“Leer fue mi salvación”

 

“Quién no recuerda como yo aquellas lecturas hechas en tiempo de vacaciones, que íbamos a ocultar sucesivamente en todas las horas del día que eran lo suficientemente apacibles e inviolables para darles asilo”. Así, Marcel Proust comienza aquel ensayo “Sobre la lectura”.

Recuerda, entonces, las mañanas al regresar del parque mientras los demás paseaban, y él se apoderaba del comedor, de ese lugar en el que casi nadie entraba antes de la hora del almuerzo. Solo la vieja Félicie, que poco ruido hacía, y él, acompañado en sus lecturas por unos platos pintados que adornaban la pared, el calendario y el fuego de troncos “que habla sin esperar respuesta…” Todo era perfecto hasta que los padres decían: “Cierra ya el libro, que vamos a comer”.

 

“…si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo”.

 

En esta oportunidad, el sello editorial Ampersand nos acerca a Jorge Monteleone, autor de El centro de la tierra. Una obra que pasa revista, de manera encantadora, a las experiencias continuas del lector que supo ser; a esa infancia enriquecida en virtud de las palabras dichas, escritas y leídas.

 

Jorge Monteleone reflexiona acerca de ese momento inicial. Nos habla de la lengua materna como “primera guarida”, de ese horizonte de palabras. De las imágenes, de un momento de experiencia pura; de un momento de experiencia muda. El Yo infantil. El mundo simbólico. Y una experiencia latente.

 

Aquí aparece Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, ¿cómo olvidar esa lectura?

Granos de polen, de Novalis. Y, Hölderlin: “¡ Y pensar que se puede volver uno como un niño, que vuelve el tiempo dorado de la inocencia , el tiempo de la paz y de la libertad, que existe a pesar de todo una alegría, un lugar de reposo en la tierra!”.

Los niños y la edad de oro. Las fantasías. La poesía de Arturo Carrera sobre el niño “ que elabora en secreto -como la araña- un libro: el mundo casi sagrado de la infancia” mientras pensaba en su contracara: imaginar a esa monstruosa tejedora del tamaño de un hombre y pasarnos toda una vida contemplándola, aterrados, como escribió Dostoievski en Los demonios.

 

La idea del paraíso sepultado en la infancia. Preservado en la lectura.

El edén de las correspondencias.

La evocación de la infancia y de aquellos días de lectura que le dieron “un mundo” que, tal vez, con el tiempo llegue a despertarse, nuevamente, mediante el acto de leer.

 

El “mundo circundante” de las cosas. El espesor que adquieren los objetos recordados.

Signos y símbolos. Una suerte de lenguaje que amparaba todo aquello que estaba siendo leído.

Una experiencia unificada. Una experiencia vivida. Y la adquisición del lenguaje, el ejercicio y el aprendizaje, como pasos previos al de la experiencia material que implica el acto de la lectura.

 

“¿Cómo hablar se esa infancia? Allí está, intocada. Aparece por ráfagas, intermitente, cada vez más lejana. A diferencia de lo que se dice, siento que mi memoria la pierde con los años, que defecciona, que la confunde. No está aquí, no puedo asirla y todo lo que queda de lo que sucumbe es aquello que leía. No queda otro atajo entonces que leer la infancia en las lecturas, como la falsa huella de una caminata que regresa sobre sus pasos y vuelve y, a medida que retorna, se disipa”. (en pág. 29)

 

Las historietas de los Cartoons, y el empeño en capturarlos para poder dibujarlos. Lo mismo al encender el televisor con intención de copiar los dibujos animados.

El mundo de Disney. Disneylandia. Dibujos en movimiento. Mickey Muuse, entre tantos otros personajes. Las revistas de historietas y los libros en ocasiones especiales.

El conejo Bugs y Porky. Alguien escribió: “Bugs es aventurero, elegante, irónico y velocísimo para las réplicas: la mezcla de Dorothy Parker con un mosquetero”.

 

Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne. Las escrituras de Arne Saknussemm que traduce el profesor Lidenbrock.

 

El autor nos hace saber que todos sus abuelos eran inmigrantes italianos. Uno de ellos, llamado Costantino Artese -el nono Tino-, fue el único familiar que a él, siendo un niño, le contó ese cuento impresionante. También, fue quien le cantó una conzoneta haciendo ritmo con la mano, con los nudillos sobre la mesa; el tema tenía que ver con dieciséis compañeros que, en una fonda, en lugar de pagarle al dueño, lo molieron a palos. Desde entonces, dice Monteleone que nunca relacionó la literatura con la moral -salvo con la moral de la forma-.

Aquel abuelo, materno, fue un gran lector. Y, ese sería, según aquel niño, el lazo que los unió.

 

“Olvidé la historia narrada por mi abuelo una sola vez -hubiese requerido, para memorizarla, de la repetición- pero, al mismo tiempo, nunca olvidé el acto de narrar de nono Tino, que me llevaba como en una cascada hacia el increíble final del cuento…”

 

El pibe enfermo, en la cama, escuchando el cuento de boca de su abuelo. La luz que iba poco a poco abandonando el cuarto. Entre gestos y ademanes, el italiano, ya casi en la oscuridad, le imprimía un particular énfasis al relato. Era la escena perfecta.

