Un retrato de Brasil que, con mínimas adaptaciones contextuales y estéticas, aplica perfectamente a la realidad de, seguramente, toda América Latina. Plaza París, de Lucía Murat presenta una película política atrapante, llena de belleza y hostilidad.

La que escribe el informe sobre la violencia en Brasil es una joven psicóloga que nada en las aguas del mar despreocupada; que turistea por las plazas de la ciudad y ve la política como objeto de arte en un espacio alternativo que denota necesariamente la pertenencia de clase, de esos donde todos se conocen, son pocos y están bien vestidos: accedieron al privilegio de estudiar en caso de que hayan querido, de elegir lo que estudiaron y de trabajar para la legitimadora academia; ven la extrema violencia del país por celular y les da pena, pero ignoran a quienes viven junto a ellos ocupando un rol de sometimiento laboral; teniéndoles miedo si es que pasan a su lado sin uniforme laboral.

Plaza París, la película de Lucía Murat, estrenada en Malba y el Gaumont (hasta este jueves 16 de enero), es una radiografía que contrasta dos extremos sociales en un mismo territorio: el diván terapéutico. Una ascensorista que vive en la favela comienza a consultar a una psicóloga que, cristalizando el desconocimiento sobre el mundo del sujeto al que trata, construye consecuencias definitivas para ambas.

La tensión se incrementa a cada momento. El amor heterosexual desde polos opuestos y la comparación abierta que deja la ascensorista ante la joven académica y el público que, sentados en la butaca, asumimos la pertenencia de clase o hacemos como la psicóloga, corremos por las calles mirando hacia atrás con temor.

Al presentar historias disímiles y entrecruzadas, la película brinda muchos focos de desarrollo desde lo narrativo. Muy buena foto y puntos de vista íntimos, círculos que al cerrarse se resignifican. La academia como legitimadora que construye barreras y fantasmas, pero que a su vez determina en tanto sector social, condiciones de vida; los límites de una institución abstracta, fría, teórica: para quienes tienen tiempo de leer pero no de habitar los espacios sobre los que leen, actúan como quien los desconoce. Los límites de cada una de las mujeres que se encuentran aún en sus diferentes mundos; los cambios y la huella de cada una en la vida de la otra.  

El problema con la psicóloga no es que sea “alta y flaca” como se destaca al referir el film, por ser texto de la ascensorista negra; el problema es que no es pobre y eso significa necesariamente ser blanca como las europeas en un país que mamó leche negra, y a su vez hablar de otro modo. Pero sobre todo vivir realidades diferentes, percibir la violencia como algo que no me toca y siempre podría amenazarme pero tengo al aparato represivo que me “defiende” (en el caso de la psicóloga) o no poder entrar a mi hogar porque la policía me espera en casa y me tortura.

Es larga, pero vale la pena.

Sobre El Autor

Nació en 1986, rata porteña del sur de la ciudad. Trabaja desde hace doce años en Museo Nacional de Bellas Artes, en la actualidad como educadora. Es profesora de teatro y se forma como Docente en Lengua y Literatura.

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