Encarna. Asi, por la apócope de Encarnación, llamábamos a la portera gallega que nos recibía en esa escuela primaria todas las mañanas, para luego ocuparse de servirnos el mate cocido con leche y hacer sonar la campana para anunciar los recreos.

Tengo una fotografía en mis manos. Tanto su color sepia como el deterioro de los cantos del papel en que fue impresa hablan de los muchos lustros transcurridos desde cuando se tomó, en aquella primavera que marcó el fin de mi niñez, y traen a mi recuerdo ese tiempo en el que Encarna dejó una marca indeleble en mi vida.

—“Loureiro, Encarnación de Jesús”—, decía orgullosa, cuando le preguntaban su nombre, y remataba— “da Caldas do Reis, Pontevedra”.

Había descendido del barco en 1937, dijo ella en esas charlas que teníamos durante los recreos.  Escapó de sus padres y de la Guerra Civil. Sentenciosa, repetía, — “No me gustaban ni los moros, ni los frailes, y aún menos la guerra, y de eso en Caldas más bien sobraba que faltaba”. 

Bien se guardaba para ella las peripecias que tuvo que vivir para llegar a Buenos Aires, sola y con diez y nueve años, apenas comprendiendo el castellano puesto que no había logrado concluir la escuela elemental. Su idioma cotidiano era el gallego.

Como muchos otros inmigrantes, encontró aquí paisanos que, luego de acribillarla a preguntas sobre las novedades del terruño y tenerla algunos días entre ellos, la ubicaron como doméstica “cama adentro” en una casa de familia.

Allí trabajó tres años. Limpiaba, cocinaba, planchaba y fue niñera de unos mellizos que llegaron a adoptarla como mamá postiza. Aprovechó ese tiempo para aprender a leer y escribir el castellano relativamente bien. Me hacía sonreír su acento cuando su conversación recurría al lunfardo que, di por sentado, aprendió de los proveedores de los patrones que, junto con las provisiones, le hubieron de entregar ese léxico porteño.

Se desprendía de su relato que decidió que ese no sería su trabajo definitivo. Me confió que otras gallegas, con las que salía a pasear los días de franco, afilaban con chóferes, mozos, o mucamos de comedor, también inmigrantes. Todos trataban de convencerla de la suerte que tenía de estar a mesa y mantel y con techo seguro, pero a Encarna no le cupo duda que ese no sería su destino.

Fue en ese tiempo que sus patrones decidieron mudarse al interior, a Misiones, y ella les planteó que no quería dejar Buenos Aires. Me contó que, con mucha vergüenza y no poca audacia, le dijo al patrón si podía ayudarla puesto que tenía pensado estudiar enfermería y que necesitaría un empleo que le permitiera hacerlo. Hoy comprendo su atrevimiento. Viniendo ella de provincias, la gran ciudad le mostró una amplitud de miras que le hicieron rechazar el tener que regresar a un pago chico.

Sus patrones le habían tomado afecto, así que accedieron a su pedido. Recurriendo a cuñas políticas la ubicaron en la Escuela como portera. Además, le consiguieron una beca para estudiar el curso de instrumentista de quirófano en la Cruz Roja, en horario nocturno y con salida laboral asegurada. Ya estaba en el último año y por graduarse así que, cuando en la Escuela terminaran las clases, renunciaría a la portería para ingresar a un hospital municipal.

Como a mí la secundaria, el nuevo trabajo la esperaba. Lo que no imaginó fue que, ya casi con el título en la mano y el puesto asignado en el hospital municipal de nuestro barrio, no podría eludir los procedimientos burocráticos que se requerían para el ingreso, y uno de ellos, aparte de la consabida revisación médica, averiguación de antecedentes penales y otras yerbas, era la presentación de una solicitud del puesto, manuscrita.

Encarna me pidió ayuda. Podría haber acudido a cualquier otro alumno de sexto grado, pero se decidió por acudir a uno de los dos que ella consideraba sus preferidos, Isla Mendez y yo. Quiso ese invierno que Isla Mendez comenzara con una gripe, que luego derivó en escarlatina. Estaba en cuarentena, por lo que me convertí en su única opción ¡A buen puerto fue por leña! ¿Que sabía yo, con mis doce años cumplidos, entre la niñez y la adolescencia, de redactar solicitudes de empleo?

Con el papel sin renglones y la lapicera con pluma cucharita en la mano, ambos frente al desafío, comencé a escribir la fecha y, aunque yo temblaba, no se hizo ningún borrón.  Esto me dio coraje para continuar.

“Señor médico Jefe del Hospital: Yo me llamo Loureiro Encarnación de Jesús y nací…”, y segui, seguí febril, mojando la pluma en el tintero y escribiendo todo lo que conocía de su vida. Encarna leía por sobre mi hombro y aprobaba con la cabeza, ambos sumidos en un silencio místico.

En cierto momento me quedé sin letra y extenuado, como quién siente la ausencia de un espíritu que lo poseyó y ya no está más.

Encarna se apretó contra mi hombro y me besó en la frente. Luego sostuvo el papel. Tomó la pluma de mi mano y escribió, con letra infantil, su nombre al pie y doblándolo con una extrema delicadeza, lo guardó pegado a su seno.

Hoy, esta foto me recuerda ese momento, y los aciagos que le siguieron.

