudes e hipótesis supersticiosas son la explicitación de una especie de resto, de desecho de realidad, que puja agazapado.

A veces parece tratarse entonces de la parte débil de la realidad apoderándose de la parte fuerte. La comemadre está llena de inminencias, de posibilidades vibrando y mordiendo y casi ahogando la cara dura, pétrea, fósil de la realidad. Los seres humanos aparecen atados por hilos de acuciosas posibilidades: Un cordón que se anuda en mi zapato, atraviesa la sala, se anuda en el zapato de ella, sube por su uniforme, rodea los botones uno por uno y le hace un finísimo nudo en el cuello. Si diera una patada en el aire, saltarían los botones.

 Pero incluso en esta literatura de tensiones, hay momentos de pura distensión: un cuerpo de médicos verdugos pasa la tarde en una pista de patinaje. Un mismo incendio se repite muchas veces. Alguien ve un círculo de hormigas sobre una pared. Una mujer loca cree escupir moscas. Son momentos que parece que no significan nada. Que escapan de la consciencia por pura elegancia. Que se cierran como frascos al análisis. Que se reciclan. Son momentos-trauma, que tienen su secuela en la repetitiva estructura narrativa. De estos momentos prefiero no decir nada, porque en su azar, dan como una especie de respiro. Son las fosas nasales por medio de las que toda la novela (la consciencia y su intento fructífero de auto-eliminación) toma aliento.

 

Sobre El Autor

Marina Closs nació en 1990, en la provincia de Misiones. Cursa estudios de en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros La doncella aguja, El pequeño sudario y El violín a vapor.

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