 

Por otro lado, Stevenson y su niñera Cummie. Esa mujer que le recitaba himnos religiosos.

 

Italo Calvino y la experiencia de Giuseppe Pitrè.

 

También la narradora siciliana, Agatuzza Messia, que había escuchado a su abuela, tantas veces, contar aquellas historias inolvidables.

Los cuentos populares corrían de boca en boca, cruzando la historia y amparándose en el decir de mujeres analfabetas, como la costurera Agatuzza. Una vieja sirvienta de la casa, que si bien no sabía leer, la plasticidad de su lenguaje le permitía contar, lo que contaba, usando las voces adecuadas.

Los ademanes, el movimiento de los brazos; los gestos repentinos, las miradas correspondientes; el levantarse y andar. El arte de narrar.

 

El otro abuelo aparece en escena. Y aquellos otros cuentos breves, que le contó el nono Rosario; comunista y anticlerical.

 

Las mil y una noches. De manos de su padre, mientras él se encontraba otra vez en cama por alguna dolencia. Y, entonces, Scheherezade. Y ahora el recuerdo de la suite sinfónica; aquella obra musical que conmovía a su padre. Aquellos discos de pasta, y esa tapa con la figura de una princesa que le hablaba a un rey -un sultán, le explica el padre-. La historia de esa mujer que le contaba cuentos a ese hombre, cada noche, para salvar su propia vida. Cuenta que el sultán consideraba que todas las mujeres eran desleales y, por ello, decidió condenar a muerte a cada una de sus esposas una vez transcurrida, en cada caso, la primera noche nupcial. Sin embargo, con Scheherezade sucedió algo distinto. La princesa pensó en distraer a su señor mediante cuentos que le ofrecía en serie durante mil y una noches. La princesa, salvó su vida. Una obra tan vasta, y todo lo que gira a su alrededor.

La reflexión: “… un cuento podía postergar la muerte, un cuento podía salvarte la vida”.

 

“El pájaro de oro”. La relación entre la verdad y la literatura.

 

Y una mujer inmortal, llamada Ella (de H. Rider Haggard). Un viaje al África; un mensaje en clave y un ánfora. Leo y la carta de su padre: “la terrible historia de nuestra familia”. Algo que se inicia hace más de dos mil años en Egipto. Una trágica historia de amor.

Luego de Ella, R. Haggard escribió una segunda parte: el libro Ayesha, el retorno de Ella; una reaparición de la reina inmortal.

 

“Las novelas de Ayesha de Henry Rider Haggard ocuparon la atención de numerosas interpretaciones: estudios sobre el colonialismo inglés y los valores transmitidos de la masculinidad dominante en la era victoriana, estudios feministas sobre la femme fatale, estudios sobre la aversión  homoerótica a la mujer o sobre las geografías queer del autor, que también aluden a otras novelas famosas como Las minas del rey Salomón, que también adaptó en historieta José Luis Salinas”.

 

“… La biblioteca ideal no es el templo sagrado de los conocimientos eruditos, sino celebración de los sentidos y de los afectos primarios: el recuerdo del padre, de la madre, la complicidad de dos niños, y la voz italiana de un abuelo comunista que enseña que la literatura no es propiedad sino `un invento y un robo´. El paraíso es la infancia que regresa en la lectura”. -de la contratapa-

 

El libro de la selva. “Los dibujos de José Luis Salinas” que le daban mayor fuerza a lo narrado.

La historia completa de David Copperfield, de Charles Dickens. Las revistas Anteojito y Billiken.

 

Y siguen las lecturas: Batman y Superman. El Hombre Araña de Stan Lee. Patoruzú, Patoruzito y Locuras de Isidoro, de Dante Quinterno.  La zorra y el Cuervo  de Jim Davis (basado en los cartoons de Frank Tashlin). La Pequeña Lulú, de Marge. Lorenzo y Pepita (Blondie) de Chic Young.Las revistas de Editorial Columba: D´artagnan, Fantasía y  El Tony… Los cómics norteamericanos de Harold Foster y Alex Raymond. Hernán el Corsario y Cisco Kid, de Salinas.

El Fantasma y Mandrake, de Lee Falk. Popeye de Segar y el de  Bud Sagendorf.

Las revistas Tía Vicenta, de Landrú, y la Rico Tipo, de Divito. Mafalda, de Quino. Y tantas otras lecturas, entre las que se destacan los extraordinarios guiones de Oesterheld para los dibujos de Solano López (El Eternauta)…

 

Jorge Monteleone recuerda una frase de Los libros en mi vida, Henry Miller, cuando afirma que resulta imperioso releer los libros de la niñez y de la juventud, a riesgo de que no sepamos nunca quiénes somos ni por qué hemos vivido. “Cuando Ayesha explica que ella no manda por la fuerza sino por el terror, cuando exclama `Mi imperio es de la imaginación´, el niño se conmueve hasta la médula”.

EL CENTRO DE LA TIERRA es, desde todo punto de vista, mucho más que un ensayo; es un libro imperdible.

Título: El centro de la tierra

Autor:   Jorge Monteleone

Editorial: Ampersand

224 pág.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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