Recuerdo que estábamos a fin de septiembre. Revoloteaba en nuestra aula del sexto grado, perfumada por los nuevos brotes del jazmín del patio, otra vez el consabido cotilleo anual sobre la sospechada relación romántica entre la maestra de segundo grado y Vicedirectora, la Núñez, y el Director, el impertérrito doctor – ¿en que sería doctorado?, nunca lo supimos — Argentino Sagasti

La foto, recuerdo, fue tomada una mañana soleada y fresca. La Núñez y Sagasti, uno a cada lado del grupo de guardapolvos blancos; los alumnos más altos parados y los otros en cuclillas. Encarna, parada al lado del fotógrafo, nos miraba con el orgullo de sentirse parte inseparable de nuestra historia. Insistimos en que se acercara, pero pese a nuestras súplicas una orden seca del Director lo impidió.

Hoy reparo en sus miradas adustas, con la vista puesta en el horizonte, Miradas sin sombras de duda que tenían los maestros en esa época, tan cercana aun a la próspera y burguesa Argentina del Centenario, hacia un futuro igual al que fuera el de ellos, y para el cual estaban comprometidos a prepararnos, orgullosos de su misión. No tuvieron culpa. No podían saber, y muy adentro suyo quizás no querrían imaginarlo, que sus valores forjados en la moral victoriana se desmoronarían  bombardeados, como aquellos villorrios y capitales europeas,  en ese exacto momento de posguerra en que las potencias vencedoras habían diseñado en Yalta otro rumbo para el mundo.

Volvamos a Encarna, a las primaveras, a mi escuela primaria y a esta foto que hace que mis ojos se humedezcan.

El Dr. Sagasti era, en aquellos años, un hombre que se encontraba atravesando el portón que separa la madurez de la edad de jubilarse. Alto, enjuto y de tez morena, con un abundante pelambre entrecano que no reconocía otro peine que sus manos acromegálicas, rasgo que también mostraba su desmesurada quijada equina.

A nuestra edad de hormonas bullentes, la Núñez nos deslumbraba con un rostro perfecto. Piel blanca de madona, unas pantorrillas que no veíamos en nuestras madres, rematadas con sandalias con pulseritas en los tobillos, y tacos altos. Que digo altos, ¡altísimos! Las caderas rotundas, abundantes pechos y pelo negro brillante enguedejado y largo, de color ala de cuervo, completaban esa imagen evocada cuando sentíamos pulsiones que nos encaminaban, solitarios, a esterilizar simiente en aras de calmar nuestra naciente sexualidad.

La Núñez no parecía alguien que pudiera enamorarse de Sagasti. Cuando Camacho los sorprendió besándose detrás de la torre de la campana, no tuvo mejor idea que correr, en ese mismo instante, a contárselo a Encarna. El muy taimado sabía que a la gallega el doctor la hacía temblar, y no de miedo precisamente. Camacho le pagaba con ese chisme la propina por todos los mates cocidos fríos que nos había hecho tomar en pleno invierno.

Trato de recordar a aquella Encarna, a la que una pasión desconocida la asaltó de improviso, prendiendo fuego en su alma y en su cuerpo, cegándola. En ese pecho maduró un sentimiento por el Dr.Sagasti que percibíamos en las miradas y en la respiración entrecortada que le producía su presencia.  El frenesí que le nació por el Director le dio vuelta la cabeza y le traspasó el corazón. Fue su secreto oculto. Encarna nunca lo dijo, pero varios de nosotros, y Camacho fue el que lo ventiló, lo intuíamos desde siempre.

Me vuelve a la memoria aquella tarde, cuando Encarna escuchó a Camacho contar lo del beso. Corrió hasta la Secretaría. Entró alocada, agarró el pinchapapeles de sobre el escritorio, y salió corriendo hacia el campanario, chocando con Sagasti y la Nuñez, que venían de allí.

El enfrentarlos, viendo cómo se acariciaban con la mirada, fue mucho más que demasiado para ella. Encarna cayó redonda al piso. También allí quedó el pinchapapeles, como mudo testigo del drama, ¿o posible tragedia, tal vez? Yo estaba seguro, como Camacho y los otros, que el Director y la Nuñez nunca supieron que le sucedió a esa mujer, o que podría haberles sucedido a ellos.

 

Esta foto desempolva en mi mente a la imborrable imagen de una ambulancia de la Asistencia Pública alejándose, quién sabe hacia ese Hospital que esperaba a Encarna como enfermera y la recibiría como paciente.

Encarna…Encarna. Nunca más supe de ella.

Sobre El Autor

Roberto Tito Tchechenistky nació en la ciudad de Buenos Aires y cursó su formación universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Univ. de Buenos Aires, graduándose como Licenciado en Administración. Se desempeñó en la misma Institución como Profesor Ayudante de la Cátedra de Lógica y Metodología de las Ciencias. Después de integrar distintos Estudios Profesionales de relevancia, se independizó para dedicarse a la consultoría y asesoramiento en organización y equipamiento industrial en la industria de la confección de indumentaria y textiles para el hogar. Comenzó a desarrollar su actividad literaria en el año 1999, dedicándose al relato corto y a la poesía, y también al estudio del lunfardo rioplatense, léxico que ha utilizado para redactar algunas de sus producciones.

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